Capítulo 1
La mañana de 1999, Meredith había fallecido, tan solo dos semanas antes de cumplir los veintitrés años. Esos suspiros que clamaban salvación, que pedían clemencia y comprensión, ya no causarían más dolores de cabeza.
Su madre sollozaba al ver su cuerpo pálido y labios morados, se preguntaba qué es lo que había pasado.
Esa sangre en las sábanas... por más que movía el cuerpo, no lograba comprender por dónde había salido tanta sangre; todo se sentía tan abrumador.
La confusión y el dolor la hacían inestable; tenía los ojos tan abiertos que parecían salirse de sus órbitas. No quería gritar, pero el simple hecho de buscar por dónde su hija había sangrado le destrozaba.
No pasó mucho para que su llanto se adueñara de aquel hogar.
William, quién había venido a darle flores matutinas como de costumbre, soltó aquel ramo y retrocedió como si estuviera esperando lo peor, sus pies se movieron por instinto, saltando de dos en dos los escalones hasta poder llegar al cuarto de Meredith; su mano caía postrada sobre el marco marrón, mientras que la otra le cubría la boca.
Salva volteó a verlo
—¿Qué pudo haber pasado? —su llanto no la dejaba ni hablar, y sus ojos no sabían que mirar.
Paso al lado de William, el silencio era aún más asfixiante, él no se atrevía a mirar, mucho menos a tocar; la cabeza le daba vueltas, y de solo mirar la sangre, ya sabía de donde provenía; sus ojos iban de arriba hacía abajo, recapitulando todo lo sucedido, desde el día que Meredith le contó sobre el bebé que estaba esperando, hasta el último día que la vio con vida.
Sintió un nudo grande en la garganta, no comprendía, no asimilaba, ¿En qué momento? Se preguntaba.
Al fijar la vista sobre la mesita de noche al otro lado de su cama, se dio cuenta del sin fin de pastillas que tenia aquel frasco, no lo quería creer, quería salir corriendo de aquella casa, llevarse el cuerpo de su amada postrada en aquella cama, y morir junto a ella.
Salva entraba y salía de la habitación, quiso preguntarle a William si él sabía algo, pero todo pensamiento coherente se esfumo de ella, no podía actuar como es debido, las palabras no salían de ella y el hombre que ella veía cerca de su hija, le empezaba a agarrar un rencor inexplicable.
No basto mucho cuando tres toques se hicieron presentes desde abajo; era la policía preventiva, William salió de aquel cuarto encontrándose cara a cara con uno de ellos
— Hemos recibido una llamada por parte de Salva Torres, ¿es correcto? — Es correcto, mi hija esta arriba, muerta —William volteó hacía atrás, mirando fijamente aquellos ojos rojos desbordados.
Los policías entraron preguntando sobre la manipulación del cuerpo, lo cuál Salva, respondió que ella lo había estado moviendo en un momento de despecho. Al entrar y comprobar la situación, pidió que William lo acompañará para hacer una pequeña declaración de los hechos, y que después continuaría con Salva.
El oficial sacó una pequeña libreta de su camisa, específicamente de su bolsillo derecho, junto a una pluma color azul.
—A ver, joven. Vamos a empezar con unas preguntas de rutina —dijo el oficial, dándole un par de golpecitos a la pluma contra la libreta—. ¿Nombre completo y edad?.
— Me llamo William Hernandez Rico, veintitrés años .
— Fecha de nacimiento y ocupación — mirando su libreta, anotaba más de lo que William respondía.
— Veintisiete de octubre de mil novecientos setenta y cinco —respondió William —. Soy profesor de primaria. Me gradué el año pasado y ahorita estoy cubriendo un interinato; soy el reemplazo de un maestro que se fue por incapacidad médica.
El oficial asintió mientras garabateaba la palabra «profesor» en el papel, dio un golpe seco con la pluma y volvió a clavar sus ojos en él —¿Y qué relación o parentesco tenía usted con la occisa? ¿qué hacía aquí en el domicilio a esta hora?
William sintió que la saliva se le secaba en la boca, la imagen de su novia muerta jamás se iba a ir de su cabeza
— Es mi novia, vine a traerle flores, como de costumbre — el oficial dio un vistazo por la casa.
— Entonces estas flores que estan por todos lados, ¿se las diste tú?
— Así es.
— ¿Su domicilio y número de teléfono?
