Un nuevo viaje
Los recuerdos de mi infancia inundaban mi mente mientras llenaba mi maleta con todas aquellas memorias que me hacían sonreír por las noches y que otras tantas me atormentaban sin explicación. No quería irme de este lugar al que había llamado mi hogar durante tanto tiempo, pero debía hacerlo si quería que mi deseo más grande se hiciera realidad.
El lugar donde vivo es el seminario más antiguo de la ciudad y también el más alejado de ella. Hace mucho que no veo a ningún miembro de mi familia por el mismo motivo y aunque quisiera verlos, sé que no seré bienvenido en casa. El viaje ha sido duro; sin embargo, estoy seguro de que la recompensa por ser un seguidor fiel será aún mejor.
Un par de días atrás recibí la orden de servir como acólito en la iglesia de un pueblito ubicado en un área de difícil acceso. Justo por esa razón es que necesitan más manos ayudantes para sobrellevar la carga religiosa. Al principio, me sentí indeciso debido a que aún no tengo la orden religiosa requerida para hacer muchas cosas, pero al final accedí convencido de que me ayudaría en mi formación clerical.
Cuando terminé de acomodar la maleta, me moví con rapidez a mi pequeño escritorio y de él saqué mi Biblia junto a un par de crucifijos dados por mi madre para colocarlos dentro de la maleta. En ella solo coloqué lo necesario ya que la iglesia a la que seré enviado hoy por la tarde me proporcionará todo lo demás.
Un sonido me sacó de mis pensamientos. Alguien había tocado mi puerta. Al abrirla me encontré directamente con mi compañero llamado Roberto.
—Buenos días, hermano Caleb.
La expresión en su rostro me dio a entender que se sentía frustrado; cualquiera lo estaría en su situación, por ser obligado a acompañarnos y no poder quedarse aquí a descansar como siempre lo hace. Al ser el más joven del grupo, era normal que se sintiera así.
—Buenos días, hermano Roberto. ¿Necesitas algo?
—El obispo y el padre Julián te están esperando. Me pidieron que te avisara que el viaje comenzaría más rápido de lo esperado.
—Gracias, iré enseguida—dije para después sujetar mi maleta y salir de la habitación siguiendo la silueta del chico.
Al caminar por los pasillos del seminario sentí un poco de nostalgia. El pensar que tendría que dejar el lugar que prácticamente había sido mi hogar desde los dieciocho suponía un nuevo reto al que quizás no estaba preparado todavía.
Las paredes de piedra, el piso de madera que rechinaba con cada paso, las luces que tintiliaban de vez en cuando y ese frío inexplicable que te helaba los huesos. Todo eso lo extrañaré en mi ausencia. Aunque realmente no creo que me tome mucho terminar con la misión, confío en que a final de año pueda estar de regreso.
Mis divagaciones fueron interrumpidas cuando salí por la puerta principal. La luz del mediodía era cegadora. Frente a mí estaba mi compañero Julián, un hombre de treinta años que había tenido su llamado a la vocación hace relativamente poco tiempo. Justo después de su divorcio.
—Buen día, hermano Caleb—dijo sin mirarme a los ojos.
Yo no soy de su agrado.
—Buenos días, padre Julián; buen día, señor obispo. ¿Cómo amaneció el día de hoy?—pregunté, dándole la espalda al padre Julián.
Él tampoco era de mi agrado.
—Buen día, Caleb—respondió con una sonrisa en su rostro—. Gracias a Dios, ya me siento mucho mejor que hace tres días.
—Me alegra escuchar eso, realmente pensé que tendríamos que llevarlo al médico después de esa recaída.
—Ya no soy tan joven, hijo... Mi tiempo en la tierra ya está llegando a su fin.
—No diga eso, probablemente viva muchos años más.
—Solo Dios dirá, hijo—respondió él, con una media sonrisa.
Llevó sus manos al cuello para quitarse uno de sus rosarios de madera que parecía ser más antiguo que él. Con cuidado me lo entrego en las manos y me sentí honrado ante tal gesto.
—Confío en que harás un trabajo excelente.
Mire al anciano y esbocé una sonrisa. Lo quería como a mi propio abuelo y me pesaba en la conciencia tener que dejarlo atrás cuando su salud no era buena
—Ya es hora de irnos—interrumpió Julián.
