Piel por Still_tide en Inkitt
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Piel

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Sinopsis

Hay cuerpos que se sienten como un hogar. Otros, como una jaula.

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16+

Piel

¿Qué hora es?

¿Cuándo fue que me dormí?

Últimamente siento que todo me cuesta el doble.

Primero aparecieron los problemas para recordar.

Después apareció el que creo responsable de todo esto.

Mi cuerpo.

Cada mañana debo batallar con la idea de hacer lo básico. Lo indispensable para seguir existiendo.

Respirar.

Tragar.

Parpadear.

Sentir.

El resto parece encargarse, a regañadientes, de satisfacer lo demás.

Ya tengo suficiente con tener que pensar en mover cada articulación, en cambiar de posición, en decidir qué hacer con el siguiente momento.

A veces ni siquiera puedo hacerlo.

Es una sensación difícil de explicar.

Físicamente sigo ahí.

Quieto.

En la posición donde mi cuerpo parece encontrar consuelo, descansando.

Pero cuando quiero moverme, no puedo.

No importa cuánto intente enviar señales a mis extremidades.

No importa cuánto intente hablarles desde dentro.

Muévete.

Ahora.

Vamos.

Nada.

El cuerpo no responde.

Se paraliza.

Y durante unos segundos solo puedo esperar.

Esperar a que vuelva en sí.

¿Pero quién tiene que volver en sí?

¿Mi cuerpo?

¿Yo?

¿O esto realmente es una treta de la mente?

Nunca sé cuál de los dos está fallando.

Cuando finalmente consigo moverme, la sensación de pesadez se vuelve todavía más evidente.

Ponerse de pie es como tener que convencer a alguien de que avance cuando no quiere hacerlo.

Las extremidades pesan.

La cabeza pesa.

Hasta mantener los ojos abiertos parece requerir un esfuerzo que nadie debería notar.

Y aun así lo hago.

Porque hay cosas que simplemente deben hacerse.

Ducharse.

Vestirse.

Lavarse los dientes.

Peinarse.

Todo mecánico.

Todo aprendido hace tantos años que ya no debería necesitar pensarlo.

Mis manos parecen herramientas prestadas.

Las observo mientras hacen lo que tienen que hacer.

Abren el grifo.

Toman el cepillo.

Acomodan el cabello.

Obedecen.

Yo solo estoy detrás.

¿Cómo algo que es mío puede dejar de sentirse propio?

La pregunta aparece.

Antes de poder responderla, desaparece.

Habitarse duele.

Pero perderse a uno mismo duele todavía más.

Y no es que no sienta.

Siento demasiado.

El agua cae sobre mi cabeza.

Me cubre el cabello.

Resbala por mi cuello, besa mis hombros y continúa hasta los pies.

La guío con las manos.

Recorro todo mi cuerpo.

Durante unos segundos intento convencerme de que el tacto debería bastar.

Esto soy yo.

Esta piel.

Este cuerpo.

Pero entonces la sensación cambia.

No sé exactamente cuándo o por qué.

Solo sé que algo se separa.

Mis manos siguen tocando mi cuerpo, pero la sensación parece llegar desde demasiado lejos.

Como si existiera una pequeña distancia entre quien toca y aquello que está siendo tocado.

La piel sigue ahí.

Y, aun así, no parece pertenecerme.

Miro mis manos bajo el agua.

Parecen de otra persona.

Las veo con detenimiento.

Responden perfectamente.

Eso debería tranquilizarme.

No lo hace.

Me quedo unos minutos más bajo el agua.

Es curioso.

La ducha es un cubículo.

Cuatro paredes.

Una puerta.

Un espacio pequeño del que podría salir en cualquier momento.

Y, sin embargo, ahí dentro siento calma.

Afuera es donde empieza el encierro.

Cierro el grifo.

El silencio que queda después es demasiado grande.

Evito mirar demasiado tiempo el espejo.

No siempre lo consigo.

Hay días en los que no reconozco a la persona que está frente a mí.

No porque haya cambiado.

Quizá ese sea el problema.

¿Siempre he sido así?

La pregunta vuelve.

La observo durante unos segundos.

Las cicatrices parecen pequeñas marcas que conozco de memoria y que, sin embargo, parecen pertenecer a alguien cuya historia desconozco.

No miro los ojos.

Todavía no.

Recorro nuevamente mi cuerpo con las manos.

Esta vez sin el agua.

La piel está fría.

Algunas partes me incomodan.

Otras no siento que estén ahí hasta que las toco.

Intento reconocerme por partes.

Como si pudiera reconstruirme juntando piezas.

No funciona.

Me visto y salgo del baño.

La pesadez sigue ahí.

Yo también.

Me dispongo a desayunar.

No pienso demasiado en qué comer.

Elijo algo.

Como.

La comida sabe a cartón.

Insípida.

Aburrida.

