Impulso.
El salón rebosaba de sonrisas falsas.
Cristalería impecable, trajes a medida y copas de licor caro bastaban para disfrazar la desconfianza.
El aire mezclaba perfumes intensos, tabaco y el rancio aroma de una paz que nadie esperaba conservar más allá de esa noche.
Aquello no era una reunión de criminales comunes.
Eran los hombres que fijaban el precio de las rutas marítimas, inclinaban mercados enteros y podían hacer caer a un ministro con una sola llamada.
Aquello era una tregua disfrazada de celebración.
Holding Índigo ejercía de anfitriona. No porque gobernara a las demás organizaciones, sino porque nadie se atrevía a cuestionar el peso de su nombre.
Nadie cuestionó la ausencia del jefe.
Taeju tenía autoridad suficiente para negociar en su nombre si era necesario.
El problema nunca había sido su capacidad.
Era su paciencia.
Taeju no odiaba esos eventos.
Los aborrecía.
Horas de sonrisas falsas, acuerdos disfrazados de cortesía y hombres que esperaban el mínimo error para intentar arañar el poder de Índigo.
Hienas con trajes caros.
Y él era quien tenía que sentarse entre ellas y fingir que no estaba deseando arrancarles la garganta.
Y por el otro lado estaba Luan, quien sostenía una copa de agua mineral mezclado con jarabe dulce mientras recorría el salón con la mirada.
Cada vez que analizaba a alguien inclinaba apenas la cabeza hacia un lado, como si buscara un detalle invisible para el resto.
Su expresión seguía tranquila, casi bonita en exceso para un lugar como aquel.
Más de una persona lo observó con curiosidad.
Siempre ocurría.
Algunos lo confundían con un universitario que se había colado en la reunión. Otros pensaban que era un acompañante cualquiera.
Luan jamás los corregía.
Le divertía descubrir cuánto tardaban en arrepentirse de subestimarlo.
—¿Ese niño también pertenece a Holding Índigo? —susurró alguien al otro lado del salón.
Luan fingió no escuchar.
Apenas dio otro sorbo a su bebida.
El sonido de las conversaciones mezclado con la música tenue fue interrumpido por un golpe sordo.
El cristal estalló contra el suelo.
Pasos curiosos que se acercaron al lugar del sonido; otros retrocedieron para no verse involucrados.
—¡Repite lo que dijiste!
La voz de Taeju atravesó el salón como un gruñido animal.
El hombre que segundos antes había irradiado confianza al soltar algún comentario venenoso mientras Taeju pasaba, ahora estaba sujeto por su propia ropa para que no escapara, y el hombre apenas alcanzó a levantar los brazos antes de recibir otro puñetazo.
—¡Jefe Taeju! —gritó uno de los miembros de Índigo que lo había acompañado.
Pero, nadie se atrevió a acercarse más de lo necesario.
Algunos porque conocían al animal furioso que tenían delante, y otros por un deleite morboso.
Nadie se movió.
Excepto Luan, que solo soltó un suspiro cansado antes de acercarse.
Taeju mantenía al joven sujeto por la ropa. Sus nudillos aún ardían y su brazo ya comenzaba a elevarse para descargar otro golpe cuando una mano atrapó su muñeca.
No era un agarre firme. No había fuerza detrás de él.
Y aun así, Taeju se detuvo.
Porque reconoció ese tacto antes incluso de mirar. La calma insoportable de unas manos que parecían no pertenecer a aquel lugar.
—Ya vas a empezar con tus tonterías.
La voz de Luan sonó suave, casi amable.
Taeju giró la cabeza con ojos desbordantes de rabia difícil de apaciguar.
Sus nudillos ensangrentados contrastaban con la calma absoluta del muchacho que lo sostenía.
El silencio cayó sobre la sala, pero las miradas siguieron clavadas en él. Su presencia refinada parecía una contradicción dentro de aquel ambiente de violencia y ambición.
—Suéltame. Todavía no termino con ese imbécil.
—Suficiente. Compórtate.
Luan tiró de él sin esfuerzo. El hombre más temido de Holding Índigo dejándose arrastrar por alguien varios centímetros más bajo. Las miradas desconcertadas los siguieron mientras se alejaban.
Taeju gruñía y lanzaba maldiciones por lo bajo contra Luan por haberlo detenido. Sobre el terrazo veneciano resonaban dos ritmos opuestos: los pasos tranquilos de Luan y los arrastrados de Taeju, que avanzaba más por obligación que por voluntad.
Taeju trató de apartarse, pero Luan no cedió. Lo obligó a seguir caminando hasta un pasillo apartado, lejos de las miradas del salón. Fue entonces cuando Taeju finalmente se liberó de su agarre con brusquedad.
