Personalizar legibilidad
Aa

Estela del Sur (Dante y Bernarda)

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Es la historia de dos bichos rotos que se encuentran en un barrio de provincia que huele a jazmín, a mate y a soledad disfrazada de rutina. Bernarda es una osa polar trans de cuarenta y cinco años, enorme, serena, con un cuerpo que ocupa espacio sin pedir permiso. Trabaja de bibliotecaria en la “Estela del Sur”, un edificio viejo de ladrillo en el Barrio Las Alondras. Tiene pechos firmes, voz suave, pelaje blanco que siempre huele a lavanda, y entre las piernas un pene grueso y tibio que ella nunca negó del todo, aunque el mundo a veces la obligó a bajar la mirada. Durante años fue la que contenía a todos: a los vecinos, a los libros, a los silencios. Pero por las noches, cuando cierra la puerta y se queda sola entre estantes, siente el peso de no ser deseada como ella necesita: mimada, admirada, tomada con calma y con fuerza al mismo tiempo. Quiere que alguien la mire completa y no se asuste. Dante es un cuervo de treinta años, flaco, nervioso, vestido siempre de negro con algún destello brilloso que se le escapa. Artista visual, bisexual, lengua afilada y manos que tiemblan cuando dibuja. Vive en un departamento chiquito del segundo piso, lleno de bocetos tirados, tazas con restos de café y plantas que se le mueren de tanto olvidarlas. Busca refugio. Un día entra a la biblioteca y se encuentra.

Genero:
Erotica
Autor/a:
PumpkinNoir
Estado:
hace un mes
Capítulos:
7
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Susurros entre libros (y otras cosas que se hinchan)

La biblioteca “Estela del Sur” era un edificio de ladrillo viejo que olía a madera, a mate cocido y a esa humedad linda que te hace querer meterte la mano adentro de los pantalones sin que nadie te vea. Un jazmín trepaba por la reja como si quisiera meterse adentro a mirar lo que pasaba. Adentro, el silencio pesaba. No era un silencio muerto: era un silencio que se frotaba las piernas solas.

Detrás del mostrador, con unos anteojos finitos colgando de una cadenita y una taza de mate cocido humeando al lado, estaba Bernarda. Osa polar trans, cuarenta y cinco años, un cuerpo enorme, sereno y jodidamente caliente. Vestido largo de color tierra, rodete alto, mechones blancos con olor a lavanda… y debajo de esa tela, un par de tetas firmes que a veces se marcaban cuando se inclinaba a buscar un libro en el estante de abajo. Y más abajo todavía, entre las piernas gordas y peludas, un pene grueso que ella llevaba con la misma dignidad con la que llevaba los libros. Nadie en el barrio lo sabía del todo, pero ella sí lo sabía. Y a veces, cuando la biblioteca se vaciaba, se quedaba un ratito sentada con las piernas abiertas y se tocaba despacio, pensando en alguien que la mirara de verdad.

Esa tarde de otoño entró Dante. Cuervo flaco, plumaje azabache, bufanda gris mal tejida, ojos de “estoy por decir una boludez y después me voy a arrepentir”. Empujó la puerta con la cadera, como si le costara decidir si quería entrar o no. Bajo el ala llevaba una carpeta llena de dibujos, garabatos y páginas arrancadas. El tipo tenía pinta de artista frustrado y de alguien que se pajea mirando fotos de osas gordas en internet a las tres de la mañana.

—¿Tenés algo sobre arte de resistencia? —preguntó sin saludar, con esa voz de cuervo que parece que siempre está a punto de reírse de uno.

Bernarda levantó la vista. Lento. Como si estuviera midiendo cuánto espacio ocupaba ese flaco en su día.

—¿Resistencia política o resistencia emocional? —contestó, y le dio un sorbo al mate sin dejar de mirarlo—. Porque si es emocional, tengo un estante entero de gente que se la re bankó y después se fue a coger para olvidar.

Dante parpadeó. —Las dos.

