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Antes De Que El Invierno Me Lleve

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Sinopsis

Vivir en Londres debería ser idílico, pero para Chloe Smith, de 19 años, la ciudad es tan fría y despiadada como su propio hogar. Desde que su madre murió de cáncer hace cinco años, su vida se transformó en un infierno en la tierra. Su padre, Richard Smith, la ha borrado por completo de su vida, entregándole su lealtad y su casa a Marie Smith, la mujer que alguna vez fue su amante y que ahora, como madrastra, se encarga de tratar a Chloe como absoluta basura. Rompieron su autoestima, su alegría y sus ganas de vivir. Con los ojos verdes apagados por el llanto y el cabello oscuro como la noche que la cobija, Chloe toma una decisión: quiere suicidarse. Quiere que el invierno termine con su agonía y la reúna con su madre. Nadie la extrañará. A nadie le importa. Excepto a los Stone. La familia de su mejor amiga, Jolie (21 años), es el único refugio donde Chloe recibe un trato humano y un amor que no cree merecer. Todo cambia cuando Mark Stone (25 años) llega a Londres debido a un traslado universitario para cursar su tercer año. Mark es el hermano mayor de Jolie: un hombre alto, musculoso, de ojos cafés intensos, cabello castaño y una actitud rebelde que grita peligro. Al principio, fiel a su filosofía de no complicarse la vida, Mark ve a Chloe simplemente como "la hermanita menor de Jolie", una niña frágil a la que no debe tocar. Sin embargo, el dolor callado de Chloe actúa como un imán para la naturaleza protectora y salvaje de Mark. Chloe se enamora primero, encontrando en él una luz cegadora en medio de su oscuridad. Pero Mark no es un héroe perfecto; es un hombre con sus propios demonios que, a medida que descubre los secretos abusivos de los Smith y la fascinante e intrincada mente de Chloe, empezará a obsesionarse con ella. El deseo se vuelve carnal, destructivo y feroz en una serie de encuentros apasionados y explícitos que desafiarán los límites de ambos. ¿Podrá el fuego de una pasión prohibida calentar el alma de Chloe, o llegará el invierno a reclamar su vida antes de que Mark pueda salvarla?

Genero:
Erotica
Autor/a:
DoralizGil
Estado:
En proceso
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: El peso de la nieve sobre los huesos

CHLOE

Hay mañanas en Londres donde el cielo no es gris, sino de un blanco sucio y espeso que parece aplastarte el pecho. Es el color de la nada. Es el color exacto de mis pensamientos cada vez que me despierto y me doy cuenta de que, por desgracia, mis ojos verdes se han vuelto a abrir. Sigo respirando. Sigo atrapada en este cuerpo que cada día me pesa más, atrapada en una casa donde las paredes exudan desprecio y los pasillos huelen a la colonia cara de la mujer que profanó la cama de mi madre antes de que su cuerpo terminara de enfriarse en el ataúd.

Hoy es domingo. El peor día de la semana. Los domingos no hay universidad, no hay biblioteca pública donde esconderse, no hay calles transitadas en las que pueda mezclarme para desaparecer entre la multitud de desconocidos. Los domingos significan veinticuatro horas de confinamiento en este espacio que alguna vez llamé hogar, pero que desde hace cinco años se transformó en mi propio matadero psicológico.

Me quedo quieta en la cama, mirando las grietas del techo de mi habitación. Es el único cuarto de la casa que Marie no se ha molestado en remodelar; conserva el mismo papel tapiz desgastado de flores silvestres que mi madre eligió cuando yo era una niña. Ahora esas flores están descoloridas, marchitas, cubiertas por una capa de polvo que me niego a limpiar, como si ese polvo fuera lo único que protege los últimos rastros de su presencia.

