I. Guardia de Cazadores.
El bosque siempre despertaba antes que el pueblo.
Mucho antes de que la primera chimenea comenzara a exhalar finas columnas de humo gris que se elevaban perezosamente hacia el cielo del amanecer, mucho antes de que las viejas puertas de madera crujieran al abrirse y los campesinos salieran a alimentar al ganado o preparar sus herramientas para una nueva jornada, el bosque ya estaba completamente vivo.
No despertaba con ruido.
Lo hacía con un susurro.
El viento se deslizaba entre las copas de los enormes robles y hayas centenarias como una presencia invisible que acariciaba cada rama. Las hojas danzaban lentamente unas contra otras, produciendo un murmullo tan delicado que parecía una conversación en un idioma olvidado por los hombres. Aquel sonido no era constante; subía y bajaba con el ritmo del aire, como si los árboles respiraran al unísono desde hacía siglos.
La humedad de la madrugada cubría cada rincón del bosque.
Pequeñas gotas de rocío descansaban sobre los helechos, las flores silvestres y las telarañas tejidas durante la noche, transformándolas en diminutas constelaciones que brillaban cuando los primeros rayos del sol comenzaban a filtrarse entre las ramas. El aroma de la tierra mojada se mezclaba con el olor de la resina de los pinos, el musgo que cubría las rocas y las flores escondidas entre la maleza.
A lo lejos se escuchó el primer canto de un petirrojo.
Poco después respondió otro.
Y otro más.
En apenas unos minutos, el silencio dio paso a una melodía natural formada por decenas de aves diferentes. Ardillas recorrían las ramas con sorprendente agilidad mientras un par de conejos abandonaban cautelosamente sus madrigueras para buscar alimento entre la hierba todavía húmeda.
Todo parecía seguir un orden invisible.
Como si el bosque conociera perfectamente el momento exacto en el que cada ser debía despertar.
Milo era uno de los pocos capaces de percibir aquel orden.
Permanecía inmóvil en medio de un pequeño claro bañado por la tenue luz del amanecer. Bajo sus botas, la tierra húmeda cedía apenas unos milímetros con su peso, dejando marcadas unas huellas que el tiempo y el viento borrarían antes de que terminara el día.
Su postura era firme.
La espalda completamente recta.
Los hombros relajados.
Los pies separados exactamente a la distancia necesaria para mantener el equilibrio perfecto.
En sus manos sostenía un arco largo de madera de fresno, cuidadosamente trabajado por un artesano del propio pueblo años atrás. La superficie había perdido parte de su brillo original debido al uso constante, pero seguía siendo resistente y flexible. Las zonas donde apoyaban sus dedos estaban suavizadas por miles de horas de entrenamiento.
La cuerda permanecía tensa entre sus manos.
Frente a él, a unos treinta pasos de distancia, una pequeña diana de madera colgaba del tronco de un viejo roble. Estaba desgastada por el tiempo. La pintura blanca y roja apenas conservaba parte de sus colores originales, y la superficie estaba llena de agujeros provocados por incontables flechas.
Sin embargo, Milo no miraba el centro.
No todavía.
Sus ojos recorrían primero todo aquello que los demás ignoraban.
Observó cómo las hojas de los árboles se inclinaban ligeramente hacia el este.
Calculó la velocidad del viento simplemente viendo cómo una diminuta semilla descendía lentamente desde una rama.
Respiró despacio, dejando que el aire frío llenara sus pulmones.
Percibió el ligero aroma de la lluvia que probablemente llegaría entrada la tarde.
Sintió incluso el cambio casi imperceptible de temperatura provocado por una corriente que atravesaba el claro.
Cada pequeño detalle modificaba el vuelo de una flecha.
Cada sonido, cada movimiento y cada respiración formaban parte del disparo mucho antes de que este ocurriera.
Para cualquiera que hubiera pasado por allí, habría parecido un muchacho completamente inmóvil, perdido en sus pensamientos.
Pero Milo no estaba esperando.
Estaba escuchando.
Escuchaba al bosque.
Porque un buen arquero no era aquel que disparaba con rapidez.
Ni siquiera el que acertaba siempre.
Un verdadero arquero entendía el mundo que lo rodeaba. Comprendía que una flecha jamás viajaba sola; el viento la acompañaba, la gravedad la guiaba y la naturaleza decidía cuánto debía corregir su trayectoria.
