1.Las 3:20
Caminar por las calles de Tailandia sin tener la mirada fija en una misma dirección... Era otro rollo.
Desde que nací, siempre tuve la mirada puesta en mí. ¿La razón? Mis ojos.
Normalmente eran marrones, pero a veces... cambiaban a amarillo.
Mis padres siempre sospecharon que tenía superpoderes, aunque no lo confirmamos hasta hace relativamente poco.
Mi madre, Lamai, era diseñadora de moda. Tenía su propia marca de ropa y le iba muy bien. En cambio, mi padre, Prasit, era chef y tenía su propio restaurante en una de las mejores zonas de Prachinburi. Mi hermana menor, Nin, era modelo.
Y yo... Yo era Faye. Faye Malisorn. Estudiante de Bellas Artes... o, mejor dicho, ex estudiante de Bellas Artes.
Mi familia era normal. Y, como siempre, yo era la oveja negra. La “bicho raro”.
Cuando cumplí cuatro años, ocurrió mi primer cambio. Eran las 3:20 de la madrugada cuando me desperté con náuseas. Me sentía mareada.
Me levanté de la cama y caminé hasta el cuarto de mis padres, donde dormían plácidamente.
-Mamá, quiero gomitar. -Dije mientras entraba tambaleándome en la habitación-.
Recuerdo cómo mi madre se incorporó en la cama y me miró con miedo.
-Prasit. -Llamó a mi padre con voz temblorosa-.
Él se despertó de golpe y gritó.
-¡No la mires Lamai! ¡FUERA DE AQUÍ!-.
Me asusté. Corrí al baño y vomité hasta el alma. No entendía su reacción... hasta que me acerqué al espejo para cepillarme los dientes. Ni siquiera había encendido la luz.
Y entonces los vi.
Dos orbes amarillas me devolvieron la mirada desde el espejo.
Lo siguiente que recuerdo fue despertar en el hospital, atada de brazos y piernas.
Ese fue el primer y último día que ocurrió algo así... hasta hace un par de semanas.