—¿Quién demonios te crees para darme órdenes? Yo puedo hacer lo que quiera.
Su respiración seguía pesada, irregular, como la de un animal que aún no había abandonado la idea de atacar. Apoyó la espalda contra la pared sin apartar la mirada de él.
Luan rebuscó en el bolsillo interior de su saco y sacó un pañuelo blanco de lino.
La esquina revelaba la identidad de su dueño a través de un monograma cruzado, iniciales limpias y firmes, de hilo color borgoña profundo. Un diseño simétrico, sobrio y carente de adornos innecesarios.
Era de Taeju.
—Límpiate.
Frunció el ceño confundido por el cambio ligero del tema.
—¿Qué?
—La sangre ajena me da asco.
—Me importa un carajo tus molestias.
Aun así Taeju le arrebató el pañuelo sin tocarlo.
Reconoció el bordado, lo que hizo que su mirada volviera a él. Su voz sonó a un reclamo sutil.
—Este es mío.
—Lo olvidaste en mi departamento hace dos semanas.
—Podías tirarlo.
—Lo lavé.
Taeju negó con la cabeza.
Cuando desdobló el pañuelo, el aroma limpio del detergente se mezcló con otro más tenue. El de Luan.
Fue un olor sutil, pero demasiado familiar para pasarlo por alto.
Chasqueó la lengua.
—Estás mal de la cabeza.
—Puede ser.
Taeju limpió sus nudillos con una agresividad casi innecesaria, como si el dolor ya no alcanzara a importarle. Aun así, no tardó en justificarse, aunque nadie se lo había pedido. Tal vez era una costumbre demasiado arraigada.
—Ese idiota no debería siquiera poder hablar con tanta confianza de nosotros, y menos llamarme cobarde.
—Si no lo eres, ¿por qué te molestó tanto?
A veces le desesperaba la indiferencia de Luan.
Lo absurdo era que esperaba algo distinto de él.
Cuando cualquiera podía hacerlo estallar con una mirada, era precisamente Luan quien parecía incapaz de reaccionar a su furia.
Luan ladeó apenas la cabeza cuando no obtuvo respuesta.
—¿Tu cerebro dejó de funcionar?
Taeju apretó la mandíbula.
—Hablaron mal de nuestra facción.
—Los comentarios siempre vienen y van.
—También hablaron de ti.
Luan arqueó apenas una ceja. Había aprendido que cualquier respuesta solo lo hacía hablar más.
—¿Y?
—Dijeron que eres una mariposa.
—Las mariposas son bonitas.
—Se estaban burlando.
—Lo imaginé.
El contraste entre sus voces era casi absurdo: Luan hablaba con calma; Taeju parecía sentir cada palabra como un golpe.
—Aunque creo que me parezco más a una mantis religiosa.
Taeju soltó una risa seca.
—Sí, pero a la hembra que a veces devora al macho después de aparearse.
—Conoces demasiadas cosas sobre insectos.
—Lo suficiente para saber que das miedo.
Luan sonrió apenas.
No respondió.
Aquello bastó para que Taeju desviara la vista.
Pero la furia aún no terminaba de abandonarlo.
—De todos modos, debería volver y enseñarles un poco de modales.
Luan levantó apenas la vista, intentando decidir si hablaba en serio o si solo buscaba una excusa para volver a pelear.
—¿Tú? ¿Sabes de modales?
Taeju soltó una exhalación breve por la nariz y ladeó la cabeza con una mueca de fastidio.
—Tengo mis propios modales. No los de los niños refinados.
—Ah… —Luan dejó que el silencio se estirara un segundo, observándolo con esa calma que siempre parecía esconder algo—. Modales de perro callejero.
La burla fue suave, casi distraída. Aun así, Taeju notó cómo Luan dejaba de mirarlo a la cara para bajar la vista hacia sus manos.
Taeju siguió aquella mirada por reflejo.
Sus nudillos seguían hinchados. El pañuelo que los envolvía ya estaba manchado de sangre.
Frunció apenas el ceño, más por costumbre que por molestia, y cerró la mano con cuidado antes de volver a abrirla.
—Mis modales funcionan mejor que los suyos —murmuró—. Al menos sé defender lo que es mío.
—¿Lo tuyo?
La pregunta salió serena, pero había algo más afilado bajo aquella voz monótona, una curiosidad que rozaba demasiado cerca. Luan no apartó la vista esta vez; solo lo observó con una quietud extraña, como si esperara algo más.
Taeju levantó la vista y sostuvo la mirada de Luan.
Un destello posesivo cruzó sus ojos.
—Índigo. Los territorios… y algunas cosas personales.
