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LIBRO I: LAS HUELLAS

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Sinopsis

Irina Volkov confía en los patrones. Como analista de la Agencia Nacional de Inteligencia, ha aprendido que incluso el crimen más caótico deja algo atrás: una decisión, una contradicción, una huella. Por eso, cuando una serie de investigaciones aparentemente independientes comienza a presentar pequeñas anomalías, Irina no puede ignorarlas. Casos cerrados demasiado deprisa. Pruebas que no terminan de encajar. Informes perfectamente coherentes que, observados con suficiente atención, parecen contar una historia distinta. Elisabeth Hart también las ha visto. Juntas comienzan a seguir un rastro que nadie parece considerar importante. Lo que al principio son simples irregularidades pronto revela algo mucho más inquietante: alguien ha estado interviniendo desde las sombras y lleva haciéndolo el tiempo suficiente para aprender a no dejar pruebas. O, al menos, casi ninguna. Mientras Irina intenta descubrir qué conecta realmente aquellos casos, Elisabeth guarda secretos propios y una investigación aparentemente ordinaria amenaza con demostrar que algunas verdades son mucho más peligrosas cuando alguien se ha asegurado de que parezcan imposibles. Porque los crímenes pueden ocultarse. Los expedientes pueden manipularse. Las personas pueden desaparecer. Pero todo deja huellas.

Genero:
Mystery
Autor/a:
Niina01
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

PRÓLOGO

El profesor entró en el aula seis minutos después de la hora.

No era un retraso. No exactamente.

Había aprendido hacía años que, cuando más de un centenar de universitarios coincidían en una misma sala después de comer, enfrentarse directamente al ruido era una batalla perdida. Resultaba mucho más eficaz avanzar despacio entre las filas, dejar el maletín sobre el escritorio y esperar a que su mera presencia hiciera el trabajo.

Aquella tarde, sin embargo, la estrategia tardó más de lo habitual en surtir efecto.

Los estudiantes de Criminología ocupaban las primeras filas y discutían sobre algún examen reciente. Los de Ciencias Políticas se habían distribuido en pequeños grupos, inclinados unos hacia otros como si estuvieran negociando una moción de censura. Psicología había colonizado la zona cercana a las ventanas y Sociología se había refugiado en las últimas filas, desde donde podían observar al resto sin participar demasiado.

La primavera acababa de instalarse en la ciudad. Al otro lado de los ventanales, el sol seguía brillando con una intensidad incompatible con permanecer encerrado en una clase de Ética a las cuatro de la tarde.

El profesor los comprendía.

Las clases vespertinas eran las peores. Los alumnos estaban cansados, tenían hambre o pensaban ya en el trayecto de vuelta a casa. Algunos habían acudido únicamente porque aquella sesión transversal contaba para cuatro titulaciones distintas y la asistencia era obligatoria.

Aun así, él llevaba semanas esperando ese día.

Atravesó el aula sin apresurarse. Bajo el brazo derecho sostenía un dosier grueso, de tapas negras, cuyos bordes se habían desgastado con los años. No contenía documentos originales —ningún profesor universitario tenía acceso a ellos—, pero sí copias desclasificadas, informes públicos, transcripciones judiciales y artículos reunidos durante casi dos décadas.

Dos colegas de profesión lo esperaban junto a una de las paredes laterales. Una profesora de Filosofía del Derecho y un catedrático de Sociología Criminal. No intervinieron cuando él los saludó con una leve inclinación de cabeza.

El murmullo fue apagándose.

Primero las filas delanteras. Después las centrales. Por último, un grupo del fondo que seguía riéndose alrededor de la pantalla de un teléfono.

El profesor dejó el dosier sobre la mesa.

No lo abrió.

—Buenas tardes.

Unas cuantas voces respondieron. La mayoría se limitó a enderezarse en sus asientos.

El profesor se quitó la chaqueta, la colocó sobre el respaldo de la silla y recorrió el aula con la mirada.

—Veo que la ilusión por aprender sigue intacta.

Alguien soltó una risa breve. —Son las cuatro de la tarde —protestó una estudiante desde las primeras filas.

—Una observación extraordinaria. Confío en que Psicología la incluya en su próximo estudio sobre percepción temporal.

Las risas se extendieron un poco más. Incluso algunos de los alumnos del fondo apartaron el teléfono.

