Entre Lineas por Alondra en Inkitt
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Entre Lineas

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Sinopsis

En el prestigioso Instituto Santa Victoria, el apellido lo es todo y la reputación vale más que la verdad. Seraphine Kingsley tiene la vida que todos desean: belleza, popularidad y un futuro asegurado como heredera de una de las familias empresariales más poderosas del país. Además, está prometida con Lucian Lombardi, el heredero perfecto de una familia igual de influyente. Pero detrás de las sonrisas impecables y los eventos exclusivos existe una realidad que nadie quiere admitir: algunas vidas ya fueron decididas antes de que sus dueños pudieran elegirlas. Todo cambia cuando aparece Dicen Que, una misteriosa aplicación anónima que comienza a revelar los secretos de la élite del Instituto Santa Victoria. Nunca publica mentiras. Nunca inventa historias. Pero tampoco cuenta toda la verdad. Porque una verdad sin contexto puede destruir una reputación, una amistad e incluso una vida. Entre un compromiso construido por deber, un heredero que teme amar y Liam Corvin, un becado que es incapaz de verla como una simple heredera, Seraphine tendrá que descubrir quién es cuando la imagen perfecta que construyó comienza a romperse. Porque en Santa Victoria todos tienen algo que ocultar. Y alguien está decidido a contar la historia primero. "Todos tienen una versión que mostrar. El problema es quién decide contar la historia primero."

Genero:
Romance
Autor/a:
Alondra
Estado:
En proceso
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1: Las grietas de la perfección

—¡Señorita Seraphine! ¡El señor Sheldon la está esperando! —gritó Carmela desde el otro lado de la puerta de mi habitación.

—¡Dígale que en un momento salgo, Carmela! —respondí mientras terminaba de arreglarme.

Volví a mirar mi reflejo en el espejo del baño. Pasé una última capa de máscara de pestañas y coloqué un poco de tinte rojo en mis labios. Lo suficiente para verme arreglada, pero no demasiado. En Santa Victoria existía una regla no escrita: debías parecer perfecta, pero nunca demasiado consciente de ello.

El maquillaje era suave. Natural. Como si no hubiera requerido esfuerzo.

Una mentira bastante bien practicada.

No podía negar que había tenido suerte con la genética. Había heredado el cabello castaño de mi madre y los ojos verdes de mi padre. Mi hermano Sheldon también tenía esa misma combinación, aunque sus ojos eran de un tono más oscuro, más serio.

Supongo que incluso en eso éramos parecidos.

Los Kingsley siempre habíamos sabido cómo lucir impecables.

Terminé de acomodar el moño color borgoña alrededor de mi cuello. Todo estaba impecable: el blazer perfectamente planchado, los zapatos relucientes y el perfume carísimo que mi madre había traído de París impregnando la habitación.

Me observé una última vez en el espejo.

Perfecta.

O, al menos, lo suficientemente perfecta para sobrevivir un día más en Santa Victoria.

Salí del baño, tomé mi bolso y revisé por última vez que todo estuviera en su lugar.

Laptop.

Libreta.

Lapiceros.

Mi indispensable estuche de supervivencia femenina.

Y un pequeño kit de maquillaje para cualquier emergencia.

Nunca se sabía cuándo una fotografía inesperada podía terminar circulando por internet.

¡PI, PI, PIIIII!

El claxon del BMW X5 de Sheldon retumbó desde el jardín.

Cerré los ojos durante un segundo.

Dios...

Ese chico iba a matarme.

Salí de mi habitación casi trotando, procurando no hundir los tacones en la enorme alfombra color marfil que mi madre adoraba más que a algunos miembros de la familia.

Bajé las escaleras a toda prisa hasta encontrarme con Carmela, que ya me esperaba en el recibidor con una expresión de resignación.

—Llegará tarde a su primer día de clases, señorita Seraphine —dijo mientras me entregaba mi Stanley con agua—. El joven Sheldon está a punto de perder la paciencia.

Tomé el termo entre mis manos y sonreí.

—No te preocupes, Carmelita. Sheldon jamás se iría sin mí, aunque me demorara mil años. Después de todo, soy su adorable y tierna hermanita.

Carmela soltó una pequeña risa antes de negar con la cabeza.

—Eso dice usted.