Luan no respondió.
Solo lo miró en silencio, con una atención tan quieta que resultaba casi incómoda. Sus ojos descendieron un instante a los nudillos heridos de Taeju, luego volvieron a su rostro, lentos, medidos, como si estuviera guardándose algo para después.
Taeju no apartó la mirada.
El silencio entre ambos se volvió denso, cargado de una tensión que ya no tenía nada de casual. Una advertencia muda, esa línea invisible que ninguno de los dos parecía dispuesto a cruzar… ni a soltar.
La voz de Luan se abrió paso entre el silencio.
—¿Ya te tranquilizaste? —preguntó Luan.
—No.
—Qué lástima. Porque igual vamos a regresar.
Abandonaron el pasillo sin prisa. El murmullo del salón volvió a mezclarse con la música y el tintinear de las copas, como si la pelea jamás hubiera ocurrido.
Taeju caminaba un paso por delante. Sus hombros seguían tensos. Cuando algo se le metía en la cabeza, podía repetirlo hasta el cansancio.
—A veces quisiera romperles los dientes a todos.
—Lo sé.
—¿Y eso no te molesta?
—No.
—¿Entonces?
Luan lo miró de reojo.
—Me molesta tener que curarte después.
Taeju soltó una carcajada que hizo que algunos miembros de Índigo levantaran una ceja a lo lejos.
—Sigues siendo insoportable.
—Y tú un perro rabioso.
—Otra vez con eso…
—¿Prefieres perro callejero?
—Voy a dejar que te golpeen algún día.
—No lo harás.
—¿Tan seguro estás?
Luan inclinó otra vez la cabeza.
—Sí. Ladras demasiado para hacerlo.
Taeju desvió la mirada.
No discutió.
El eco de sus pasos se desvanecía entre la música tenue y las conversaciones que volvían a recuperar su ritmo.
Los miembros de Índigo los observaron regresar con una mezcla de curiosidad y cautela.
Nam no esperó a que llegaran hasta ellos. Fue el primero en acercarse.
—Luan. Jefe Taeju.
—¿Pasó algo mientras educaba a este perro?
Nam reprimió una sonrisa.
—No realmente. Pero la facción Helix está tensa…—su mirada se desvió a Taeju. —ya sabes.
Luan dejó escapar un suspiro leve. Quizá la molestia no venía solo de la situación, sino también del zumbido persistente de la migraña que arrastraba desde la mañana.
—Debemos ofrecer unas disculpas.
Taeju se tensó. En aquel mundo, disculparse significaba mostrar una grieta. Una oportunidad para que otros creyeran estar por encima de quienes ocupaban la cima. Y él jamás ofrecía disculpas, sin importar cuántas fricciones provocara.
El ambiente quedó suspendido por un instante.
Antes de que alguien pudiera siquiera fingir que iba a encargarse de ello, una voz joven intervino.
—Luan, eres valiente para enfrentarte a Taeju así.
Luan permaneció en silencio unos segundos, como si necesitara ordenar la idea en su cabeza.
—¿Valiente…? —repitió con genuina curiosidad.
Solo había detenido a Taeju porque no quería problemas más graves después.
—Ah. Ya veo. ¿Es porque parece un pomerania regañando a un rottweiler?
Nam soltó una carcajada que resonó por toda la habitación.
—Exactamente. Y parece que el pomerania siempre gana.
Taeju, que ya había encendido un cigarrillo, exhaló una bocanada de humo sin dignarse a mirarlos.
Un pomerania.
Chasqueó la lengua por lo bajo.
Si Luan era un pomerania, debía de ser uno con dientes de acero. El muy desgraciado lo había callado dos veces en menos de una hora… y, para empeorar las cosas, nadie parecía dispuesto a dejarlo olvidar.
Dio otra calada al cigarrillo, fingiendo indiferencia.
Que se rían todo lo que quieran.
No cambiaba el hecho de que, si quisiera, podría cargar a ese “pomerania” sobre un hombro y llevárselo sin que ninguno de ellos pudiera impedírselo.
La idea le arrancó una sonrisa apenas perceptible.
Nam recibió un ligero codazo antes de poder seguir burlándose.
—Terminemos con esto rápido.
Luan dio media vuelta y, antes de dar un paso, señaló a Taeju con un gesto despreocupado.
—No lo dejen morder a nadie. Otra vez.
Dos hombres obedecieron al instante.
Taeju bufó.
—No necesito niñeras.
Luan lo observó apenas un segundo.
—Taeju.
Solo pronunció su nombre.
Fue suficiente.
El segundo al mando cruzó los brazos y dejó de protestar.
