Prólogo
El mundo era un lugar curioso. Demasiado curioso, si alguien se detenía a pensarlo más de cinco segundos. Bastaba una sola decisión para provocar una reacción en cadena imposible de detener. Un camino que parecía insignificante podía terminar cambiando una vida por completo, abrir puertas que jamás imaginaste cruzar o cerrarlas de un portazo en tu cara. Aunque, siendo honestos, las ventanas tampoco eran una mala opción... al final uno podía entrar por ellas si tenía suficiente desesperación o muy poco sentido de la dignidad. Así funcionaban las cosas: una elección llevaba a otra, un encuentro conducía a cien más, y antes de darte cuenta estabas rodeado de personas que podían convertirse en tus amigos más leales... o en esos individuos encantadores que, cuando un monstruo aparecía rugiendo detrás de ustedes, descubrían que empujarte era una estrategia de supervivencia perfectamente válida. El mundo tenía un extraño sentido del humor, y casi siempre eras tú el protagonista del chiste.
Claro que confiar en alguien ya era un lujo cuando absolutamente todo parecía haber firmado un acuerdo secreto para asesinarte. Apenas el sol comenzaba a esconderse, los zombis salían de entre la oscuridad como si hubieran esperado todo el día para arruinarle la noche a alguien. Los esqueletos, orgullosos dueños de una puntería tan absurda que hacía cuestionar las leyes de la física, podían incrustarte una flecha desde distancias ridículas. Las arañas gigantes saltaban sobre cualquiera con un entusiasmo francamente preocupante, los creepers explotaban por el simple placer de convertir horas de trabajo en un enorme cráter, los endermans reaccionaban a una mirada como si acabaran de insultar a toda su descendencia, mientras saqueadores, brujas y una interminable colección de criaturas demostraban que el planeta entero compartía una única filosofía de vida: matar primero y jamás hacer preguntas. Explorar una cueva era prácticamente escribir un testamento; atravesar un bosque durante la noche era pedir a gritos una tragedia, y viajar entre dimensiones... bueno, eso ya era una forma particularmente creativa de tentar a la muerte.
Y aun así, ninguno de ellos era el verdadero problema.
Porque todos esos monstruos compartían una ventaja invaluable para cualquier aventurero: eran honestos. Horribles, sanguinarios, insoportables... pero honestos. No ocultaban sus intenciones. Gruñían antes de atacar, tensaban sus arcos, mostraban los colmillos o siseaban justo antes de explotar. Eran depredadores simples. Directos. Sabías perfectamente qué querían de ti y cuánto tiempo te quedaba para empezar a correr.
Pero había otra criatura.
Una que jamás corría hacia su presa.
No levantaba sospechas, no mostraba los colmillos ni anunciaba su presencia con rugidos. Prefería caminar a tu lado. Escuchar tus historias junto a una fogata, ayudarte a levantar un refugio cuando caía la noche, compartir provisiones, bromear durante el viaje e incluso arriesgarse lo suficiente para convencerte de que era alguien en quien podías confiar. Día tras día iba ocupando un lugar especial en tu vida, hasta que dejabas de verla como un desconocido para llamarla compañero... amigo... familia.
Y precisamente ahí comenzaba la verdadera cacería.
Porque esa criatura no tenía hambre de carne. Tenía hambre de confianza. Alimentaba su paciencia con cada sonrisa que recibía, con cada secreto que le confiaban, con cada espalda que alguien le daba convencido de que jamás tendría motivos para temer. Esperaba. Siempre esperaba. Sabía que una presa aterrorizada luchaba con todas sus fuerzas, pero una presa que se sentía segura ni siquiera intentaba defenderse.
Cuando finalmente decidía abandonar el disfraz y revelar su verdadera naturaleza, ya era demasiado tarde para arrepentirse. No importaban las armaduras, las espadas encantadas o los años de experiencia sobreviviendo a zombis, esqueletos o creepers. Porque ningún aventurero se prepara para sobrevivir al momento en que descubre que el monstruo más peligroso de todos nunca estuvo escondido entre las sombras del bosque, ni aguardando en una cueva, ni acechando en otra dimensión.
Había estado sonriendo a su lado desde el primer día.

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