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Magda y los fugitivos

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Sinopsis

Magda lidera una banda de fugitivos que sobrevive entre robos, negocios ilegales y huidas constantes de la ley. Junto a sus compañeros, recorre pueblos y caminos mientras construye una reputación que la convierte en una de las criminales más buscadas de la región. Pero cuando un extraño llega a sus vidas, la confianza dentro del grupo comienza a cambiar. Entre persecuciones, secretos, traiciones y enemigos que se acercan cada vez más, Magda descubrirá que mantener unidos a sus fugitivos puede ser mucho más difícil que sobrevivir a la ley.

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
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Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: Dinamita

—Necesito que tres de ustedes se queden unos metros atrás para contener a los agentes —ordenó u mujer.

Montaba un caballo negro de patas largas y respiración pesada. A su alrededor cabalgaban cerca de doce hombres, todos armados, cubiertos de polvo y con los rostros endurecidos por demasiados caminos sin ley.

—Yo me quedaré —respondió un hombre cuya cara permanecía oculta bajo unos harapos ennegrecidos—. José, Rodrigo, conmigo.

Los dos hombres tiraron de las riendas. Sus caballos se detuvieron entre relinchos y nubes de tierra. Luego dieron la espalda al grupo y quedaron observando el camino por el que habían venido, esperando la aparición de los agentes.

El resto continuó avanzando.

Atravesaron la calle principal del pueblo bajo las miradas cautelosas de quienes todavía no comprendían lo que estaba a punto de suceder. Algunos comerciantes cerraron las puertas. Una mujer tomó a su hijo del brazo y lo arrastró hacia el interior de una vivienda. Desde alguna ventana, una cortina se movió apenas.

El grupo se detuvo frente a la oficina de correos.

La mujer desmontó sin prisa.

Era rubia, de piel clara y cuerpo delgado, pero había algo en su manera de caminar que hacía que incluso los hombres más corpulentos se apartaran de su camino. Se quitó el sombrero, lo dejó colgando de una mano y, con la otra, sacó la escopeta que llevaba cruzada a la espalda.

—Vamos.

Un hombre de tez morena y barba abundante desenfundó su revólver. Otros cinco hicieron lo mismo y entraron detrás de ella.

Dentro de la oficina, el murmullo de los clientes se apagó de inmediato.

La mujer levantó la escopeta.

Disparó cuatro veces contra el techo.

El estruendo fue ensordecedor. La madera estalló, el yeso cayó sobre los escritorios y varias personas se agacharon gritando. Un anciano se cubrió la cabeza. Una madre abrazó a su hija contra el suelo. El humo de la pólvora comenzó a extenderse por el lugar como una niebla amarga.

—Bien —dijo la mujer, mientras bajaba lentamente el arma—. No hagamos esto más difícil de lo necesario.

Recorrió la sala con la mirada.

—Entréguennos el dinero y cualquier objeto de valor. Relojes, piedras preciosas, joyas de oro. Todo. Vamos, vamos. No tenemos el día entero.

Los bandidos se dispersaron entre los presentes, arrancando collares, revisando bolsillos y vaciando bolsos sobre las mesas.

Uno de los cajeros permanecía inmóvil detrás de la ventanilla. Tenía la piel pálida y los ojos clavados en la escopeta. Parecía incapaz de comprender las órdenes que acababa de escuchar.

La mujer se acercó.

—Abre la caja.

El cajero no reaccionó.

Ella suspiró, tomó impulso y golpeó el cristal con la culata de la escopeta. La ventana se quebró en una lluvia de fragmentos. Antes de que el hombre pudiera retroceder, la culata volvió a descender y lo golpeó en la frente.

El cajero cayó contra el escritorio, aturdido, con un hilo de sangre bajándole por la sien.

—¡Vamos, hijo de puta! —rugió la mujer—. ¡No tengo toda la tarde!

Temblando, el hombre abrió las cajas y comenzó a sacar el dinero. Metió billetes y monedas dentro de una bolsa de cuero y se la entregó a la asaltante.

La mujer calculó el peso con una sola mano.

—¿Y los bienes?

El cajero se cubrió la herida con la palma y señaló hacia el otro extremo de la oficina.

Sobre una larga mesa se acumulaban maletas, encomiendas, paquetes, regalos y cajas destinadas a distintos pueblos de la región.