Ella sonrió. Esa sonrisa lenta, de osa que sabe que tiene un cuerpo que ocupa espacio y que ese espacio se nota. Se levantó. Alta, ancha, las caderas moviéndose bajo el vestido como si estuvieran bailando un poco aunque ella no se diera cuenta. Dante la siguió con la mirada y se le escapó un pensamiento sucio: qué ganas de que me siente encima y me acomode el pico entre esas tetas.

Bernarda volvió con dos tomos y se los dejó en la mesa. Al inclinarse, el escote del vestido se abrió un poquito y Dante alcanzó a ver el arranque de un pezón gordo, rosado, que se le marcaba contra la tela. Tragó saliva. Ella lo notó. Por supuesto que lo notó. Las osas gordas siempre notan cuando alguien les mira las tetas.

—A veces se confunden —dijo ella, y le guiñó un ojo tan sutil que parecía un accidente.

Dante se quedó mirándola. Algo se le desacomodó adentro. No era solo el cuerpo enorme y sereno. Era la forma en que ella se movía: como si el mundo tuviera que hacerse a un lado. Como si pudiera aplastarlo con una sola pata y después acariciarlo con la misma pata hasta que se le pusiera la verga dura.

—¿Vos también dibujás? —le preguntó, señalando un cuaderno a medio cerrar sobre el escritorio.

Bernarda dudó un segundo. Cerró el cuaderno despacio, pero no antes de que él alcanzara a ver un dibujo: una figura redonda, con curvas pesadas, y entre las piernas algo que no era exactamente una vagina.

—A veces —dijo ella—. Para no gritar. O para no meterme la mano adentro del vestido a mitad de la tarde.

Dante se rió. Una risa nerviosa, de cuervo que se acaba de dar cuenta de que la bibliotecaria es más puta de lo que aparenta.

Ese fue el primer día. Después empezó a volver. A veces solo para dibujar en una esquina con los auriculares puestos. Otras, para que ella le recomiende libros imposibles. Él era un bicho nervioso, eléctrico, lleno de frases medio existenciales y de miradas que se le iban directo a las caderas de Bernarda. Ella lo bajaba a tierra con una sola mirada… y a veces, cuando nadie miraba, se acomodaba el vestido de una forma que le dejaba ver el bulto entre las piernas. Solo un segundo. Solo para joderlo.

Los personajes de fondo completaban la escena como una obra coral de boludos:

Graciela, la oveja anciana, leía novelas románticas y se le escapaban suspiros cuando llegaba a las partes de “él la penetró con fuerza”. Joaquín, el armadillo adolescente, venía a estudiar pero terminaba espiando los libros de terror… y también los de erótica que Bernarda escondía en el estante de atrás. Los gemelos otakus, dos zorros negros, usaban la biblioteca como base para planear fanzines y dibujar yaoi de osas gordas. Y Don Teodoro, el lince viejo, venía a buscar crucigramas y le guiñaba el ojo a Bernarda cuando nadie miraba… y una vez le dijo “si alguna noche te sentís sola, yo todavía tengo las garras afiladas”.

Con el tiempo, Dante empezó a notar cosas. Cómo el vestido de Bernarda marcaba el contorno de sus muslos cuando se sentaba. Cómo sus manos enormes pasaban las páginas con una delicadeza feroz… y cómo a veces esas mismas manos se le perdían un segundo entre las piernas cuando pensaba que él no la veía. Cómo lo miraba cuando creía que él no la veía: con hambre. Con esa hambre de osa que hace meses no se coge a nadie y se está pudriendo de ganas.

Una tarde, cuando ya caía el sol, él se acercó con el cuaderno abierto. Le mostró un dibujo: era ella, sentada en su escritorio, pero con alas… y con las tetas afuera, y el pene grueso y medio duro apoyado sobre el muslo.

Bernarda lo miró largo. Sin decir nada. Solo respirando más profundo.

—No sé por qué te dibujé así —dijo él, inseguro por primera vez, pero con la verga ya empezando a hincharse dentro de los pantalones.

