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Ando en la disco — Jude Bellingham y Erik Lira

Sinopsis

Jude Bellingham y Erik Lira One-shot basado en la canción de "Ando en la disco" de 5050 pq ando obsesionada con la canción y el ship

Genero:
Erotica
Autor/a:
bar
Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Ando en la disc

Yo, flow malandro

Ey, mami, para que te mames cuando andes bien loca

Zumbando con tus camaradas, con tu noviecito, con tu amante

Con el que quieras andar

Con un cantante, podría ser algo interesante, pa (yo)


Ando en la disco con papas en el pisto

Con chopo de perico, unas AX de cincho

Ando en la disco con papas en el pisto

Con chopo de perico, unas AX de cincho


El antro en Madrid me traga apenas cruzo la puerta. Luces que cortan el aire como si quisiera devorar todo a su paso, bajo que vibra en el pecho y ese olor a alcohol barato mezclado con perfume caro hace que muchos pierdan la noción del tiempo. Camino entre la gente con la misma seguridad de siempre, aunque por dentro siento que cada paso es un poco más pesado que el anterior. Esta noche, como tantas otras, vine a sentirme especial y a buscar algo que me queme más que el whisky.

Algunas personas me miran sin poder saber dónde me han visto antes, pero no topan mucha importancia.

Lo veo antes de que él me vea a mí. Erik está cerca de la barra, rodeado de su gente, riendo de algo que alguien dijo. Se mueve con esa facilidad de quien no necesita demostrar nada y, precisamente por eso, me resulta imposible dejar de mirarlo. Hay algo en la forma en que inclina la cabeza cuando habla, en cómo su sonrisa aparece y desaparece, que me hace sentir que el resto del lugar se vuelve borroso. La camisa le queda un poco abierta en el cuello. La piel se le ve caliente bajo las luces.

Trago saliva desviando sutilmente la mirada de su clavícula descubierta.

Me acerco sin prisa. No quiero parecer desesperado, aunque por dentro lo estoy. El vaso en mi mano ya está medio vacío y el sabor a whisky me quema la garganta. Cuando por fin estoy al lado de él en la barra, el ruido de la pista parece bajar un tono, como si el mundo hubiera decidido darnos un segundo de espacio para vernos. Su mirada me recorre despacio, de los ojos a la boca y luego un poco más abajo, antes de volver a subir. El aire se pone espeso.

"-Andas bien esta noche-" le digo, y la frase sale más baja de lo que esperaba, casi rozándole el oído con sutileza.

Erik me mira. No con sorpresa, sino con esa curiosidad tranquila de quien ya ha sido mirado muchas veces y aún así decide prestar atención. Sus amigos siguen hablando a su lado, pero él ya no les presta tanta atención. Hay una botella entre nosotros, como un puente absurdo, y el espacio que nos separa es demasiado corto y demasiado largo al mismo tiempo. Puedo olerlo. Puedo sentir el calor que desprende.

Le hablo. Le digo cosas que suenan bien, frases que he ensayado en otras noches con otras personas, pero esta vez las palabras pesan distinto. Quiero que me crea. Quiero que vea en mí algo más que otro tipo más en la disco. Que entienda que, al menos por estas horas, puedo ser interesante. Que puedo ser suficiente. Que puedo hacerlo temblar si me deja acercarme un poco más.

Erik no se aparta. Me escucha. A veces sonríe. A veces solo me sostiene la mirada y eso basta para que el vacío que cargo se haga un poco más pequeño y para que otra cosa, más oscura y más caliente, empiece a crecer en su lugar.

Cuando lo invite a la pista de baile, no espere que aceptara demasiado rápido. Bailamos cerca. El ritmo nos empuja uno hacia el otro. Su pecho roza el mío un poco más abajo. Su mano se apoya un segundo en mi cintura, solo un segundo, pero el contacto me quema como si me hubiera tocado con fuego.

Siento su respiración cerca de mi cuello.

Siento cómo se tensa cuando me inclino un poco más a su oído.

Después, cuando las luces empiezan a fallar y la gente se dispersa, caminamos hacia la sala vip del lugar. No prometo nada eterno. No hace falta, nunca lo hacemos. Pero aún así quiero devorarlo, que quiero llevarme el calor de su cuerpo, la forma en que me miró, la promesa muda de lo que podría pasar si las puertas de mi coche se cierran entre nosotros. Y que, por primera vez en mucho tiempo, el peso de ser Jude Bellingham se siente un poco más ligero y mucho más peligroso mientras camino a su lado, sintiendo todavía el eco de su mano en mi piel.


Una perra que se venga, hago que se venga

Mientras, platicamos, y en medio está una botella

Estás bella, ma, bien bella

Ma, acércate p′acá, vamos a platicar

Déjame seducirte un momento

No pienses que lo que te estoy diciendo, mami, es cuento




La botella que pedimos hace un rato sigue entre nosotros, casi vacía, como un testigo mudo de todo lo que no estamos diciendo en voz alta. Erik se queda mirándome mientras yo hablo, y por un segundo siento que el resto de la gente en el antro desaparece. Solo estamos nosotros dos, el calor del alcohol y esa tensión que se estira cada vez que nuestras rodillas se rozan en el sofá.

"-Estás... jodidamente bien esta noche -le digo, bajando un poco la voz para que solo él me escuche-. Acércate un poco más. Quiero platicar contigo de verdad.-"

Él suelta una risa corta, como si no se creyera del todo el cumplido, pero igual se inclina hacia mí.

El espacio entre nuestros cuerpos se reduce. Puedo ver el brillo de sudor en su cuello, la forma en que su camisa se pega un poco a la piel. Trago saliva y sigo hablando, porque si dejo de hacerlo, el silencio me va a delatar.

Le empiezo a platicar cosas absurdas y el hace el ademán de no creerme del todo. Le digo que no es cuento, que no estoy inventando nada solo para pasar el rato con el.

Porque hay algo en él que me tiene atrapado desde que lo vi en México. Que quiero seducirlo un momento, solo un momento, aunque por dentro sé que un momento nunca va a ser suficiente para ambos. Mis palabras salen bajas, casi rozándole la oreja. Siento cómo se tensa un poco cuando mi aliento le toca la piel.

Erik no se aparta. Me mira con esa mezcla de diversión y algo más oscuro, más interesado. La botella sigue ahí, en medio, pero ya no importa. Lo único que importa es cómo se le mueve la manzana de Adán cuando traga, cómo sus dedos juguetean con el vaso vacío, cómo su rodilla sigue rozando la mía como si no quisiera romper el contacto físico en ningún segundo.

Sigo hablando. Le digo que es hermoso. Que se ve demasiado bien para estar solo en una noche como esta. Que si se acerca un poco más, tal vez pueda demostrarle que no estoy jugando.

Cada frase es un hilo que tiro hacia él, despacio, con cuidado, sintiendo cómo la tensión sexual se espesa entre nosotros sin necesidad de tocarse todavía. Solo miradas. Solo palabras. Solo el calor que sube por mi espalda cada vez que él sonríe de esa forma peligrosa tan característica suya dentro y fuera de la cancha.

Y por un instante, mientras la música sigue retumbando a nuestro alrededor, logro convencerlo o al menos convencer me a mí mismo de que esta noche podría ser distinta. Que tal vez, solo tal vez, él se quede el tiempo suficiente para que el vacío que cargo se calle un rato con su cuerpo.

La botella ya no sirve de nada. Está vacía, olvidada entre nosotros, y yo solo pienso en lo fácil que se siente todo a los veintitrés. Cómo el alcohol y el deseo se mezclan sin pedir permiso. Cómo un chico como Erik puede mirarme de esa forma y hacer que el resto del mundo se vuelva irrelevante en segundos.

Sin importar si quiera en la vida de famoso, solo me importa el está noche.

Me inclino un poco más. Él no se mueve. Solo me sostiene la mirada, esa mirada que ya no es solo curiosidad, sino algo más caliente, más peligroso.

Su rodilla sigue pegada a la mía. Puedo sentir el calor de su pierna a través de la tela. Mi mano, sin que yo lo planee del todo, se apoya en el respaldo en su plaza del sofá rozando apenas su espalda. Él traga saliva. Yo también.

"-No te estoy mintiendo -le digo, casi en un susurro-. Acércate. Solo un poco más.-"

Erik se inclina. El espacio entre nuestras caras se reduce hasta casi desaparecer. Su aliento me toca los labios. Huele a whisky y a algo dulce que no logro identificar. Mi pecho sube y baja demasiado rápido para alguien que debería estar acostumbrado a estas noches.