Por eso la paciencia era tan importante como la puntería.
Sus dedos encontraron la posición exacta sobre la cuerda.
Con un movimiento lento y preciso levantó el arco.
La madera se curvó con elegancia mientras la cuerda se tensaba poco a poco.
Los músculos de sus brazos y su espalda trabajaron al mismo tiempo, pero ninguno hizo un esfuerzo innecesario. Todo era natural. Todo era el resultado de años de práctica.
Inspiró profundamente.
El mundo pareció detenerse.
Los cantos de los pájaros se alejaron.
El viento dejó de existir.
Solo quedaron él...
...y el objetivo.
Abrió lentamente los dedos.
La cuerda vibró con un sonido seco.
La flecha salió despedida atravesando el aire con una velocidad imposible de seguir para un ojo inexperto. Durante una fracción de segundo, el proyectil quedó iluminado por la primera luz dorada del amanecer antes de desaparecer.
¡Tac!
La punta se clavó exactamente en el centro de la diana.
Ni un milímetro más arriba.
Ni uno más abajo.
Justo donde debía.
El eco del impacto se perdió entre los árboles.
Milo bajó el arco lentamente.
Su expresión apenas cambió.
No había una sonrisa de orgullo ni un gesto de celebración.
No porque aquel disparo no hubiera sido bueno.
Sino porque, desde hacía mucho tiempo, acertar había dejado de sorprenderle.
Después de incontables amaneceres entrenando en aquel mismo lugar, después de miles de flechas disparadas hasta que sus dedos sangraron y volvieron a endurecerse formando callos, el error se había convertido en una excepción.
No era perfecto.
Nadie lo era.
Pero había aprendido a conocer tanto su arco como un músico conoce su instrumento favorito.
Caminó hacia la diana con paso tranquilo.
La hierba húmeda rozaba sus botas mientras pequeños insectos escapaban a su paso.
Al llegar, sujetó la flecha con firmeza y la extrajo de la madera de un solo tirón.
Observó el tronco durante unos segundos.
Estaba cubierto por cientos de marcas.
Algunas recientes.
Otras tan antiguas que el tiempo casi las había borrado.
No todas eran suyas.
Muchas pertenecían a su padre.
Todavía recordaba la primera vez que aquel hombre colocó un arco entre sus pequeñas manos. Milo apenas tenía fuerza suficiente para sostenerlo, pero insistía una y otra vez en intentarlo.
Su padre nunca se impacientó.
Siempre sonreía.
Siempre corregía su postura con calma.
Siempre repetía las mismas palabras.
—Un arma no demuestra quién eres, Milo. Lo demuestra lo que decides hacer con ella.
Cuando era niño, aquellas palabras le parecían extrañas.
Pensaba que un arco servía para ser fuerte.
Para vencer.
Para demostrar habilidad.
Con los años comprendió cuánto se había equivocado.
Un arco no existía para presumir.
No servía para ganar torneos.
Ni para alimentar el orgullo.
Su verdadero propósito era proteger aquello que uno amaba.
Guardó la flecha en el carcaj que llevaba colgado a la espalda y emprendió el camino de regreso.
El sendero serpenteaba entre enormes raíces, piedras cubiertas de musgo y arbustos cargados de pequeñas bayas silvestres. Los rayos del sol comenzaban a atravesar el bosque formando columnas doradas que iluminaban las diminutas partículas de polvo y polen suspendidas en el aire.
A medida que avanzaba, los sonidos del bosque fueron dejando paso a los del pueblo.
El balido de unas ovejas.
El canto lejano de un gallo.
El golpear de un martillo contra un yunque.
El olor a pan recién horneado comenzó a mezclarse con el aire fresco del bosque.
Finalmente, los árboles se abrieron, revelando la pequeña aldea de Lyxs.
No era un lugar grande.
Apenas unas pocas decenas de casas de madera con tejados de paja se distribuían alrededor de una plaza sencilla atravesada por caminos de tierra. Un pequeño riachuelo bordeaba el pueblo, alimentando los cultivos que se extendían hacia el horizonte.
No había enormes murallas.
Ni castillos.
Ni mercados llenos de lujos.
