Capítulo 1: La llegada
El olor a madera vieja, lluvia reciente y papel húmedo era lo primero que te golpeaba al cruzar las pesadas puertas de la Academia San Andrés. El edificio parecía más un castillo gótico olvidado por el tiempo que una escuela preparatoria; sus pasillos eran de piedra alta y fría, y los enormes ventanales con marcos de hierro solo dejaban pasar una luz grisácea. Era el tipo de luz que hacía que todo pareciera un recuerdo en blanco y negro. Una atmósfera perfecta para un lunes por la mañana a mitad de invierno.
Apreté las correas de mi mochila contra mis hombros, usando la tela como un escudo improvisado mientras caminaba hacia el salón 4B. Ser la alumna nueva a mitad del ciclo escolar ya era lo suficientemente incómodo, pero hacerlo en un internado exclusivo donde todos parecían conocer los secretos de los demás desde los tres años lo hacía diez veces peor. Mis zapatos escolares resonaban contra el suelo de mármol, un eco acusador que atraía las miradas de reojo de los grupos que conversaban junto a los casilleros. Los murmullos bajaban de volumen a mi paso, dejando a mi alrededor un rastro de curiosidad y sospecha.
Cuando finalmente encontré el salón y empujé la puerta, el crujido de las bisagras hizo que todo el mundo se callara. El profesor, un hombre mayor con anteojos caídos sobre la punta de la nariz, apenas levantó la vista de un montón de hojas amarillentas.
—Ah, la señorita nueva. Llegas justo a tiempo para la primera lectura —dijo con una voz monótona que delataba sus años de rutina—. Toma asiento en el único lugar libre, al fondo a la derecha. Intentemos no interrumpir más la clase.
Caminé arrastrando los pies, sintiendo cómo la nuca me ardía bajo la mirada fija de treinta desconocidos.El único pupitre vacío estaba al final de la fila, justo al lado de un gran ventanal donde las gotas de lluvia golpeaban el cristal con fuerza.Pero el lugar no estaba completamente solo.
Sentado en la otra mitad del escritorio doble, con los brazos cruzados sobre el pecho y la espalda recargada con total indiferencia en la silla, había un chico. Tenía el uniforme impecable, pero llevaba la corbata ligeramente floja y el primer botón de la camisa desabrochado, dándole un aire rebelde que contrastaba con la rigidez del lugar. Su cabello, oscuro como el carbón, caía de forma desordenada sobre su frente, ocultando parcialmente sus facciones.
Cuando arrastré mi silla para sentarme, giró la cabeza despacio. Tenía unos ojos oscuros e increíblemente expresivos, pero cargados de una frialdad que te helaba la sangre. No se movió ni un milímetro para hacerme espacio; solo me barrió con la mirada de arriba a abajo, deteniéndose un segundo en mis manos temblorosas, como si mi presencia fuera una interrupción molesta y patética en su día.
Dejé mis cosas sobre la mesa de madera desgastada, tratando de ignorar la densa tensión que se instaló de inmediato entre los dos. El aire se sentía tan pesado que casi costaba respirar.
Antes de que pudiera sacar mi primera libreta, él estiró una mano pálida y, de un tirón firme, apartó un cuaderno negro de pasta dura que estaba cerca de mi lado, colocándolo firmemente en su territorio.
—No toques mis cosas —soltó en un susurro bajo y arrastrado, sin molestarse en ocultar la hostilidad en su voz. Ni siquiera me miró al decirlo; mantuvo la vista fija al frente, como si yo fuera invisible.
El roce de su voz fría me dejó paralizada un segundo con el cierre de la mochila a medio abrir. Me dieron ganas de responderle, de aclararle que no tenía el más mínimo interés en sus cosas, pero el carraspeo ruidoso del profesor cortó el aire antes de que pudiera cometer una locura en mi primer minuto de clase.
—Abran sus libros en la página cuarenta y siete —ordenó el maestro, golpeando la pizarra con un borrador lleno de tiza—. Analizaremos los textos de la época victoriana. Y espero silencio absoluto.
Saqué mi libreta a toda prisa, cuidando milimétricamente de no invadir ni un centímetro del lado de la mesa de mi vecino. El chico del cuaderno negro no se movió. Sacó un bolígrafo de tinta de su bolsillo con una elegancia perezosa y comenzó a tomar apuntes, o más bien a trazar líneas abstractas en los márgenes de sus hojas. Su perfil era afilado, casi aristocrático, pero mantenía el ceño fruncido, como si estuviera cargando con un enojo permanente contra el mundo entero.