Guardé el Stanley dentro de mi bolso y salí de la casa.

—Por fin apareces —comentó Sheldon desde el asiento del conductor. Su BMW X5, regalo de mi padre por su cumpleaños número dieciocho, seguía impecable, como si hubiera salido del concesionario esa misma mañana—. Estaba a punto de irme.

Me dedicó una mirada que intentaba parecer molesta.

Intentaba.

Porque los dos sabíamos que jamás lo haría.

—No te irías sin mí, Shelly —respondí con una sonrisa mientras abría la puerta del copiloto.

Dejé mi bolso a mis pies, acomodé el cinturón y cerré la puerta.

—Sube de una vez, princesita.

Sheldon volvió a colocarse las gafas de sol y encendió el motor.

Sonreí para mis adentros.

Mi hermano podía fingir ser el heredero serio y responsable de los Kingsley todo lo que quisiera, pero conmigo seguía siendo el mismo chico que me enseñó a montar bicicleta y que se peleaba con cualquiera que me hiciera llorar.

El trayecto hacia el Instituto Santa Victoria transcurrió entre el ruido del motor y mis eternos intentos por decidir qué canción poner.

Conecté mi teléfono al sistema del auto y comencé a deslizar el dedo por mi lista de reproducción.

Elegir la primera canción del día siempre era más difícil de lo que parecía.

Después de descartar unas cuantas opciones, Rich Girl, de Gwen Stefani, inundó el auto con sus primeros acordes.

Sheldon soltó un suspiro resignado sin apartar la vista del camino.

—¿Otra vez?

—¿Qué tiene? Es un clásico.

—Llevas obsesionada con esa canción desde que tenías como diez años.

Sonreí mientras apoyaba la cabeza contra la ventana.

Quizá tenía razón. Desde pequeña había sentido un cariño especial por esa canción... y por Clueless. No sabía cuántas veces había visto la película, pero ya era parte de mí.

La canción llegó a su último acorde justo cuando el BMW disminuyó la velocidad.

El enorme portón de hierro forjado del Instituto Santa Victoria ya estaba abierto, mientras una interminable fila de vehículos esperaba pacientemente para ingresar. Mercedes-Benz, Porsche, Range Rover, Audi... un desfile de automóviles tan lujosos que cualquiera pensaría que se trataba de una exposición y no del primer día de clases.

Sheldon apenas redujo la velocidad lo suficiente para que uno de los guardias revisara la placa del vehículo.

El hombre levantó la vista, reconoció el apellido grabado en la matrícula y, casi de inmediato, hizo una señal para que avanzáramos.

—Buenos días, señor Kingsley.

Las enormes rejas metálicas comenzaron a abrirse por completo.

A nuestro lado, algunos autos seguían esperando su turno.

Nosotros pasamos primero.

Como siempre.

No era algo que me sorprendiera.

En Santa Victoria los apellidos también abrían puertas.

Literalmente.

El camino hacia el edificio principal atravesaba un inmenso bosque privado. Árboles centenarios formaban un túnel natural sobre la avenida de piedra, dejando que pequeños rayos de sol se filtraran entre las hojas.

Cada cierto tramo aparecían esculturas de mármol, fuentes perfectamente cuidadas y jardines que parecían más propios de un museo europeo que de un instituto preuniversitario.

Mi madre solía decir que Santa Victoria no buscaba impresionar.

Buscaba recordarles a todos quiénes habían construido ese lugar.

Al final del recorrido, el camino desembocaba en un gran óvalo central.

En medio se alzaba una imponente estatua de un ángel de mármol blanco, con el rostro elevado hacia el cielo y las alas abiertas como si protegiera todo el campus.

Rodeándolo, decenas de estudiantes descendían de sus autos mientras otros entregaban las llaves a los encargados del valet parking. Algunos padres aprovechaban para dar las últimas recomendaciones; otros apenas alcanzaban a despedirse antes de volver al trabajo.

Sheldon estacionó frente a la entrada principal y apagó el motor.

El silencio reemplazó la música.

—¿Lista, princesita? —preguntó mientras se quitaba las gafas de sol.

Sonreí mientras acomodaba el moño borgoña por última vez.

—Siempre estoy lista.

Él arqueó una ceja.

—¿Para qué exactamente?

