Capitulo 1: La niña que observaba
Durante mucho tiempo creí que las personas estaban hechas de historias.
Después entendí que también estaban hechas de elecciones.
Las historias nos ocurren.
Las elecciones nos revelan.
No elegí dónde nací.
No elegí las ausencias.
No elegí los miedos.
No elegí muchas de las cosas que marcaron mi infancia.
Pero sí fui eligiendo qué hacer con ellas.
Y esa diferencia cambió mi vida.
Porque un día comprendí que mi esencia no era mi historia.
Mi esencia era aquello que seguía vivo después de atravesarla.
La forma en que miraba.
La forma en que amaba.
La forma en que elegía volver a la ternura incluso cuando tenía razones para abandonarla.
No recuerdo demasiado de mi infancia.
Al menos no de la manera en que las personas suelen recordarla.
No podría decir qué ocurrió primero.
Qué año fue.
Qué edad tenía exactamente.
Mi memoria no guarda los acontecimientos en orden.
Guarda sensaciones.
A veces pienso que mi infancia está hecha de fragmentos.
Un olor.
Una calle.
Una voz.
Un silencio.
La sensación de estar mirando algo importante sin comprenderlo del todo.
Si cierro los ojos, no veo una historia.
Veo una niña observando.
Durante mucho tiempo creí que observaba por curiosidad.
Muchos años después entendí que también observaba por miedo.
Aprendí muy temprano que las personas podían sufrir.
Y durante años deseé que dejaran de hacerlo.
No porque quisiera salvar a nadie.
Era apenas una niña.
Pero cuando una niña ama, el dolor de quienes ama puede sentirse tan grande que parece capaz de ocupar toda una habitación.
Quizás por eso miraba tanto.
Miraba los rostros.
Los gestos.
Las voces.
Los silencios.
Intentaba entender cosas para las que todavía no tenía palabras.
Recuerdo sentir que el mundo era más complejo de lo que los adultos decían.
Ellos hablaban de trabajo.
De dinero.
De parejas.
De problemas.
Yo no entendía esos asuntos.
Pero entendía las emociones.
Sabía cuándo alguien estaba triste.
Sabía cuándo alguien estaba preocupado.
Sabía cuándo alguien intentaba sonreír mientras por dentro estaba triste.
No sabía cómo lo sabía.
Simplemente lo sentía.
Y aquello me daba una sensación extraña.
Porque mientras otros niños parecían vivir dentro de sus propios juegos, yo pasaba gran parte del tiempo intentando comprender a las personas.
A veces pienso que mi verdadera infancia transcurrió detrás de mis ojos.
Mirando.
Escuchando.
Registrando.
Guardando.
Uno de los recuerdos más curiosos que tengo ni siquiera es mío.
Es un recuerdo que mi padre me devolvió muchos años después.
Yo tendría unos seis años.
Vivíamos en Buenos Aires.
Él estaba con su pareja.
Viajábamos en colectivo.
No recuerdo el recorrido.
No recuerdo el día.
Ni siquiera recuerdo la escena.
Pero recuerdo perfectamente la emoción que sentí cuando mi padre me la contó.
Según él, en algún momento del viaje me acerqué a los dos y dije:
—Pa, si quieren pueden darse un beso. Yo los acepto.
Cuando la escuché por primera vez no pensé que aquella niña hubiera sido madura.
Pensé que había estado observando.
Observando como siempre.
Registrando algo que nadie le explicó.
Percibiendo una incomodidad.
Una duda.
Un espacio que todavía no terminaba de acomodarse.
Y haciendo lo que haría durante gran parte de su vida.
Intentando que todos tuvieran un lugar.
Durante años creí que mi mayor deseo era pertenecer.
Hoy sospecho que mientras buscaba mi propio lugar, también intentaba construir el lugar de los demás.
Como quien acomoda una silla más en la mesa.
Como quien corre un poco el cuerpo para que otro pueda sentarse.
No creo que aquella niña estuviera pensando conscientemente en nada de eso.
Era demasiado pequeña.
Pero reconozco algo familiar en ese gesto.
Lo reconozco porque todavía vive en mí.
Sigue apareciendo cuando escucho.
Cuando acompaño.
Cuando alguien se siente solo.
Cuando percibo que una persona necesita ser mirada con más ternura de la que está recibiendo.
A veces me pregunto de dónde nació esa necesidad.
Y siempre vuelvo al mismo lugar.
Al miedo.
Porque cuando era niña y veía sufrir a las personas que amaba, sentía miedo.
Mucho miedo.
No miedo por mí.
Miedo por ellas.
Quería que estuvieran bien.
Quería que dejaran de sufrir.
Quería que la tristeza se fuera.
Quería que el dolor terminara.
Durante años pensé que aquello era solamente empatía.
Hoy creo que también era amor.
Y quizás esperanza.
La esperanza infantil de que si las personas que amamos están bien, el mundo vuelve a ser un lugar seguro.
Por eso observaba.
Observaba para entender.
Y entendía para sentir menos miedo.
Aunque nunca funcionaba del todo.
Porque la vida seguía ocurriendo.
Las personas seguían lastimándose.
Los vínculos seguían cambiando.
Y yo seguía siendo una niña intentando descifrar un idioma que parecía hablarse en todas partes menos dentro de mí.
Recuerdo otra sensación.
Una que me acompañó durante mucho tiempo.
La sensación de ser diferente.
No mejor.
No peor.
Diferente.
Como si hubiera algo que todos comprendían naturalmente y a mí me hubiera sido entregado incompleto.
Habitaba un mundo lleno.
Y sin embargo muchas veces me sentía sola.
No porque estuviera sola.
Había personas.
Había voces.
Había movimiento.
Había vida.
Pero existía una distancia difícil de explicar.
Como si yo estuviera siempre observando desde algún borde invisible.
Quizás por eso aprendí a mirar tan bien.
Porque cuando una no logra encajar del todo, desarrolla una sensibilidad especial para comprender aquello que observa.
Y yo observaba todo.
Las alegrías.
Las tristezas.
Las despedidas.
Los encuentros.
Los amores.
Las ausencias.
Sin saberlo, estaba estudiando la condición humana.
Mucho antes de acompañar proceso
Mucho antes de escuchar historias.
Mucho antes de elegir una profesión.
Ya estaba intentando comprender qué hacía sufrir a las personas.
Y qué las ayudaba a sanar.
Hoy, cuando pienso en la niña que fui, no siento lástima.
Siento ternura.
Y también orgullo.
Porque a pesar de los miedos.
A pesar de las preguntas.
A pesar de la sensación de no terminar de pertenecer.
Había algo que ya estaba intacto dentro de ella.
La capacidad de amar.
La capacidad de comprender.
La capacidad de mirar a otro ser humano y reconocer su dolor.
Quizás por eso esta historia no comienza con una pérdida.
Ni con una ausencia.
Ni con una herida.
Comienza con una niña observando el mundo desde la ventana de un colectivo.
Intentando que todos tengan un lugar.
Sin saber que, muchos años después, esa misma búsqueda terminaría convirtiéndose en la forma en que aprendería a vivir.