1. Silencio
Omnisciente
El cielo teñido de rojo anunciaba su llegada, sin duda se arrepentiría después por no haberlo detenido, a pesar de que su primer amor se encontraba a unos escasos pasos de él, no logró detenerlo.
Boris se alejo de el con rostro cansado, mientras sobre ellos se avecinaba una catástrofe que cambiaria por completo sus vidas.
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Boris.
El silencio fue lo primero que noté al despertar.
El ambiente se sentía apagado, hueco y sin sonido.
Nada de pájaros, ni tráfico, ni las voces familiares de los vecinos.
Sentí una pesadez extraña, pero traté de ignorarla mientras me lavaba la cara y preparaba el café.
La rutina, aunque aburrida, era lo único que en mi ajetreada vida me mantenía en pie, cuerdo dentro de una realidad que me costaba aceptar.
De alguna forma, algo no cuadraba;
No parecía ser un día común.
El cielo gris no lograba sacudirme la sensación de que el mundo había cambiado de una forma que aún no comprendía.
El café me pareció más amargo que nunca, como si tragara hiel.
Supongo que en algún momento perdí el gusto por ello y solo lo bebía por costumbre.
Volteé a ver el reloj; ya eran las siete de la mañana y, sorprendentemente, todo seguía en silencio.
Eso no era normal.
La ciudad, que debería haber despertado hacía una hora, permanecía en completo silencio.
No se escuchaba el tráfico en las calles, ni los vendedores ambulantes, ni el murmullo de la gente que siempre llenaba cada rincón.
No había nada, solo ese maldito silencio que me envolvía.
Me asomé a la ventana.
Las calles desiertas me dieron mala espina; mi visión deteriorada era un problema en estas ocasiones, no distinguía bien a lo lejos, pero estaba seguro de que allá afuera todos los comercios deberían estar abiertos.
No sé si esto era una especie de buena suerte: que en mi único día de descanso la ciudad se encontrara tan despejada.
Pensé que tal vez alguna manifestación había paralizado el tráfico por completo.
Aun así, no me interesaba averiguar nada al respecto. Tenía una lista interminable de cosas por comprar, y eso era lo único que me importaba.
Tomé mi totebag y salí a caminar.
A mis veintitrés años ya me sentía demasiado cansado como para preocuparme por la ropa, así que no llevaba ningún conjunto especial.
Para mi fortuna, el ascensor estaba cerca.
Al llegar, me di cuenta de que no traía el celular; por más que revisé mis bolsillos y la bolsa.
No lo encontré, pero a estas alturas daba igual, con la lista de compras me bastaba.
Al llegar al vestíbulo, confirmé que las calles seguían igual: vacías, completamente desiertas.
Me sorprendió porque, según yo, no había ningún evento de urbanización ni bloqueo programado.
Tendría que preguntar al portero si sabía algo; si esto era frecuente, tal vez considerare mudarme pronto.
Salí del edificio.
Ni una sola persona a la vista.
El aire, inusualmente fresco, me erizaba la piel, la tranquilidad lejos de calmarme, solo me ponía más nervioso.
En la sombra azulada de los edificios, la quietud de la mañana parecía pacífica, pero algo en ella me hacía desconfiar.
Caminé por la acera.
Tenía pendiente pasar por el supermercado, luego la tintorería y, solo por darme un gusto, pensaba entrar a alguna cafetería para desayunar algo mejor que el café recalentado.
Solo por hoy.
Seguí avanzando.
Me sentía como el único ser humano en el mundo, como si toda la calle fuera solo para mí.
Por un momento, esa soledad se sintió casi como una bendición.
Llegué al supermercado, pero entonces un olor extraño llegó a mi nariz.
Nunca había experimentado esa sensación: una mezcla de asombro y miedo que me recorrió desde la punta de los pies, subió por la columna y me explotó en la cabeza como una descarga eléctrica.
Los vi.
Ojalá hubiera sido ciego.
Cuerpos.
Al menos una docena, esparcidos por la acera.
