Sinfonía De Una Noche

Sinopsis

Rihanna x Siegfried (Record Of Ragnarok)

Estado:
Completado
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capitulo 1

La luz artificial de la ciudad de Nueva York se filtraba a través de los pesados ventanales del ático, tiñendo las sombras del dormitorio con un matiz anaranjado y denso, casi eléctrico. Eran pasadas las tres de la mañana. Siegfried abrió los ojos lentamente, desorientado por el peso de un sueño profundo, pero arrastrado de vuelta a la realidad por un cambio sutil en la atmósfera de la habitación. El lado izquierdo de la cama king-size estaba vacío, las sábanas de seda gris aún conservaban el calor de un cuerpo que acababa de dejarlas.

Se incorporó apoyándose en un codo, apartándose el largo cabello rubio platino de la cara. Su imponente estructura física, marcada por cicatrices que en este mundo contemporáneo pertenecían a una vida de exigencia militar y seguridad privada de alto nivel, contrastaba con la absoluta quietud del lugar. Entonces la vio.

Rihanna estaba de pie a unos pasos de la cama, bañada por el resplandor ámbar de una lámpara de diseño que reposaba en el suelo del vestidor contiguo. Llevaba una pieza de lencería de encaje detallado que se ceñía a sus curvas, un body translúcido que parecía absorber la luz cálida del entorno. No se había dado cuenta de que él se había despertado; su mirada estaba fija en un punto indefinido de la gran ciudad que se extendía más allá del cristal, con una expresión de absorta serenidad que Siegfried rara vez veía cuando el mundo exterior la reclamaba.

Él se quedó inmóvil, simplemente contemplándola. En el circuito mediático, ella era un titán, una fuerza de la naturaleza indomable. Pero aquí, en la penumbra de su espacio compartido, era simplemente su mujer, una visión que lograba desarmar al hombre que se jactaba de no flaquear ante nada.

—Te vas a resfriar si te quedas ahí de pie —dijo Siegfried, con una voz grave y rasposa por el sueño.

Rihanna giró la cabeza despacio. Una sonrisa perezosa y felina se dibujó en sus labios. Se pasó una mano por el cabello oscuro, desordenado por las horas de sueño, y caminó lentamente hacia el borde de la cama, moviéndose con esa cadencia natural que la caracterizaba.

—¿Te desperté? —preguntó ella, con su característico tono bajo y melódico—. Pensé que dormías como un tronco después del día que tuviste.

—Tengo el sueño ligero cuando no estás al lado —respondió él, sentándose por completo y estirando la espalda—. ¿Qué haces despierta a estas horas, Robyn?

Ella se detuvo justo al lado del colchón, mirándolo desde arriba. El contraste entre la piel morena de ella bajo la luz anaranjada y la palidez de la piel de Siegfried, sumado a su cabello claro, creaba una estampa casi pictórica. Rihanna se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando una mano sobre el pecho desnudo de él, sintiendo el latido rítmico y constante de su corazón.

—No podía dormir —confesó ella, bajando la voz—. Demasiadas ideas en la cabeza. El nuevo lanzamiento, los diseños de la temporada... A veces la mente no se apaga. Pero luego me puse esto y pensé que quizás tú podrías ayudarme a distraerme.

Siegfried sonrió, una expresión suave que transformaba por completo sus facciones habitualmente severas. Colocó su gran mano sobre la de ella, entrelazando sus dedos con delicadeza, consciente de la diferencia de fuerza entre ambos.

—Siempre tienes demasiadas cosas en la cabeza —comentó él, tirando suavemente de su mano para invitarla a subir a la cama—. Ven aquí. Deja que el mundo se encargue de sus problemas por unas horas.

Rihanna no se hizo de rogar. Se subió al colchón, acomodándose en el regazo de Siegfried. Él la rodeó de inmediato con sus brazos, atrayéndola contra su pecho. El encaje del body se sentía suave contra la piel de él, y el aroma a vainilla y sándalo que ella despedía inundó los sentidos del hombre.

—Estás hermosa —susurró Siegfried cerca de su oído, dejando un beso tierno en la línea de su mandíbula—. Ese color te queda increíble.

—Lo sé —respondió ella con una pequeña risa, inclinando la cabeza para darle mejor acceso—. Lo diseñé yo misma, después de todo. Tenía que probar cómo se sentía.

—Se siente perfecto —aseguró él, acariciando la curva de su cintura con una lentitud deliberada, disfrutando de la calidez de su piel—. Pero me gusta más la paz que traes cuando finalmente te relajas.

Rihanna dejó escapar un suspiro largo, apoyando la frente contra el hombro de Siegfried. La tensión acumulada del día comenzó a disiparse bajo el toque firme y protector de su pareja. En un mundo donde todos querían una parte de ella, Siegfried era el único que no pedía nada más que su presencia.

—A veces olvido lo silencioso que puede ser el mundo cuando estás cerca —admitió ella, cerrando los ojos.

—Estoy aquí para eso —respondió Siegfried, besando su frente—. Para ser tu silencio cuando todo lo demás haga demasiado ruido.

Se quedaron así durante un largo rato, meciéndose apenas en un abrazo silencioso, mientras la luz ámbar seguía dibujando sus siluetas contra las paredes del ático, ajenos al resto del universo.

El silencio del ático se volvió denso. Siegfried sostuvo la mirada de Rihanna, esos ojos de un verde avellana que bajo la luz anaranjada de la habitación parecían emitir un fulgor propio, místico y magnético. No hacían falta más palabras de cortejo ni preámbulos lógicos. La gravedad del deseo, una fuerza tan antigua como el propio universo, actuó de inmediato atrayendo sus rostros con la parsimonia de los astros que colisionan en el vacío.