La mujer sonrió.

No fue una sonrisa amable.

—Bien, chicos. A trabajar.

Dos de los bandidos salieron para traer una carreta. Los demás comenzaron a cargar las encomiendas, arrojándolas unas sobre otras sin importarles el nombre de sus propietarios ni el destino escrito sobre cada caja.

Algunos rehenes levantaron la mirada.

La mujer lo notó.

Volvió a alzar la escopeta y disparó tres veces contra el techo.

Los presentes se encogieron otra vez. El humo se volvió más espeso. Una lámpara se desprendió y se estrelló contra el suelo.

—Nadie se mueve —advirtió la mujer, caminando entre ellos—. Nadie intenta ser valiente. Los valientes mueren primero y reciben las peores tumbas.

Afuera, los caballos golpeaban el suelo con inquietud.

Y, en algún lugar más allá del pueblo, comenzó a escucharse el distante galope de los agentes.

No habían pasado más de tres minutos cuando el hombre del rostro cubierto apareció a caballo frente a la puerta de la oficina de correos. Tiró violentamente de las riendas y el animal se alzó sobre las patas traseras, levantando una nube de polvo.

—¡Ya vienen!

La mujer rubia alzó la mirada.

No pareció sorprendida.

—Ya lo escucharon —dijo.

Introdujo dos nuevos cartuchos en la escopeta, la cerró con un golpe seco y disparó contra el techo.

El estruendo hizo temblar las ventanas.

—Debemos irnos.

Los ladrones abandonaron las cajas que no habían conseguido cargar. Algunas cayeron al suelo, reventándose entre cartas, telas, juguetes y objetos que jamás llegarían a sus destinatarios.

Los hombres salieron corriendo.

Afuera, la carreta estaba repleta de maletas, encomiendas y sacos de dinero. Los caballos relinchaban con desesperación mientras los bandidos ocupaban sus monturas.

La mujer rubia fue la última en abandonar la oficina.

Caminó entre el humo con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito. Se colocó el sombrero, apoyó la escopeta sobre el hombro y montó sin apresurarse.

Entonces espoleó al caballo.

La banda cruzó el pueblo a toda velocidad.

La carreta avanzaba dando violentos saltos sobre el camino, cargada con la mercancía robada. y manejada por una mujer de pelo oscuro. Detrás de ella cabalgaban los hombres, levantando una nube de polvo que cubría las calles y obligaba a los habitantes a refugiarse en sus casas.

Pero, al llegar al extremo del pueblo, se encontraron de frente con la ley.

Decenas de oficiales ocupaban el camino principal. Algunos estaban montados; otros se habían apostado detrás de carretas y barriles, con los rifles preparados.

Por un instante, ambos grupos avanzaron directamente el uno contra el otro.

—¡Fuego! —gritó uno de los agentes.

Los primeros disparos atravesaron el aire.

La mujer rubia levantó una mano.

—¡A la izquierda!

Los bandidos cambiaron de dirección en un movimiento rápido y coordinado. La carreta casi volcó al tomar la esquina, pero el conductor consiguió mantenerla sobre las ruedas.

Los agentes tardaron apenas unos segundos en reaccionar.

—¡Tras ellos!

La persecución continuó por las calles laterales hasta que los fugitivos dejaron atrás las últimas casas del pueblo. Los cascos golpeaban la tierra como tambores de guerra. Los disparos cruzaban de un bando al otro y las balas levantaban pequeñas explosiones de polvo alrededor de los caballos.

Uno de los bandidos cayó de su montura.

Nadie se detuvo por él.

La mujer rubia miró hacia atrás. Los oficiales se acercaban rápidamente, ocupando todo el ancho del camino.

A su lado cabalgaba un hombre joven, de cabello rubio y mandíbula afilada.

—¡Quédate conmigo! —le gritó ella—. ¡Debemos despistarlos!

El hombre redujo la velocidad hasta quedar a su altura. Sin apartar la vista del camino, le entregó una bolsa de papel grueso.

La mujer la tomó y la aseguró contra su cuerpo.

Más adelante, el camino se dividía en tres senderos.

La mujer que dirigía la carreta se volvió hacia el resto de la banda.

—¡Al punto B!

