El comienzo.
Todo comenzó un veintinueve de septiembre. Aquella noche, en medio de una feroz tormenta de truenos y vientos tempestuosos, nació un bebé. Sin embargo, la inclemencia del tiempo no opacó la inmensa alegría de sus padres, quienes celebraron con emoción al comprobar que el recién nacido estaba completamente sano. Decidieron llamarlo Senkar, impulsados por su profunda pasión por la historia: precisamente un veintinueve de septiembre, el ángel Senkar había sido derrotado por el ejército de Morkath, el Dios del Mal. En honor a aquel ser divino, bautizaron a su hijo con su nombre.
Senkar creció como cualquier otro niño del pueblo, rodeado de familias humildes, honestas y siempre optimistas. Durante sus primeros años no mostró aptitud alguna para el combate; parecía un humano común y corriente. A pesar de carecer de habilidades especiales, poseía un noble corazón, especialmente con su mejor amigo, Khan, quien, a diferencia de él, sí manifestaba un don guerrero.
La infancia de Khan había sido difícil. Tras perder a sus padres a una edad muy temprana, fue acogido por Thana, una vecina cercana a la familia de Senkar. Ella lo crió con la misma dedicación que una madre para que jamás sintiera el vacío de su pérdida. Fue también Thana quien descubrió la extraordinaria resistencia del muchacho: el día en que unos maleantes intentaron asaltar su hogar y arremetieron contra ella, el pequeño Khan se interpuso instintivamente. El impacto no le causó el menor daño. Aunque en ese momento sus propios golpes tampoco afectaron a los agresores, aquel suceso bastó para revelar la prodigiosa fortaleza defensiva que comenzaba a despertar en él.
Ambos jóvenes asistían a instituciones distintas para su formación académica y de combate. Naturalmente, Khan destacaba en las disciplinas bélicas gracias a sus facultades singulares, mientras que Senkar continuaba sin manifestar poder alguno. Todo cambió el día en que un grupo de muchachos conflictivos buscó pleito mientras jugaban. Khan acudió de inmediato en auxilio de su amigo, conteniendo la agresión gracias a su invulnerabilidad. Sin embargo, al ver la situación, Senkar se vio obligado a intervenir para defenderlo. Por primera vez en su vida, al recibir un golpe directo, sintió dolor físico; pero esa sensación, lejos de debilitarlo, desencadenó en su interior un torrente de fuerza. Al encajar un segundo impacto, Senkar exclamó: «¡Dolor, ataque!», y propinó un golpe certero que dejó a uno de los agresores fuera de combate.
Aquella misma noche, las familias se reunieron a cenar para celebrar el acontecimiento. Aunque Senkar aún no sabía cómo controlar o canalizar su habilidad a voluntad —manifestándose por el momento como un impulso instintivo—, el hallazgo marcaba el inicio de su verdadero potencial. Entre risas, anécdotas y una buena comida compartida, concluyó en un dia memorable.