A los veintitrés todo parece sencillo: querer, acercarse, dejar que el cuerpo decida por uno. Pero por dentro siento el peso. Ese peso que siempre llega después, cuando el ruido se apaga y me quedo solo con la certeza de que esto también se va a acabar tarde o temprano en la madrugada.

Mi mano baja un poco por su espalda. Él no se aparta. Al contrario: se acerca más, hasta que nuestros pechos casi se tocan. Puedo sentir el ritmo de su respiración. Puedo ver el brillo en sus ojos cuando la luz de la pista se refleja en ellos.

La tensión entre nosotros es tan espesa que duele. Quiero besarlo. Quiero pasar la lengua por su cuello para saborear lo salado y dulce, que juro, sabe su cuerpo. Quiero que se olvide de sus amigos y de la música y de todo lo demás. Y al mismo tiempo sé que, si lo hago, el vacío que cargo se va a callar solo por un rato y después va a volver más fuerte.

Erik levanta una mano y me toca la mandíbula con los dedos. El contacto es ligero, casi tímido, pero me quema. Uno de joven cree que el deseo es suficiente. Que una noche como esta puede llenar lo que falta en la vida. Yo me dejo creer eso. Me dejo perder en la forma en que sus dedos se deslizan un poco más abajo, rozando mi cuello. En cómo su boca se abre apenas, como si estuviera a punto de decir algo o de hacer algo peor.

La música sigue retumbando en los oidos, pero ya no la escucho. Solo siento su calor. Solo siento lo fácil que es dejarme llevar. Solo siento el peso emocional de saber que mañana, cuando despierte, este momento se va a sentir lejano y un poco triste.

Pero ahora... ahora no importa.

Me acerco hasta que nuestros labios casi se rozan. No los junto del todo. Me detengo ahí, respirando el mismo aire que él, sintiendo cómo todo mi cuerpo pide más. Erik cierra los ojos un segundo. Yo también. Y en ese segundo, a nuestros veintitantos años, todo se siente demasiado fácil... y demasiado pesado al mismo tiempo.

No hay preguntas en su mirada. Solo esa forma directa, casi desafiante, de sostener la mía sin pestañear. Erik me mira y yo lo miro. El sabor a Buchanan's todavía nos queda en el aliento, mezclado con el calor de la boca que casi se tocó hace un segundo. Hay peligro en ese espacio mínimo que aún nos separa. Un peligro que me gusta demasiado.

Me quedo ahí, respirando el mismo aire que él, sintiendo cómo el pecho se me aprieta. Cuando eres famoso, uno se convence fácil de que es especial. De que no hay ningún tipo que se compare. De que lo que haces -la forma en que te acercas, la forma en que hablas, la forma en que te quedas quieto cuando podrías avanzar- te pone por encima de todos los demás. Yo me lo creo. O al menos lo necesito creer esta noche para poder sostenerlo sin quebrarlo más.

Mi mano sigue en su cuello. Los dedos de Erik todavía rozan mi mandíbula. Ninguno de los dos se mueve más, pero el cuerpo ya está pidiendo. Siento el pulso acelerado bajo su piel. Siento el mío respondiendo. El whisky nos quema la garganta y el deseo nos quema más abajo. Es tan fácil dejarse llevar. Tan fácil pensar que esta mirada basta para llenar lo que falta.

"-Tú lo sabes -le digo en voz baja, casi contra su boca en un tono de devoción absoluta-. Sabes que no soy como los demás.-"

Erik no responde con palabras. Solo se acerca un milímetro más. Sus labios rozan los míos sin llegar a besarlos del todo. Un roce mínimo, peligroso, que me deja sin aire. El sabor a Buchanan's se vuelve más intenso. El peligro también. Siento cómo se le tensa la mandíbula bajo mis dedos. Cómo su respiración se vuelve irregular. Cómo todo en él dice que quiere más y al mismo tiempo se contiene, igual que yo.

La música sigue ahí, lejana. Sus amigos ya no existen. El resto del antro tampoco. Solo existe este segundo eterno en el que nos miramos y nos tocamos apenas, cargados de una tensión que duele. Cuando eres joven todo se siente demasiado simple: querer, acercarse, creerse especial. Pero por dentro el peso sigue ahí. Ese peso que sabe que mañana este momento se va a convertir en otro recuerdo más, en otra noche que intentó llenar un hueco y solo lo dejó más profundo.

Aun así no me aparto.

Ni él tampoco.

El bajo de la pista nos golpea el pecho como si quisiera recordarnos que seguimos en medio del antro. Luces rojas y azules cortan el humo. Gente bailando a menos de dos metros. Risas, gritos, el olor a alcohol derramado y sudor. Y aun así, el mundo se reduce a este rincón en el sofá donde Erik y yo seguimos demasiado cerca.

Su boca sigue a un roce de la mía. El sabor a alcohol se mezcla con el aire caliente del lugar. Siento el pulso de la música en el suelo, subiendo por mis piernas hasta el punto exacto donde nuestras rodillas siguen pegadas. Cada latido del bajo parece empujarme un milímetro más hacia él. La tensión no baja. Al contrario: se espesa con el ruido, con las miradas ajenas que pasan de largo sin saber que aquí, en medio de todo, estamos a punto de cruzar una línea que siempre he querido desde que lo ví con una playera verde y el número 6 estampado en ella.

Mi mano se aprieta un poco más en su cuello. Los dedos de Erik se deslizan hasta mi nuca, enredándose apenas en el cabello corto. El contacto es mínimo, casi inocente para cualquiera que nos mire de lejos, pero por dentro me está quemando. El antro sigue vivo a nuestro alrededor: una pareja se besa a tres metros, alguien grita el estribillo de otra canción, el DJ sube el volumen. Ninguna de esas cosas logra distraernos. Al contrario. El contraste las hace más intensas. El peligro de que alguien nos vea. El peligro de que no nos importen si mañana aparecemos en las portadas de miles de revistas.

Erik abre un poco más los labios. Su aliento me toca otra vez. Yo inclino la cabeza apenas, buscando el ángulo. Nuestros labios se rozan de nuevo, esta vez con un poco más de intención, pero sin llegar a cerrarse del todo. Es un roce húmedo, caliente, que dura menos de un segundo y aun así me deja sin aire. La música retumba. Alguien choca con mi pierna al pasar a la barra y ni siquiera me doy la vuelta. Solo siento el calor de Erik, el peso de su mano en mi nuca y esa certeza absurda, de que en este preciso momento soy el único tipo especial en todo el antro.

El bajo vuelve a pegar fuerte.

La luz roja nos baña un segundo.

Y ninguno de los dos se aparta.




Ella no anda con líos, me mira y la miro

Unos tragos de Buchanan's, sabor aliento, hay peligro

No hay ningún tipo que se compare conmigo

Si tú bien sabes que lo que hago me hace especial entre un chingo.




El roce de sus labios todavía me quema cuando me separo apenas lo suficiente para mirarlo bien. En medio de todo el hervidero de cuerpos, con las luces cortándonos la cara y el bajo empujándonos el pecho, Erik se ve... demasiado perfecto de una forma que no debería estar permitida a esta hora de la noche. Como si alguien hubiera decidido armarlo pieza por pieza solo para que me costara apartar la mirada cada vez más.

"-Eres una puta princesa -le digo contra su boca, casi riendo por lo absurdo de la palabra y por lo mucho que me pesa decirla en serio-. Demasiada belleza para estar aquí, rodeado de todo este ruido.-"

Erik suelta una risa baja, esa que le vibra en el pecho y me llega directo. No se ofende. Al contrario: se acerca otra vez, rozando su nariz con la mía.

"-¿Princesa?-" repite, divertido, pero la voz le sale ronca.

"-Sí. Perfecto de los pies a la cabeza. Y me interesas demasiado, nadie más, solo tu está noche, porfavor-"

La frase salió más pesada de lo que pretendía. Uno cree que puede decir esas cosas sin que duelan después. Que puede mirar a alguien así, quererlo llevarse, y que el vacío se va a quedar callado al menos hasta el amanecer. Yo me lo creo en ese momento. O necesito creérmelo.

Mi mano baja de su nuca hasta su cintura. Lo aprieto un poco, guiándolo casi sin darme cuenta hacia la salida. Él no se resiste. Deja que lo empuje entre la gente, entre las luces y el humo y los cuerpos que bailan sin saber que nosotros ya estamos en otra frecuencia. Cada paso hacia la puerta se siente como una decisión más grande de lo que debería ser. El antro se queda atrás. El aire de la calle nos golpea frío en la cara todavía caliente.

