El Capitán
La isla del tesoro 2025
Prólogo
La isla del tesoro de Robert L. Stevenson forma parte de la literatura universal y seguirá así mientras el hombre sea hombre por las siguientes razones: es entretenida y divertida, punto pelotas.
Transcurrieron más de cien años y todavía encanta al lector, tanto que no solo se plasmó, en muchas oportunidades, de forma fiel para la pantalla grande, hubo muchas adaptaciones, entre las cuales destaca una que por originalidad cito: La isla del tesoro en el espacio exterior del año 1987 con Anthony Quinn, Ernest Borgine (ambas leyendas del cine) e Itaco Nardulli. ¡Se adelantó por mucho a El planeta del tesoro de Disney! (año 2002), al menos en lo que se refiere a una adaptación en ciencia ficción del libro.
La isla del tesoro 2025, se suma a las adaptaciones literarias. Hecha por un latinoamericano, más en específico, un ciudadano de Bolivia quien le da un toque definido y nunca antes visto al libro original.
Prefacio
Finalizada mi obra Cockbloquer Isekai (precuela del libro Carnaval Isekai), me picó el gusanito de querer escribir mi propia adaptación del libro de aventura pirata escrito por L. Stevenson. ¿La razón?: el tercer y cuarto arco argumental de mi obra citada se centra justo en una aventura pirata, de hecho, se inspira en La isla del tesoro, pero solo es eso, se inspira en la obra y no es una adaptación.
Me explico y para ello debo citar la obra Treasure Island: runaway gold de Jewel Parker Rhodes (año 2023). Lo más destacable del libro que a diferencia de la casi totalidad de adaptaciones literarias o cinematográficas, se sitúa en tiempos modernos en la ciudad de Nueva York, siendo tal característica la primera de su tipo. No obstante, después de leer la obra, creo que es más una inspiración del libro original que una adaptación porque la historia toma derroteros diferentes e introduce personajes y desecha muchos, tanto así, que, para mí, se aleja demasiado de la trama original de L. Stevenson, siendo así que, la presente: La isla del tesoro 2025, es la primera adaptación ambientada en tiempos modernos. Animo a los lectores a comprar la obra de la señora Rhodes y juzgar por ustedes.
Recurro a un recurso del teatro llamado suspensión de la incredulidad, que para la presente se centra en ciudadanos ucranianos con nombres ingleses, para así reconocer los nombres originales empleados por Robert L. Stevenson; también me permito la libertad creativa de introducir hechos y noticias del mundo caótico que nos tocó vivir. Comencemos.
Dedicado a la gimnasta Katya Dyachenko.
Introducción
Los edificios combinaron una anacrónica estética de deconstructivismo ruso y eclecticismo, sin duda un país de la Europa del este, más en específico Ucrania por los anuncios en los restaurantes con tipografía helvética.
De uno de los negocios salió un hombre de complexión delgada, por la barba y las greñas cualquiera hubiera dicho que se trataba de un hippie de los sesentas, ingresó a un edificio gubernamental, dio sorbos al café caliente.
Fue al cubículo de la compañía y encendió el computador. La imagen de un juego de video se desplegó en pantalla mas no se puso a jugar, debió trabajar, así lo hizo hasta que desde el celular recibió una llamada.
Lo que fuera que trató la comunicación lo quebró.
Fue al hospital y el doctor le comunicó que la hija murió de un ataque con misil de parte de las fuerzas rusas y que el resto de la familia se hallaba en terapia intensiva.
La ira del padre tiñó de rojo la faz, combinó con el cabello y la barba, pero antes de que pudiera lanzar una amenaza, un misil cayó sobre el hospital. Solo tres hombres sobrevivieron; uno, el padre, se arrastró desde los escombros, blanco igual a un fantasma, profirió una maldición:
—¡Malditos, se los advertí, pero no me escucharon! ¡La ciudad debió ser un punto seguro! ¡Me lo prometieron! ¡No se los perdonaré, les haré pagar por esto! ¡Lo juro por el nombre que tomé: Flint!
Capítulo 1: El Capitán
Yo, jo, jo y una botella de ron.
De tres en tres con el tridente trincha el diablo.
Albricias, marinero, te llama el capitán.
Solo lo sabrán ustedes y el diablo.
Aquella fue la canción que escuchó James Hawkins, tonada que trajo un viento que anticipó algo que jamás sintió a sus doce años, se le puso la piel de gallina y arrugó la nariz. La primera reacción fue inexplicable, quizá un aviso, una advertencia de peligro venida de Dios sabe dónde que le previno de la llegada del diablo, ¿instinto femenino tal vez? Porque sí, el jovencito resultó ser una niña vestida para laburar; la segunda, más terrenal porque, en efecto, olió a mil diablos, el hedor a sudor de axilas y pies sin lavar combinó con los efluvios del alcohol.
Como si la naturaleza se apiadara del jovencito, cayó de improviso una lluvia que ahuyentó hedores varios, claro que tuvo que poner la mano de víscera y entrecerrar los ojos para ver al hombre que dejó de entonar la curiosa canción con voz aguardentosa.
Vistió un rompevientos que de seguro en otro tiempo era de un beige claro, pero ahora lució sucísimo y con remiendos. Un hombre de complexión gruesa, rostro deformado por un grave caso de acné en la juventud, el cabello grasiento y canoso. Pese al olor a alcohol de antes, no hizo eses, el paso fue firme, lo mismo que la mirada que se clavó en la pequeña camarera; en cuanto a la voz, lo mismo, nada de titubeos, de hecho, fue una voz bronca y ruda que insinuó la naturaleza del visitante, acostumbrado a ordenar cosas sean o no aborrecibles.