Tiró de las riendas y condujo la carreta por el sendero central. Los demás bandidos la siguieron, desapareciendo poco a poco entre los árboles y las nubes de polvo.

El hombre rubio dudó.

Miró a la jefa.

—¡Vete con ellos! —ordenó ella.

—¿Y tú?

La mujer rubia sonrió.

—Voy a convencerlos de que eligieron el camino equivocado.

El hombre no discutió. Espoleó su caballo y siguió a los demás.

Ella quedó sola.

Detuvo su montura en mitad del cruce y dio media vuelta.

Los oficiales aparecieron a lo lejos. Cabalgaban directamente hacia ella, con los rifles preparados y los rostros cubiertos de sudor y tierra.

La mujer extrajo varios cartuchos de dinamita de la bolsa y los arrojó sobre el camino.

Después levantó la escopeta.

Uno de los agentes la reconoció.

—¡Es ella! —gritó—. ¡No disparen! ¡La queremos viva!

La mujer inclinó ligeramente la cabeza, como si aquella orden le hubiera resultado divertida.

Esperó.

Dejó que se acercaran.

Cincuenta metros.

Cuarenta.

Treinta.

Entonces apuntó hacia el suelo.

—Atrápenme.

Disparó.

La detonación sacudió la tierra.

Una inmensa lengua de fuego se levantó frente a los oficiales, seguida de una explosión que destrozó el camino y lanzó piedras, humo y madera por los aires.

Los primeros caballos se encabritaron. Algunos agentes fueron arrojados de sus monturas, mientras otros desaparecieron tras una nube espesa de polvo negro.

La mujer rubia aprovechó el caos.

Hizo girar a su caballo y galopó por el sendero de la derecha.

Detrás de ella quedaron los gritos, el fuego y un enorme cráter que dividía el camino.

Pero, mientras se alejaba, no vio al único oficial que había conseguido cruzar la explosión.

Un jinete solitario emergió del humo.

Y continuó persiguiéndola.

La mujer rubia miró por encima del hombro.

El jinete solitario había conseguido atravesar el humo y continuaba tras ella, inclinado sobre el cuello de su caballo. Tenía el rostro cubierto de hollín, la chaqueta rasgada y una determinación que parecía haber sobrevivido incluso a la explosión.

La fugitiva sonrió.

Sin dejar de cabalgar, tomó la escopeta por el cañón y la lanzó a un costado del camino.

El arma rodó entre el polvo hasta desaparecer detrás de unos arbustos.

El agente vio una oportunidad.

Espoleó su montura y se lanzó tras ella, convencido de que la mujer acababa de deshacerse de su única arma. La rubia disminuyó la velocidad deliberadamente, permitiéndole acercarse.

El hombre se colocó a su lado y desenfundó una pistola.

—¡Bájate del maldito caballo! —gritó.

Su voz se quebró entre el pánico y el agotamiento. Jadeaba con violencia y sujetaba el arma con ambas manos para impedir que le temblara.

La mujer lo observó con una expresión casi divertida.

Después levantó lentamente las manos.

—Está bien —respondió—. Me atrapaste.

Detuvo su caballo y desmontó con aparente obediencia.

El agente hizo lo mismo, aunque con mucha menos elegancia. Saltó de su montura, trastabilló al tocar el suelo y volvió a apuntarle de inmediato.

—¡No te muevas!

La mujer permaneció inmóvil.

Seguía sonriendo.

El hombre se aproximó con cautela, manteniendo el cañón dirigido hacia su pecho.

—Te tengo —dijo entre jadeos—. Por fin te tengo.

La rubia esperó hasta que estuvo lo bastante cerca.

Entonces su mano descendió como una serpiente.

Sacó un cuchillo oculto en la cintura y se lo clavó en el rostro.

El agente lanzó un alarido y retrocedió, cubriéndose la herida con ambas manos. La pistola cayó al suelo.

La mujer se abalanzó sobre él.

Lo tomó del cabello, le torció la cabeza hacia atrás y recogió el arma antes de que pudiera reaccionar. Apoyó el cañón contra su mejilla ensangrentada.

—Creo que soy yo quien te tiene a ti.

El agente intentó apartarse, pero ella apretó el arma con mayor fuerza contra su rostro.

—Habrías preferido morir en la explosión.

