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La Heredera de las Cenizas

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Sinopsis

¿Qué harías si tus últimos veinte años de vida fueran pura orquestada mentira? ¿Qué harías si te dices una mentira tan grande como esta? Si al final resulta ser todo esta mentira, imaginen lo que el personaje va a sentir. Noa Valdés siempre creyó que era una chica normal, hasta que una caja que heredó en su cumpleaños lo cambia todo. Hay fotos de una niña que no es capaz de reconocer, documentos con un apellido que no es el suyo, y una carta que comienza con ―Si estás leyendo esto, ya es demasiado tarde para protegerte. Cuando Noa está atrapada entre la familia que conoció y los fantasmas de un pasado que le robaron debe averiguar quién es realmente... y quién mataría para que ella siga en la oscuridad. La verdad siempre saldrá a la superficie. Aunque arde. 🔥 #1 en giros impredecibles ⚡ Para fans de: misterio familiar, identidades ocultas, suspense adictivo

Genero:
Fantasy/Mystery
Autor/a:
Dark Witch
Estado:
En proceso
Capítulos:
10
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

𝐂𝐚𝐩í𝐭𝐮𝐥𝐨 𝟏 𝐋𝐚 𝐧𝐨𝐜𝐡𝐞 𝐪𝐮𝐞 𝐯𝐢𝐧𝐢𝐞𝐫𝐨𝐧 𝐚 𝐩𝐨𝐫 𝐦í

La noche que intentaron matarme descubrí que, para el resto del mundo, llevaba veinte años muerta.

Pero no nos adelantemos. Primero vino el cumpleaños.

Me desperté a las 7:14 de la mañana con la certeza absoluta de que algo iba mal. Y no hablo de ese malestar tonto que se te pasa al tercer café, ni de haber dormido con el cuello torcido. Era otra cosa. Una resión sorda en el esternón, como si alguien me hubiera dejado una piedra enorme en el pecho mientras dormía y hubiera escapado por la ventana justo antes de que yo abriera los ojos.

Veinte años. Casi nada.

Me quedé un rato mirando el techo de mi cuarto. Ahí seguía el mismo desconchón con forma de mapa desde que Eloise alquiló el piso, flotando en ese olor a madera vieja y al incienso que siempre quemaba en el salón. Intenté sentir algo bonito. Ya sabes, eso que la gente cuenta sobre los cumpleaños, esa calidez un poco infantil que se supone que mantienes aunque ya no te regalen juguetes.

Pues no sentí nada de eso.

Lo que sentí fue la cicatriz.

A ver, siempre había estado ahí. Desde que tengo uso de razón, desde que era tan chica que la señalaba con el dedo y le preguntaba a Eloise qué era esa marca tan rara en mi clavícula. «Una marca de nacimiento, cariño», me decía siempre con esa sonrisa suya que nunca terminaba de llegarle a los ojos. «No le hagas caso, algunos nacemos así». Y yo me lo creí. Al final, los niños creen ciegamente en la gente que los quiere, y Eloise me quería. De eso no tengo la menor duda.



Pero esa mañana la cicatriz pulsaba.

No dolía, no exactamente. Era más bien como un recuerdo en la piel. Como cuando pones la mano sobre una mesa que ha estado al sol: ya no quema, pero notas el calor que ha dejado atrás. Palpité con ella tres veces antes de levantarme, casi sin querer, con los dedos pegados a la marca, convenciéndome de que solo habría sido una mala postura.

Me levanté, fui al baño y me miré en el espejo.

Y el espejo tardó un segundo de más en devolverme el reflejo.

Sé que suena rarísimo y no sé cómo explicarlo mejor. Fue un instante, menos de un parpadeo, pero juraría que el cristal se quedó oscuro. No sucio ni apagado, sino oscuro, como si algo hubiera pasado por detrás dejando una sombra pegada al azogue. Un segundo después volvió a ser el espejo de siempre, con mi cara de siempre y mis ojeras de siempre. Me dije que eran las siete de la mañana, que estaba medio dormida y que necesitaba cafeína ya de ya.