Cinco años. Cinco malditos años desde que el cáncer se llevó el último suspiro de mi madre en una fría primavera. Recuerdo el sonido del monitor del hospital deteniéndose, un pitido continuo que se grabó a fuego en mis tímpanos. Pero lo que más me dolió no fue la muerte; fue lo que vino después. Menos de seis meses bastaron para que mi padre, Richard Smith, metiera a Marie en esta casa. Marie, la mujer que se sentaba a nuestra mesa como “la mejor amiga de la familia”, la mujer que abrazaba a mi madre enferma mientras ya se acostaba con su esposo a sus espaldas.

Cierro los ojos con fuerza, sintiendo la primera lágrima de la mañana resbalar por mi sien hasta perderse en mi cabello, ese cabello oscuro como la noche que Marie tanto detesta porque dice que es idéntico al de la mujer que la precedió. El dolor en mi pecho es una presión física, una mano invisible que me aprieta los pulmones hasta dejarme sin aire. No quiero estar aquí. Dios, no quiero estar aquí. Miro la ventana, observando las gotas de lluvia fría golpear el cristal, y el pensamiento recurrente, ese viejo amigo que me susurra al oído cada noche, regresa con una claridad espantosa:Salta. Córtate. Detén el motor. Reúnete con ella.

A nadie le importaría. Si desapareciera mañana, Richard ni siquiera parpadearía; Marie simplemente usaría mi habitación para guardar sus abrigos de piel, y el mundo seguiría girando sin mí. El único motivo por el que mis pies se arrastran un día más sobre la tierra es Jolie. Mi maravillosa, ruidosa y perfecta mejor amiga. Pero incluso el amor de Jolie empieza a sentirse como una cadena que me ata a un sufrimiento que ya no tengo las fuerzas para soportar. Quiero morir. Quiero que el invierno me lleve de una vez por todas.

El crujido violento de la puerta al abrirse me hace dar un respingo en la cama. El corazón se me sube a la garganta instantáneamente. No hay necesidad de mirar para saber quién es; el aroma empalagoso a perfume francés y el sonido de unos pasos pesados y decididos lo anuncian antes de que su sombra se proyecte sobre mi cama.

Marie.

—¿Sigues metida en esta pocilga, pedazo de basura? —su voz no es un saludo, es un escupitajo. Entra a la habitación con el rostro desencajado, el cabello rubio perfectamente peinado pero los ojos inyectados en una furia que conozco demasiado bien. Un domingo por la mañana significa que ya ha estado discutiendo con mi padre, o simplemente que se levantó con la imperiosa necesidad de recordarme lo mucho que me aborrece.

No tengo tiempo de responder. Antes de que pueda incorporarme o jalar las cobijas para protegerme, Marie avanza con pasos agigantados. Su mano se entierra con una fuerza brutal en mi cabello. El tirón es tan violento que suelto un grito de dolor primitivo cuando mi cuero cabelludo se tensa al límite.

—¡Muévete, maldita inútil! ¡Levántate! —brama, gruñendo como un animal rabioso. Su aliento huele a café y a ese odio rancio que lleva años cocinando dentro de su pecho.

—¡Marie, por favor, me duele! ¡Suéltame! —grito, intentando desesperadamente agarrar sus muñecas para liberar la presión, pero ella es más fuerte, impulsada por una adrenalina de pura malicia.

No le importa. No hay una pizca de piedad en sus ojos. Me jala con tanta saña que me arrastra literalmente fuera de la cama. Mis rodillas golpean el suelo de madera con un impacto seco que me saca el aire. Trato de buscar apoyo, de ponerme en pie, pero Marie no me lo permite. Mantiene el puño cerrado en mi pelo y empieza a caminar, arrastrándome por el suelo de la habitación hacia el pasillo.

El dolor en mi cabeza es insoportable; siento como si me estuviera arrancando el cuero cabelludo trozo a trozo. Mis uñas se entierran en las alfombras del pasillo intentando frenar el avance, pero es inútil. Marie me arrastra como si fuera un saco de basura, un estorbo, un animal que necesita ser sacrificado.