Disparó.

La bala le atravesó el brazo y lo hizo caer de rodillas.

El hombre gritó.

Ella volvió a disparar, esta vez contra una de sus piernas.

El agente se desplomó sobre la tierra, retorciéndose de dolor. Intentó arrastrarse, dejando un surco oscuro detrás de sí.

La mujer se agachó frente a él.

Durante unos segundos contempló su rostro destrozado, como si buscara en sus ojos la respuesta a una pregunta que jamás había formulado.

Luego pasó lentamente la lengua por la sangre que corría sobre su mejilla.

El agente la miró horrorizado.

La rubia se incorporó.

—Espérame en el infierno.

Le disparó tres veces en la cabeza.

El eco de las detonaciones se extendió por el camino y se perdió entre las colinas.

La mujer limpió el cañón de la pistola contra la chaqueta del muerto, guardó el arma en su cinturón y regresó hasta su caballo.

Montó sin mirar atrás.

Cabalgó durante varios minutos hasta distinguir a la banda reunida en las faldas de una colina. La carreta permanecía oculta entre unas rocas, cubierta parcialmente con ramas y mantas. Los hombres vigilaban los caminos mientras los caballos recuperaban el aliento.

La mujer de cabello negro fue la primera en verla llegar.

—Ya empezaba a preocuparme por ti.

La rubia desmontó y se quitó la pañoleta que le cubría parte del rostro.

—Siempre tan dramática, Andrea.

Andrea negó con la cabeza, aunque una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.

—Escuchamos los disparos.

—Entonces sabías que seguía viva.

La mujer rubia observó al resto del grupo.

—No descansaremos aquí. Esos hombres pueden reorganizarse y seguir nuestro rastro. Revisen las monturas y aseguren la carga. Partimos de inmediato.

El hombre del rostro cubierto se acercó al joven rubio y le lanzó una botella de ron.

—Eso estuvo duro, ¿no, Dano?

Dano atrapó la botella en el aire.

La destapó con los dientes y bebió un largo trago.

—He vivido mañanas peores.

Luego le devolvió la botella al hombre de los harapos, quien bebió y comenzó a pasarla entre los demás.

—Un sorbo y partimos —advirtió la jefa—. No tengo tiempo para cargar con una pandilla de borrachos.

Un hombre de barba gruesa y cabello negro soltó una carcajada.

—Vamos, Magda. Tú bebes más que todos nosotros juntos.

Algunos hombres rieron.

Magda se acercó, le arrebató la botella y la sostuvo frente a sus ojos.

—Beberé más que ustedes cuando entreguemos la mercancía.

Tomó un trago largo.

Después arrojó la botella de regreso a Dano.

—Hasta entonces, necesito hombres capaces de mantenerse sobre sus caballos.

Andrea montó y tomó las riendas de la carreta.

Magda subió a su yegua y se colocó a su lado. El hombre del rostro cubierto cabalgó detrás de ambas, seguido por Dano y el resto de la banda.

Poco a poco abandonaron las faldas de la colina.

La carreta crujía bajo el peso de las cajas, las joyas y el dinero robado. Sobre ellos, el cielo terminaba de oscurecerse, cubriendo el desierto con una sombra rojiza que se extendía hasta el horizonte.

Magda dirigió una última mirada hacia el camino que habían dejado atrás.

No quedaban agentes.

No todavía.

Pero sabía que la ley no olvidaba las derrotas.

Mucho menos las humillaciones.

Apretó las riendas y condujo a sus hombres hacia la oscuridad.

Detrás de ellos quedaban un pueblo saqueado, un camino destruido y varios cadáveres.

Delante, los esperaban la riqueza, la libertad y todos los enemigos que una mujer como ella podía llegar a merecer.

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Bien escrito

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Trama absorbente

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Buenos personajes

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Diálogos potentes

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author

La verdad empece a leer sin tener muy claro que esperarme de este libro y sinceramente me parece interesante, aun no tenemos mucha informacion,pero se ve que tiene un buen ritmo, y eso me gusta mucho aparte de como no pues las muertes y las batallas que tambien me encantan, en general no puedo opinar mucho por ahora, pero me gusta, ya tengo curiosidad por el siguiente capitulo.
🫶🫶🫶

2 horas
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