Capítulo 1- La sombra y la corona
La noche en Seúl no traía silencio; traía secretos. Y en el centro de ese laberinto de cristal, acero y sangre, la mansión Jeon se erigía sobre la colina como una fortaleza inexpugnable.
Todos en la ciudad conocían la regla básica para sobrevivir: no desafiar al clan Jeon. Jeon Jungkook era un alfa dominante cuyo nombre provocaba escalofríos en los viejos líderes de las familias rivales. Gobernaba los puertos, las finanzas oscuras y la seguridad territorial con una disciplina de hierro. Su aroma —una mezcla densa de roble antiguo y humo de tabaco quemado— bastaba para someter a cualquier alfa que osara cuestionar su palabra.
Sin embargo, en los pasillos de esa misma mansión, los guardias armados hasta los dientes no agachaban la cabeza por miedo a Jungkook.
La agachaban por respeto a quien caminaba a su lado.
Park Jimin descendió las escaleras de mármol luciendo un traje de seda borgoña que acentuaba su porte impecable. A diferencia de otros Omegas en el submundo de la mafia, destinados a vivir en la sombra de sus alfas por "protección", Jimin no pedía permiso para respirar ni para gobernar. Su cabeza siempre estaba erguida, sus ojos avellana transmitían una calma peligrosa y su fragancia a orquídea silvestre impregnaba el aire, imponente y dulce.
—El transporte para la reunión del puerto está listo, Señor Jeon —informó Namjoon, el brazo derecho de Jungkook, inclinándose levemente al paso de Jimin.
—Asegúrate de que la escolta trasera mantenga distancia, Namjoon —respondió Jimin, deteniéndose a abrocharse un gemelo de plata en la muñeca—. A Jungkook no le gusta sentirse asfixiado cuando revisa los cargamentos.
—Entendido, Luna.
En ese momento, las puertas dobles del despacho principal se abrieron. Jungkook salió, ajustándose la corbata negra. En cuanto sus ojos oscuros encontraron la figura de Jimin, la rigidez en su rostro se suavizó apenas un milímetro, un detalle invisible para cualquiera excepto para su Omega.
—Te dije que no tenías que esperarme despierto —murmuró Jungkook, acercándose a Jimin hasta romper la distancia personal. Su mano grande y tibia se posó con naturalidad en la cintura de Jimin.
—Alguien tiene que asegurarse de que no quemes la ciudad antes de medianoche —sonrió Jimin con elegancia, acomodando el cuello del saco de su alfa sin pestañear—. Además, esta es nuestra ciudad. Y el rey no camina solo.
Jungkook dejó escapar una risa baja, un sonido grave que hizo retumbar su pecho. Se inclinó y dejó un beso firme en el cuello de Jimin, justo sobre la marca invisible de su devoción.
Habían pasado años desde que Seúl cayó a sus pies, pero la gente tendía a olvidar cómo había empezado todo. No siempre habían sido los dueños de Seúl.
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