Pero el corazón me iba a mil por hora, y eso no era por el sueño.

Cuando salí, Eloise ya estaba en la cocina.

Eso era lo normal; madrugaba un montón y siempre tenía el café listo antes de que yo apareciera arrastrando los pies. Lo raro era la actitud. Estaba de pie junto a la ventana, taza en mano, mirando fijamente a la calle con esa expresión que yo conocía de sobra y que significaba que algo la estaba carcomiendo por dentro. Se la había visto pocas veces: cuando me caí de la bici a los ocho años y me abrí la cabeza, cuando suspendí tres asignaturas en segundo de carrera, o cuando se murió el gato que tuvimos seis meses antes de que la casera nos echara el alto.

La diferencia es que esas veces había un motivo claro. Esta mañana, no.

—Feliz cumpleaños —solté. Me salió la voz más seca de lo que quería.

Se giró. Y lo que vi en su cara me revolvió las tripas, aunque en ese momento no supe por qué. Sonrió, me llamó «cariño», vino a abrazarme y olía igual que siempre: a lavanda y a ese jabón caro que compraba aunque anduviéramos pilladas de dinero. Pero cuando me puso las manos en los hombros, le temblaban.

Y Eloise no temblaba nunca.

—¿Estás bien? —le pregunté, con la boca pegada a su hombro.

—Perfectamente —respondió. Demasiado rápido—. Es que no he pegado ojo. Ya sabes cómo me pone el calor.

No era el calor. Estábamos en octubre.

Me serví el café sin decir nada más y me senté a la mesa. Durante el desayuno la estuve vigilando con esa técnica que desarrollas tras veinte años de vivir con alguien: de reojo, disimulando, apuntando mentalmente cada detalle. Los dedos tamborileando en la encimera. Las miradas continuas a la ventana. Cómo miró el móvil cuatro veces en diez minutos, apretando los labios con tanta fuerza que se le quedaban blancos.

Pasaba algo gordo. Y no me lo iba a soltar por las buenas.


Para empezar, el reloj del salón se paró a las doce del mediodía. Lo miré, pensé que se había quedado sin pila y seguí a lo mío. Tres horas después volví a mirar: seguía clavado en las doce. Cuando metí la mano por detrás para cambiársela, vi que la pila era nueva. La había puesto Eloise la semana pasada, me acordaba perfectamente.

Y luego estaban las sombras.

Eso sí que cuesta describirlo. No se comportaban como debían. Tampoco en plan película de terror, no se movían solas ni señalaban al armario, era algo mucho más sutil. El ángulo no encajaba. La dirección estaba mal, como si la luz viniera de un sitio que no existía. Me di cuenta a media mañana en el pasillo: mi propia sombra pareció quedarse rezagada medio segundo antes de seguirme. Luego me pasó en la calle, cuando bajé a por el pan. Las sombras de los árboles caían hacia el este, pero el sol estaba claramente en el oeste.

A eso súmale la sensación de tener unos ojos clavados en la nuca.

Esa fue la peor parte. Me acompañó toda la mañana y toda la tarde, persistente y molesta como un pitido en el oído que solo escuchas tú. En el súper, en el portal, subiendo las escaleras... Tenía la nuca ardiendo, los omóplatos en tensión y ese instinto animal que te grita que tienes a alguien detrás aunque te gires y no haya nadie. Me giré seis veces. Ocho. Doce.

Nada. Nunca había nada.

Pero la sensación no se iba, y la cicatriz seguía pulsando. Cada vez más fuerte.



A última hora de la tarde decidí que ya bastaba y que tenía que hablar con ella.

La encontré en su cuarto, doblando ropa con una perfección que no era normal en ella, como si necesitara obligar a sus manos a hacer algo. Me senté en el borde de la cama y la miré un rato antes de abrir la boca.

—Eloise.

