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Belleza Lujuriosa

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Sinopsis

Seo-jun Park es un chico con una belleza extraordinaria. Tras ahorrar con mucho esfuerzo en Corea, logra viajar a Estados Unidos para turistear. Sin embargo, todo se transforma rápidamente en una pesadilla cuando sufre una estafa devastadora que lo deja completamente desamparado, solo y sin un solo centavo en un país extranjero. Desesperado por sobrevivir, Seo-jun se ve obligado a recurrir a la única salida rápida que encuentra: trabajar en un lujoso burdel Mientras que todos los demás trabajadores ofrecen servicios sexuales completos, Seo-jun es la única y absoluta excepción, limitándose estrictamente a ofrecer servicios de acompañamiento, conversación y entretenimiento bajo el alias de Eifrel. Todo se sale de control cuando conoce a dos imponentes hermanos estadounidenses que quedan completamente fascinados por "Eifrel" y están dispuestos a pagar lo que sea con tal de estar con él. Al chocar de frente con la inquebrantable negativa de que Seo-jun no puede hacer lo que ellos quieren, los hermanos se ven obligados a aceptar únicamente su acompañamiento, donde poco a poco el interés pasara al sentimiento, ¿del amor, o simple deseo?

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
starryicecube
Estado:
En proceso
Capítulos:
7
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

El comienzo


En el tercer piso de aquel complejo de departamentos, la brisa se colaba ligeramente a través de la ventana, acompañada por los primeros rayos de sol que avanzaban de a poco hacia la blanca almohada. Sobre la cama, un chico comenzaba a despertar a medida que la calidez de la mañana iluminaba su rostro.

Durante la temporada de verano, estaba acostumbrado a dejar la ventana y las cortinas abiertas debido al intenso calor. Aunque dormía sin cubrirse con las sábanas, el sol le daba directamente a las siete de la mañana; lejos de ser una molestia que le amargara el día, era el despertador perfecto, ya que debía entrar a trabajar a las ocho y media.

Como cada mañana de la semana, se dirigió al baño para darse una ducha con agua bien fría, pasando el jabón por todo su cuerpo y luego un exfoliante. Al salir de la ducha, se acercó al espejo para realizar su rutina de skincare. Aunque no poseía demasiados productos ni era un experto en el tema, le bastaba con lavarse el rostro con un limpiador facial, seguido de un sérum, crema hidratante y, tras esperar unos diez minutos a que se absorbiera, el indispensable bloqueador solar.

Una vez cambiado y con el cabello rubio ya seco —un proceso de diez minutos debido a que la longitud le sobrepasaba los hombros—, se armó una trenza firme y prolija. A las siete y cincuenta, salió de su departamento rumbo al trabajo.

Mientras caminaba hacia la estación del metro, y a pesar del calor, disfrutaba observar su entorno: los árboles, las flores y los comerciantes locales que desde temprano abrían sus puestos listos para atender. Lo único que no le agradaba del todo era la inmensa cantidad de personas que caminaban apresuradas en la misma dirección; sin embargo, al vivir en Corea del Sur, sabía que no había nada que hacer al respecto.

A las ocho en punto abordó el tren. Afortunadamente logró conseguir un asiento para viajar tranquilo; aunque el trayecto no era muy largo, siempre prefería ir cómodo. Llegó a su destino a las ocho y veinticinco, como de costumbre. Deslizó su tarjeta por el lector digital para registrar su llegada y, tras una breve confirmación de cinco segundos, la pantalla indicó su nombre: Park Seo-jun.

Ya en la oficina, se concentró en sus labores junto a su compañero Hyun-woo. Gracias a su excelente desempeño durante la práctica profesional, la empresa lo había contratado de forma fija como psicólogo organizacional. Llevaba ya dos años en el puesto y, a sus veintiséis años, se sentía seguro de que en el futuro le iría bien en cualquier meta que se propusiera.

El día transcurrió con total normalidad. A la hora del almuerzo, compartió la mesa con sus colegas. Desde que ingresó a la compañía siempre había mantenido una buena relación con todos, aunque, por supuesto, los consideraba compañeros de trabajo cordiales más que amigos cercanos.

—¿Cómo vas con el tema de tus ahorros? ¿Ya juntaste lo suficiente para tus vacaciones? —preguntó Hyun-woo.

—Con lo que tengo ya es suficiente, pero seguiré ahorrando un poco más por si acaso —respondió Seo-jun antes de darle un sorbo a su jugo—. De todas formas viajo en diciembre. Aún faltan tres meses y ya tengo el pasaje listo.

—¿Enviaste la solicitud formal para que te aprobaran los días? —intervino Lim Ji-ho.

—Por supuesto. No me iría sin tener todo autorizado. Como llevo dos años aquí, tengo derecho a un mes completo de vacaciones, que es el tiempo exacto que pasaré en Estados Unidos.

—Qué envidia —suspiró Hyun-woo—. Espero poder viajar a otro lugar algún día. Lamentablemente el dinero no me alcanza lo suficiente entre los gastos de mi esposa y mis tres hijos.

—Es verdad, no todos tenemos la facilidad de viajar —coincidió Lim Ji-ho—. Eres un tipo afortunado, Park Seo-jun. Estás soltero y no tienes a nadie a quien mantener. Aunque, para ser sincero, me sorprende. ¿Por qué no aceptas a alguna chica? Hay muchas en la oficina que están muriéndose por salir contigo.

Mientras los presentes reían por el comentario, alguien más se acercó a la mesa, interrumpiendo la conversación.