Por un momento pienso que quizá el problema no sea el sabor.

Quizá simplemente ya no sé qué debería sentir.

Termino.

Voy a dejar el plato en la cocina.

Durante unos segundos vuelvo a mirar mis manos.

Son las mismas de antes.

Las mismas que recorrieron mi piel intentando encontrarme.

No siento nada especial al mirarlas.

Eso me preocupa más de lo que debería.

Hay una brecha constante entre lo que quiero hacer y lo que mi cuerpo me permite.

A veces me pregunto si alguna vez voy a conseguir sentirme cómodo dentro de mí mismo.

Si alguna vez dejaré de sentir esta piel como una frontera.

Si alguna vez voy a poder tocarme sin preguntarme quién está del otro lado.

Miro la encimera.

Aprieto los dedos contra la madera.

Esta vez sí siento algo.

La presión.

El borde duro.

El pequeño dolor que aparece en los nudillos.

Me aferro a él.

No porque duela.

Sino porque demuestra que todavía estoy aquí.

Que algo responde.

Que algo sigue siendo mío.

O, al menos, eso quiero creer.

Porque quizá ese sea el verdadero problema.

No sé si quiero escapar de mi cuerpo...

o si quiero volver a encontrarme dentro de él.

Y entonces aparece nuevamente aquella pregunta.

La misma de todas las mañanas.

La misma que no consigo responder.

¿El problema es que no puedo salir de aquí?

¿O el problema es que aquí nunca fui yo?

Me había acostumbrado a evitar los espejos.

Al principio era sencillo.

Bastaba con no mirar.

Podía lavarme los dientes observando el lavabo, ducharme con los ojos cerrados, vestirme con la luz apagada o salir de casa sin comprobar demasiado cómo me veía.

Era fácil.

Hasta que dejé de preguntarme por qué lo hacía.

Entonces comprendí que no estaba evitando el espejo.

Me estaba evitando a mí.

Una mañana me quedé frente a él.

No sé por qué.

Quizá quería comprobar si algo había cambiado.

Me miré.

Esta vez me reconocí.

Reconocí mi cabello castaño, la forma de mi nariz, las pequeñas marcas de la piel, las cicatrices e incluso mis ojos cansados.

Todo estaba donde debía estar.

Quizá ese era el problema.

No había ninguna persona desconocida frente a mí.

Era yo.

Y por primera vez entendí que quizá nunca había querido dejar de reconocerme.

Quizá había querido reconocerme sin sentir nada malo al hacerlo.

Me acerqué.

Busqué algún defecto.

No tuve que esforzarme demasiado.

Siempre encontraba alguno.

Mi abdomen.

Mis piernas.

Mi piel.

La silueta que se formaba al ponerme mi ropa favorita.

La forma en que mi cuerpo ocupaba espacio.

Empecé a observar cada cosa.

Como había hecho con mis manos.

Pensé que quizá el problema estaba en alguna de ellas.

Que si conseguía encontrarla podría arreglar todo lo demás.

Me miré detalladamente en el espejo.

La imagen cambiaba con cada movimiento.

Durante unos segundos pensé que quizá solo necesitaba encontrar el ángulo correcto.

Una versión que pudiera soportar mirar.

Pero no existía.

Solo existían versiones.

Y en cada una encontraba algo diferente que odiar.

Me alejé del reflejo.

No había cambiado nada.

Yo tampoco.

Y, sin embargo, algo había cambiado.

Las preguntas comenzaron a aparecer.

¿Cuánto peso?

¿Desde cuándo?

¿Cuánto debería pesar?

¿Estoy bien así?

¿Por qué?

No sabía exactamente qué estaba buscando.

Solo sabía que necesitaba una respuesta.

Así que empecé a prestar atención.

Demasiada.

A lo que comía, cuánto comía, cuándo lo hacía o cómo me sentía después.

Cada comida empezó a convertirse en una pequeña negociación.

El cuerpo se convirtió en una cuenta que nunca conseguía cuadrar.

Si comía, sentía culpa.

Si no comía, sentía hambre.

Si hacía ejercicio, sentía cansancio.

Si no lo hacía, sentía decepción.

No importaba qué eligiera.

Siempre había una deuda pendiente.

Y cuanto más intentaba controlarlo, más consciente era de él.

Era absurdo.

Solo quería que mi relación con la comida no fuera una guerra.

Que mi cuerpo no fuera un campo de batalla.

Pero ya había dejado de ser solamente un cuerpo.

Era una cifra, una comparación.

Había días en los que me quedaba mirando un plato durante varios minutos y no encontraba motivo para comer.

Mi cabeza había conseguido convertirla en algo más.

Un juicio.

Comí y después me arrepentí.

Supongo que así funcionan estas cosas.

No llegan golpeando la puerta.

Se sientan en una esquina.

Esperan.