— Vivo en zona centro, calle madero, número cuatrocientos doce y mi número de casa es tres, veintiuno, sesenta y cuatro, cero siete.
— ¿A que hora dice que llegó al domicilio? — dudó
— A las nueve con veinticinco de la mañana.
—¿Y cómo entro al domicilio? ¿Quién le dio acceso?
— Mi suegra Salva me abrió la puerta, grito el nombre de Meredith y al ver que no bajaba, subió a su habitación, ahí fue cuando escuche su gritó y entré sin más.
— Digame, ¿usted sabe si la occisa padecía de alguna enfermedad o si tomaba medicamento? ¿alteró, tocó o movió el cuerpo u objeto de la habitación?
— Si, padecía del Síndrome de Eisenmenger, y tomaba medicamentos. No toqué el cuerpo para nada, lo único que toque fue la puerta.
— No nos hagamos de cuentos largos porque necesito pasar con la señora— cerró su libreta y volvió a ponerla en su bolsillo.
Mientras los oficiales tomaban las declaración de salva, William se dirigía al baño.
Tumbado en el suelo, comiéndose las uñas, desesperado y temeroso, cubriendose la cara con ambas manos, su respiración agitada era lo único que se escuchaba en ese pequeño espacio. Sino quería caer en la locura, tenía que salir inmediatamente de ahí.
Al salir se encontró cara a cara con la madre de su amada. Salva se echo a llorar en los hombros de William.
— ¿Por qué, William? — repetía ella, aferrándose a esas tres palabras.
Él la observaba en un silencio pesado, buscaba en si mismo alguna palabra que fuera lo más sincera y llena de empatia.
— ¿Acaso tú lo sabías?
William cerró los ojos un instante, dejando que el grito mudo de ella lo atravesara.
Al abrir los ojos, solo pudo ofrecerle una mirada cargada de una tristeza infinita.
No apartó la mirada, y en cuestión de segundos salva se inclinó con ambas manos sobre su rostro, estrujando sus cachetes con fuerza.
— Lo sabías y no salvaste a mi hija.
Las lágrimas caían, pesadas y calientes. No solo era llanto, era el dolor punzando su corazón; su hija estaba muerta y no podía evitar echarle la culpa a William.
Sus dedos se enterraron en las mejillas de William, obligándolo a mirar aquellos ojos enfurecidos.
— ¡Dime algo, carajo! —le gritó ella, sacudiéndolo—. ¡Dime que no lo sabías!
El grito agudo de Salva rompió el poco silencio que quedaba en esa casa.
— ¡Señora, sepárese del joven!
Salva no lo soltó de inmediato; sus uñas dejaron marcas blancas en la piel de William antes de ser apartada por el brazo firme de uno de los policías.
— Sus problemas personales no pueden contaminar el trabajo del Ministerio Público.
William se quedó inmóvil, con el rostro ardiendo donde las uñas de Salva habían marcado su piel. No se limpió las marcas; sentía que merecía ese rastro en sus mejillas.
— Oficial, no hay indicios para un arresto inmediato — intervino su compañero consultando su libreta — pero no podemos perderlo de vista.
— Escuche bien. Se va a ir a su casa ahora mismo. Queda bajo vigilancia preventiva, una patrulla estará rondando su domicilio hasta que el médico legista determine la causa exacta de muerte. Y usted señora ya cometió un error grave al mover el cuerpo antes de que llegáramos. Retirense.
Tú, José, asegúrate de que el joven llegue a su casa. Por lo tanto, usted señora, tendrá que buscarse un lugar donde quedarse un par de días — concluyó el oficial.
Salva se quedó petrificada, mirando las cintas amarillas que empezaban a rodear los muebles, las fotos, su vida entera. No solo había perdido a su hija; ahora la ley le arrebataba el derecho de llorarla en su propia cama.
William se dirgia a la salida, al cruzar el umbral de la puerta, el aire frío de la mañana le golpeó la cara, pero no fue suficiente para despejarlo.
Antes de subir a la patrulla, giró la cabeza por última vez hacia la ventana del cuarto de Meredith. Sabía que aunque la policía no encontrara pruebas físicas en su contra, él ya estaba sentenciado. No era solo la muerte de Meredith lo que cargaría en sus hombros, sino la vida que nunca llegó a nacer y el silencio que, por miedo, decidió guardar.