No hablamos mucho mientras caminamos hacia mi coche. Solo el sonido de nuestros pasos y la respiración un poco agitada. Sé exactamente lo que estoy pidiendo sin decirlo. Quiero que, después de esto, amanezca en mi habitación. Que cuando abra los ojos esté ahí, enredado en mis sábanas, todavía oliendo a whisky y a la noche. Que por unas horas el peso se haga más ligero.

El ruido dentro del auto por las llantas haciendo el vago intento de derrapar contra la acera se siente como una sentencia de la urgencia que tenemos ambos por estar solos. Erick está viendo por la ventana, con el aire pegandole en el rostro haciendo una imágen preciosa a la luz de la luna.

Cuando por fin llegamos a mi edificio subimos las escaleras entre susurros en el cuello y pequeños silencios para que los vecinos no se asomen a ver quien está haciendo ruido por los pasillos tan trade. Mis dedos tiemblan un poco al meter la llave a la cerradura. A los veintitrés todo se siente fácil hasta que cierras la puerta y te das cuenta de que acabas de traer a alguien a tu espacio vacío. Erik entra detrás de mí. La puerta se cierra. El ruido del antro desaparece por completo.

Y de pronto solo estamos nosotros dos, en la penumbra del departamento, con la misma tensión de antes pero ahora sin testigos que puedan vender nuestras fotografías por unas monedas a cualquier revista de noticias amarillistas.

La puerta se cierra con un clic suave que suena demasiado fuerte en el silencio del departamento. Por un segundo ninguno de los dos se mueve. Solo el ruido lejano de la ciudad filtrándose por la ventana y el sonido de nuestra respiración todavía agitada.

Erik se queda cerca de la entrada, como si estuviera midiendo el espacio. Yo dejo las llaves sobre la mesita sin mirar. La penumbra ayuda. Hace que todo se sienta más cercano, más peligroso. Puedo ver el contorno de su cuerpo contra la poca luz que entra desde la calle. La camisa un poco desordenada. El cuello todavía marcado por el calor del antro.

Me acerco despacio. No hay música ahora. No hay gente. Solo el eco de lo que trajimos con nosotros. Cuando estoy frente a él otra vez, el aire se pone espeso de la misma forma que en la barra, pero más denso. Más real.

"-Todavía te ves como una puta princesa -le digo en voz baja, casi sin voz-. Incluso aquí.-"

Erik suelta una risa corta, nerviosa, y esa risa me llega directo al pecho. Levanta una mano y me toca el borde de la camisa, jugueteando con la tela sin decidirse del todo a agarrarme. Yo no me aparto. Dejo que sus dedos se muevan. Siento el temblor mínimo en ellos. O tal vez el temblor es mío.

Cuando eres joven, uno cree que puede con este tipo de silencios. Que puede traer a alguien a su casa, mirarlo así, y que el peso no va a aparecer hasta mañana. Yo me lo repito mientras lo miro. Mientras mi mano sube otra vez a su cuello, más seguro esta vez, y siento el pulso acelerado bajo los dedos. Él se inclina un poco hacia el contacto. No habla. Solo respira más cerca.

Nuestros frentes se tocan, en una posición un poco incómoda para mi. El sabor a Buchanan's todavía está ahí, más suave ahora. El peligro también. Ya no hay antro que distraiga. Solo esta habitación, este momento, y la certeza de que si doy un paso más no va a haber marcha atrás fácil. El vacío que cargo se queda callado un segundo, esperando. Como si también quisiera ver hasta dónde llego esta noche.

Erik cierra los ojos.

Yo también.

Y el espacio entre nosotros se vuelve casi inexistente.


Una princesa, demasiada belleza

Perfecta de los pies a la cabeza

Mami, tú me interesas (tú no más, tú no más)

Para que, después de esto, en mi habitación amanezcas




La sala está a oscuras salvo por la luz amarilla que entra desde el arco de la cocina.

Agarre la primera botella que había en el estante de arriba, una que ni siquiera recordaba tener hace solo dos minutos, y ahora está abierta entre nosotros dos sobre la mesita de ratón en la sala

El líquido brilla un poco cuando la luz la roza. Seguimos de pie, demasiado cerca todavía, como si el antro se hubiera quedado pegado a la piel y no quisiéramos soltarlo del todo para no sentir la presión en la atmósfera.

Tomo un trago directo del cuello de la botella y le pasó a Lira la botella. Él bebe sin preguntar qué es o deteniéndose a mirar las letras. El gesto me saca una media sonrisa mientras siento el ardor en la garganta al tomar mi trago.

"-Estás bien bueno así -le digo, bajando la voz mientras lo miro de arriba abajo sin disimulo, mordiendo ligeramente mi labio inferior- Sabes exactamente lo que estás provocando.-"

Erik se ríe por lo bajo, esa risa que le vibra en el pecho, y da un paso más cerca. La botella queda abandonada otra vez sobre la mesa. Ya no hace falta. El ritmo que traemos encima es otro. Me acerco hasta que nuestros cuerpos casi se tocan y empiezo a moverme apenas, lento, como si todavía estuviéramos en medio de la pista y la música no se hubiera apagado nunca. Él me sigue. No del todo bailando, pero sí respondiendo. Sus manos encuentran mi cintura. Las mías suben otra vez a su cuello.

El alcohol nuevo quema distinto. Más casero, más real. Siento el calor subiendo por la garganta mientras lo miro a los ojos y le digo, casi contra su boca, que él es el bueno esta noche.

Que mi forma de acercarme, de hablarle, de traerlo hasta aquí, lo está envenenando despacio. Que no finja que no lo siente. Erik no responde con palabras. Solo aprieta un poco más los dedos en mi cintura y se deja llevar por el movimiento mínimo que todavía hacemos en medio de la sala.

La ciudad sigue afuera. El departamento está en silencio salvo por nuestra respiración y el leve tintineo de la botella cuando uno de los dos la roza sin querer. A mis veintitrés años todo se siente demasiado fácil otra vez: el alcohol, el cuerpo cerca, la certeza de que esta noche todavía puede durar un poco más. El vacío se queda callado en un rincón, esperando su turno. Por ahora solo existe esto. La sala. La botella. Y Erik dejándose envenenar despacio, sin apartarse y sin querer soltarme.

La botella queda olvidada del todo. Ya no existe. Solo existe el calor que sale de su cuerpo y el mío chocando en el centro de la sala. Erik aprieta más los dedos en mi cintura y yo lo atraigo hasta que no queda ni un centímetro entre nosotros. El roce de su pecho contra el mío me arranca un sonido bajo de la garganta. Él lo escucha. Lo sé porque su respiración se vuelve irregular de inmediato y curva sus cejas ligeramente hacia arriba, dándole un aspecto sumamente tierno que contrasta con sus ojos ligeramente caídos.

Me inclino hacia su cuello. No lo beso todavía. Solo dejo que mi boca roce la piel, apenas, sintiendo cómo se le eriza bajo los labios. El olor a whisky y a sudor del antro todavía está ahí, mezclado con algo más suyo, más caliente. Erik inclina la cabeza hacia un lado, dándome espacio, y ese gesto simple me prende fuego por dentro. Mis manos bajan por su espalda, despacio, presionando, memorizando la forma en que se tensa bajo la camisa.

"-No te hagas el loco... -le susurro contra la piel del cuello-. Sabes exactamente lo que me estás haciendo.-"

Él suelta un sonido ahogado, mitad risa, mitad algo más oscuro. Sus manos suben por mi espalda hasta enredarse en mi cabello y tirar un poco, lo justo para que yo levante la cara. Nuestros labios quedan otra vez a un suspiro de distancia. Esta vez no hay casi. Esta vez el roce es más largo, más húmedo, más desesperado. No es un beso todavía. Es peor. Es la promesa de uno. Es el temblor que nos recorre a los dos cuando nuestras bocas se rozan y se separan y vuelven a buscarse sin terminar de cerrarse.

El departamento parece haberse reducido al espacio que ocupan nuestros cuerpos. Siento cada respiración suya contra mi boca. Siento el temblor de sus muslos cuando los míos los rozan. Siento cómo su erección empieza a presionar contra la mía a través de la ropa y cómo eso me saca el aire de los pulmones. Cuando eres joven uno se cree capaz de aguantar esta cantidad de tensión. Yo no estoy aguantando nada. Estoy ardiendo.

Mis dedos se meten bajo el borde de su camisa, tocando piel caliente por primera vez. Erik se estremece. Empuja sus caderas un milímetro hacia adelante, buscando más contacto, y el roce me arranca un gemido bajo que no logro contener. Él responde con otro. El sonido se queda flotando entre nosotros, sucio y necesario.

