Prólogo
Dicen que el mundo no termina con fuego, sino con un suspiro que se apaga en la garganta de una mujer.
Hace siglos, cuando el primer Eclipse devoró el sol y no quiso devolverlo, la tierra comprendió que necesitaba un equilibrio. No una luz que venciera a la sombra, sino una tumba que la contuviera. Así nació la primera Segadora. Ella no era la muerte, sino el recipiente; una vasija de carne y hueso diseñada para absorber el frío del universo, un vacío con nombre de mujer cuya única función era atraer hacia sí todo lo que sobraba en el mundo de los vivos.
Pero un abismo no puede existir sin un borde.
Para que la Segadora no devorara la existencia entera, la sangre misma de la tierra engendró al Cazador. Él no fue creado para destruirla —pues no se puede matar a la nada—, sino para ser su ancla. Él sería el único ser capaz de caminar por la orilla del precipicio sin caer; el único cuya voluntad sería lo suficientemente pesada como para no ser succionada por el magnetismo de ella.
La leyenda es clara, escrita en las paredes de las celdas más profundas:
“Ella es la gravedad que todo lo reclama; él es la roca que se niega a rodar. Ella lo atraerá con el hambre de mil soles apagados; él la buscará con el filo de mil inviernos. Si él cede, el abismo se desborda y el mundo calla. Si ella se rompe antes de tiempo, la caza no tendrá fin.”
Durante generaciones, el ciclo se ha repetido. El Cazador rastrea, la Segadora espera. Se buscan por instinto, se desean por maldición y se temen por destino. Es un juego de atracción y rechazo donde el contacto físico es la llave de un santuario o la apertura de un infierno.
Ahora, el cielo vuelve a teñirse del color de una herida vieja. El Eclipse se acerca.
En la morgue de un pueblo que huele a secretos y ceniza, una mujer de ojos de hielo empieza a sentir cómo su gravedad aumenta, reclamando algo que aún no conoce. Y en las sombras, un hombre marcado por la tinta y la cicatriz aprieta los puños, sintiendo cómo el suelo bajo sus pies empieza, inevitablemente, a inclinarse hacia ella.
La caza ha comenzado. Pero esta vez, el abismo tiene hambre de algo más que sangre. Tiene hambre de él.