—¡Muchacho, ven aquí, acércate! —Así lo hizo la niña que apuró los pasos, lo que fuera que quisiera preguntarle el desconocido, mejor lo averiguaba pronto, no tuvo deseo de empaparse hasta los huesos—. Mira que eres solo un niño. Dime, muchacho, ¿qué es este lugar? ¿Es la posada? El memo a mis espaldas no está muy seguro de las indicaciones —dijo sin tratar de disimular el descontento hacia el hombre que lo acompañó.
La niña lo reconoció, un camarero ocasional del Royal George, un hospedaje en la aldea vecina, algunas veces iba y venía con el torso desnudo pese al frío y se prestaba para cualquier trabajo, era una especie de estibador en el mercado local. Estuvo vestido y se vio sobrio.
—Sí, señor, es la posada El Almirante Benbow, pertenece a mí familia. Yo me llamo Jim Hawkins, soy el camarero y, por cierto, soy una chica —dijo, prefirió hacerse conocer por Jim para que la gente y los ocasionales pasajeros no lo confundieran con el progenitor.
—¿Una niña? ¿Eres una mocosa?
—Mi padre siempre quiso un niño y me llamó James, prefiero que la gente me llame Jim para no confundir las cosas, señor.
—Le dije que era la posada, no hay otra en millas a la redonda tal y como pidió —dijo o, mejor dicho, se quejó el hombre que cargó una carretilla que llevó el equipaje del de la voz bronca, entre el cual destacó un cofre de aspecto antiguo, pareció una reliquia y de seguro podría venderse a buen precio a un anticuario pese a que vio mejores tiempos.
—Chiton que lo mejor es entrar y salir de la lluvia de porquerías. Te llamas Jim, ¿eh?, niña marimacho. Pues vamos, muchacho, ve por delante, abre la reja y la puerta. Ayuda al hombrecito para que la carretilla no se caiga sobre el suelo mojado.
Ni niño ni camarero se dejaron de rogar, ansiosos por protegerse de la lluvia que transmutó en granizo.
—Bienvenido, señor, a El Almirante Benbow, allí está la recepción. —El viejo rudo ni dio las gracias, solo se aproximó donde el padre de Jim, un sujeto enjuto, tanto que por simple vista no se podría adivinar si tuvo una constitución más lozana en la juventud.
—Gracias, Jim —le dijo el hombre de la carretilla y con el antebrazo se secó tanto el sudor y las gotas de lluvia de la frente que anunció calvicie.
—No hay de qué —contestó, un poco apenada por no recordar el nombre del hombre. Para disimular, decidió preguntar acerca del potencial nuevo huésped—. ¿De dónde vino el señor?
—El bus lo trajo al frente del Royal George, los niños camareros, para variar, se lo disputaron para llevarlo a otros establecimientos, pero entró al George; no quiso alojarse allí, preguntó en recepción por una posada alejada y que tuviera privacidad y una buena vista al mar, por lo visto quería ver si algún barco atracaba en el puerto. El gerente, entre mosqueado y aliviado, recomendó la posada de tu padre y me pidió que cargara con el equipaje; lo siento, no sé su nombre, se lo pregunté, pero no soltó prenda.
»Bien, aquí lo tienes, me regreso.
—¿No le gustaría esperar un poco? Empezó a granizar.
—Gracias, se ve que eres atenta, igualito a tu padre, me iré al pasar la tormenta, no creo que dure mucho.
Asintió y miró a la recepción que hacía de mesón principal de la cafetería y restaurante, por lo visto el padre y el huésped ultimaban detalles:
—Un descuento, es lo que quiero, al fin y al cabo, no pido atención de cinco estrellas. Soy un hombre sencillo, si tengo huevos con tocino todos los días estaré a las mil maravillas, ¡y el ron! No olvide el ron, que siempre lo tomo con el desayuno.
—Aquí dice que es ucraniano —dijo James, el padre, viendo con una sonrisa nerviosa el parte de registro de huéspedes, supo que el ron no era la típica bebida de Ucrania.
—Soy del este, ¿algún condenado problema con eso?
—No, señor. En cuanto a su nombre…
—Capitán, solo ponga eso en el maldito registro. Sé que la poli quiere que pongan los datos completos, pero sé que hacen de la vista gorda muchas veces, en especial si el administrador pone cualquier cosa y es que ¡nadie en su sano juicio se pone a leer toda la mierda completa!
—Sí, señor, capitán. Aquí tiene la llave, entréguela en recepción al salir… O puede llevársela, pero no la pierda, por favor —añadió con un temblor en la voz.
Lo mismo que con Jim, no dio las gracias y solo se puso a subir las graderías.
El padre de Jim salió del mesón para subir el equipaje y el cofre, no obstante, se notó que las fuerzas no le bastaron.
—¡Deja que te ayude, papá!
—Gracias —dijo James, agradeció al de la carretilla que le ayudó para tal faena, prometiéndole un par de billetes o algo de comer de parte de la esposa.
La habitación se vio humilde: un televisor pantalla plana fabricada en la China, una cama simple, mesita de noche y un colgador de madera chueco. La cortina que cubría la ventana fue delgadísima, no le importó al huésped, la corrió a un lado y una sonrisa se dibujó en el hosco rostro.
El Almirante Benbow quedaba en la costa a medio camino de Bristol y gozaba de una espectacular vista desde las alturas desde donde se podía apreciar las olas del mar. En definitiva, un mirador excelente para ver llegar a cualquier barco.