La penumbra de la sala ya no es suficiente.

El silencio ya no es suficiente.

Nada parece suficiente excepto él, más cerca, más apretado, más mío aunque sea solo por esta noche.

Y todavía no nos hemos besado del todo.


Una princesa, demasiada belleza

Perfecta de los pies a la cabeza

Mami, tú me interesas (tú me interesas)

Para que, después de esto, en mi habitación amanezcas (yeah)

Ando en la disco con papas en el pisto

Con chopo de perico, unas AX de cincho

Ando en la disco con papas en el pisto

Con chopo de perico, unas AX de cincho




La sala sigue en penumbra y nosotros dos todavía demasiado cerca. El roce de antes quedó flotando entre nosotros como una promesa a medias. Erik me mira y yo lo miro. No hay líos en su expresión. Solo esa conciencia clara de lo que está pasando y, al mismo tiempo, esa forma absurda en que los dos fingimos que todavía estamos solo "platicando".

Me río bajito contra su boca, casi sin sonido.

"-Tú eres el bueno esta noche... bien bueno -le digo, dejando que la frase salga lenta, como si todavía estuviéramos en el antro y la música nos empujara-. No te hagas el loco. Sabes exactamente lo que mi forma de acercarme te está haciendo.-"

Él suelta un resoplido que quiere parecer divertido, pero le sale demasiado cargado. Sus dedos siguen en mi cabello, sin apretar del todo, como si todavía estuviera decidiendo si va a admitir lo evidente.

"-No sé de qué hablas-" responde en un jadeo que intento contener en su garganta, y la mentira es tan deliciosa que me obliga a sonreír.

"-Claro que no -murmuro. Me muevo apenas, un vaivén mínimo de caderas que no llega a ser baile pero tampoco es inocente-. Baila el ritmo conmigo entonces. Aunque ya no suene nada.-"

Erik me sigue. Finge que es solo un juego, que estamos siendo tontos, que esto no es tan serio. Yo también finjo. Es más fácil así. A temprana edad todos aprenden rápido que si nombras demasiado lo que está pasando, el peso aparece antes de tiempo. Así que nos dejamos llevar por esa mentira cómoda: que solo estamos cerca porque la botella está ahí, porque el Buchanan's todavía nos sabe en el aliento, porque hay peligro y nos gusta fingir que no lo vemos.

Nuestros labios se rozan otra vez, más largos ahora, pero sin terminar de cerrarse. El sabor a whisky se mezcla con la respiración caliente. Él me mira de frente mientras lo hace, sin apartar la vista, y yo le devuelvo la mirada con la misma intensidad. No hay juegos reales. Solo la conciencia compartida de que los dos sabemos perfectamente lo que estamos haciendo... y que preferimos seguir fingiendo un rato más para que la escena no se rompa.

"-No hay ningún tipo que se me compare -le susurro contra su boca, casi en broma, casi en serio-. Tú lo sabes.-"

Erik traga saliva. Sus dedos se aprietan un poco más en mi cuero cabelludo, pero su voz sale fingidamente ligera:

"-Qué presumido.-"

"-Y aún así sigues aquí.-"

Los dos soltamos una risa corta, nerviosa, cargada. El departamento sigue en silencio. La botella sigue olvidada sobre la mesa. Y nosotros seguimos en el centro de la sala, rozándonos, mirándonos, envenenándonos despacio fingiendo que todavía no estamos completamente conscientes de lo lejos que ya hemos llegado para seguir siendo rivales en la cancha.

El roce de sus labios se vuelve más insistente. Ya no es solo un juego de casi. Es más largo. Más húmedo. Más difícil de disimular. Erik abre un poco la boca y yo hago lo mismo, y por un segundo el aire que compartimos se vuelve espeso, caliente, imposible de ignorar. El sabor a alcohol todavía está ahí, pero ahora se mezcla con algo más suyo, más real. Siento el temblor mínimo de su labio inferior contra el mío. Siento cómo se le acelera la respiración. Siento todo.

Mis manos bajan por su espalda con más seguridad. Ya no finjo tanto. Los dedos siguen bajo la tela de la camisa y tocan piel caliente sobre la cintura ajena, y el contacto me arranca un sonido bajo que no logro contener. Erik responde con otro, apenas ahogado, y ese sonido me atraviesa el pecho.

Se pega más. El roce de sus caderas contra las mías deja de ser accidental. Se vuelve deliberado, lento, pesado. Puedo sentir exactamente lo que le está pasando. Exactamente lo que me está pasando a mí. El peligro ya no está solo en el aliento a cualquier alcohol que hemos tomado está noche. Está en cómo los dos seguimos mirándonos mientras esto ocurre, sin apartar la vista, como si necesitáramos confirmar que el otro también está consciente de cada segundo.

"-No te hagas el loco -logro decirle contra su boca, la voz ronca, casi rota, repitiendo la palabra casi como un mantra sagrado-. Sabes perfectamente lo que estás haciendo.-"

Él no responde con palabras. Solo aprieta más los dedos entre mi nuca y cabello, empuja un poco más las caderas, buscando ese roce que ya no se puede disimular. La sala parece haberse reducido al espacio mínimo que ocupan nuestros cuerpos.

El silencio del departamento ya no es silencio: está lleno de respiraciones agitadas, de pequeñas fricciones de tela, de ese sonido húmedo cada vez que nuestras bocas se buscan y se separan sin terminar de cerrarse del todo.

Siento el calor subiendo por mi cuello. Siento el pulso desbocado. Siento el peso emocional que siempre llega en estos momentos, esa voz en el fondo que dice que mañana esto se va a sentir distinto, más vacío, más real. Pero ahora mismo no importa. Ahora mismo solo existe la forma en que Erik se estremece cuando mis uñas le rozan la espalda. La forma en que su aliento se entrecorta. La forma en que los dos seguimos fingiendo, apenas, que todavía tenemos el control.

Ya no hay antro.

Ya no hay botella.

Solo esto.

Y se siente todo.


Estás bien buena, mami, bien buena

No te hagas la loca, que mi flow te envenena

Baila el ritmo que suena, oh

Mami, tú eres la buena, oh

Tú eres la buena, mami, bien buena

No te hagas la loca, que mi flow te envenena

Baila el ritmo que suena, oh

Mami, tú eres la buena, oh




El roce se vuelve insoportable. Ya no hay forma de seguir fingiendo que esto es solo un juego. Lira está demasiado cerca, demasiado caliente, demasiado real. Mis labios rozan los suyos una vez más y esta vez no me aparto del todo. Dejo que el contacto se alargue, que el sabor a alcohol se mezcle con el temblor que nos recorre a los dos. Cuando por fin hablo, la voz me sale baja, casi rota, pegada a su boca.

"-Eres una puta princesa -susurro-. Demasiada belleza. Perfecto de los pies a la cabeza-"

Erik suelta un sonido ahogado, mitad risa, mitad gemido. Sus dedos se clavan un poco más en mi cintura. Yo sigo hablando porque si dejo de hacerlo siento que me voy a deshacer y lo voy a arrastrar conmigo.

"-Me interesas. Tú no más. Solo tú. Para que después de esto amanezcasmos en mi habitación.-"

La frase queda flotando entre nosotros, pesada, peligrosa. A los veintitrés uno dice estas cosas con una facilidad absurda, como si el mañana no existiera, como si el vacío que siempre regresa pudiera quedarse afuera de la puerta un rato más. Yo me lo creo en ese segundo. O necesito creérmelo. Porque el cuerpo de Erik está pegado al mío y el roce ya no es inocente y el departamento se siente demasiado pequeño para todo lo que está pasando entre ambos.

Me muevo apenas, un empujón suave de caderas que lo hace inhalar fuerte. Él responde igual. El ritmo que traíamos del antro sigue vivo entre nosotros, aunque ya no haya música. Es la misma sensación, el mismo peligro, la misma necesidad de sentirme especial aunque sea solo esta noche. Mis manos suben por su espalda, lo aprieto contra mí, y por un momento logro convencerme de que esto basta. Que si lo llevo hasta la habitación, si lo hago amanecer entre mis sábanas, el peso se va a callar al menos hasta que salga el sol.

Erik me mira de frente. Ya no hay fingimiento en sus ojos. Solo esa conciencia clara, caliente, de lo que ambos estamos pidiendo sin terminar de decirlo. Su frente se apoya en la mía. Nuestras respiraciones se mezclan. El sabor a whisky sigue ahí. El peligro también.

"-Entonces llévame-" murmura él, tan bajo que casi no se escucha.

Y esa simple frase me destroza un poco por dentro.