Abrí la puerta del auto con una sonrisa divertida.

—Para sobrevivir otro año en Santa Victoria... y, si hace falta, pisarle el ego a alguien con estos tacones.

Sheldon soltó una carcajada.

—Esa es mi hermana.

Ambos bajamos del vehículo. Un empleado se acercó enseguida para recibir las llaves.

—Buenos días, señor Kingsley.

—Gracias, Martín —respondió Sheldon entregándole las llaves sin siquiera mirar.

Me acomodé el bolso sobre el hombro mientras observaba el edificio principal elevarse frente a nosotros.

Santa Victoria era tan imponente como siempre.

Columnas de piedra clara.

Grandes ventanales.

Escalinatas interminables.

Y el escudo dorado del instituto brillando sobre la entrada principal bajo el lema que todos conocíamos de memoria.

“Formamos a los futuros líderes del país.”

A veces me preguntaba si también nos enseñaban a ser felices.

—¡¿En serio pensaban entrar sin mí?!

Reconocería esa voz en cualquier lugar.

Me giré justo a tiempo para ver a Cornelia Belmont caminando hacia nosotros con unas gafas de sol sobre la cabeza y una enorme sonrisa. El moño borgoña perfectamente acomodado, el uniforme impecable y un bolso de diseñador colgando de su brazo hacían que pareciera salida de una campaña de moda más que de un primer día de clases.

—¡Buenos días, realeza! —exclamó Cornelia antes de abrazarme con fuerza—. Espero que hayan logrado sobrevivir a las vacaciones sin mí.

Hizo un dramático puchero.

—Mi madre insistió en llevarme a su desfile en Dubái. Dos semanas rodeada de modelos tan flacas que me daba miedo abrazarlas y partirlas por la mitad.

Sheldon soltó una risa.

—Lo sorprendente es que no terminaras desfilando tú.

Cornelia lo miró con una sonrisa venenosa.

—¿Y arriesgarme a caer delante de medio mundo? No, gracias. Prefiero dejar que otros hagan el ridículo.

—Eso sonó muy específico.

—Porque lo fue.

No pude evitar reír.

Las discusiones entre esos dos eran prácticamente un deporte olímpico.

Cornelia volvió a mirarme, esta vez con esa sonrisa llena de complicidad que solo aparecía cuando quería sacar un tema incómodo.

—Bueno... cuéntamelo todo.

La miré fingiendo inocencia.

—¿Qué cosa?

—No te hagas la interesante. ¿Viste al rey del hielo durante las vacaciones o decidió mudarse definitivamente a las oficinas de su padre?

Sentí que el calor me subía hasta las mejillas.

—Lo vi... pero muy poco. Su padre lo tuvo trabajando casi todas las vacaciones.

Intenté restarle importancia con una sonrisa.

—Estuvo bastante ocupado.

La expresión de Cornelia cambió casi al instante.

—Cada día soporto menos a ese hombre.

Rodó los ojos.

—Y, sinceramente, también al hijo.

Antes de que pudiera responder, me tomó del brazo.

—No importa. Este año tienes un instituto entero lleno de chicos guapos. Alguno tendrá que compensar semejante desperdicio.

No alcanzamos a dar dos pasos.

Sheldon sujetó mi otro brazo y me apartó con un solo movimiento.

—Belmont.

Su tono seguía siendo tranquilo.

Demasiado tranquilo.

—Deja de intentar corromper a mi hermana.

Cornelia arqueó una ceja.

—¿Corromperla? Solo intento que recuerde que existen hombres con pulso.

—Sigue soñando.

—¿Y tú sigue creyendo que puedes espantar a cualquiera que se le acerque?

Los observé discutir unos segundos.

Lo curioso era que ninguno hablaba realmente en serio.

Llevaban años peleándose exactamente igual.

Y, probablemente, seguirían haciéndolo cuando tuvieran cuarenta.

—No puedo creer que ya estén discutiendo. Parecen un matrimonio con veinte años de casados.

Una voz divertida hizo que los cuatro giráramos al mismo tiempo.

Vincent Cadwell apareció con las manos en los bolsillos, sonriendo como si acabara de presenciar el mejor espectáculo de la mañana.

A su lado caminaba Lucian Lombardi.

Impecable, como siempre.