—Dime —respondió, sin levantar la cabeza.

—¿Qué está pasando?

Silencio total. Se le congelaron las manos sobre una camiseta a medio doblar.

—No sé de qué me hablas.

—Claro que lo sabes —me incliné hacia delante, apoyando los codos en las rodillas—. Llevas todo el día muerta de miedo. Y no me digas que no, que te conozco desde los tres años y sé de qué pie cojeas cuando te asustas. Te miras las manos, no despegas el ojo de la ventana y miras el móvil como si esperaras una llamada de terror.

Entonces levantó la vista. Lo que vi en sus ojos me dejó helada. No era la sorpresa de haber sido descubierta; era algo mucho más viejo y profundo. Un miedo que llevaba ahí guardado años, esperando justamente este día.

—Noa...

—¿Quién soy? —La pregunta me salió del tirón, sin pensarla, pero en cuanto la solté supe que era la única que importaba—. Y no me vengas con lo de siempre. Ya sé que soy adoptada, que mi madre biológica murió cuando yo tenía tres años y toda la historia que me has contado mil veces. Me refiero a lo que no me has contado.

El silencio que siguió se hizo eterno.

—Noa, hay cosas que...

—No —me levanté de golpe—. No me vengas con que es mejor no saberlas. No hoy. Hoy cumplo veinte años y desde que me he despertado siento que el mundo se ha movido un centímetro de su sitio. Me duele la cicatriz, Eloise. Me duele de verdad por primera vez en mi vida, tú estás rarísima y necesito saber qué coño pasa.

Se quedó paralizada. Tan quieta que pensé que se cerraría en banda, como hacía siempre que intentaba salirme del guión y preguntar de más.

Pero entonces soltó un suspiro largo, tembloroso, y soltó la bomba:

—Tu madre no murió en un accidente.

Sentí que el suelo se me hundía bajo los pies. Literalmente.

—¿Qué?

—Hay muchas cosas que te he ocultado —tenía los ojos brillantes, a punto de llorar—. Sé que ahora mismo me estarás odiando, y lo entiendo, pero quiero que sepas que todo lo que hice fue para protegerte. Cada mentira tuvo ese precio —se levantó, se acercó y me agarró la cara con las manos—. Escúchame bien. Pase lo que pase esta noche, acuérdate de que te quiero. Que te he querido siempre como si fueras mi propia hija.

Pase lo que pase esta noche.

—Eloise, me estás asustando de verdad.

—Lo sé —me dio un beso en la frente—. Lo sé, cariño.

Y no soltó ni una palabra más.


La luz se cortó a las once y media.

Y no fue el típico apagón del barrio donde te asomas y ves los edificios de enfrente a oscuras y la calle en silencio. Qué va. Se fue la luz solo en nuestro piso, en nuestras bombillas. Afuera todo seguía igual: las farolas encendidas, las ventanas de los vecinos iluminadas y ese resplandor naranja tan típico de Madrid contra el cielo de octubre.

Solo nosotras nos quedamos a oscuras.

—Eloise —llamé desde el pasillo. Nadie contestó—. Eloise, ¿tienes la linterna?

Nada. Silencio.

Avancé hacia el salón tanteando la pared, con el móvil en la mano y usando la luz de la pantalla para cortar la negrura. El salón estaba vacío. La cocina, también. Fui al cuarto de Eloise; la puerta estaba entornada y no había ni rastro de ella.

Ahí el miedo ya no fue pánico, fue algo mucho más frío y lúcido: la certeza de que las reglas del juego habían cambiado y yo no me había enterado a tiempo.

Volví al salón. Y entonces los vi.

Eran tres. O eso me pareció al principio, antes de notar que la oscuridad cambiaba de forma y que no tenían contornos fijos; se movían como si fueran tinta disolviéndose en agua. Estaban plantados en la entrada. No habían abierto la puerta (o al menos yo no había oído nada). Simplemente estaban allí, entre el recibidor y el pasillo, y donde se suponía que debían tener cara solo había una negrura mucho más densa.