Porque a mis veintitrés años todavía creo que puedo con esto.

Que puedo quererlo esta noche y que mañana no duela.

Que puedo ser su tipo especial una vez más.

Lo tomo de la mano.

Y empezamos a caminar hacia el pasillo.


El pasillo es corto, pero se siente eterno. La mano de Erik va entrelazada con la mía, caliente, un poco sudorosa, y cada paso que damos hace que el eco de nuestros zapatos suene demasiado fuerte contra el piso. No hablamos. No hace falta. El aire entre nosotros sigue cargado de todo lo que pasó en la sala: el roce de las bocas, el empujón de las caderas, esa frase que solté sin pensar demasiado y que ahora pesa más de lo que debería cuando tenemos un momento de pensar con claridad.

Llego primero a la puerta de la habitación. La abro con la mano libre y dejo que entre la poca luz que se filtra desde el pasillo. La cama está deshecha, como siempre. Las sábanas revueltas. El cuarto huele a mí, a esa mezcla de ropa tirada y el rastro lejano del perfume que usé antes de salir. Por un segundo siento el impulso absurdo de ordenar algo, de hacer que el espacio se vea menos vacío. No lo hago.

Erik entra detrás de mí. Suelta mi mano solo para cerrar la puerta con el pie. El clic suave de la cerradura nos deja completamente solos. Ya no hay sala. Ya no hay botella. Solo esta habitación y la forma en que él se queda mirándome, de pie, respirando todavía un poco agitado.

Me acerco otra vez. No puedo evitarlo. Mis manos vuelven a su cintura como si tuvieran memoria propia. Él no se aparta. Al contrario: me recibe con el cuerpo, dejándose empujar suavemente hacia atrás hasta que sus piernas tocan el borde del colchón. No lo siento todavía. Solo queda ahí, esperando, mirándome con esa mezcla de deseo y algo más suave que me desarma.

"-Todavía te ves como una princesa -le digo en voz baja, casi sin aire-. Incluso aquí.-"

Erik suelta una risa corta, nerviosa, y esa risa me golpea el pecho. Levanta las manos y me toma de la camisa, tirando de mí un poco hacia abajo. Nuestros frentes se vuelven a tocar. El sabor a Buchanan's sigue ahí, más débil ahora, mezclado con el calor de la habitación y el olor de los dos.

El peso emocional aparece otra vez, silencioso, traicionero. Esa vocecita que dice que mañana esta cama se va a sentir demasiado grande cuando vuelva a dormir solo. Que el olor de él se va a quedar en las sábanas y me va a doler más de lo que me gustaría. Que a los veintitrés uno cree que puede llenar huecos con cuerpos calientes y frases bonitas, y casi siempre se equivoca.

Aun así no me detengo.

Mis dedos se meten bajo el borde de su camisa.

La tela empieza a subir.

Y el aire de la habitación se vuelve todavía más espeso.

La camisa de Erik sube despacio. Mis dedos rozan la piel caliente de su abdomen, sintiendo cómo se le contraen los músculos con cada centímetro que avanzo. La tela se acumula bajo mis manos hasta que se la saco por completo y la dejo caer al piso sin mirar. El torso de Erik queda expuesto a la poca luz que entra por la ventana. Piel ligeramente bronceada, pecho subiendo y bajando demasiado rápido, una línea de vello oscuro que baja desde el ombligo y se pierde bajo el borde del pantalón. Trago saliva. Se me hace agua la boca al pensar en marcar cada parte de su cuerpo para que me vea por días.

Lo empujo suavemente hacia atrás. Erik se deja caer sentado al borde de la cama. Yo me quedo de pie entre sus piernas abiertas, mirándolo desde arriba. Mis manos recorren sus hombros, bajan por los brazos, vuelven a subir por el pecho. Los pezones se le ponen duros bajo mis palmas. Cuando paso los pulgares sobre ellos, Erik aprieta los dientes y suelta un sonido bajo, casi un gruñido. El sonido me llega directo a la entrepierna.

Me inclino. Esta vez no hay roce tímido. Mis labios se cierran sobre su cuello y chupo la piel con ganas, dejando que los dientes rocen apenas. Erik echa la cabeza hacia atrás y sus manos se agarran a mis antebrazos con fuerza. Puedo sentir cómo le late el pulso bajo la lengua. Cómo se le eriza la piel. Cómo sus caderas se levantan un poco del colchón buscando contacto.

"-Puta madre, Jude-" susurra, la voz rota.

Esa forma en que dice mi nombre me destroza un poco por dentro. Cuando eres famoso, uno se cree invencible. Se cree capaz de querer a alguien esta noche y que mañana no duela. Pero mientras mi boca baja por su clavícula y mis manos se cierran en su cintura, el peso emocional está ahí, agazapado. Esa certeza de que esta habitación se va a sentir demasiado grande cuando él se vaya. Que el olor de su piel se va a quedar en mis sábanas y me va a acompañar durante días. Aun así no paro.

Mis labios siguen bajando. Paso la lengua por uno de sus pezones y lo chupo con fuerza. Erik se arquea. Una de sus manos se enreda en mi cabello y tira, no para apartarme, sino para pedirme más. El pantalón se le ve demasiado apretado. La erección marca claro contra la tela y cuando bajo una mano y la apoyo ahí, sin apretar todavía, solo sintiendo el calor y la dureza, Erik suelta un gemido más alto. Sus caderas empujan contra mi palma.

Me quedo así un segundo. La mano abierta sobre su polla todavía vestida, la boca en su pecho, el corazón latiéndome tan fuerte que me duele. El aire de la habitación está cargado de respiraciones agitadas y del sonido húmedo de mi lengua contra su piel. Ya no hay fingimiento. Ya no hay juego. Solo esta necesidad cruda de tenerlo más cerca, de sentirlo temblar, de hacer que esta noche valga la pena el vacío que probablemente vendrá después.

Levanto la cabeza y lo miro a los ojos.

Erik me devuelve la mirada, los labios entreabiertos, las pupilas dilatadas.

Y todavía no lo he besado de verdad carajo.

Me quedo así un segundo más, la mano abierta sobre la dureza que marca su pantalón, sin apretar, solo presionando lo suficiente para que Erik sienta el peso de mi palma. Sus caderas intentan empujar hacia arriba, buscando más fricción, pero yo no se la doy. Retiro la mano despacio, casi con crueldad, y la subo otra vez por su abdomen, dejando que los dedos rocen apenas la línea de vello que baja hacia el ombligo.

"-Qué desesperado te pones, princesa-" murmuro, la voz baja, cargada.

Erik suelta un sonido frustrado. Sus dedos se clavan en mis antebrazos. Yo sonrío contra su pecho y bajo la boca otra vez, esta vez más lento, más deliberado. Paso la lengua por el pezón que ya tengo hinchado y lo muerdo apenas, lo justo para que se le escape un gemido más alto. Mis manos siguen recorriéndolo. Bajan por los costados, suben por la espalda, vuelven a bajar hasta el borde del pantalón... y se detienen ahí. No bajan más. Solo juguetean con la tela, tirando un poco, soltando, volviendo a tirar, sin llegar a desabrochar nada.

Lo estoy castigando con cada roce. Con cada negativa a darle exactamente lo que su cuerpo está pidiendo a gritos. Y me encanta. Me encanta verlo así: la respiración entrecortada, el pecho subiendo y bajando rápido, la forma en que sus muslos se tensan a ambos lados de mis piernas. A los veintitrés uno descubre el poder que tiene sobre alguien cuando lo tienes temblando y todavía no le has dado casi nada. Ese poder se me sube a la cabeza como el whisky.


Ella no anda con líos, me mira y la miro

Unos tragos de Buchanan′s, sabor aliento, hay peligro

No hay ningún tipo que se compare conmigo

Si tú bien sabes que lo que hago me hace especial entre un chingo

Una princesa, demasiada belleza

Perfecta de los pies a la cabeza

Mami, tú me interesas

Para que, después de esto, en mi habitación amanezcas


Vuelvo a poner la mano sobre su polla vestida. Esta vez aprieto un poco. Solo un poco. Erik echa la cabeza hacia atrás y suelta un "joder" ahogado. Yo retiro la mano de inmediato. Otra vez. La subo por su pecho, lento, hasta rodearle el cuello con los dedos sin apretar. Lo obligo a bajar la cabeza. A mirarme.

Nuestros ojos se encuentran.

