FASE 1: El Despertar del Aburrimiento
Habían pasado ya cincuenta años desde que la paz se asentó definitivamente tras la derrota de Yuuki. Tempest ya no era el pequeño asentamiento de monstruos que Rimuru recordaba; ahora era una nación que desbordaba tecnología y cultura, un lugar donde prácticamente cualquier deseo podía cumplirse. Rimuru mismo se había encargado de traer cada pedazo de su antigua vida en Japón: las consolas, el manga, las arenas de combate y el laberinto. Todo estaba allí.
Pero ese era precisamente el problema.
Sentado en su despacho, el slime observaba los reportes de las nuevas filas militares. Los jóvenes reclutas eran fuertes, sus niveles de energía mágica eran impresionantes, pero les faltaba algo que el entrenamiento no podía darles: el instinto que nace de un conflicto real. La paz era tan perfecta que se sentía estancada.
—Ya me estoy aburriendo... —murmuró Rimuru para sí mismo, dejando caer la cabeza sobre el escritorio—. Ya creé todo tipo de entretenimiento: la arena, el laberinto, el manga... quizás algún tipo de programa de televisión... un programa...
Se quedó pensativo un momento. La idea de un “show” empezó a dar vueltas en su cabeza, pero no uno grabado en un set, sino algo a una escala que solo alguien con su poder podría costear.
(Ciel, tengo el poder de viajar a otros mundos a voluntad, ¿verdad?)
La voz de Ciel resonó en su mente de inmediato, con esa eficiencia impecable de siempre. Rimuru enderezó la espalda y una pequeña sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro. La idea de un “intercambio cultural” forzado o un campo de entrenamiento en otra dimensión empezaba a sonar como la cura perfecta para su tedio.
La idea comenzó a tomar una forma más sólida en la mente de Rimuru. No sería una simple invasión; sería el evento del siglo. Si iba a enviar a sus tropas a un mundo desconocido, lo haría con el estilo y la grandiosidad que caracterizaban a Tempest.
—Ciel, si vamos a hacer esto, no quiero bajas innecesarias. Estos jóvenes necesitan aprender, no morir por un error de novato —comentó Rimuru, mientras se recostaba en su silla, imaginando ya las pantallas gigantes transmitiendo la acción.
<Entendido, maestro. He analizado las variables y he desarrollado una solución óptima. He creado la Habilidad Definitiva:Tenoch.>
La voz de Ciel era, como siempre, carente de duda. Rimuru leyó la descripción de la habilidad que aparecía en su visión técnica. Era una obra maestra de la manipulación de información y almas.
—Inmunidad total al dolor y un sistema de retorno automático... —Rimuru dejó escapar una pequeña risa—. Básicamente, los estoy convirtiendo en jugadores de un videojuego de realidad virtual, pero con cuerpos reales. Si su energía llega a un punto crítico o reciben un daño letal, el sistema los sacará de ese mundo y los traerá de vuelta aquí a salvo.
Rimuru asintió con entusiasmo. Podía ver el negocio detrás de todo esto.
—Cinco millones de personas pagando por ver la “expedición”... Podemos cobrar una moneda de oro por la entrada. No solo entrenaremos al ejército y nos quitaremos el aburrimiento, sino que también financiaremos los próximos proyectos de la ciudad.
Con los protocolos de seguridad establecidos y el sistema de transmisión listo a través de “Argos”, solo quedaba un detalle: elegir a quiénes enviaría para liderar este capricho.
Rimuru no perdió tiempo. Una vez que Ciel confirmó la viabilidad técnica del proyecto, convocó a una reunión de emergencia en la sala del consejo.
La mesa redonda estaba rodeada por sus ejecutivos más fieles: Benimaru, Shion, Geld, Gabiru y los demás líderes de departamento. El ambiente era de una mezcla entre curiosidad y la tensión habitual de cuando su señor tenía una idea “interesante”.
—Los he citado porque la paz nos ha vuelto un poco complacientes —comenzó Rimuru, cruzando los brazos sobre la mesa—. Nuestras nuevas tropas tienen poder, pero no tienen colmillo. Así que vamos a abrir un portal a otro mundo. No para una guerra de conquista tradicional, sino para un ejercicio de entrenamiento a escala global.
Benimaru arqueó una ceja, procesando la información, mientras que Shion parecía lista para desenvainar su espada ante la sola mención de un nuevo mundo.
—Será un show, una competencia —continuó el slime—. Dividiremos nuestras fuerzas en cinco cuerpos principales. Pero esta vez, los comandantes no irán al frente. Quiero que sus manos derechas, los oficiales que han estado bajo su tutela, tomen el liderazgo de campo. Ustedes observarán y evaluarán desde aquí.
Rimuru comenzó a proyectar la lista de las divisiones en la pantalla central:
Cuerpo de Blindados:Geld supervisaría, pero el mando directo caería en sus oficiales orcos más destacados, liderando a 20,000 guerreros con armaduras pesadas.
Fuerza de Ataque Rápido:Bajo la tutela de Benimaru, Gobwa tomaría el mando de 10,000 Onis de élite.
División Aérea:Los tres subordinados de confianza de Gabiru dirigirían a 15,000 Hombres Dragón para dominar los cielos.
Caballería de Lobos:Gobta y Ranga liderarían a sus 10,000 jinetes (20,000 contando a los lobos), siendo la fuerza más versátil.