Pero, para Milo, no existía ningún lugar más importante en todo el reino de Liorne.
Allí había crecido.
Allí conocía cada sendero, cada árbol y cada piedra.
Sabía qué familia vivía en cada casa, quién necesitaba ayuda para recoger la cosecha, qué anciano requería leña para pasar el invierno y qué niño soñaba con convertirse algún día en aventurero.
Cada rostro le resultaba familiar.
Cada sonrisa tenía un nombre.
Y cada problema, por pequeño que pareciera, también era suyo.
Porque proteger Lyxs nunca había significado únicamente blandir un arco frente a un enemigo.
Significaba cuidar de las personas que llamaban hogar a aquel rincón del mundo.
Y Milo estaba dispuesto a hacerlo, sin importar el precio.
—¡Milo!
La voz aguda de una niña rompió la tranquilidad de la mañana.
Milo levantó la vista justo a tiempo para verla aparecer por el sendero principal del pueblo. Corría tan deprisa que apenas conseguía mantener el equilibrio. Sus pequeñas botas levantaban diminutas nubes de polvo a cada paso, y su largo cabello castaño, completamente despeinado, rebotaba sobre sus hombros mientras intentaba apartarlo de su rostro con una mano.
Su respiración era entrecortada.
Las mejillas estaban completamente sonrojadas.
Había algo en su expresión que hizo que Milo dejara inmediatamente la flecha que estaba guardando en el carcaj.
No era miedo.
Era preocupación.
Una preocupación demasiado grande para una niña de apenas ocho años.
Cuando llegó hasta él, tuvo que apoyarse sobre las rodillas para recuperar el aliento.
—¿Qué ocurre, Mira? —preguntó con voz tranquila.
Sabía que, si él mantenía la calma, ella también lo haría.
La niña levantó un brazo y señaló hacia el límite del bosque, donde los árboles volvían a formar una inmensa muralla verde.
—Mi... mi hermano... dice que encontró unas huellas... cerca del río...
Tomó aire antes de continuar.
—Dice que son de una bestia.
Las personas que caminaban por la plaza redujeron el ritmo al escuchar aquellas palabras. Algunos dejaron de cargar sacos. Otros giraron la cabeza. Los más ancianos intercambiaron miradas silenciosas. No era la primera vez que se hablaba de animales cerca del pueblo.
Los inviernos eran cada vez más impredecibles. Las lluvias habían arrastrado presas río abajo, algunos bosques habían perdido zonas enteras de caza y muchas criaturas se veían obligadas a recorrer kilómetros buscando alimento. Incluso los animales más cautelosos terminaban acercándose demasiado a los humanos cuando el hambre apretaba.
Milo no respondió de inmediato. Miró durante un instante hacia el bosque mientras organizaba sus pensamientos. Después volvió a centrar su atención en la niña.
—¿Cuándo las encontró?
—Esta misma mañana.
—¿Las vio cerca del puente?
Ella negó con la cabeza.
—Más arriba... donde crecen los sauces.
Milo asintió lentamente. Conocía perfectamente aquel lugar. Era una zona donde los animales solían acercarse a beber. Se agachó hasta quedar a la altura de Mira.
—¿Y Lio?
—Está en casa.
—¿Seguro?
Ella asintió con fuerza.
—Bien.
Milo sonrió con suavidad.
—Quédate con él hasta que vuelva. No salgáis al bosque por ningún motivo.
Mira mordió ligeramente su labio inferior.
—¿Vas a ir solo?
Durante un instante, Milo vio el miedo reflejado en aquellos ojos infantiles. No era la primera vez. Los niños del pueblo sabían que, cuando aparecía un problema, Milo era uno de los primeros en marcharse para resolverlo. Y también sabían que el bosque podía ser peligroso.
Él tomó el arco que descansaba apoyado contra una cerca de madera. Con un movimiento natural comprobó la cuerda, ajustó el carcaj sobre su espalda y respondió con una serenidad que parecía imposible alterar.
—No voy a buscar problemas.
Le revolvió el cabello con una mano.
—Solo voy a asegurarme de que no haya peligro.
La niña consiguió sonreír un poco. Aunque Milo sabía perfectamente que aquella respuesta servía para tranquilizar a los demás. El bosque nunca hacía promesas.