El aire se vuelve espeso. Peligroso. En sus pupilas dilatadas veo exactamente lo mismo que siento yo: deseo crudo, necesidad, y debajo de eso una vulnerabilidad que me desarma un poco. El peso emocional regresa en ese segundo. La certeza de que esta dinámica, este control que estoy ejerciendo, también me está dejando expuesto a mi. Que mañana, cuando la adrenalina se baje, me voy a acordar de cómo me miró ahora mismo y se me va a hacer un nudo en el pecho.

Aun así no suelto su mirada.

"-Princesa -repito, más suave esta vez, casi tierno, casi cruel-. Mírame bien.-"

Erik traga saliva. No aparta los ojos.

Entonces me inclino de verdad.

Y por fin lo beso.

Profundo. Lento al principio, dejando que nuestros labios se aprendan, que el sabor a Buchanan's se mezcle con el calor de su boca. Después más intenso. Más hambriento. Mi lengua busca la suya y él la recibe con un gemido que se me mete hasta el fondo del estómago. Lo beso como si quisiera marcarlo. Como si con ese beso pudiera asegurarme de que, al menos esta noche, es mío. Mis manos vuelven a su cuerpo mientras lo hago, recorriéndolo otra vez, castigándolo y recompensándolo al mismo tiempo, sin dejar de controlar el ritmo, sin dejar de recordarle quién está llevando esto.

Y él se deja.

Completamente.

El beso se vuelve sucio. Húmedo. Desesperado. Erik abre la boca para mí y yo me la tomo por completo, chupándole la lengua, mordiéndole el labio inferior hasta sacarle otro gemido que se me mete directo entre las piernas. Mis manos no paran. Bajan otra vez por su pecho, rozan los pezones hinchados, siguen bajando... y esta vez sí desabrochan el botón del pantalón.

El sonido del cierre bajando es obscenamente alto en el silencio de la habitación.

Erik se tensa. Yo sonrío contra su boca.

Le bajo el pantalón y el bóxer de un tirón, solo hasta medio muslo. Su polla salta libre, dura, roja en la punta, ya brillando un poco. No la toco. Me limito a mirarla. A dejar que el aire frío de la habitación le dé directamente. Erik intenta cerrar las piernas por instinto, pero yo se las mantengo abiertas con las rodillas. Está expuesto. Completamente a mi merced. Y la imagen me prende fuego.

Paso un solo dedo por la base, subiendo muy despacio por el tronco, sin llegar a la punta. Erik se estremece entero. Sus caderas intentan buscar más contacto, pero yo retiro el dedo antes de dárselo. Otra vez. El castigo sigue.

"-Mírame mientras te toco, princesa.-"

Obligo a que sus ojos se encuentren con los míos. Entonces sí lo agarro. La mano completa, apretando con firmeza, subiendo y bajando una sola vez, lenta, pesada, sintiendo cómo le late contra la palma. Erik suelta un gemido roto. Yo lo suelto de inmediato. Vuelvo a dejarlo sin nada. Solo el aire y la frustración.

Mis labios bajan por su cuello, por su pecho, mientras una de mis manos vuelve a jugar con él. Esta vez más cruel. Subo el pulgar hasta la punta, recojo el líquido que ya se le escapa y lo uso para lubricar apenas el glande, haciendo círculos lentos, precisos, sin bajar nunca del todo. Erik tiembla. Sus muslos se ponen rígidos. Una de sus manos se enreda en mi cabello y tira, pero no con fuerza suficiente para controlarme. Yo soy el que manda aquí y ambos lo sabemos.

"-Te gusta que te tenga así -susurro contra su pezón, mordiéndolo otra vez mientras la mano sigue torturándolo-. Que te toque y te suelte. Que te haga querer más y no te lo dé todavía.-"

Vuelvo a agarrarlo completo. Ahora sí. Subo y bajo con un ritmo lento, tortuoso, apretando un poco más en la subida, soltando en la bajada. Cada vez que siento que se acerca demasiado al orgasmo, me detengo por completo. Dejo la mano quieta, solo sosteniéndolo, sintiendo cómo le late desesperado contra mis dedos. Erik suelta un quejido frustrado, casi un sollozo. Su frente se apoya en mi hombro. Está temblando enteró.

El poder se me sube a la cabeza como una droga. Verlo así: desnudo de la cintura para arriba, la polla roja y brillante en mi mano, el pecho manchado de saliva, los ojos vidriosos me hace sentir exactamente lo que necesitaba sentir esta noche. Especial. En control. Capaz de hacer que alguien como él se deshaga solo con mis manos.

Pero debajo de ese poder también está el peso.

La certeza de que cuanto más lo tengo así, más mío se siente... y más va a doler cuando esta noche se acabe.

Aun así no paro.

Vuelvo a mover la mano.

Más rápido esta vez.

Más firme.

Y lo dejo al borde otra vez solo para detenerme en el último segundo.

Lo dejo al borde otra vez. La mano quieta alrededor de su polla, sintiendo cómo le late desesperado, cómo el líquido precum se le escapa entre mis dedos como una cascada. Erik está temblando. La respiración se le sale en jadeos cortos. Sus ojos, vidriosos, no se apartan de los míos.

"-No te vengas -ordeno, la voz baja pero firme-. Ni se te ocurra, princesa.-"

Él aprieta los dientes, tenzando la mandíbula. Asiente con la cabeza, rápido, casi súplicante. Ese gesto de obediencia se me sube directo a la cabeza. El poder es adictivo. Verlo así, desnudo de la cintura para arriba, la camisa tirada en el piso, la polla roja y brillante en mi mano, conteniendo el orgasmo solo porque yo se lo mandé me hace sentir exactamente lo que necesitaba sentir esta noche.

Lo suelto por completo.

Erik suelta un quejido frustrado, casi doloroso. Sus caderas se levantan buscando el contacto que ya no está. Yo me incorporo un poco, lo miro desde arriba mientras me quito la propia camisa y después el pantalón. Mi erección salta libre, dura, pesada. La agarro con una mano y me doy un par de embestidas lentas solo para que él vea. Para que se le haga agua la boca.

"-Mírame -le digo-. Quieto.-"

Él obedece. Se queda sentado al borde de la cama, las piernas todavía abiertas, el pantalón y el bóxer a medio muslo, las manos agarrando las sábanas como si necesitara aferrarse a algo. Yo me acerco otra vez. Le paso la punta de mi polla por los labios, sin entrar. Solo rozando. Erik abre la boca por instinto. Yo me retiro.

"-Todavía no.-";

Lo empujó suavemente hacia atrás hasta que queda acostado en medio de la enorme cama. Me subo encima de él, arrodillado entre sus piernas. Mis manos le agarran las muñecas y se las subo por encima de la cabeza, presionándolas contra el colchón. No es fuerza bruta. Es control. Él podría zafarse si quisiera. No lo hace. Se deja. Y esa entrega voluntaria me prende todavía más.

"-Qué buena princesa -murmuro contra su boca-. Tan obediente cuando quiero.-"

Lo beso otra vez, profundo, sucio, mientras mis caderas bajan y mi polla roza la suya. El contacto piel con piel me arranca un gemido. Erik responde empujando hacia arriba, buscando más fricción. Yo se la niego. Me levanto un poco. Lo dejo frustrado otra vez.

Con una sola mano mantengo sus muñecas sujetas. Con la otra bajo entre nuestros cuerpos, agarro las dos pollas juntas y las froto una contra la otra, lento, pesado. Erik se arquea. El sonido que suelta es casi un sollozo. Yo aprieto un poco más las muñecas contra el colchón.

"-No te vengas hasta que yo te lo diga. ¿Entendiste?-"

"-Sí... -jadea-. Sí, Jude-"

Mi nombre en su boca, dicho así, me destroza un poco por dentro. El poder se siente increíble y al mismo tiempo me deja expuesto. Porque cuanto más control ejerzo, más mío se siente. Y cuanto más mío se siente, mas se siente la cruda realidad que tiene que volver a su casa, porque no somos nada.

Aun así no paro.

Lo suelto solo el tiempo suficiente para buscar el lubricante en el cajón de la mesita. Vuelvo rápido. Le abro más las piernas. Uno de mis dedos, resbaladizo, baja entre sus nalgas y roza la entrada, haciendo el vago intento de entrar. Erik se tensa. Yo me detengo un momento.

"-Respira. Déjame entrar.-"

Él asiente, los ojos cerrados, la boca entreabierta. Introduzco el dedo despacio, sintiendo cómo lo acepta, cómo se abre para mí. Después un segundo. Lo preparo con paciencia cruel, abriéndolo, estirándolo, mientras mi otra mano vuelve a masturbarlo con lentitud tortuosa. No hago el intento de presionar su próstata, eso lo llevaría directamente al éxtasis. Cada vez que siento que se le acerca el orgasmo, me detengo por completo, sin mover ni siquiera los dedos. Lo dejo temblando. Frustrado. Necesitado.