Infantería de Apoyo:Rigur se encargaría de 15,000 Goblins, divididos entre arqueros y espadachines.
—Geld, no pongas esa cara —dijo Rimuru al notar la preocupación del Rey Orco por la seguridad de sus subordinados—. Nadie va a sufrir. Ciel ha implementado un sistema que anula el dolor y los traerá de vuelta si reciben un golpe fatal. Es, literalmente, un juego para nosotros, pero una pesadilla para quien se nos cruce.
Geld asintió, más tranquilo, mientras el resto de los ejecutivos empezaba a discutir los detalles logísticos. El plan estaba en marcha: 70,000 soldados de Tempest estaban a punto de convertirse en los protagonistas del programa más grande de la historia interdimensional.
Mientras los generales terminaban de organizar a sus tropas, Rimuru se dirigió hacia el centro de mando del Laberinto. Ramiris ya lo esperaba con una sonrisa de oreja a oreja, flotando sobre una consola de control que brillaba con energía mágica.
—¡Todo listo, Rimuru! —exclamó la pequeña hada—. Los cinco sectores están conectados. ¡Las pantallas son tan grandes que hasta un Slime con miopía podría ver los detalles de los poros de un orco!
Rimuru se rió ante el entusiasmo de su amiga.
—Bien hecho, Ramiris. Ciel, activa el sistemaArgos. Quiero una cobertura total. No quiero que los ciudadanos se pierdan ni un solo choque de espadas.
En las afueras de los sectores del laberinto, las filas de ciudadanos de Tempest eran kilométricas. Humanos, elfos, enanos y monstruos de todas las razas esperaban ansiosos con sus monedas de oro en mano. La publicidad había sido efectiva: “La Gran Expedición de la Tempestad” se vendía como el evento de entretenimiento más grande de la era.
Rimuru se puso de pie y ajustó su máscara por un momento, antes de dar la orden final a través del canal de comunicación general que resonaba en todo el reino.
—Escuchen bien. Esto no es solo una misión, es una lección y un espectáculo. Demuestren por qué Tempest es la nación más poderosa, pero diviértanse en el proceso.
Con un gesto de su mano, un agujero negro y púrpura comenzó a rasgar el aire en el campo de entrenamiento, expandiéndose hasta alcanzar un tamaño colosal. El aire del otro lado se sentía diferente, más denso y cargado de una magia distinta.
—¡Abran las puertas de los sectores! —ordenó Rimuru—. ¡Que comience el show!
Mientras las tropas empezaban a marchar rítmicamente hacia el vacío del portal, las pantallas gigantes en el Laberinto se encendieron, mostrando el primer vistazo del nuevo mundo: un campo de batalla devastado donde humanos y demonios se masacraban entre sí, sin saber que una fuerza absoluta estaba a segundos de caer sobre ellos.
........
El campo de batalla de la zona central era un espectáculo de pesadilla. Lo que en los mapas se describía como una llanura estratégica, ahora era un terreno deformado por cráteres de magia y ríos de lodo mezclado con sangre. La Unión de Estados Humanos, bajo la bendición de la Diosa, avanzaba con una fe fanática, mientras que el Ejército Demoníaco defendía su soberanía con una ferocidad nacida del odio acumulado por siglos.
En la vanguardia humana, el estruendo era ensordecedor. Miles de soldados vestidos con armaduras de acero encantado chocaban contra las falanges de orcos y ogros que servían a los demonios. Las flechas imbuidas en elementos silbaban en el aire, cayendo como lluvia sobre las formaciones enemigas, solo para ser respondidas por ráfagas de fuego oscuro que incineraban pelotones enteros en segundos.
—¡Mantengan la línea! ¡La Diosa nos observa! —gritaba un capitán, cuya voz se quebró cuando una maza de un gigante demoníaco lo aplastó contra el suelo, convirtiendo su armadura en una lata abollada.
A lo lejos, en la colina de mando de la Unión, Tomoki observaba la carnicería con una sonrisa gélida. Para él, esto no era una lucha por la supervivencia, sino una validación de su estatus. Sus seguidoras, hechizadas por su carisma sobrenatural, se movían a su alrededor como sombras letales, eliminando a cualquier demonio que lograra romper las filas.
—Míralos, peleando por un par de metros de tierra —comentó Tomoki, mientras jugaba con su arma—. Pronto usaré mi poder y esto se acabará. Es casi lamentable lo débiles que son.
Mientras tanto, en el lado opuesto, los Generales Demonios orquestaban su contraataque. Utilizaban bestias de guerra masivas que pisoteaban la infantería humana, creando una sinfonía de gritos y huesos rotos. No había honor en este combate; era una guerra de exterminio donde los humanos veían a los demonios como monstruos, y los demonios veían a los humanos como una plaga enviada por una Diosa caprichosa.
El aire estaba saturado de una neblina rojiza. El olor a hierro y carne quemada era tan denso que dificultaba la respiración. En ese momento, la batalla estaba en su punto más álgido: un empate técnico donde cientos de vidas se apagaban cada minuto. Ambos bandos estaban tan consumidos por su propio odio que no notaron cómo el cielo sobre la “tierra de nadie” comenzaba a oscurecerse de una manera antinatural.
La tensión en el ambiente no era ya por la guerra, sino por algo externo que estaba empezando a presionar la realidad misma, una fuerza que haría que este conflicto pareciera una pelea de niños en un patio de juegos.