—¡Mírate! ¡Das asco! ¡Eres un despojo idéntico a la muerta de hambre de tu madre! —grita fuera de sí, su voz resonando en las paredes de la casa mientras me lleva hacia las escaleras.

—¡Papá! ¡Papá, ayúdame! —comienzo a gritar, mi voz quebrándose en un llanto histérico. Sé que está abajo, sé que está en su despacho leyendo el periódico o tomando su café matutino. Lo sé.

Marie suelta una carcajada fría, un sonido ronco que me congela la sangre mientras me empuja hacia el primer escalón.

—¿Tu padre? ¿Crees que a ese hombre le importas una maldita mierda? ¡Richard te aborrece tanto como yo! ¡Eres el maldito recordatorio de sus peores años!

Y entonces, el verdadero infierno del día comienza. Marie no me suelta. Comienza a bajar los escalones y me arrastra con ella. Mi cuerpo golpea contra los bordes de madera de los escalones. Uno, dos, tres impactos seguidos en mis costillas, en mis muslos, en mi espalda. Siento los golpes retumbar en mis huesos, el dolor físico mezclándose con la humillación más absoluta. Lloro, grito, suplico, pero a nadie le importa. Cada escalón es un recordatorio de mi insignificancia. Soy una alfombra sobre la que esta mujer camina para descargar su frustración.

Llegamos a la planta baja. Mi sudadera está rota, mi piel arde por la fricción y el dolor de los golpes me nubla la vista, pero Marie no ha terminado. Me arrastra por el suelo del pasillo principal, cruzando frente a la puerta cerrada del despacho de mi padre. Miro esa madera caoba con desesperación, esperando que se abra, esperando que el hombre que me dio la vida salga y detenga esta tortura. Pero la puerta permanece cerrada. Richard Smith no se mueve. Escucha mis gritos, escucha los insultos de su esposa, y decide subirse los auriculares o mirar hacia otro lado. Para él, yo ya morí hace cinco años junto con mi madre. Su silencio es un puñal que se clava más profundo que cualquier golpe físico.

Marie me empuja finalmente hacia el suelo de baldosas frías de la cocina. Me suelta el cabello con un desprecio tan evidente que mi cabeza rebota contra el suelo. Me quedo allí, hecha un ovillo, temblando, hiperventilando, con las lágrimas nublándome los ojos verdes.

—¡Mírame cuando te hablo, maldita rata! —Marie me da una patada en el costado. No es lo suficientemente fuerte como para romperme una costilla, pero el impacto me hace jadear y encogerme aún más.

Se agacha, tomándome la barbilla con una fuerza descomunal, clavándome sus uñas postizas en la piel de las mejillas hasta hacerme sangrar. Me obliga a mirarla a la cara. Sus ojos están encendidos en un odio purulento.

—Te aborrezco, Chloe. No te imaginas el asco que me da ver tu maldita cara todos los días en esta casa. Siento náuseas de solo respirar el mismo aire que tú —escupió las palabras, rozando mi rostro con su aliento—. Cada vez que te miro, veo a esa perra enferma con la que tuve que compartir a tu padre. Tienes sus mismos ojos verdes de mosquita muerta. Tienes esa mirada de lástima que me da ganas de vomitar. ¡Te odio por existir! ¡Te odio porque me recuerdas que Richard tuvo una vida antes de mí!

—Yo no tengo la culpa... —consigo articular entre sollozos, la voz ahogada por mi propio llanto.

—¡Cállate! —su mano se estrella contra mi mejilla en una bofetada limpia y sonora que me voltea la cabeza. El impacto me deja un pitido en el oído y el sabor metálico de la sangre en la boca—. No tienes derecho a hablar. Eres una basura que vive bajo mi techo, comiendo de nuestro dinero. Deberías haberte muerto tú en lugar de ella. El mundo sería un lugar mucho más limpio sin una estúpida deprimida como tú estorbando en los rincones.

