Prologo
Dicen, con esa ligereza propia de quienes no han tenido que cargar con el peso de la memoria, que las grandes historias nacen de eventos extraordinarios. Como si la existencia necesitara de una puesta en escena grandilocuente: locomotoras que abandonan andenes hacia destinos inciertos, ciudades consumidas por el fuego de la historia, misivas que arriban cuando el tiempo ya ha dictado sentencia o despedidas que, al estilo de las tragedias de Hardy, se pronuncian bajo un aguacero inoportuno.
Durante años, me refugié en esa falacia. Me convencí de que aquellos destinados a alterar el curso de mi vida harían acto de presencia precedidos por una fanfarria, una señal —quizás una epifanía, un destello, un anuncio invisible flotando sobre sus cabezas— que me permitiera, en un despliegue de prudencia o de hambre, protegerme o acercarme antes de que el destino terminara de escribir su borrador.
Qué ingenuidad la de creer que el caos respeta los protocolos. La realidad, esa entidad que nos habita mientras estamos ocupados haciendo planes, es mucho más insidiosa. La gente, la verdadera gente, llega como las estaciones: se infiltra con una lentitud imperceptible, sin llamar a la puerta, sin solicitar permiso para instalarse. Luego, sin saber cómo, comienzan a colonizar el lenguaje: una mención casual en una conversación insustancial, un verso en una canción que antes era ruido blanco, un pensamiento que surge como un intruso, sin que yo recuerde haberle dado la bienvenida.
Y, de repente, una mañana —una de esas mañanas comunes que se desploman sobre uno con una pesadez metafísica— descubres que esa persona ha comenzado a habitar estancias de tu memoria donde antes solo reinaba el silencio, ese silencio que Borges llamaba «la paz que no sabemos valorar».
¿En qué punto exacto se torció el rumbo? ¿Cuándo empezó realmente esta historia? Quizás el origen sea un peldaño, una curva en unas escaleras que ya ni siquiera puedo situar con precisión en el mapa de mis recuerdos. O quizás sea anterior, una semilla germinando en un suelo que yo ignoraba. Me asalta la sospecha de que las historias importantes, esas que nos definen por ausencia o por exceso, siempre comienzan mucho antes de que logremos articularles un nombre.
Solo sé esto: si hubiera tenido la clarividencia de entrever, aunque fuera un fragmento, el peso específico que esa persona terminaría ejerciendo sobre mi estructura emocional, habría intentado —con la desesperación de un coleccionista ante una pieza única— fijar cada detalle de aquel primer instante. Habría grabado a fuego el contorno de su sombra, el modo en que la luz la rozaba, el aire, el silencio. Pero entonces era ciego, y el tiempo, ese autor implacable, ya había comenzado a escribir sin mí.