El uniforme parecía hecho a su medida, el moño borgoña perfectamente acomodado y esa expresión tranquila que hacía imposible saber qué estaba pensando.

—Dejen tranquila a la princesa Seraphine —continuó Vincent—. Estoy seguro de que su querido prometido pasó todas las vacaciones suspirando por ella...

No terminó la frase.

Lucian le dio un discreto codazo en las costillas.

—Buenos días, Seraphine —corrigió Vincent con una sonrisa exageradamente elegante antes de inclinarse y besar el dorso de mi mano—. Siempre es un placer volver a verla, su alteza.

Puse los ojos en blanco.

—Sigues siendo insoportable, Vincent.

—Y tú sigues siendo mi noble favorita.

Se alejó riéndose para saludar a Sheldon y, pocos segundos después, ya estaba molestando a Cornelia.

Lucian permaneció donde estaba.

Solo cuando Vincent terminó su pequeña actuación, caminó hacia mí.

—Buenos días, Seraphine.

Su voz era tan calmada como siempre.

Me regaló una pequeña sonrisa.

De esas que apenas levantaban las comisuras de sus labios.

Se inclinó con naturalidad y dejó un beso sobre mi frente.

Un gesto aprendido hacía años.

Después tomó mi mano entre la suya.

Como siempre.

Como todos esperaban que hiciera.

—¿Cómo estás?

Sonreí.

—Bien. ¿Y tú?

—Sobreviviendo a las reuniones de mi padre.

—Entonces sí que necesitas vacaciones.

Por primera vez en toda la mañana, Lucian soltó una risa baja.

Apenas un segundo.

Pero ahí estaba.

El sonido de nuestras risas se fue perdiendo conforme atravesábamos las enormes puertas de cristal del edificio principal.

Santa Victoria seguía exactamente igual que el año anterior.

Los techos altos, las columnas de mármol y el enorme vestíbulo hacían que cualquiera olvidara por un momento que aquello era un instituto preuniversitario y no un hotel cinco estrellas.

El escudo dorado del instituto presidía la entrada principal, acompañado del lema que todos conocíamos desde el primer día.

“Formamos a los futuros líderes del país.”

Siempre me había preguntado si también nos enseñaban a ser personas.

—Mira quién llegó.

No hizo falta girarme para saber que Vincent acababa de encontrar otra víctima para sus bromas.

Un grupo de estudiantes de primer ingreso acababa de detenerse a pocos metros de nosotros. Algunos nos miraban con evidente curiosidad; otros susurraban entre ellos mientras intentaban disimular.

—Cada año es lo mismo —murmuró Cornelia acomodándose el cabello sobre el hombro—. Nos miran como si fuéramos celebridades.

—¿Y acaso no lo somos? —preguntó Vincent llevándose una mano al pecho con fingida modestia.

Sheldon soltó una risa por lo bajo.

—Tú no. Tú solo eres insoportable.

—Qué feo empezar el año atacando a tu mejor amigo.

—¿Mejor amigo? No recuerdo haber firmado ningún contrato.

—Claro que no. Tu padre seguramente hizo que un abogado lo redactara.

No pude contener una carcajada.

Era imposible aburrirse cuando Vincent estaba cerca.

Mientras ellos seguían discutiendo, dejé que mi mirada recorriera el vestíbulo.

Profesores saludando a antiguos alumnos.

Padres despidiéndose de sus hijos.

Estudiantes reencontrándose después de las vacaciones.

Y otros observando discretamente hacia nuestro grupo.

Supongo que uno termina acostumbrándose.

No era la primera vez que sentía decenas de ojos sobre mí.

Ni sería la última.

—Bueno, realeza —dijo Cornelia entrelazando su brazo con el mío—. Antes de que empiece el discurso aburrido del director, necesito ponerte al día con todos los dramas del verano.

—¿Ya empezaste? —preguntó Sheldon.

—Todavía no.

—Entonces aún estamos a tiempo de escapar.

—Muy gracioso.

Seguimos caminando por el pasillo principal.

El murmullo de cientos de estudiantes llenaba el ambiente.

Todo parecía exactamente igual que siempre.

Perfecto.

Ordenado.

Predecible.

Nadie imaginaba que, en menos de una hora, el instituto entero dejaría de parecer un lugar seguro.

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