Intenté concentrarme en la voz monótona del profesor, pero la combinación del frío que se colaba por la rendija de la ventana y la intensa vibra de hostilidad a mi izquierda me lo ponía imposible.
A mitad de la clase, el maestro se giró de espaldas para escribir una larga cita en el pizarrón. Fue en ese instante cuando la chica que estaba sentada justo delante de mí se inclinó hacia atrás con sutileza, haciendo que su silla rechinara apenas notablemente. Era una chica de cabello castaño claro, recogido en una coleta perfecta, que llevaba el uniforme impecable.
Se giró un poco de perfil, cuidando de que el profesor no la viera, y me dedicó una sonrisa rápida y llena de curiosidad.
—Hola —susurró, apenas moviendo los labios—. Soy Amelia. No le hagas caso a él, siempre está de malas.
Antes de que pudiera responderle, Amelia desvió la mirada un segundo hacia el chico de los ojos fríos, asegurándose de que él no estuviera prestando atención, y luego se acercó un poco más a mi pupitre.
—Ten cuidado si te habla —continuó en un hilo de voz casi imperceptible, sus ojos brillando con esa emoción típica de quien cuenta un chisme prohibido—. Ese es el pupitre de Ren. Nadie se sienta ahí desde el año pasado. Pertenecía a Julián... el chico que desapareció misteriosamente en los terrenos del bosque de la academia. Dicen que Ren fue la última persona que lo vio con vida.
Un escalofrío real, mucho más frío que el viento de la ventana, me recorrió la columna vertebral. Giré la vista instintivamente hacia mi compañero. Ren no se había movido, pero la punta de su bolígrafo se había detenido en seco sobre el papel, justo en medio de un trazo. No nos miró, pero la tensión en sus hombros delataba que había escuchado cada una de las palabras de Amelia.
El silencio que se formó en nuestra mesa era tan denso que juraría que se podía escuchar el latido de mi propio corazón. Ren no despegó los ojos de su libreta, pero la presión con la que sostenía el bolígrafo era tal que sus nudillos se habían vuelto completamente blancos. Amelia, ajena al peligro o quizá demasiado acostumbrada a él, se enderezó rápidamente en su asiento cuando el profesor giró de nuevo hacia la clase, dando por terminada su explicación.
Los siguientes veinte minutos pasaron como una tortura lenta. No me atreví a volver a mirar a la izquierda, pero sentía la presencia de Ren como una sombra pesada que lo abarcaba todo.
Riiing.
El sonido estridente de la campana del descanso rompió el hechizo. El salón estalló de inmediato en el caos habitual de risas, pasos apresurados y el arrastrar de las bancas. Amelia me lanzó una última mirada de complicidad antes de salir apurada con un grupo de amigas, dejándome sola en el fondo del salón. O casi sola.
Guardé mis cosas con manos torpes, deseando salir de ahí lo antes posible para respirar aire fresco. Metí los libros en la mochila a toda prisa, pero los nervios me jugaron una mala pasada: al jalar la correa, mi estuchera se resbaló del borde de la mesa y cayó al suelo, esparciendo mis bolígrafos y lápices justo debajo de los pies de Ren.
Solté un suspiro de frustración y me agaché de inmediato para recogerlos. Mi mano se extendió hacia el último bolígrafo, pero antes de que pudiera tocarlo, unos zapatos escolares negros se plantaron justo enfrente.
Alcé la vista despacio. Ren ya estaba de pie, con su mochila colgada de un solo hombro y el cuaderno negro firmemente sujeto bajo el brazo. Me miraba desde arriba, con esos ojos oscuros que parecían taladrarme la mente. En lugar de apartarse o ayudarme, pisó intencionalmente el bolígrafo que yo intentaba alcanzar, lo justo para retenedlo en el suelo sin romperlo.
—Si vas a quedarte en este lugar, te sugiero que cierres la boca y dejes de escuchar los cuentos de hadas de Amelia —dijo. Su voz ya no era un susurro perezoso; era un tono bajo, afilado y cargada de una advertencia real—. En la Academia San Andrés, la curiosidad no es una virtud. Es una forma muy rápida de meterse en problemas.
Quitó el zapato del bolígrafo con total desdén, dio la vuelta y caminó hacia la salida con pasos firmes, sin mirar atrás ni una sola vez.
Me quedé de rodillas en el suelo frío, con el bolígrafo recuperado entre los dedos y una certeza absoluta instalada en el pecho: Ren no solo sabía lo que le había pasado a Julián... sino que estaba dispuesto a lo que fuera para que nadie más lo descubriera.