—Ji-ho tiene razón, Seo-jun. Todas las mujeres se vuelven locas por ti. ¿Por qué no eliges a una? ¿O es que prefieres tenerlas a todas esperando? —dijo Choi Jin. Su tono pretendía ser amigable, pero la burla en su voz era evidente—. No seas malo, tienes que dejarnos algo a los demás. No porque seas el bonito de la oficina debes quedarte con toda la atención.

La mesa se sumió en un silencio incómodo. Aunque Seo-jun sabía defenderse, prefería evitar los conflictos innecesarios. Choi Jin era el jefe de otro departamento, un hombre consciente de que su posición lo blindaba contra casi cualquier castigo por su comportamiento inapropiado.

Seo-jun mantuvo la calma y se limitó a responder de forma cortante:

—Lo siento, pero no estoy interesado en salir con nadie en este momento.

—Vaya, las chicas se van a llevar una gran decepción. Qué pena —replicó Choi Jin.

Seo-jun prefirió no estirar la conversación, pero el hombre continuó hablando:

—Por cierto, escuché sobre tus vacaciones. Es increíble que te vayas a Estados Unidos, ¿pero no te preocupa dejar tu trabajo tirado?

—Ya se asignó un suplente para cubrir mi ausencia, así que no habrá ningún inconveniente —contestó él mientras se ponía de pie con su bandeja de comida—. Agradezco su interés, señor Choi, pero todo está bajo control. Si me disculpan, ya terminé de almorzar y debo retirarme.

Sus compañeros de mesa imitaron su acción de inmediato para acompañarlo.

—Espero que te vaya muy bien en Estados Unidos, Seo-jun. Diviértete todo lo que puedas —soltó Choi Jin con un marcado sarcasmo mientras el grupo se alejaba.

Tras dejar la bandeja en el área de lavado, Seo-jun se despidió de Lim Ji-ho y entró al baño junto a Hyun-woo.

—No dejes que ese viejo estúpido te amargue el día —le aconsejó su compañero.

—Gracias por preocuparte, Hyun-woo, pero en serio no me afecta. Volvamos al trabajo, todavía queda mucho por hacer.

Aunque la psicología organizacional no era el sueño de su vida, Seo-jun nunca se había arrepentido de su elección. El área de la psicología le interesaba, pero jamás se había sentido verdaderamente fascinado por ella, ni por ninguna otra profesión. No poseía un sueño ideal que cumplir ni una meta exacta en la vida; solo sabía que debía estudiar, trabajar y avanzar. Sin embargo, jamás se había frustrado por aquello. Al ser un joven sumamente inteligente, la carrera universitaria no le supuso mayores complicaciones y se había graduado como el mejor de su clase.

Su jornada laboral terminaba a las diecisiete y treinta, otra de las razones por las cuales no estaba insatisfecho con su empleo. Al regresar a su departamento, disponía de tiempo suficiente para cenar con calma, ver una película, adelantar la lectura de algún libro o pasar la noche jugando en la computadora.

Esa tarde optó por cocinar unas papas fritas, recostarse en el sillón y disfrutar de una película de romance.

En el fondo, se consideraba alguien romántico. Aunque no haya podido demostrarlo, la verdad es que si le gustaría encontrar a alguien a quien amar intensamente y que el reciba lo mismo. A lo largo de su juventud se había sentido atraído por algunas personas, siempre hombres. Había procesado su homosexualidad a tiempo, superando la etapa de descubrimiento sin arrastrar confusiones al respecto. Pero el esperaba enamorarse completamente de alguien.

Durante las horas siguientes, terminó de cenar mientras disfrutaba de la película. Seo-jun era un joven bastante ordenado, así que antes de acostarse se tomó el tiempo de limpiar y acomodar lo poco que estaba fuera de su sitio. Una vez que todo quedó impecable, fue al baño a lavarse los dientes y a realizar su rutina de skincare nocturna. Con todo listo, se dirigió directamente a la cama para descansar.

Tres meses después.

Sentado en la sala de espera del aeropuerto, Seo-jun observaba cómo la gente caminaba apresurada de un lado a otro para abordar sus respectivos vuelos. Como había llegado con varias horas de anticipación, decidió comprar un café para relajarse y esperar pacientemente su turno.

Llevaba muchísimo tiempo añorando este preciso momento. Le entusiasmaba la idea de salir de Corea y explorar un destino diferente; no porque le desagradara vivir en su país natal, sino por el simple y genuino deseo de conocer el mundo. Aunque pensó varias opciones, prefirió comenzar su aventura en Estados Unidos, específicamente en Nueva York. Sabía que elegir este lugar podía resultar un tanto cliché, pero le daba igual; ya habría tiempo de visitar otros rincones del planeta en el futuro. Un mes de vacaciones era más que suficiente por ahora, ya planearía el destino del próximo año más adelante.

«Atención a todos los pasajeros con destino a Nueva York, Estados Unidos. El vuelo está próximo a abordar. Por favor, acérquense a la puerta indicada para la verificación de su equipaje» —resonó la voz metálica a través de los altavoces del aeropuerto.

Seo-jun se puso de pie de inmediato, listo para seguir las instrucciones del personal. Estaba tranquilo porque sabía que el idioma no representaría un obstáculo en Nueva York, ya que dominaba el inglés a la perfección.

Una vez instalado en su asiento dentro del avión, mientras las turbinas comenzaban a rugir para el despegue, Seo-jun miró a través de la ventanilla y sonrió para sus adentros: «Esta será la primera vez, pero no la última de las muchos viajes que haré de ahora en adelante. Aunque no tenga a alguien especial con quien compartir este viaje como tanto me gustaría, no importa. Pienso aprovechar y disfrutar cada segundo al máximo. A partir de ahora, todo saldrá perfectamente».

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