Uno de ellos dio un paso hacia mí.

Grité y retrocedí de golpe. Choqué contra la estantería del salón, algo cayó y se reventó contra el suelo. El ruido de la vajilla rota sonó ridículamente normal, como el de un domingo cualquiera en una casa cualquiera. En un acto reflejo bastante estúpido, le tiré el móvil a la figura. El aparato la atravesó como si fuera aire, se estampó contra la pared y la pantalla se apagó.

Oscuridad total.

—Fuera —dije, pero esa voz no parecía mía; sonaba ronca, baja, rota de puro terror—. Fuera de aquí. ¡Fuera!

Y entonces la cicatriz estalló.

No sé cómo explicarlo de otra forma. Hacía un segundo estaba pulsando, y al siguiente era puro fuego. Un dolor blanco y ciego me subió desde la clavícula hasta la nuca, me arqueó la espalda y me arrancó un grito de la garganta que ni reconocí. Caí de rodillas, apoyando las manos en el suelo. Y ahí, con una claridad imposible para estar a oscuras, vi que mis manos brillaban.

Bueno, no. No brillaban. Estaban ardiendo.

Una energía brutal y pesada, parecida a la electricidad pero mucho más vieja —como la corriente de un río subterráneo que lleva siglos atrapado y por fin encuentra salida— me atravesó de dentro a fuera. Las ventanas del salón reventaron hacia la calle todas a la vez, con un golpe seco. Los cristales salieron volando. El aire de la noche entró de golpe, frío y violento, y esas figuras oscuras se deshicieron en él como si fueran azúcar en agua. El viento las barrió.

Yo me quedé en el suelo, con las manos abiertas, sintiendo cómo esa fuerza enorme seguía moviéndose por mi cuerpo sin saber cómo frenarla. Ni si quería hacerlo.

Luego, el silencio.

Ese tipo de silencio que se queda después de algo que todavía no tiene nombre.

No me moví del suelo. Me temblaban las manos. La cicatriz ya no quemaba, ahora zumbaba con un runrún suave y constante, igual que un motor que arranca tras años parado. El ambiente olía a ozono y a algo más, algo antiguo, como a mineral.

Por el hueco de las ventanas rotas empezó a colarse el ruido de la ciudad. Alguien abajo había encendido la tele. Ese sonido tan cotidiano casi me hace soltar una carcajada.

Me levanté despacio. Me dolían las rodillas y tenía trozos de cristal en el pelo.

Y entonces lo vi.

Estaba apoyado en el marco de lo que antes había sido la ventana grande. Quieto, completamente inmóvil, con el humo de la calle flotando a su alrededor como si le obedeciera. Era alto, muchísimo. Llevaba una chaqueta oscura que no pegaba nada con el lugar; no porque fuera rara, sino porque él no encajaba con un piso de estudiantes, ni con una calle de Madrid, ni con la tele del vecino. Era demasiado estático. Parecía una estatua de piedra fría que hubiera decidido adoptar la forma de un hombre por alguna razón.

Tenía los ojos claros, casi blancos en mitad de la noche.

Y me miraba fijamente. Solo a mí.

Su expresión no era de alivio, ni de sorpresa, ni de miedo. Era algo que tardé unos segundos en procesar porque jamás nadie me había mirado con tanta intensidad, con tanto peso.

Era reconocimiento. Me conocía. Sabía perfectamente quién era.

Di un paso atrás, pero él ni se inmutó.

—¿Quién eres? —le pregunté. Mi voz sonó extrañamente tranquila, aunque por dentro yo era un manojo de nervios.

No contestó enseguida. Se quedó mirándome, recorriendo cada milímetro de mi cara, el temblor de mis manos y la cicatriz que seguía zumbando bajo la ropa. Después, muy despacio, como si llevara guardando la frase toda la vida y solo esperara el momento idóneo, dijo:

“Te he encontrado al fin.”

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