Sus palabras se clavan directamente en el centro de mi fracturada psique.Deberías haberte muerto tú.Tiene razón. Dios, tiene tanta razón. Es el mismo pensamiento que me arrulla por las noches. ¿Por qué sigo aquí? ¿Por qué sigo soportando esto? El dolor de la bofetada no es nada comparado con el vacío negro que se expande en mi pecho. Me siento tan profundamente odiada, tan increíblemente sola, que el deseo de desaparecer se convierte en una necesidad física, un hambre urgente de no sentir nada nunca más.

Marie se pone de pie, limpiándose las manos en su costoso pantalón de satén como si se hubiera contaminado al tocarme. Miró el suelo de la cocina con asco.

—Limpia este desastre y asegúrate de desaparecer de mi vista el resto del día. Si te veo en la cena, te juro que desearás no haber nacido.

Se da la vuelta y sale de la cocina, sus tacones resonando con un eco triunfal en el pasillo. Segundos después, escucho la puerta de su coche cerrarse afuera; sale de compras, a gastar el dinero de mi padre, lavando su culpa o su aburrimiento con ropa de diseñador tras haber destruido los últimos pedazos de mi dignidad.

Me quedo tirada en el suelo de la cocina durante lo que parecen horas. Las baldosas están frías, pero mi cuerpo se siente extrañamente entumecido. El dolor de los golpes en la espalda y las piernas empieza a transformarse en un zumbido sordo. Miro mis manos, que tiemblan sin control. La sangre de mi mejilla se ha secado, dejando una línea rígida y molesta en mi piel.

¿Cómo se supone que voy a sobrevivir a esto?

Me arrastro como puedo hacia una esquina, apoyando la espalda contra los muebles de la cocina. Abrazo mis rodillas contra el pecho y lloro en silencio, un llanto sin lágrimas, ese que surge cuando el alma ya se ha quedado completamente seca. Pensar en mi padre es lo que más me quema por dentro. Richard (permite) esto. Lo sabe. Sabe que Marie me golpea, sabe que me humilla, sabe que me trata como a un perro sarnoso, y no hace nada. Su cobardía es una forma de asesinato lento. Me está matando por omisión. Prefiere mantener la paz en su nueva y retorcida vida matrimonial antes que proteger a la hija que se supone que debía amar.

“Mamá...“, susurro al vacío de la cocina, cerrando los ojos con fuerza. “Llévame contigo. Por favor, haz que el invierno me lleve. Ya no puedo más”.

La idea de planear mi final empieza a tomar una forma más sólida en mi mente. Ya no es solo un deseo abstracto; es un proyecto. Quizás el próximo mes. Quizás cuando el frío de Londres sea tan intenso que el agua de los lagos se congele. Un salto limpio. O una dosis lo suficientemente alta de las pastillas que Marie deja olvidadas en el botiquín. Solo necesito un poco más de tiempo para asegurarme de que Jolie no sufra tanto, aunque sé que es una mentira que me digo a mí misma para retrasar lo inevitable.

El resto del domingo transcurre en una neblina de dolor y aislamiento. Me arrastro de regreso a mi habitación, evitando el despacho de mi padre, y me encierro con llave. Paso las horas limpiándome las heridas con agua fría frente al espejo del baño. Mi reflejo me asquea. Los ojos verdes que Marie tanto odia están rodeados de ojeras violáceas, hinchados de tanto llorar. Hay un moretón subiendo por mi pómulo izquierdo y marcas rojas en mi cuello por los tirones de cabello. En mis costillas ya se dibuja un mapa de manchas moradas y amarillentas, el dolor al respirar profundamente me recuerda cada escalón por el que fui arrastrada.

Uso una base de maquillaje pesada, una capa gruesa de corrector que compré en secreto para estas ocasiones. Difumino la crema sobre el moretón de mi rostro hasta que la piel recupera un tono falsamente uniforme. Mañana es lunes. Mañana tengo que ir a la universidad. Tengo que ver a Jolie. Y la sola idea de mirarla a los ojos y pretender que mi vida es normal me revuelve el estómago.