El contacto inicial de sus labios fue un roce apenas perceptible, una exploración preliminar donde la suavidad de la boca de Rihanna se encontró con la textura firme y ligeramente más áspera de la de Siegfried. Fue un saludo silencioso que rápidamente se transformó en una entrega absoluta. Siegfried ladeó la cabeza para profundizar el ángulo, permitiendo que sus labios se sellaran por completo con los de ella. La calidez húmeda del encuentro propició que las bocas se abrieran con naturalidad, buscando un intercambio más profundo.

Fue entonces cuando sus lenguas se encontraron. La lengua de Siegfried, decidida y cálida, se abrió paso con delicadeza pero con una firmeza implacable, buscando la de Rihanna. Ella respondió al instante, enredando su lengua con la de él en un vaivén rítmico. Cada movimiento era pausado, saboreando el momento sin prisa, como si el tiempo exterior se hubiera congelado de manera definitiva. El sonido de sus respiraciones entrecortadas y el leve chasquido de los besos llenaron el espacio, convirtiéndose en la única música de la noche.

Mientras el beso se volvía más profundo y demandante, las manos de Siegfried comenzaron a trazar el cuerpo de su mujer con adoración. Su gran palma derecha ascendió por la columna vertebral de Rihanna, sintiendo cada vértebra bajo la fina capa de encaje del body, una caricia ascendente que hizo que ella experimentara un leve escalofrío. Al llegar a la nuca, sus dedos largos y fuertes se hundieron en el espeso y oscuro cabello de ella, enredándose en los mechones desordenados, sujetando su cabeza con la firmeza justa para mantenerla unida a su boca, asegurando que ningún rastro de aire se interpusiera entre sus labios.

Al mismo tiempo, la mano izquierda de Siegfried descendió con lentitud hacia la sinuosa curva de la cadera de Rihanna. Sus dedos se deslizaron sobre la tela texturizada del body hasta alcanzar la redondez firme de sus nalgas. El agarre fue seguro, un tacto que transmitía tanto posesión como un profundo respeto por la geografía de su cuerpo. Presionó con suavidad, moldeando la piel cálida, atrayéndola aún más hacia él, eliminando cualquier espacio residual que quedara entre sus anatomías.

Rihanna, respondiendo al estímulo de ese agarre y guiada por el ritmo del beso que aún los mantenía unidos, comenzó a moverse. Apoyando sus manos sobre los hombros anchos y esculpidos de Siegfried, elevó ligeramente la pelvis y comenzó a frotar su entrepierna contra la de él. El movimiento fue deliberadamente lento, una fricción suave y sensual donde la delicada tela de su lencería se deslizaba contra la piel desnuda del muslo y la pelvis de Siegfried.

Era un balanceo calculado, una cadencia felina que buscaba el roce exacto, un vaivén que generaba una estela de calor creciente entre ambos. Siegfried dejó escapar un gruñido sordo en el fondo de su garganta, un sonido de aprobación que Rihanna absorbió directamente a través de sus labios compartidos, lo que la incitó a mantener ese ritmo pausado, tortuoso y sumamente placentero.

El beso finalmente se rompió con un suspiro compartido, dejando un hilo de saliva que se desvaneció en el aire cálido. Siegfried, con la respiración ya alterada, descendió su boca por el cuello de Rihanna, dejando un rastro de besos húmedos que provocaron que ella inclinara la cabeza hacia atrás, exponiendo la línea de su garganta. Él continuó su descenso con lentitud, ignorando las prisas, concentrándose en la textura de la piel que se iluminaba bajo el resplandor anaranjado de la habitación.

Llegó a la zona del escote, donde el body de encaje realzaba la forma generosa de sus senos. Con una devoción casi mística, Siegfried comenzó a besar la parte superior de sus pechos, la piel suave que subía y bajaba con rapidez debido a la respiración agitada de Rihanna. Sus labios se movieron con delicadeza milimétrica, delineando el contorno de los senos antes de apartar con suavidad el borde del encaje para liberar uno de sus pezones, que ya se encontraba erguido y sensible ante la expectativa del tacto.

Siegfried envolvió el pezón con sus labios calientes, comenzando a chupar de manera lenta y rítmica. La presión de su boca, combinada con el roce sutil de su lengua alrededor de la aureola, desató una oleada de sensaciones que recorrió todo el cuerpo de Rihanna. Ella arqueó la espalda de inmediato, clavando los dedos de sus manos en los hombros de Siegfried para sostenerse ante la intensidad del estímulo. Un gemido sutil, agudo y cargado de un placer genuino escapó de sus labios, perdiéndose en las sombras del techo alto del ático.

—Siegfried... —susurró ella con su voz rompiéndose por la emoción del momento.

Él no se detuvo; alternó la succión con soplos de aire tibio y caricias de sus labios, pasando luego a adorar el otro seno con la misma paciencia y entrega. Rihanna, completamente entregada a las sensaciones que su pareja provocaba en ella, comenzó a balancearse sobre él de manera lenta y sensual. Aprovechando la posición en su regazo, movía las caderas en círculos concéntricos, un vaivén pausado que mantenía la presión constante entre sus cuerpos, coordinando sus movimientos con el ritmo de la boca de Siegfried en su pecho.

Cada gemido de Rihanna era una confirmación para Siegfried de la profunda conexión que compartían. El balanceo de ella, rítmico como las olas de un mar nocturno, y la entrega total de él en cada caricia y cada beso, transformaron la habitación en un espacio sagrado donde el ruido del mundo exterior ya no tenía cabida, dejando únicamente el eco de su mutua y pausada devoción.