Capítulo 1
Eran las once de la noche de un domingo particularmente caluroso y Fernanda solo daba vueltas en su cama, pensando con un poco de desesperación que debía levantarse en menos de ocho horas para llegar a su oficina temprano, a planear discursos, asistir a reuniones y monitorear su equipo de trabajo. Creía que ser la desarrolladora más joven de la empresa sería más divertido; solo programar, crear memes de ciertos compañeros que le agradaban mucho y simplemente entregar reportes diarios sobre fallas y modificaciones de códigos, pero no, sus jefes no pasaron por desapercibido su potencial y a la vuelta de tres meses, la hicieron líder de su departamento; al principio fue una gran experiencia, pero con los días, se le hizo un reto bastante fuerte, casi como si estuviera corriendo los 400 metros planos con obstáculos todos los días.
Ya eran las doce. Ya era lunes. Fernanda seguía pensando en sus reuniones sin un ápice de sueño o algo que se le pareciera.
Sin encontrar algo qué hacer para conciliar el sueño, se levantó por un vaso de agua. El aire que entraba por la ventana de la cocina era apenas más fresco que el calor atrapado en el apartamento.
El lugar no era grande: un cuarto, una sala con un ventanal que daba a la carretera de salida de la ciudad, una cocina que casi siempre olía a café con algunas plantas pequeñas en el marco de la ventana y un baño sin mayores pretensiones. No estaba lleno de cosas costosas ni tenía nada especialmente llamativo, pero era suyo.
Vivía sola desde hacía algunos años en un edificio situado a las afueras de la ciudad. El edificio que poco a poco se había convertido en su hogar contaba con una azotea compartida que rara vez utilizaba. Sin embargo, aquella noche parecía la mejor escapatoria posible.
Entró nuevamente a su cuarto para buscar un abrigo ligero, ponerse sus pantuflas y buscar sus llaves y salir camino al ascensor del edificio para dirigirse al último piso. Mientras subía a la azotea, miraba las notas de su teléfono, donde estaban especificadas las reuniones que tenía pendientes y los apuntes importantes para cada una. Su cabeza llevaba meses sin descansar de verdad, solo reproducía alarmas laborales y una que otra diligencia personal como pagar sus cuentas telefónicas o llamar a sus padres.
Cuando llegó a la azotea, la recibió un fuerte viento que alivió su sensación de ahogo, cosa que agradeció al cielo con vehemencia.
Al avanzar unos pasos, vio en una de las bancas a una chica residente de su edificio; la había visto un par de veces en el recibidor, reclamando paquetes y sonriendo a los porteros, pero nunca habían cruzado ni siquiera un saludo.
Fernanda se sintió extrañamente incómoda al ver a alguien más a esa hora en la azotea, pero lo dejó pasar y se sentó en la banca opuesta a recibir el aire, tratar de calmar el ruido de sus pensamientos con la esperanza de poder descansar lo suficiente mientras observaba el cielo; intentó concentrarse en el cielo, pero su mirada volvía una y otra vez a la otra residente.
Tenía los ojos grandes y claros, pero también tenía unas ojeras marcadas, como si estar en la azotea a esa hora fuera algo común para ella
Llevaba su cabello recogido en una moña simple y tenía una taza de té en las manos, mientras veía al cielo con curiosidad, como si quisiera descifrar cuántas estrellas poseía esa noche.
Fernanda la observó por unos minutos más, sin que la otra residente se diera cuenta de ello.
La otra residente parecía completamente absorta en la belleza del cielo y los astros que lo acompañaban aquella noche calurosa, donde sin saberlo, le dio a Fernanda la tranquilidad de que su mente no era la única que deseaba seguir despierta y que buscaba la forma de apaciguarla.