El despertador suena a las seis de la mañana del lunes, rompiendo el silencio sepulcral de mi habitación. No he dormido casi nada; cada vez que intentaba cerrar los ojos, revivía la sensación del vacío en la escalera, las manos de Marie en mi pelo y el rostro impasible de mi padre.

Me visto mecánicamente. Elijo un suéter negro de cuello alto, lo suficientemente grueso para ocultar las marcas de mi cuello y los moretones de mis brazos y costillas. Me pongo unos pantalones vaqueros holgados para evitar el roce con la piel lastimada de mis muslos. Me miro al espejo una última vez, aplicando otra capa de corrector sobre mi mejilla. Nadie debe notar nada. Jolie no puede saberlo. Si Jolie se entera, irá a mi casa a armar un escándalo, se lo dirá a sus padres, y sus padres intentarán intervenir, lo que solo provocará que Richard y Marie me hagan la vida un nivel de infierno aún más insoportable. No quiero ser una carga. No quiero que la compasión de nadie sea el motor de sus vidas.

Salgo de la casa antes de que alguien se levante. El aire de Londres me golpea la cara con una ferocidad gélida que agradezco; el frío adormece el dolor físico que persiste en mis costillas. Tomo el metro hacia la universidad, mezclándome entre la marea de trabajadores y estudiantes que caminan con la mirada fija en sus teléfonos. Nadie me mira. Soy un fantasma que camina entre los vivos, una sombra con ojos verdes que cuenta las horas para su propia extinción.

La Universidad de Londres es un complejo enorme, lleno de edificios antiguos de ladrillo rojo y estructuras modernas que se alzan hacia el cielo gris. Yo estudio Literatura; elegí esa carrera porque los libros eran el único lugar donde podía escapar de mi propia realidad, el único espacio donde las tragedias ajenas hacían que la mía pareciera un poco más tolerable. Jolie, por el contrario, estudia Derecho. Ella es todo lo que yo no soy: decidida, fuerte, con un sentido de la justicia implacable y una voz que se hace escuchar en cualquier habitación en la que entra. Sus padres la aman, la apoyan, y la tratan como el tesoro que es. A veces, cuando visito su casa, siento una envidia tan dolorosa que me avergüenza; ver a sus padres abrazarla, prepararle la cena y reír con ella me recuerda todo lo que perdí, todo lo que nunca volveré a tener. Pero aun así, los Stone me tratan como si fuera parte de su familia, y ese es el único calor humano que conozco.

Diviso a Jolie cerca de la entrada de la facultad de Derecho. Lleva un abrigo rojo brillante que contrasta perfectamente con el día gris, y su cabello castaño se mueve con el viento mientras habla animadamente con unos compañeros de clase. En cuanto me ve, su rostro se ilumina con una sonrisa enorme y se despide de su grupo para correr hacia mí.

Mi estómago se contrae. Activación del modo supervivencia: sonreír, modular la voz, fingir que todo está bien.

—¡Chloe! —me grita, envolviéndome en un abrazo efusivo.

El impacto de sus brazos contra mis costillas lastimadas me arranca un jadeo involuntario de dolor. Me tenso al instante, apretando los dientes para no soltar un gemido que me delate. Jolie lo nota de inmediato y se separa un poco, mirándome con el ceño fruncido.

—¿Estás bien? Te sentiste... rígida. ¿Te lastimé? —pregunta, examinando mi rostro con esos ojos atentos que tanto temo en momentos como este.

—No, no, para nada —fuerzo una sonrisa que me duele en la comisura de los labios, donde la bofetada de Marie dejó una pequeña grieta—. Es solo que... no dormí bien anoche. Tengo una contractura terrible en la espalda por una mala postura al estudiar. Estoy un poco adolorida, eso es todo.