Cuando por fin lo siento listo, retiro los dedos. Me arrodillo entre sus piernas. Agarro mi polla, la alineo contra su entrada y empujo apenas la punta. Erik abre los ojos de golpe. Nuestras miradas se encuentran.

El momento se estira.

El peso emocional me golpea pleno en el pecho: la certeza de que estoy a punto de estar dentro de él, de que esta noche se va a grabar demasiado profundo, de que a mis veintitrés años todavía creo que puedo con las consecuencias que siguen despues de esto.

Aun así empujo.

Lento.

Constante.

Hasta que estoy completamente dentro.

Estoy completamente dentro de él. El calor lo envuelve todo. Erik está apretado a mi alrededor, temblando, la respiración entrecortada, los ojos todavía abiertos y fijos en los míos. Me quedo quieto un segundo, dejando que se acostumbre, sintiendo cómo su cuerpo me recibe por completo. Mi mano vuelve a estar sujetando sus muñecas contra el colchón. No lo suelto.

"-Mírate... -le digo, la voz baja, casi rota-. Tan perfecto así. Perfecto para tenerte en mi cama.-"

Erik suelta un gemido cuando empiezo a moverme. Lento al principio. Profundo. Cada embestida lo hace arquearse un poco más. Yo no aparto la mirada. Quiero ver cada expresión que se le escapa. Quiero grabármelas en la memoria para siempre.

"-Si pudiera -continúo, empujando un poco más fuerte-, te amarraría aquí. Justo así. Con las muñecas atadas a la cabecera. Para que me calentaras la cama todos los días.-"

La frase sale más pesada de lo que pretendía. Más real. Erik se estremece debajo de mí. No sé si por las palabras o por la forma en que ahora estoy embistiéndolo con más ritmo. Sus piernas se cierran alrededor de mi cintura. Me atrae más profundo. Yo se lo doy.

"-Te dejaría aquí como la buena perra que eres -jadeo contra su boca-. Desnudo. Esperándome. Listo para cuando regrese. Para que esta cama no se sienta tan vacía cada mañana.-"

El poder se mezcla con algo más peligroso. Con esa necesidad cruda de poseerlo más allá de esta noche. De marcar el espacio con su cuerpo. De no tener que volver a este departamento solo. A los veintitrés uno dice estas cosas creyendo que puede controlarlas sin ver que es estúpido. Yo las digo igual. Y mientras lo hago, mis embestidas se vuelven más firmes, más posesivas, como si pudiera clavar la idea dentro de él junto con mi polla.

Erik gime mi nombre. Sus muñecas se retuercen un poco bajo mis manos, pero no intenta zafarse de verdad. Se deja. Se entrega. Y esa entrega me destroza y me enciende al mismo tiempo.

"-Eres mío esta noche, princesa -le gruño al oído, mordiéndole el lóbulo-. Y si pudiera... te dejaría atado aquí para siempre. Para que esta cama siempre estuviera caliente. Para que siempre estuvieras aquí cuando abriera los ojos.-"

Lo beso otra vez, profundo, sucio, mientras sigo embistiéndolo. Más fuerte ahora. Más profundo. El sonido de nuestros cuerpos chocando llena la habitación. El colchón cruje. Erik está tan apretado, tan caliente, tan perfecto alrededor de mí que siento que me voy a volver loco.

Y debajo de todo ese deseo, el peso emocional sigue ahí:

la certeza de que estas palabras no son solo un juego sucio.

Que una parte de mí realmente quisiera poder amarrarlo a esta cama...

y que mañana, cuando despierte solo, esa misma parte me va a doler como el infierno.

Sigo embistiéndolo con ritmo firme, profundo, pero cada vez que siento que el cuerpo de Erik se tensa demasiado, que sus gemidos se vuelven más agudos y desesperados, me detengo por completo. Me quedo enterrado hasta el fondo, sin moverme, sintiendo cómo le late la entrada alrededor de mi polla. Él forcejea un poco debajo de mí, buscando fricción, pero mis manos siguen presionando sus muñecas contra el colchón.

"-No -le ordeno, la voz baja y ronca-. Todavía no, princesa.-"

Erik suelta un quejido frustrado. Tiene los ojos vidriosos, la boca entreabierta, el pecho subiendo y bajando rápido. Está tan cerca. Tan jodidamente cerca. Y yo no se lo voy a dar todavía.

Me inclino hasta quedar casi pegado a su cara. Nuestras narices se rozan. Mis caderas dan un empujón lento, tortuoso, y después se detienen otra vez.

"-¿Sabes desde cuándo te quiero así? -le susurro contra la boca-. Desde la primera vez que te vi el del Mundial. Hace meses.-"

Erik abre más los ojos, dejando el placer de lado un poco. La sorpresa se mezcla con el placer. Yo sonrío, cruel y posesivo, y vuelvo a moverme. Lento. Profundo. Castigándolo con cada embestida medida.

"-Te vi en el campo... -continúo platicando mi relato como si nada, con la voz cargada-. Mirándome de frente. Como si no te diera miedo. Como si pudieras conmigo. Y desde ese momento no pude sacarte de la puta cabeza.-"

Lo embisto más fuerte una vez. Erik gime. Yo me detengo otra vez justo cuando siento que se le va a escapar el orgasmo de las manos.

"-Cada vez que cerraba los ojos te veía. Con esa camiseta. Con esa mirada de desafío. Me calentaba de rabia y de ganas al mismo tiempo. Quería ganarte... y también quería tenerte exactamente así. Debajo de mí. Temblando. Pidiéndome sin palabras que te dejara correrte.-"

Mis embestidas se vuelven más irregulares. Más posesivas. Lo siento apretarse a mi alrededor cada vez que me detengo. Cada vez que le niego el orgasmo. El poder se me sube a la cabeza como una droga. Tenerlo así, después de meses de contención, después de haberlo mirado desde la otra mitad del campo sintiendo que me iba a volver loco...

"-Eres mío esta noche -le gruño al oído, mordiéndole el cuello-. Y si pudiera, te habría arrastrado al vestuario ese mismo día. Te habría follado contra los casilleros todavía sudado del partido. Te habría dejado marcado para que no pudieras olvidarme nunca.-"

Erik está temblando de verdad ahora. Sus muslos se cierran con más fuerza alrededor de mi cintura. Sus muñecas se retuercen bajo mis manos. Está al límite. Lo sé. Lo siento en cómo su cuerpo se contrae alrededor del mío, en cómo sus gemidos se vuelven casi sollozos.

Yo no se lo doy.

Me quedo quieto otra vez. Completamente dentro. Respirando contra su boca.

"-Aguanta, princesa... -le ordeno, la voz suave y cruel al mismo tiempo-. Aguanta un poco más. Quiero que sientas todo lo que me contuve desde ese día. Cada embestida. Cada segundo que te negué. Quiero que te corras sabiendo que llevo meses queriendo tenerte exactamente así.-"

Y vuelvo a moverme.

Lento.

Profundo.

Sin piedad.

El cuerpo de Erik se aprieta a mi alrededor cada vez que me detengo. Está temblando, al borde, y yo sigo sin darle permiso. Mis embestidas son lentas, controladas, casi crueles. Cada vez que siento que se le va a escapar el orgasmo, me quedo completamente quieto dentro de él, respirando contra su cuello, sintiendo cómo le late el pulso desbocado.

Y entonces el flashback llega sin pedir permiso.

El estadio. El ruido ensordecedor. El césped todavía marcado por las entradas anteriores. Erik enfrente de mí, camiseta verde empapada en sudor, la mirada fija, el cuerpo bajo y sólido como un muro. Centrocampista defensivo. El tipo de jugador que no necesita brillar para destruirte. Cada vez que intentaba avanzar, él estaba ahí. Hombro contra hombro. Pierna metida en el momento exacto. Anticipación perfecta. Me ganó cada duelo. Cada pelea por el balón. Cada choque. Me dejó sin espacios, sin ritmo, sin orgullo. Y lo peor era la forma en que me miraba después de cada recuperación: sin burla, solo con esa certeza fría de que había ganado otra vez.

Esa misma mirada la tiene ahora... pero al revés.

Ahora soy yo el que controla. El que decide cuándo se mueve y cuándo se detiene. El que lo tiene debajo, con las muñecas presionadas contra el colchón, la polla todavía dura y abandonada entre nuestros cuerpos, el agujero apretándome desesperado porque le estoy negando el final.