—Vamos, hermano Caleb—agrego Roberto, quien ya se había adelantado a sujetar mi maleta para acomodarla en la cajuela del vehículo.
Asentí con la cabeza y me despedí del obispo para luego caminar hasta el automóvil. Este sería conducido por el padre Julián. El único que estaba dispuesto a manejar era él y yo no tenía ganas de decirle que también sabía hacerlo.
—Cuiden bien de mí, Roberto—comentó el obispo desde la banqueta—.O su madre va a maldecirme.
Sonreí con complicidad en el asiento del copiloto y me despedí de él con la mano mientras el auto se ponía en marcha. Lo vi desaparecer a través del espejo retrovisor.
La brisa del aire era fresca. El clima ese día era soleado y sin nubes a la vista que pudieran suponer una precipitación más tarde.
El auto, perteneciente al obispo, y para mi sorpresa, era bastante cómodo, con sus tapices de color beige, sus crucifijos colgados del retrovisor y un olor a cereza penetrante que gritaba a los cuatro vientos que este pertenecía a un abuelo. No era nuevo, pero tampoco era tan viejo.
En la guantera había una colección de casetes, todos ellos contenían música religiosa y hasta el fondo había tres más con etiquetas que decían “rock clásico”, pero estoy seguro de que el obispo no hubiera querido que nosotros supiéramos de su existencia.
Las horas transcurrieron en un santiamén. En la radio se reproducía la música religiosa de los casetes y el ambiente parecía estar de lo más cómodo; sin embargo, al observar de reojo al padre Julián pude notar que este parecía estar estresado por estar conduciendo sin parar durante mucho tiempo.
—¿Le parece bien que yo conduzca en su lugar?—pregunté con calma.
El padre Julián, de naturaleza muy desconfiada, me miró un par de segundos y después devolvió la mirada a la carretera.
—No—respondió súbitamente.
Realmente me molestaba que él fuera así de mezquino conmigo y aunque ya había aprendido que la gente no siempre está obligada a tratarnos como quisiéramos, me seguía causando enfado cualquier muestra de desprecio de su parte. Nunca entenderé el motivo por el cual me trataba de esa forma.
—Yo también puedo hacerlo—agrega Roberto desde el asiento trasero.
—¿Tu? —Contesto sarcástico.
Roberto se encogió de hombros y asintió.
—Ni siquiera tienes licencia, ¿o sí?
—No la tengo, pero sé conducir y puedo ayudarle.
El padre Julián no respondió.
Roberto y yo supimos de inmediato que su paciencia estaba al límite. Así que nos quedamos en silencio hasta que el tiempo comenzó a pesar en nuestros hombros.
—La verdad no sé cómo alguien puede dedicar tanto tiempo a la iglesia; sin ofender, hermano Caleb, pero no logro comprender cómo el obispo pudo pasar toda su vida sin tocar a una mujer o beberse una jarra completa de alcohol con sus amigos—comentó Roberto divagando más de lo que debería.
Él era de esas personas que no podían estar en paz por mucho tiempo.
—¿Cuántos años tienes, niño? —pregunta el padre Julián.
De reojo pude observar que le estaba lanzando una mirada fastidiada por el retrovisor.
—Este año cumplo dieciocho, señor.
—¿Y cómo fue que un mocoso como tú se inició en la fe? No creo que seas el creyente más fiel de todos, como para mantenerte encerrado en el monasterio leyendo viejas escrituras y escuchando sermones del obispo.
—Mi madre me obligó a hacerlo porque estaba harta de mi mala conducta y decidió dejarme con mi tío abuelo, el obispo Clemente—respondió Roberto.
El padre Julián parecía genuinamente sorprendido con la confesión. Yo ya lo sabía de antemano, debido a que el obispo me lo había confesado como un secreto.
—¿Así que eres familiar de él? —Intervine fingiendo sorpresa—supongo que es por eso que pensé que eras un poco parecido a él cuando te conocí por primera vez.
—¿Yo? ¿Parecido a ese vejestorio? —Qué tonterías dices —exclamo en voz innecesariamente alta—. Con todo respeto, hermano Caleb, pero siento que a veces eres demasiado ingenuo para tu propio bien.
De inmediato sentí una incomodidad recorrer mi cuerpo entero. Intenté hacerle una señal con las manos para que se callara de una vez antes de que el padre Julián llegara al límite de su paciencia; sin embargo, ya era muy tarde.