—Quizás porque me ves volar —contestó ella, voz baja, casi un ronroneo—. O porque te imaginás cómo se siente tener esa cosa entre las manos mientras yo te miro desde arriba.

El silencio se volvió espeso. Dante bajó la mirada. Bernarda se acercó y, con una de sus manos gigantes, le tocó la muñeca. El roce fue lento. Caliente. Después subió un poco más, hasta el antebrazo, y le pasó el pulgar por la pluma como si estuviera acariciando otra cosa.

—Vos me ves, ¿no?

Él asintió. La voz le salió ronca.

—Y vos… me hacés querer que me vean. Que me toquen. Que me chupen los pezones gordos hasta que se me ponga dura la verga y te la meta en la boca sin pedir permiso.

Dante tragó saliva tan fuerte que se oyó.

Ese fue el primer roce de verdad. Aún no había besos, ni caricias, ni gemidos entre estantes polvorientos. Pero había una electricidad tibia, densa, flotando entre ellos como una niebla que te deja la verga pesada y las tetas sensibles. Esa noche, cuando la biblioteca cerró, Bernarda se quedó sentada en su escritorio con la taza vacía, mirando el dibujo. Se metió la mano debajo del vestido, se agarró el pene gordo y se lo acarició despacio, pensando en el cuervo flaco, en cómo le quedaría la boca abierta mientras ella le tiraba del pelo.

Y Dante, en su pensión de artista pobre, no pudo dejar de pensar en el olor a lavanda, en la voz grave que lo calmaba, y en las curvas escondidas bajo el vestido largo. Se bajó los pantalones, se agarró la verga flaca y se la pajó mirando el dibujo de Bernarda, imaginando que esa osa gorda lo tenía sentado en la falda, con el culo apoyado contra ese bulto caliente, y que le susurraba al oído: “Dibujame así otra vez… pero esta vez con la boca llena”.

El fuego apenas empezaba. Y los dos ya sabían que, tarde o temprano, alguien iba a terminar con la cara entre las piernas del otro, jadeando como un animal en celo.

¡Cuéntale a PumpkinNoir lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

0

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

Un Juego De Dos...*Kookmin*

Liliana: Hasta el momento todo está bien me gusta la historia me gusta la trama que lleva

Leer ahora
Mixología

Jaqueline Leal: Me encantó, como lectora no puedo más que agradecer tu esfuerzo y tus ganas de salir adelante a pesar de pasar momentos difíciles nos diste una gran historia gracias 🥰🥰🥰🥰

Leer ahora
Noah Clark

Arwen: Me encanta esta historia, definitivamente puedes ir de lo más Taboo y prohibido ,hasta lo más romántico y dulce, está novela difiere mucho de las historias tuyas que he leído y me encanta.

Leer ahora
Señorita Drammer | gl

Claumvp: Una historia que me atrapó desde el primer capítulo, no pude parar de leerlo y ya quiero leer la segunda parte.Amor y venganza, mentiras y verdades inesperadas.

Leer ahora
Las diez ventajas de esconder lo nuestro

Ro: La historia es atrapante desde el comienzo. Me gusta la dinámica de los personajes y como van desarrollando sus miedos hasta finalmente enfrentarlos

Leer ahora
Destino ( Kookmin) Saga #1☀︎ Destino ☾ (Kookmin)

Catalina: Me ha gustado mucho la historia hasta ahora, me gusta la pareja principal como se desarrolla su relación la trama pero si nota algunos errores en capítulos pasados que me gustaría se revise para mejorar la experiencia de futuros lectores y lectoras

Leer ahora
Hasta la Última Pieza

Soulangel14: Me ha gustado mucho la trama es envolvente, te mantiene a la expectativa y la profundidad de los personajes. Enhorabuena para la autora!

Leer ahora
Virgin Flyer (YOONMIN)

Celeste: Me enganchó desde el momento uno, ahora necesito un yoongi en mi vida😭 increíble fic💗

Leer ahora
Las Vacaciones De La Familia Perversa

Peter: Una historia bastante interesante, que te deja un calor en el vientre

Leer ahora