Luan caminó con elegancia medida hacia donde estaban el líder de Fundación Helix.
Las miradas lo siguieron discretamente.
Nam los alcanzó con paso apresurado. La curiosidad lo empujaba tanto como la necesidad de asegurarse de que nadie se atreviera a acercarse demasiado a Luan. Cuando quedó a su lado, se inclinó apenas para hablarle en voz baja.
—También amenazó con cortarles las manos.
—Qué considerado.
Nam soltó una risa.
—¿Vas a arreglarlo?
—Eso espero.
El líder de Fundación Helix los recibió con una tensión apenas disimulada.
Era un hombre de mediana edad, de presencia intimidante, aunque no más que cualquiera de los asistentes a aquella cumbre. Lo que sí lo distinguía era su pésimo gusto para vestir. El perfume barato que llevaba apenas lograba ocultar el persistente olor a tabaco rancio.
Cuando la distancia entre ambos grupos se redujo lo suficiente, miró con discreción a cada uno de los hombres que rodeaban al líder.
Solo entonces habló, con aquella voz serena, con un tono alto esta vez, que obligaba a prestar atención para no perder una sola palabra.
—El señor Taeju tuvo un exceso de temperamento debido al trago y a las flagrantes faltas de respeto de su hombre. Damos el asunto por zanjado. Considero que no hubo daños graves y que la fiesta continúe en paz.
El hombre apretó los dientes, asintió con rabia contenida pero no dudó en soltar un murmullo.
— Casi manda al hospital a uno de los míos.
—¿Casi?
El líder comprendió demasiado tarde que había hablado de más.
Era inquietante que alguien con un rostro tan sereno pudiera hacerle arrepentirse de una sola palabra.
—Entonces todavía puedo ofrecer atención médica.
La sonrisa de Luan seguía intacta.
Pero algo en su mirada hizo que el ambiente cambiara.
El líder tragó saliva.
—Estamos bien.
—Una sabia decisión, ya que aún no me graduó.
La sonrisa desapareció del rostro de Luan. Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y se alejó con la misma serenidad con la que había llegado.
Nam fue tras él, dedicándole al grupo de Helix una última mirada cargada de desconfianza antes de reunirse con los demás.
Taeju seguía donde Luan lo había dejado.
Apoyado contra una pared.
Con un segundo cigarrillo entre los dedos. Miró con exasperación a Luan.
Los murmullos no tardaron en volver a llenar el salón ajenos ya al insignificante asunto. La música seguía sonando. Las copas iban y venían, siendo rellenadas con champán caro.
Las horas pasaron entre conversaciones, brindis y despedidas.
Cuando el último vehículo abandonó el recinto, Luan esperaba apoyado sobre el asiento de la motocicleta negra de Taeju.
El otro levantó una ceja.
—¿Qué haces?
—Llévame a casa.
—¿Y por qué debería?
Taeju se acercó con pasos tranquilos, con lo que probablemente era su último cigarrillo de la noche —al menos de la cajetilla de hoy— entre los dedos.
—Porque quiero.
Taeju resopló, apagó con un gesto brusco el cigarrillo en el casco que estaba a un lado de Luan.
—Eres insoportable.
Tomó el casco y se lo lanzó. Luan se apartó y Taeju sacó otro casco, del compartimento del asiento, para él. Se montó en su motocicleta.
—Sube.
Luan sonrió con satisfacción. Y se puso el casco y se montó detrás de Taeju.
—Sabía que aceptarías. Te puedes quedar a dormir.
—No te emociones. Solo acepto porque tu departamento está más cerca de las oficinas de Índigo.
El motor rugió bajo ellos.
Luan deslizó los brazos alrededor de la cintura de Taeju para sujetarse.
Su cuerpo se tensó apenas un instante.
No lo apartó.
—Agárrate bien, enano.
La única respuesta fue un leve aumento de la presión alrededor de su cintura.
Entonces aceleró.
La motocicleta salió disparada. Las luces de la ciudad comenzaron a difuminarse detrás de ellos mientras el viento se llevaba el calor de la noche.
Taeju no volvió a hablar.
Tampoco apartó las manos que lo sujetaban.
Y eso era… extraño.
Nadie tenía derecho a invadir su espacio de aquella manera.
Nadie, excepto Luan.
Luan apoyó la frente entre sus omóplatos y cerró los ojos por un instante.
El aroma de Taeju, mezclado con tabaco, cuero y gasolina, era extrañamente reconfortante.
No recordaba la última vez que se había sentido tan seguro.
Mientras la ciudad desaparecía detrás de ellos, ninguno de los dos dijo una palabra.
Ninguno parecía tener prisa por romper aquel silencio.