El profesor sonrió apenas. Después se volvió hacia la pizarra.

Tomó una tiza blanca y escribió una sola palabra, lentamente, en letras mayúsculas.

ATLAS

El efecto fue inmediato.

Las conversaciones cesaron.

Algunos estudiantes se removieron en sus asientos. Otros intercambiaron miradas rápidas. Una chica abrió el ordenador portátil que hasta entonces había permanecido cerrado. En una de las últimas filas, alguien murmuró algo que provocó un codazo de su compañero.

El profesor dejó la tiza en la bandeja y continuó de espaldas a ellos durante unos segundos.

No necesitaba darse la vuelta para saber qué expresión tenían.

Llevaba años impartiendo aquella clase.

—¿El de las terroristas?

La pregunta llegó desde la zona central del aula. Un muchacho se había echado hacia atrás en la silla, con los brazos cruzados y la seguridad de quien no esperaba que nadie discutiera su afirmación.

Varias cabezas se volvieron hacia él.

—No eran terroristas —replicó otro alumno casi de inmediato.

—Robaron información clasificada.

—Porque el Estado estaba corrompido.

—También hubo muertos.

—Muertos que no causaron ellas.

—Eso nunca se demostró.

El murmullo creció con rapidez. En menos de diez segundos, la clase somnolienta se había convertido en un juicio improvisado.

El profesor se giró.

No hizo ningún esfuerzo por detenerlos al principio. Se limitó a observar cómo las respuestas se atropellaban unas con otras, cómo algunos alumnos hablaban con la convicción de haber estudiado el caso durante años cuando probablemente solo conocían un documental, un pódcast o las versiones dramatizadas que se habían producido posteriormente.

La profesora de Filosofía del Derecho sonrió desde la pared.

El profesor dio una palmada.

El sonido seco bastó para recuperar el silencio.

—Curioso —dijo. Apoyó una mano sobre el borde del escritorio—. Todavía no hemos empezado y ya tenemos culpables, víctimas, héroes y terroristas.

Nadie respondió.

—Eso nos ahorrará muchísimo tiempo. Podríamos terminar la asignatura hoy mismo.

Algunos sonrieron, aunque esta vez con mayor cautela.

El profesor señaló la palabra escrita en la pizarra. —El llamado Caso Atlas continúa siendo uno de los episodios criminales, políticos y judiciales más estudiados de la historia contemporánea europea. Se ha analizado en facultades de Derecho, Criminología, Psicología, Sociología, Ciencias Políticas y Periodismo. Ha generado comisiones parlamentarias, reformas legislativas, investigaciones internacionales y suficientes teorías de la conspiración como para mantener ocupados a varios departamentos universitarios durante generaciones.

Abrió por fin el dosier.

Las primeras páginas estaban cubiertas de anotaciones y marcadores de colores.

—Gran parte de la documentación original sigue clasificada. Otra parte fue destruida. Una cantidad imposible de calcular fue filtrada, falsificada, manipulada o descontextualizada antes de que pudiera verificarse su procedencia. Incluso hoy existen discrepancias respecto al número real de personas implicadas.

Un estudiante levantó la mano. —¿Pero Atlas existió de verdad?

La pregunta provocó algunas risas.

El profesor no se rio.

—Esa es una pregunta bastante más compleja de lo que parece.

—¿No está demostrado?

—Está demostrado que existió una red organizada de tráfico de información, influencias y protección mutua entre personas pertenecientes a distintas instituciones. Jueces, empresarios, altos cargos políticos, agentes de seguridad, profesionales sanitarios, responsables financieros y miembros de los servicios de inteligencia. —Hizo una pausa—. Lo que continúa discutiéndose es dónde terminaba la corrupción individual y dónde comenzaba Atlas.

La estudiante sentada junto a la ventana dejó de escribir. —¿Y no se sabe si sigue existiendo?

El profesor levantó la vista del dosier. —No.

El silencio que siguió fue distinto a los anteriores.

Más atento.

—Algunos investigadores sostienen que la estructura quedó completamente desarticulada. Otros creen que desapareció el nombre, pero no los mecanismos que la hicieron posible. También hay quienes consideran que Atlas nunca fue una organización única, sino una etiqueta utilizada para agrupar múltiples redes relacionadas entre sí.