El pavimento, que antes era gris, estaba teñido de un color café negruzco por la sangre que cubría metros a la redonda, como una fuga de agua que se expandía sin control.
El olor, denso y dulzón, impregna el aire: carne comenzando a descomponerse.
Me daban arcadas, mientras mis ojos no podían apartarse de la escena.
En el piso, como jarrones rotos, se acumulaban torsos, rostros, fragmentos de lo que alguna vez fue humano.
De algunos se derramaban bolsas delgadas que antes contenían órganos; algunas estaban rotas, y las vísceras sobresalían con un aspecto asqueroso, semejante a fideos esparcidos por el suelo.
Las arcadas se volvieron vómitos.
Tropecé intentando alejarme y caí sobre algo frío y rígido.
Sentí mi cuerpo temblar: no era una roca.
Lo entendí de inmediato por el olor.
De algún modo logré incorporarme.
La adrenalina me quemaba las venas.
Corrí.
Corrí lo más rápido que pude.
No recuerdo cuántas calles crucé.
Solo quería encontrar ayuda.
Llegué a la estación de policía con la esperanza de que allí, al menos, hubiera respuestas.
El edificio estaba cerrado.
Golpeé la puerta una y otra vez, esperando que alguien respondiera.
Nada.
El silencio seguía siendo la única respuesta.
La desesperación me retorció el estómago, como si me ardiera por dentro.
Pasaron casi veinte minutos.
Nadie salió.
Solo me quedaba una opción: llamar a emergencias, pero era imposible sin mi teléfono, que seguía en mi departamento.
No tuve más remedio que volver atrás.
En el camino de regreso, con la mente más fría, y la vista nublada por el trauma, comprendí.
Lo del supermercado no era un caso aislado.
Toda la calle estaba igual.
A cada paso, cada tienda, cada local, mostraba la misma escena: cuerpos por todas partes.
La tintorería a la que siempre iba, la cafetería donde pensaba desayunar, la verdulería, la iglesia, los restaurantes... todos repletos de ellos.
Mi vista, borrosa por las lágrimas, ya no quiso ver más.
Solo quería volver a casa.
Al menos ahí sentiría que nada de esto era real.
Volví a mi edificio, caminando lento, con pasos arrastrados.
Desorientado. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué todo estaba vacío, como si el mundo hubiera desaparecido?
Una corazonada me hizo pensar en los vecinos.
Quizá alguno estaría vivo, quizá alguien podría explicarme.
Subí piso por piso, asomándome a los departamentos, uno tras otro.
Las puertas abiertas mostraban escenas que preferiría borrar de mi memoria: el mismo horror que había afuera se repetía dentro.
Cerré los ojos, obligándome a seguir.
Pasé el primer piso, luego el segundo y subí al tercero, con el corazón latiendo como un tambor dentro del pecho.
Todas las puertas estaban abiertas, excepto una.
Solo una seguía cerrada.
Brillaba débilmente bajo la luz del pasillo, como si guardara algo dentro.
Tal vez alguien estaba ahí.
Tal vez no estaba tan solo.
O tal vez todo era producto de mi mente, de un delirio.
Me acerqué y toqué suavemente, conteniendo la respiración, rogando que alguien respondiera.
Los segundos pasaron y mi esperanza se desmoronó.
¿Sería como la estación de policía?
¿Otra puerta cerrada ante mí?
Entonces escuché un sonido.
La cerradura giró y la puerta se abrió lentamente.
Y allí estaba la última persona que esperaba ver: Izan.
Con su estúpida sonrisa arrogante, tan despreciable como siempre.
-Vaya -dijo burlón-. No pensé que volvería a verte de esta manera.
Su cuerpo, tenso, su sonrisa torcida, la misma actitud que alguna vez derrumbó todas mis defensas.
Justo cuando el mundo se detenía, tenía que encontrarme con el idiota que había arruinado gran parte de mi vida, sin embargo, algo en su silueta familiar me hizo relajarme al punto de no sentir ya nada.