Y, cuando te das cuenta, ya están viviendo contigo.

Volví al espejo.

Esta vez no buscaba reconocerme.

Buscaba comprobar si había cambiado.

No me gustó lo que vi.

Busqué otra posición.

Nada.

El espejo seguía devolviéndome exactamente lo mismo.

Yo.

Eso comenzó a enojarme.

No contra el espejo.

Contra la persona que había detrás.

Mi propio reflejo empezó a parecerme una provocación.

Como si supiera exactamente qué cosas odiaba.

Me pregunté cuánto tendría que cambiar para sentirme satisfecho.

No encontré una respuesta.

Solo apareció otra pregunta.

¿Y si nunca fuera suficiente?

Había algo profundamente extraño en conocer tan bien un cuerpo y sentir, al mismo tiempo, que no sabía qué hacer con él.

A veces me parecía demasiado grande. Luego, pequeño.

A veces demasiado pesado. Luego, vacío.

Mi cuerpo no cambiaba tanto. Mi percepción sí.

Y eso era lo peor.

Porque ya no podía culparlo.

No podía decir que pertenecía a alguien más.

Lo había visto.

Era mío, completamente mío.

Y, aun así, quería escapar.

Una noche apagué la luz del baño.

El espejo todavía podía devolver una silueta.

Me quedé ahí.

Quieto.

Sin distinguir demasiado los detalles.

Por primera vez en mucho tiempo no busqué nada.

No intenté corregir la postura.

No escondí el abdomen.

No giré el cuerpo.

No contuve la respiración.

Simplemente miré.

Y durante unos segundos sentí algo parecido a la calma.

Entonces encendí la luz.

El alivio desapareció.

Era ridículo.

Seguía siendo la misma persona, en la misma habitación, habitando el mismo cuerpo.

Bastó con poder verlo nuevamente para sentirme incómodo.

Apoyé las manos sobre el lavabo.

Respiré.

Uno.

Dos.

Tres.

Mis manos temblaban ligeramente.

Las observé.

Eran las mismas manos de aquella mañana.

Aquellas que parecían herramientas prestadas.

Las mismas que habían recorrido mi piel buscando alguna señal de pertenencia.

Me pregunté cuándo habían dejado de ser una forma de encontrarme y se habían convertido en una forma de castigarme.

No encontré el momento exacto.

Quizá nunca existió.

Quizá ambas cosas siempre habían sido lo mismo.

Pensé en todas las veces que intenté cambiar algo.

En todas las veces que pensé que, si conseguía modificar una parte de mí, finalmente podría sentirme cómodo dentro del conjunto.

Pero siempre aparecía otra cosa.

Siempre había algo más que arreglar.

Entonces comprendí algo que me hubiera gustado entender antes.

No estaba intentando construir un cuerpo en el que pudiera vivir.

Estaba intentando construir uno que justificara que yo pudiera quererme.

Y ninguna forma iba a ser suficiente.

Porque el problema nunca había sido solamente la piel.

Me acerqué al espejo.

Esta vez sí me miré a los ojos.

Me costó.

Durante unos segundos tuve la sensación de estar observando a alguien más.

Pero no.

Era yo.

El mismo rostro que había evitado durante tanto tiempo.

El mismo cuerpo que había tratado como una prisión, donde el control y la culpa habían terminado encontrándose.

No sentí amor. Tampoco odio.

Solo cansancio.

Quizá no necesitaba quererlo ni perdonarlo.

Solo dejar de tratarlo como un enemigo.

Apoyé una mano sobre el cristal.

Del otro lado, otra mano hizo exactamente lo mismo.

Y por un instante me vi.

No como quería o debería verme.

Simplemente como era.

Y quizá eso fuera suficiente por hoy.

Me alejé del espejo.

La habitación volvió a parecer normal.

Todo seguía ahí.

Las cicatrices.

Las inseguridades.

Las preguntas.

Mañana probablemente volvería a mirarme y encontraría algo que menospreciar.

No podía prometer que eso terminaría.

Pero por primera vez tampoco sentí la necesidad de prometerlo.

Solo quería salir del baño.

Abrí la puerta.

Antes de irme, miré el espejo una última vez.

No vi a alguien necesariamente hermoso. Tampoco a alguien roto.

Solo me vi.

Cerré la puerta.

El reflejo desapareció.

Pero esta vez no sentí alivio.

Porque entendí algo que me habría aterrorizado unos días antes.

No podía escapar de mi cuerpo. Nunca había podido. Y quizá tampoco necesitaba hacerlo.

Había pasado tanto tiempo buscando una salida que olvidé preguntarme qué haría conmigo una vez afuera.

Quizá el problema nunca fue que mi cuerpo fuera una jaula.

Quizá la jaula siempre estuvo en otro lugar.

Y quizá no necesitaba encontrar una cerradura.

Solo dejar de golpear la puerta.

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