—Entonces, ¿cómo sabemos qué ocurrió realmente? —preguntó alguien desde el fondo.

El profesor cerró el dosier con suavidad. —No lo sabemos.

Varios alumnos fruncieron el ceño.

—Conocemos hechos. Disponemos de documentos, testimonios, sentencias y reconstrucciones. Pero conocer hechos no siempre significa conocer la verdad completa. Todo relato histórico depende de qué pruebas sobrevivieron, quién tuvo acceso a ellas y quién consiguió imponer su versión de los acontecimientos.

Paseó la mirada por la sala.

—Por eso estudiamos este caso aquí. —Se apartó del escritorio y avanzó entre las primeras filas—. Criminología puede preguntarse qué delitos se cometieron. Derecho, qué procedimientos se vulneraron. Psicología, cómo se justificaron determinadas decisiones. Sociología, qué condiciones permitieron que una estructura así se mantuviera durante tanto tiempo. Ciencias Políticas, cómo afectó al funcionamiento del Estado. —Se detuvo junto al pasillo central—. Pero Ética debe formular una pregunta distinta.

Nadie tecleaba ya.

—¿Qué está permitido hacer cuando las instituciones encargadas de proteger a la sociedad son precisamente las que impiden que se conozca la verdad?

El muchacho que había hablado de las terroristas levantó una ceja. —Eso no justifica convertirse en criminal.

—No —concedió el profesor—. Pero tampoco responde a la pregunta.

Una estudiante de Psicología alzó la mano. —¿Las dos mujeres eran agentes de la ANI?

El profesor regresó lentamente al escritorio. —Investigadoras.

—¿De inteligencia?

—Del grupo de Homicidios.

Aquello provocó un murmullo nuevo.

El profesor dejó que se apagara solo.

—Levanten la mano quienes sepan qué era la ANI.

La mayoría de los estudiantes de Criminología respondió. También algunos de Ciencias Políticas. En el resto del aula apenas se alzaron una docena de manos.

El profesor asintió, como si el resultado fuera exactamente el esperado.

—Ahora levanten la mano quienes hayan oído hablar de La Arquitecta y Sombra.

Prácticamente todos lo hicieron.

La sonrisa del profesor se ensanchó.

—Eso —dijo— es lo primero que deberían recordar durante las próximas semanas.

Se volvió de nuevo hacia la pizarra. Debajo de ATLAS, escribió dos nombres.

IRINA VOLKOV

ELISABETH HART

—La mayoría conoce los alias que se les atribuyeron después de su desaparición. Muy pocos recuerdan quiénes eran antes de convertirse en símbolos.

—¿Antes de convertirse en criminales? —preguntó el mismo muchacho.

El profesor dejó la tiza.

—Antes de que alguien decidiera llamarlas criminales.

La frase quedó suspendida en el aula.

Uno de sus colegas cruzó los brazos. La profesora de Filosofía del Derecho observó a los estudiantes con interés renovado.

El profesor volvió al dosier y extrajo una fotografía protegida por una funda transparente. No la enseñó todavía.

—Las versiones populares del caso suelen comenzar con su huida, con las filtraciones o con las órdenes de captura. Es comprensible. Los fugitivos venden mejor que los funcionarios públicos.

Algunas risas discretas recorrieron las filas.

—Pero empezar por ahí supone aceptar el relato de quienes escribieron primero la historia.

Colocó la fotografía boca abajo sobre la mesa.

—Nosotros empezaremos antes.

—¿Cuánto antes? —preguntó la estudiante de la ventana.

El profesor miró la palabra ATLAS una última vez.

Después tomó la tiza y trazó una línea horizontal debajo de los dos nombres.

—Antes de los alias. Antes de las filtraciones. Antes de que la Agencia Nacional de Inteligencia, la ANI, recibiera más de mil pruebas que señalaban a dos de sus investigadoras como responsables de una organización criminal.

El aula permanecía completamente inmóvil.

—Empezaremos cuando Irina Volkov todavía confiaba en la institución para la que trabajaba. Cuando Elisabeth Hart solo tenía que preocuparse por infringir tres protocolos internos antes del desayuno. Cuando Atlas no era más que el nombre de un titán condenado a sostener el mundo sobre los hombros.

El profesor abrió el dosier por la primera página.

—Todo comenzó con una muerte que nadie consideró un asesinato.

Y empezó a leer.

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