Jolie suspira, suavizando la mirada, aunque no parece del todo convencida. Me pasa un brazo por los hombros con cuidado esta vez y comenzamos a caminar hacia la cafetería del campus.

—Te lo he dicho mil veces, Chloe, tienes que dejar de matarte estudiando en esa cama tan incómoda. Tienes que usar el escritorio —me regaña con cariño—. Además, tienes una cara de cansancio que no puedes con ella. ¿Estás comiendo bien? Te veo más delgada.

—Sí, Jolie, estoy bien. Solo es el estrés de los exámenes que se avecinan —miento, sintiendo el peso de la culpa aplastarme el pecho. Odiaba mentirle. Ella era la única persona en el mundo que realmente se preocupaba por mí, y yo le estaba pagando con una fachada de plástico. Pero la verdad era demasiado oscura, demasiado fea para arrastrarla a ella conmigo.

—Bueno, más te vale estar bien, porque hoy necesito que estés al cien por cien —dice Jolie, sus ojos brillando con una emoción especial mientras nos sentamos en una de las mesas de la cafetería—. No sabes la noticia que tengo. ¡Por fin pasa!

—¿Qué pasa? —pregunto, intentando mostrar un interés genuino mientras sostengo la taza de té caliente entre mis manos para calentar mis dedos entumecidos.

—¡Mi hermano! ¡Mark vuelve a Londres esta misma noche! —anuncia con entusiasmo, dando un pequeño aplauso—. El traslado de su universidad ya es oficial. Va a cursar su tercer año aquí. ¡No me lo puedo creer, por fin tendré a mi hermano mayor cerca para fastidiarlo!

Me quedo mirándola, procesando la información. Sabía que Jolie tenía un hermano mayor, un tal Mark, pero nunca lo había conocido. Él se había criado en el extranjero, viviendo con unos tíos en Estados Unidos desde la adolescencia debido a un asunto familiar del que Jolie nunca entraba en demasiados detalles, y sus visitas a Londres habían sido inexistentes durante los años que yo llevaba siendo amiga de Jolie. Para mí, Mark Stone era solo un nombre, una figura mítica en las historias que Jolie contaba a veces sobre su infancia.

—¿Esta noche? Pensé que vendría el próximo mes —comento, intentando mantener la conversación viva mientras le doy un sorbo al té, sintiendo el líquido caliente quemarme la garganta.

—Sí, se adelantó todo por cuestiones del papeleo de la facultad. Papá y mamá están como locos limpiando su habitación y preparando su comida favorita. Tienes que venir a cenar mañana con nosotros, Chloe. Tienes que conocerlo. Es un idiota insoportable a veces, ya sabes, el típico hermano mayor protector y rebelde que cree que se las sabe todas, pero en el fondo tiene buen corazón. Además... —Jolie me guiña un ojo, bajando la voz de forma cómplice—, tengo que admitir que el maldito genético salió muy atractivo. Alto, musculoso, castaño... las chicas en su antigua universidad se volvían locas por él. Pero no dejes que se lo diga, se le subirá a la cabeza.

Fuerzo una pequeña risa, intentando ocultar el súbito bajón de energía que siento. La idea de ir a una cena familiar, de ver a los Stone celebrar la llegada de su hijo perfecto mientras yo tengo que regresar a la casa donde Marie me llama basura y mi padre me ignora, se siente como una tortura autoinfligida. No sé si podré soportarlo.

—No lo sé, Jolie... tengo muchos trabajos de literatura que entregar esta semana —me excuso, mirando hacia abajo.

—Oh, vamos, Chloe, no me hagas esto —me pide, tomándome de la mano. Su tacto es cálido, tan diferente al frío de mi casa—. Eres mi mejor amiga. Eres como una hermana para mí, y mis padres te adoran. Mark tiene que conocerte, eres parte de la familia. No acepto un no por respuesta. Mañana en la noche te quiero en mi casa, ¿entendido?

