Prefacio:
Prefacio:
Una noche extraña.
◍◍◍
Era un día de marzo, comienzo de primavera y Harry Potter tenía calor. Mucho calor.
Era una sensación incómoda, húmeda y desagradable que se arrastraba bajo su epidermis, rugiendo cual dragón hambriento de aventura recluido en las cavernas de algún lugar muy lejano. El chico resopló con fuerza, sintiendo aumentar el rubor en sus mejillas y ese toque de felicidad que se asociaba con el consumo de grandes cantidades de alcohol.
Miró al techo de su cama, una y otra vez, o al menos el tiempo suficiente para que los patrones comenzaran a tornarse extraños y le doliera la cabeza. Se pasó las manos por el rostro, tomando lentas respiraciones, intentando que el dolor de cabeza pasara al olvido.
—Mgh —giró en la cama, intentando levantarse sin resultado positivo alguno—. Joder —se llevó una mano a la cabeza, rodando hacia su izquierda, saliendo de la cama a trompicones, intentando no caer en el proceso.
Era tarde, la luna estaba en lo alto, y con un Tempus sin varita, Harry verificó que así era. Eran las dos de la madrugada y creía recordar que algo muy importante había ocurrido a esa hora, no es que su mente pudiera captar la pista por mucho que lo intentara en este momento de todas formas.
—Chicos —sonrió, mirando el mar de jóvenes muertos de cansancio después de horas de alcohol contrabandeado y música muggle en los dormitorios de Gryffindor—. Chicos... Hace calor —musitó—. Mucho calor.
Harry se levantó, tarareando alguna melodía sin sentido, lo suficiente emocionado para mover un poco las caderas y sonreír como estúpido, soltando una que otra risa baja, mientras se decía a sí mismo que debía ser cauteloso o se metería en muchos problemas. Puede que McGonagall les permitiera ciertas cosas, ellos eran chicos grandes y habían pasado suficiente en los últimos tiempos para prohibirles ser adolescentes problemáticos. Todo lo problemático que la directora podría aceptar.
~Tatam...
Tararararam~
Harry se detuvo, frunciendo el ceño, girando a ambos lados, encontrando a una estrella de mar con la cara de Ronald Weasley en medio del salón, y un pulpo abrazador con el de Hermione Granger. «¿Qué carajos?» pensó, entrecerrando los ojos.
~Harry~
—Hola —giró alrededor, con la voz raspada y sensación de ardor en la piel aumentando—. ¿Hay alguien ahí?
Pero nadie respondió, apenas el aire bailando alrededor del salón rojo y dorado, un ronquido fuerte como una locomotora con problemas de arranque llenó el vacío, y Harry decidió que Seamus debía estar muy cansado para hacer esos sonidos a medio morir.
~Harry~
Miró hacia la puerta de entrada, una que se abrió apenas un palmo para él, dejando arrastrar ese susurro que cantaba su nombre con voz suave y dulce. Harry se lamió los labios, dando pasos lentos hacia la entrega, deteniéndose un segundo para pensar en si era una buena idea, y no es que el chico tuviera un gramo de auto preservación en algún momento de su vida. ¿Se supone que que iba a empezar ahora? ¿Borracho?
Claro que no.
Sonrió, abriendo la puerta con deje sigiloso para que nadie lo escuchara, sintiendo el crepitar de la magia alrededor. Harry había aprendido a reconocerla con el tiempo sin necesidad de usar la varita o que esta se concentrará en grandes cantidades. Y le gustaba. Esta en particular era cálida y dulce como la tarta de melaza que tanto amaba comer, o los pasteles de chocolate recién horneados acompañados de leche tibia con un toque de canela. Tragó en seco, mirando los pasillos desiertos de Hogwarts, unos que casi parecían invitarlo a una nueva aventura por el el castillo y sus misterios.
Si es que quedaba alguno.
Y Harry sabía que no debía, que ya era un adulto, uno muy tomado, además de haber vivido suficientes aventuras para tres vidas. Aún así... Harry apretó los labios, sintiendo ese toque caliente en cada centímetro de su cuerpo, como las brasas del fuego más temperamental dando suaves mordiscos en su piel, acompañado de un picor más que conocido. Uno que comenzaba en las palmas de sus manos, y que poco a poco se extendía por todo su cuerpo.
El chico tragó saliva y respiró hondo, temblando ante la nueva ráfaga de emoción que invadió su cuerpo. Era extraña y primitiva, casi como una necesidad profunda y irrisoria de hacer algo. ¿Pero qué?
~Harry~
Ahí estaba otra vez, y Harry decidió, con una sonrisa, que estaba bien, que sólo daría una vuelta alrededor y después se iría a dormir. ¿Qué era lo peor que podía pasar? ¿Qué apareciera un mago tenebroso maníaco con ínfulas de grandeza para asesinarlo? Nah, todo estaría bien, pensó, lanzándose por los pasillos como un hombre desesperado por encontrar algo y una sonrisa que sólo podría pertenecer a un niño que sabe que está haciendo una travesura.
✧✧✧
Harry no se detuvo ni un segundo, prácticamente devorando cada pequeño rincón donde sus pies decían llevarlo en apenas un par de minutos. Él ni siquiera sabía exactamente a donde iba, manteniendo el paso al ritmo de su corazón y la emoción instalada en su pecho.
—Waaaaa —chilló, viento el cielo estrellado desde algún lugar en los terrenos exteriores del castillo, cerrando y abriendo los ojos un par de veces sin despegar su atención del firmamento, con una sonrisa brillante adornando sus labios, estirando las manos lo suficiente para sentir que estaba tocando el cielo—. Hermoso —susurró—. Tan bonito.
~Harry~
—¿Quién?... —no encontró nada, dejando caer los brazos, invadido por una ola de calor y las ganas de alejarla lo antes posible.
Así que Harry jadeó, mascullando y maldiciendo, pasándose las manos por el cabello revuelto con una exhalación temblorosa y la garganta seca, sintiendo que el cuerpo le vibraba y su cabeza parecía invadida por una colmena de avispas.
—Ugh —jadeó, mordiéndose los labios, apretando el borde de su camisa de mangas cortas, rodando la tela fuera por encima de su cabeza—. Por Merlín, ¿por qué hace tanto calor?
Siguió con el cinturón, también el pantalón y la ropa interior. Harry no estaba seguro de nada excepto la horrible sensación de quemazón que lo estaba volviendo loco, gimiendo de puro gusto al sentir la brisa fría y nocturna en su piel, abriendo los brazos a ambos lados, dejándose caer en el pasto verde y húmedo.
—Esto se siente bien —murmuró complacido, estirándose como un gato mimoso y cómodo que ha conseguido su objetivo en la vida, rodando por el césped, de un lado a otro como un niño que ha consumido demasiada azúcar, mirando el cielo una vez más—. Bonito.
Estiró la mano, fingiendo atrapar una estrella en el proceso, sintiendo una repentina oleada de paz, de magia y plenitud que no había sentido en mucho tiempo. Pestañeando y bostezando varias veces, Harry se dijo a sí mismo que era hora de volver o su culo sería azotado por romper las reglas. Pero estaba tan cómodo, tan bien aquí en el césped húmedo, que su cerebro tomó la decisión de que ese era exactamente el lugar donde debía estar, quedando totalmente dormido.
No sin antes darle una última mirada al cielo.
~Harry~