No tardó mucho en encontrar compañía. Dos hombres del pueblo insistieron en acompañarlo. Eran Daren, el herrero, un hombre corpulento cuyos brazos parecían capaces de doblar una barra de hierro con facilidad, y Tomas, un agricultor acostumbrado a recorrer los alrededores desde antes del amanecer. Ninguno era cazador. Pero ambos conocían aquellos caminos. Los tres avanzaron en silencio. Solo se escuchaban el crujido de las ramas bajo sus botas, el canto lejano de las aves y el constante murmullo del río.
A medida que se acercaban, Milo comenzó a fijarse en detalles que los otros apenas percibían. Un arbusto roto, hierba aplastada, pequeños mechones de pelo gris atrapados entre unas zarzas. Todo contaba una historia, solo había que saber leerla. Finalmente llegaron a una pequeña orilla cubierta de barro. Las huellas eran claras: grandes, recientes.
Daren tragó saliva.
—Son enormes...
Tomas sujetó con más fuerza el hacha que llevaba colgada del cinturón.
—Nunca había visto unas así.
Milo permaneció varios segundos completamente inmóvil. No observaba únicamente el tamaño. Estudiaba la profundidad de cada pisada. La distancia entre una y otra. La dirección. El peso. Incluso la forma en que el barro se había desplazado al recibir cada apoyo. Después de unos instantes, soltó un leve suspiro.
—Es un lobo.
Los otros dos lo miraron sorprendidos.
—¿Solo un lobo?
Milo negó despacio.
—Un lobo joven.
Se acercó unos pasos más. Se arrodilló. Apoyó la mano junto a una de las marcas.
—Todavía está creciendo.
Daren frunció el ceño.
—¿Cómo puedes saberlo?
Milo señaló una de las huellas.
—Las patas son demasiado grandes para el peso que dejan.
Después señaló otra.
—Y mira la separación entre las zancadas. —Guardó silencio unos segundos—. Todavía no controla del todo su fuerza.
Tomas observó las marcas sin entender demasiado.
—¿Y... es peligroso?
Milo recorrió con la vista el bosque. Había ramas partidas. Restos de pequeños huesos. Marcas de garras sobre un tronco cercano. Todo encajaba.
Negó lentamente.
—No está cazando personas.
Los dos hombres soltaron el aire casi al mismo tiempo.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Milo pasó los dedos por la tierra húmeda.
—Si estuviera siguiendo el rastro de un humano, las pisadas cambiarían. —Se levantó—. Caminaría despacio. Más atento. Buscaría ocultarse. —Explicó con calma—. Pero este ha recorrido el río varias veces. Ha olfateado el agua, ha buscado madrigueras, miró hacia el interior del bosque. Es obvio que solo tiene hambre.
Daren cruzó los brazos.
—Entonces...
—Probablemente perdió parte de su territorio cuando el río se desbordó hace unas semanas. —Señaló las montañas—. Ahora buscará un lugar nuevo donde cazar.
Los hombres intercambiaron una mirada. Para ellos era casi imposible comprender cómo Milo podía obtener tanta información observando un puñado de huellas. Pero él nunca había considerado aquello un don extraordinario. Simplemente había aprendido a escuchar: a escuchar el bosque, a escuchar el viento, a escuchar aquello que la mayoría ignoraba.
Y el bosque siempre terminaba hablando.
Cuando regresaron a Lyxs, la noticia se extendió incluso antes de que cruzaran la primera calle. Las personas comenzaron a salir de sus casas. Las madres respiraron aliviadas. Los niños volvieron a correr por la plaza. Los ancianos recuperaron sus conversaciones interrumpidas. No había ninguna bestia. Solo un joven lobo intentando sobrevivir. Una vez más, el pueblo podía dormir tranquilo. Y, una vez más, las mismas palabras comenzaron a repetirse.
—Deberías estar en la Guardia Real.
—Un arquero como tú está desperdiciando su talento aquí.
—El reino entero debería conocer tu nombre.
Milo respondía siempre igual. Con una sonrisa amable. Con un leve movimiento de cabeza. Sin aceptar los elogios. Porque, en el fondo, aquellas palabras le producían sentimientos encontrados. Amaba Lyxs. Era el lugar donde había nacido. Donde había aprendido a caminar. Donde conocía el nombre de cada vecino, cada sendero y cada árbol. Pero también sabía que el mundo era mucho más grande que aquel pequeño pueblo.
