Capítulo 1 Un nuevo camino que recorrer
Siento la necesidad de volver a tus brazos, de entablar nuestras conversaciones donde todo fluía con la calidez de nuestras voces. Cuando miro atrás, veo ese brillo en tu mirada perspicaz: sabías perfectamente cuándo estaba bien o mal. Tan solo me mirabas, no decías absolutamente nada, tan solo me abrazabas dándome el consuelo que necesitaba de ti.
Ahora el tiempo ha pasado y tú ya no estás a mi lado. Te fuiste sin que pudiera entender por qué. Desperté y supe que ya no estabas. Tu cuerpo estaba helado, pero tu rostro conservaba una suavidad y una bella sonrisa.
En mí solo había shock. No reaccioné con gritos ni llantos; tan solo te abracé, intentando darte mi calor mientras el sol asomaba y yo me quedaba muda. No recuerdo quién me sacó de tu lado ni en qué momento. Me acostaron porque mi mente y mi cuerpo no estaban allí; se me nubló la vida en esos instantes. Tan solo sentía un frío que me calaba por dentro: tu ausencia ya estaba conmigo.
«¿Dónde quedaron nuestros sueños? ¿Dónde estás?», me preguntaba en silencio, sin saber cuántos días pasé así.
Mucho, mucho tiempo después…
No sabría decir cuánto tiempo transcurrió desde que me levanté de la cama para asomarme a la ventana; no sé si fueron días o meses. Fue algo de un momento a otro: mi cuerpo estaba débil tras permanecer acostada tanto tiempo y mis piernas no me sostenían como debían. Caminé muy lentamente, apoyándome en los muebles, hasta alcanzar el cristal.
Había un atardecer con matices que todos contemplamos cotidianamente; aun así, al apreciar la belleza de sus tonos, brotan también los recuerdos. En todo el tiempo que pasé postrada, comiendo apenas nada, mi mente sabía que las cosas andaban mal. Mi cuerpo, ni se diga: había adelgazado demasiado como para reconocerlo. Sin embargo, esa penumbra me devolvió los momentos más valiosos y dolorosos, porque faltaba mi amor.
Me dolía el corazón al comprender que mi otra mitad ya no estaría a mi lado. Mi familia me acompañaba e intentaba reconfortarme; me decían que el tiempo lo curaría todo, que muy pronto estaría mejor. Pero ¿Cómo podían entender lo que habitaba en mi interior si ninguno de ellos había perdido a alguien? Esta situación me arrastraba hacia un rincón oscuro de mi ser; la pena que llevaba a cuestas era demasiado grande.
Fue en ese instante cuando regresaron a mí las palabras que un día me dijo Raúl: mi amor, mi refugio, quien despertó en mí todo lo que el amor promete. Siempre supe que él sería mi compañero de vida, solo que ahora lo es únicamente a través de mis recuerdos, aquellos que vienen con una respuesta:
—Si algún día te faltara, te pido desde el fondo de mi corazón y de este gran amor que siento por ti, Amanda, que me llores todo lo que necesites, que grites si sientes ese deseo. Cuando la calma llegue —que te llegará cuando menos lo esperes—, haz el viaje adonde siempre quisimos ir y busca en tu interior qué necesitas para ti.
Recuerdo su rostro cuando me habló de si algún día él me faltaba. Jamás pensé que se iría un año después de aquel recuerdo. Su muerte hizo un antes y un después; hace dos meses que no está a mi lado.
En estos dos meses no he pensado en mí misma, porque dentro de mí cambió mi perspectiva de todo. ¿Cómo haré esto sin que me duela todo? Debo hacerlo con calma, pero la calma no me deja tranquila: me siento perdida en la inmensidad.
Tomé una decisión después de dos meses más. El tiempo ha pasado lento y cada día se hace cuesta arriba. Cuatro meses los llevo en mi mente; parece que fue ayer cuando sentía sus brazos, sus besos y sus bromas —a veces tontas, otras con unas carcajadas que resonaban en la casa—.
Cuando miro la que era nuestra casa, se me hace muy grande. Entre ambos construimos la que era nuestra; ahora es mía.
He tomado una decisión que cambiará más de lo que ha cambiado en este tiempo; será un comienzo lejos de esta casa. Quiero recordarle siempre en mi corazón. Esta vida seguirá adelante, pero, si me quedo aquí, ¿cambiará algo? Quiero hacer un viaje en donde el tiempo cure todo.
He hablado con mis padres. Les duele que me vaya, pero entienden el trasfondo de querer hacer esto y lo que necesito. Vendí todo lo que tanto esfuerzo hicimos Raúl y yo; solo me llevé recuerdos que jamás dejaría de lado. Sé que ese hogar hará feliz a quien lo ocupe y llenará de amor lo que yo dejé en paz. Me despedí de mi familia y amistades para comenzar mi viaje en donde pensaría en Raúl.
Viajaba tranquila por la carretera a primera hora de la mañana, con un termo de té entre las manos. Para casi todos resultaba una elección extraña, pero el café jamás fue de mi agrado; solo a Raúl le gustaba así. No quería llorar, aunque pensar en él siempre me dejaba al borde del abismo.
Respiré hondo y busqué con la mirada una gasolinera. Necesitaba aparcar, estirar las piernas y descansar un momento: revisando la hora, me di cuenta de lo mucho que había avanzado. Fui directo al baño a salir del apuro («ordinaria», habrían dicho mis padres, pero el cuerpo manda).
Me detuve en seco. Un llanto ahogado rompió el silencio.
Me acerqué despacio hacia donde provenía y empujé la puerta del baño sin tocar. La escena me heló la sangre: un hombre le propinaba una golpiza a una mujer. Abrí la boca para gritar por ayuda, pero el impacto me dejó muda. Jamás creí enfrentarme a algo así.
No hacía falta ser experta para intuir que no era la primera vez. La mujer estaba destrozada, con la cara manchada de sangre y hematomas oscuros rodeándole los ojos; el tipo, en cambio, le doblaba el tamaño. Desesperada, eché un vistazo a mi alrededor buscando cualquier objeto pesado con el cual golpearlo. Nunca antes había estado en una situación semejante.
Busqué con la mirada sin que él me notara, porque si me pillaba seguramente cargaría conmigo, y yo no quería ser otra presa: solo quería ayudar a la mujer en desgracia. Encontré el extintor...