La dinámica de poder se invierte de una forma casi obscena.

En el campo, Erik era el que cerraba espacios. El que me quitaba el balón. El que me hacía sentir pequeño a pesar de ser centrocampista ofensivo. Aquí, en mi cama, yo soy el que cierra todo. El que le quita el control de su propio placer. El que lo deja al borde una y otra vez solo porque puedo.

"-Te acuerdas, ¿verdad? -le susurro contra la boca, empujando lento y profundo, sintiendo cómo se le escapa un gemido roto-. Cómo me ganabas cada pase. Cómo me dejabas sin aire. Cómo salías siempre con la de ganar.-"

Erik intenta responder, pero solo logra un sonido ahogado cuando vuelvo a detenerme por completo. Estoy enterrado hasta el fondo. Sin moverme. Castigándolo con la quietud.

"-Ahora mirá quién tiene el control, princesa... -continúo, la voz baja, cargada de todo lo que contuve durante meses-. En el campo me cerrabas todos los caminos. Aquí te abro yo y te los cierro cuando se me antoja-"

Empiezo a embestir otra vez. Más firme. Más posesivo. Cada embestida es un recordatorio. Un ajuste de cuentas silencioso. En el partido él defendía la posición y ganaba. Aquí yo defiendo el ritmo, el momento, el orgasmo y lo estoy destrozando con eso.

La inversión me prende de una forma peligrosa. Porque no se trata solo de follarlo. Se trata de tener debajo al mismo tipo que me anuló durante noventa minutos. Al mismo que me hizo morder el escudo de la frustración cada vez que recuperaba el balón. Y ahora ese mismo cuerpo está temblando porque yo decido si se corre o no.

"-Ganaste todos esos duelos... -jadeo contra su oído, mordiéndole el lóbulo-. Pero esta noche los voy a cobrar uno por uno.-"

Vuelvo a detenerme justo cuando siento que el cuerpo de Erik se tensa al máximo.

Lo dejo al borde otra vez.

Respirando agitadamente.

Mirándome con esos ojos que en el campo eran de acero

y que ahora solo piden que lo deje caer.

El cuerpo de Erik está al límite. Lo siento en cómo se aprieta a mi alrededor, en cómo sus muslos tiemblan sin control alrededor de mi cintura, en cómo cada embestida le arranca un gemido más agudo, más desesperado. Está a punto de corrérsele. Lo sé. Y yo no se lo voy a permitir todavía.

Sin dejar de embestirlo, bajo una mano entre nuestros cuerpos. Agarro su polla, dura, caliente, completamente abandonada y goteando. Con el pulgar busco la ranura de la uretra... y presiono.

Firme.

Erik se arquea de golpe. Un grito ahogado se le escapa de la garganta. Sus piernas se cierran con más fuerza alrededor de mi cintura, temblando con violencia. Los ojos se le llenan de lágrimas de inmediato. No de dolor. De placer puro y frustrado, de esa sobrecarga que lo está destrozando por dentro.

"-N-no... Jude... por favor... -logra articular entre jadeos, la voz rota, casi llorando-. No puedo... me voy a...-"

"-Sí puedes -le corto, la voz baja y cruel mientras sigo embistiéndolo sin piedad, sin bajar el ritmo-. Aguanta, princesa. Aguanta con el dedo ahí.-"

Mantengo la presión exacta sobre la uretra. Cada vez que empujo dentro de él, su polla late desesperada contra mi mano, intentando eyacular... y no puede. El placer se le acumula sin salida. Las lágrimas empiezan a resbalarle por las sienes. Está llorando de verdad ahora. De placer. De necesidad. De esa mezcla brutal de querer corrérsele y no poder hacerlo.

Sus piernas no dejan de temblar alrededor de mi cintura. Me aprietan, me jalan, me piden compasión con cada espasmo. Yo no se la doy. Sigo follándolo profundo, constante, sin importarme nada más que el control absoluto que tengo sobre su cuerpo en este momento. El mismo cuerpo que en el campo me cerraba todos los espacios ahora está completamente abierto y a mi merced.

"-Mirá cómo llorás... -le susurro contra la boca, mordiéndole el labio inferior mientras el pulgar sigue presionando sin piedad-. Tan perfecto así. Temblando. Rogándome. Sin poder correrte aunque tu cuerpo se esté deshaciendo-"

Erik solloza. Un sonido roto, húmedo, que se me mete directo al pecho. Sus muñecas se retuercen bajo mi otra mano. Sus caderas intentan moverse, buscar cualquier alivio, pero yo lo tengo clavado contra el colchón. Cada embestida le arranca otro temblor. Otra lágrima. Otro "por favor" ahogado que ya ni siquiera forma palabras claras.

El poder es absoluto.

Y adictivo.

Sigo embistiéndolo.

Sigo presionando.

Sigo negándole el final mientras su cuerpo entero se convierte en un solo temblor desesperado alrededor del mío.

Retiro el pulgar de golpe.

Y me salgo de él al mismo tiempo.

Erik se queda vacío de repente. El contraste es brutal. Su cuerpo se arquea con violencia y las piernas se le cierran con fuerza desesperada, como si pudiera contener lo que ya no tiene freno. Un grito roto se le escapa de la garganta y entonces empieza a corrérse.

No es un orgasmo limpio. Es una explosión descontrolada. La polla le late con fuerza y los chorros empiezan a salir uno detrás de otro, manchándole el abdomen, el pecho, incluso llegándole al cuello. Está eyaculando sin poder detenerlo, el cuerpo entero convulsionando, las piernas temblando con espasmos tan fuertes que casi se le descoyuntan.

Pero no es suficiente.

El placer es tan intenso, tan abrumador después de tanto tiempo al borde, que le duele. Se lleva una mano temblorosa a la polla y empieza a masturbarse con movimientos torpes, rápidos, casi frenéticos, intentando aliviar la sobrecarga. Cada embestida de su propia mano le arranca otro chorro y otro sollozo. Está llorando de verdad ahora. Las lágrimas le resbalan sin control por las sienes mientras se corre y se sigue corriendo, el cuerpo sacudido por oleadas que no terminan.

"-J-Jude... ah... no puedo... me duele... me duele, me encanta-" logra articular entre sollozos, la voz completamente rota.

Me quedo arrodillado entre sus piernas abiertas, mirándolo. Mirando cómo su abdomen se contrae con cada espasmo. Cómo su mano sigue moviéndose aunque ya casi no le queda nada. Cómo las lágrimas y el semen se le mezclan en la piel. Está destrozado. Hermoso. Completamente entregado.

El poder que siento al verlo así me golpea el pecho con fuerza. Este es el mismo tipo que me ganó cada duelo en el campo. El mismo que me cerró todos los espacios. Y ahora está en mi cama, llorando de placer, masturbándose desesperado porque el orgasmo que le negué durante tanto tiempo lo está destrozando por dentro.

Me inclino un poco más, sin tocarlo todavía, y le susurro con la voz baja, casi tierna, casi cruel:

"-Eso, princesa... dejalo salir todo. Todo lo que te contuve.-"

Erik sigue temblando. Sigue llorando. Sigue corriéndose en oleadas cada vez más débiles, la mano todavía moviéndose por inercia, como si su cuerpo no supiera cómo parar.

Y yo me limito a mirarlo.

Memorizando cada segundo.

Para poder llevarlo al abismo 5 veces más.



Una princesa, demasiada belleza

Perfecta de los pies a la cabeza

Mami, tú me interesas

Para que, después de esto, en mi habitación amanezcas (yeah)

Ando en la disco con papas en el pisto

Con chopo de perico, unas AX de cincho

Ando en la disco con papas en el pisto

Con chopo de perico, unas AX de cincho




Ya vine a subir está historia por aquí pq es la q me urgía q tuviera una copia fuera de Wattpad pq si me iba a navajear si me la borraban, se los juro

Nunca indage bien el como funcionaba inkitt, pero ps ojalá reciba mucho apoyo y tmn les recomiendo q la lean en Wattpad

Algunos aspectos rápidos son q Jude es un adulto medio responsable pero no es tan inútil para q viva con su mamá pq q perra vergüenza sería decirle a tu mamá, oye ma me voy a dar a Erick, salte tantito porfa

Que mentada de madre

Tmn q Erick está en un equipo europeo Pero ya pónganlo en el que quieran.

Jude repite mucho lo de ser joven y tener veintitrés pq siente que si la caga, se defiende con ese argumento de ser joven y no saber lo que haces.

Si tienen una duda más ahí pónganlo en comentarios.

Ojalá les haya gustado y espero q comenten y le den like porfa

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Bien escrito

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