Capítulo 1: La reunión
El aire se sentía espeso, con una carga fuera de lo común. Al final del sendero se abría el lago: inmenso, silencioso, iluminado por los reflejos blanquecinos de la luna llena. Entre los matorrales cercanos se oían pequeños golpes contra el pasto húmedo; roedores que huían del borde del agua.
En aquella postal oscura, una figura permanecía en cuclillas observando la superficie. Cipriano vestía un riguroso traje negro de corte inglés que estilizaba su figura de mago, un contraste elegante y discordante frente al barro y la humedad del entorno. Por momentos alzaba la vista hacia el cielo y luego volvía a contemplar la negrura del lago. Finalmente se incorporó despacio y aspiró el aire varias veces, como un animal de caza tratando de reconocer un aroma lejano.
Instantes después, pareció que todo se detenía, que el eje de la tierra crujía bajo sus pies y paraba la marcha del movimiento de rotación. El lugar se inundó con un aroma tan puro que resultaba casi abrumador para los pulmones humanos, una mezcla de incienso, mirra y copal, demasiado evidente pero imposible de catalogar.
La figura permaneció inmóvil. No temía lo que estaba por llegar, aquello mismo que minutos antes había obligado a las ratas a desaparecer entre la maleza.
La luz de la luna reveló entonces una mano abierta junto a la orilla, rígida, como si hubiese intentado aferrarse a la tierra antes de ser arrastrada. El resto del cuerpo permanecía hundido bajo el agua. A ratos, el suave oleaje dejaba ver parte de la silueta: un hombre de mediana edad vestido con un traje de goma similar al de los buzos tácticos. Parecía haber intentado escapar desde las profundidades. Sus dedos estaban quebrados; varias uñas habían desaparecido, arrancadas en un intento desesperado por sujetarse de algo antes de ser vencido por la fuerza que lo reclamaba desde abajo.
El desconocido se levantó y volvió a olfatear. Esta vez, levantó su mano con el dedo índice en alto. Realizó unos círculos a la inversa de las manecillas del reloj, junto a una frase que apenas se entendió, un murmullo casi dicho para sí. De pronto, los sonidos que a esa hora se escuchaban en el lago quedaron silenciados. Un domo hermético cubrió el área, invisible para el ojo humano, pero capaz de impedir que las ondas sonoras y sus vibraciones salieran de ese espacio sagrado. Era un resguardo que tomaba el mago para que la conversación que iba a ocurrir no fuera escuchada por mensajeros indeseados, ni tampoco por el viento.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, manteniendo la vista fija en el horizonte.
—No puedo pasar desapercibido —respondió una voz desde los matorrales.
—Es evidente tu presencia, amigo mío.
Desde el sendero apareció un haz de luz que lentamente comenzó a adquirir forma humana. Avanzó con lentitud, tratando de acomodar su esencia celestial a la materia. Raziel odiaba transformarse en humano. La carne le resultaba pesada, torpe; siempre prefería su versión divina, libre y luminosa.
La incandescencia empezó a apagarse poco a poco hasta revelar su apariencia: pantalones amplios de lino beige y una camisa esmeralda del mismo material. Elegante, aunque lejos de cualquier ostentación.
Se acercó a Cipriano y apoyó una mano sobre su hombro.
—Amigo mío, qué gusto verte.
—¿Qué te atrae aquí? —preguntó el brujo.
—Lo mismo que a ti. No es casualidad que un miembro de la Corte de los Brujos y uno de la Corte Celestial terminen frente a un cadáver antes de la llegada de uno de los generales.
Cipriano sonrió y por primera vez se giró. Observó a su interlocutor, dejando a la vista un rostro curtido por los años, surcado por arrugas profundas donde su mirada parecía reflejar el peso de siglos de vida, un marcado contraste con la luminosa figura esmeralda del ángel.
Raziel lo observó con cuidado, luego agregó:
—Podemos ser justos el uno con el otro.
Él asintió.
—Sí, esto es más grande que todo, por esa razón estamos acá. Y no fueron enviados emisarios comunes, sino el ángel más cercano al «trono divino» ...
Raziel lo interrumpió antes de que terminara:
—Y al guardián del umbral. Un brujo… pero también un santo. El único capaz de caminar entre ambos mundos.
Ambos sonrieron, como si midieran fuerzas, evaluando quién era el más importante en esa escena.
—Cipriano, ¿quién era?
—¿El hombre del lago? No lo sé.
—Pero… ¿es verdad lo que se dice, lo que hablan los murmullos?
El brujo guardó silencio unos segundos.
—Creo que sí. Las voces hablan de referencias sobre la ubicación probable del Séfer. Este lago es una de ellas. Los relatos dicen que estaría oculto en el fondo, preservado en un cofre de acero por órdenes del Rey Salomón.
—¿Sabes qué significa si lo encuentran? —preguntó Raziel.
—No, fuiste tú quien perdió el libro.
—No lo perdí. Se lo entregué a Adán después de que lo expulsaron del paraíso. Otros ángeles se lo quitaron y lo hicieron desaparecer… hasta ahora.
El ángel suspiró y se acercó más al cadáver. Sus dedos largos levantaron suavemente la cabeza del muerto, con un respeto único, buscando alguna señal. Advirtió que su cara se deformaba blandamente, como cera derretida; sus ojos lucían vacíos, perdidos.
—¿Te diste cuenta de esto? —le precisó, mostrando su rostro.
El brujo asintió.
—Se llevaron su alma. Ya le pregunté a Miguel y no ascendió al purgatorio; Caronte, el barquero del inframundo, tampoco tiene información. O vaga en el mundo terrenal, o alguien lo tiene atrapado en alguna parte.
Raziel observó el cadáver durante unos segundos más.
—Debemos preguntarle.
—¿Te atreves?
—Es la única forma de recuperar su alma. Aunque no creo que Azrael viniera personalmente hasta acá, no parece obra suya… podría ser otro brujo.
Cipriano asintió lentamente.
—También puede ser un hombre o un demonio de alta jerarquía.
Después de esa reflexión, volvió la vista hacia las aguas negras.
—Aún no comprendo por qué ese libro es tan importante.
Raziel tardó en responder.
—Porque contiene todo mi conocimiento. Las leyes de la naturaleza. El curso de las estrellas. El destino de las almas.
Su voz descendió apenas.
—Y en las manos equivocadas… podría destruir el equilibrio entre ambos mundos.
El brujo suspiró.
—Entonces, ¿qué hacemos?
—Trabajar juntos. Existe una fuerza en el mundo terrenal que no le importó dejar una evidencia, quizá una advertencia; no lo sabemos, pero el mensaje fue claro: van detrás del Séfer y harán todo para conseguirlo.
Cipriano se giró hacia él.
—¿Una alianza?
—Exacto.
El brujo extendió su mano y lo mismo hizo el ángel, sellando el pacto entre ambos mundos.
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