El auto frenó de golpe. Roberto estrelló su cara contra el asiento del conductor y yo me aferré al cinturón de seguridad. De no haber sido por él, probablemente habría salido disparado a través del parabrisas.
Mi corazón latía con fuerza y un sudor helado me recorrió la frente.
Julián lo volteó a ver con una mueca que explicaba más que mil palabras.
—Cuida cómo le hablas a tu superior—exclamó Julián.
Su voz era gélida; jamás lo había escuchado hablar de esa forma y no sabía el porqué de ello. Roberto no había dicho nada fuera de lo común para su edad. Quise decir algo para defender al chico, mas las palabras se quedaron atoradas en mi garganta.
—Sí —respondió Roberto, aún temblando por la conmoción.
Estaba tan consternado como yo lo estaba en ese momento.
El resto del viaje continuó en un silencio casi sepulcral. Ambos estábamos nerviosos y habíamos perdido todo valor para seguir hablando en todo lo que quedaba de camino. Al observar por la ventana, rápidamente me perdí en mis pensamientos, en un torpe intento por ignorar todo lo que pasaba dentro del vehículo.
Después de un largo silencio, había decidido sacar el casete y solo dejar la radio sonando. Tal vez alguna canción popular del momento nos haga sentir menos tensos. Aunque no sé si esto pueda acabar de nuevo con la paciencia del padre Julián.
En menos de diez minutos, la música relajó el ambiente más de lo que había esperado. Quizás era la magia de las canciones de Juan Gabriel.
Al final, después de una hora, nos detuvimos en una gasolinera para comprar agua y algunos bocadillos. El viaje estaba siendo más largo de lo que había imaginado, por lo que debía estar preparado para esperar aún más.
Mis compañeros habían decidido entrar al baño antes de partir y yo me dediqué a dar vueltas esperando su regreso.
Al lado de la tienda había múltiples puestos de comida que lucían abandonados o con poco uso. Mi curiosidad aumentó más de lo debido y cuando menos me di cuenta ya estaba perdido dentro de ese lugar tan misterioso.
No creía en fantasmas, pero ese lugar sin duda me hacía creer que algo así me saldría en cualquier momento.
La luz naranja del atardecer pintaba los callejones abandonados y comencé a temer el no poder encontrar la salida de ese laberinto.
Los puestos olían a aceite quemado y a óxido. En el suelo había muchos charcos de agua estancada con pedazos de lo que parecía ser comida dentro de ellos. Con cada paso que daba, sentía que mis pies se quedaban pegados al piso porque estaba lleno de grasa vieja.
Al llegar a lo que parecía ser un campamento sentí un mal presentimiento y comencé a alejarme en dirección contraria; sin embargo, varios hombres ya me habían rodeado para impedir que escapara de ese lugar. Parecía que tenían rato siguiéndome porque había jurado ver las siluetas de varios de ellos caminando entre los puestos más viejos.
Por su aspecto puede deducir de inmediato que no tenían ninguna buena intención. Todos parecían vagabundos, drogadictos y otras tantas cosas que prefiero no decir.
Uno de ellos sacó una navaja corta entre sus ropas para amenazarme con ella. Mi corazón empezó a agitarse como loco y mis manos sudaban sin control. Algo dentro de mí temía lo peor.
—¿Adónde va tan arreglado, padrecito?—me dijo el hombre que sostenía la navaja.
Mi garganta se cerró de golpe y mis piernas comenzaron a temblar. Nunca había estado en una situación así en toda mi corta vida. No sabía qué era lo que debía hacer.
De pronto escuché a mis compañeros llamarme con mucha insistencia. Sentí un alivio recorrer mi cuerpo que no duró mucho debido a que uno de ellos me dio un puñetazo fuerte en el rostro que me aturdió.
Rápidamente, todos los hombres comenzaron a dispersarse a medida que mis compañeros se acercaban más a mí. Todos menos el que tenía la navaja. Él me vio y sonrió con una malicia que no anunciaba nada bueno.
Lo último que sentí antes de caer al suelo fue como el frío metal atravesaba mi ojo izquierdo de arriba a abajo. La sangre comenzó a brotar sin control. Mis sentidos se debilitaban rápidamente hasta que todo se volvió totalmente oscuro. A lo lejos escuché a mis compañeros llamarme con desesperación; después sentí como alguien me levantó del piso para comenzar a correr. Poco después perdí la conciencia por completo.
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