Había aldeas enteras que jamás recibirían ayuda. Personas que vivían con miedo. Familias que nadie protegía. Él podía cuidar de Lyxs. Quizá también de los pueblos vecinos. Pero no podía estar en todas partes. Y eso era lo que más le dolía. Desde hacía años guardaba el mismo sueño.
Entrar en la Guardia de Cazadores del Palacio Real.
No buscaba prestigio. Ni riquezas. Ni convertirse en una leyenda. Solo quería llegar más lejos. Salvar a más personas.
Cumplir el verdadero propósito de su arco.
Aquella tarde, el pueblo volvió poco a poco a su rutina.
El sol descendía lentamente sobre los tejados mientras una brisa cálida recorría las calles.
Sentado frente a su casa, Milo reparaba varias flechas dañadas.
Con una pequeña navaja igualaba la madera.
Revisaba cada pluma.
Enderezaba los astiles uno por uno.
Era un trabajo lento.
Meticuloso.
Casi relajante.
Entonces lo escuchó.
Un sonido diferente.
Cascos.
Muchos cascos.
No pertenecían a ningún agricultor.
Ni a ningún comerciante. Aquellos caballos avanzaban con disciplina. Con un ritmo perfectamente sincronizado. Milo levantó lentamente la cabeza. Varias personas hicieron lo mismo. En pocos segundos todo el pueblo guardó silencio.
Un grupo de jinetes apareció por el camino principal. Vestían armaduras relucientes que reflejaban la luz del atardecer. Sobre sus capas ondeaba el emblema del reino de Liorne: un dragón plateado extendiendo sus alas sobre un fondo oscuro.
No era habitual recibir visitantes del Palacio Real. Mucho menos mensajeros oficiales.
Los niños dejaron de jugar. Los comerciantes abandonaron sus puestos.
Incluso los perros dejaron de ladrar. El jinete que encabezaba la comitiva desmontó con elegancia. Sacó un largo pergamino sellado con cera plateada, lo desenrolló y habló con una voz firme que resonó por toda la plaza.
—¡Por orden de la Corona se anuncia oficialmente la apertura del Torneo de la Luna Plateada!
Un murmullo recorrió la multitud. Todos conocían aquel nombre. Era el torneo más prestigioso del reino. Allí competían los mejores arqueros de cada región. Muchos habían alcanzado la Guardia Real gracias a aquella competición. Otros habían conseguido títulos, tierras o el reconocimiento de la nobleza, pero muy pocos regresaban siendo los mismos.
El mensajero continuó leyendo.
—Por decisión de Su Majestad, este año podrán participar arqueros procedentes de todos los territorios de Liorne, sin distinción de origen o linaje.
Aquellas últimas palabras parecieron detener el tiempo.
Milo dejó lentamente la flecha que sostenía entre los dedos. Su respiración se volvió más lenta.
Aquello… No era solo un anuncio.
Era una oportunidad.
Una puerta que llevaba años esperando ver abierta. Una posibilidad de demostrar quién era realmente. No ante un pueblo. Sino ante todo el reino.
Aquella noche apenas pudo dormir. El arco descansaba apoyado junto a la ventana de su habitación. La luz de la luna plateada iluminaba suavemente la madera desgastada por los años. Milo permanecía sentado frente a él. Recordando. Pensando. Si aceptaba, tendría que abandonar Lyxs durante un tiempo. Dejar atrás a las personas que había protegido toda su vida. Caminar hacia un futuro completamente incierto. Pero también existía otra posibilidad.
Si lograba destacar...
Si demostraba su valor...
Quizá la Guardia de Cazadores finalmente le abriría sus puertas. Y entonces podría proteger no solo un pueblo. Sino todo un reino. Se levantó lentamente. Tomó el arco entre sus manos. Sintió el tacto familiar de la madera. El mismo que había acompañado toda su infancia. El mismo que su padre le había enseñado a sostener.
Por primera vez en muchos años, el camino que se extendía frente a él era completamente desconocido. Y, aunque todavía no podía imaginarlo, aquella decisión sería mucho más importante que cualquier flecha que hubiera disparado hasta entonces.