—Está bien... haré lo posible —cedo, solo para verla sonreír y no levantar más sospechas.

El timbre que anuncia el inicio de las clases de las ocho de la mañana resuena en los altavoces del campus. Jolie se toma el último trago de su café a toda prisa y se pone de pie, ajustándose la correa de su mochila de cuero.

—Me voy corriendo, tengo penal en el edificio tres y el profesor es un ogro si llegas tarde. ¡Nos vemos en el almuerzo en el sitio de siempre! ¡Te quiero, Chlo!

—Yo también te quiero, Jolie —susurro, viendo cómo su abrigo rojo se aleja rápidamente entre la multitud de estudiantes, llevándose consigo la poca calidez que había logrado sentir en toda la mañana.

Me quedo sola en la mesa durante un par de minutos, mirando el fondo de mi taza de té. La realidad vuelve a caer sobre mí como una losa de cemento. Me pongo de pie con dificultad, sintiendo un pinchazo agudo en mis costillas lastimadas, y me dirijo hacia la facultad de Literatura.

El resto del lunes se transforma en una prueba de resistencia psicológica y física que amenaza con romperme en cualquier momento. Las horas en las aulas se vuelven eternas. Mientras los profesores hablan sobre la estructura de la novela victoriana o el simbolismo en la poesía de Keats, yo solo puedo pensar en el dolor que recorre mi cuerpo cada vez que cambio de posición en la silla de madera. El suéter de cuello alto empieza a sofocarme, pero no puedo quitármelo; sé que si lo hago, las marcas rojas en mi cuello quedarían expuestas a los ojos de cualquiera que se siente detrás de mí.

Durante el almuerzo, vuelvo a encontrarme con Jolie. Ella pasa todo el tiempo hablando sobre los preparativos para la llegada de Mark, detallando cómo sus padres han estado planeando la cena y lo emocionada que está de volver a tener a su hermano en casa después de tantos años en el extranjero. Yo asiento, sonrío en los momentos adecuados, introduzco pequeñas frases para demostrar que estoy escuchando, pero por dentro me estoy desangrando. Me siento como una impostora, una intrusa que observa la felicidad de una familia real a través de un cristal sucio, sabiendo que nunca podré formar parte de ese mundo.

Cuando las clases finalmente terminan a las cuatro de la tarde, el cielo de Londres ya ha comenzado a oscurecerse, adoptando ese tono azul violáceo tan característico del invierno que se avecina. Jolie se despide de mí en las escaleras de la salida principal, dándome un abrazo rápido y emocionado.

—¡Me voy ya! Papá va a pasar por Mark al aeropuerto en una hora y quiero estar en casa cuando lleguen. Recuerda, mañana a las ocho de la noche en mi casa. ¡No me falles, Chlo!

—Ahí estaré —miento una vez más, viéndola alejarse hacia la estación de metro con el rostro iluminado por una felicidad pura y legítima.

Me quedo parada en el escalón más alto de la facultad, mirando cómo el viento mueve las hojas secas por el suelo del campus.

Camino hacia la salida de la universidad con los brazos cruzados sobre el pecho, intentando proteger mis costillas del frío cortante de la tarde. Sé a dónde tengo que volver. Tengo que tomar el metro de regreso a esa casa en el norte de Londres. Tengo que volver al territorio de Marie, al silencio cómplice de Richard, a las miradas de asco, a los insultos que me desgarran el alma un poco más cada día.

Mientras camino hacia la estación, miro las luces de la ciudad encenderse una a una en la penumbra. El invierno se acerca con pasos rápidos y silenciosos, congelando todo a su paso. Y mientras siento el aire helado entrar en mis pulmones, no puedo evitar desear, con toda la fuerza que me queda en mi roto corazón, que este invierno sea el último. Que antes de que la nieve se derrita en la próxima primavera, el frío finalmente me lleve y apague este dolor para siempre.

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