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Esteban en el fin del mundo.

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Sinopsis

No es un apocalipsis de fuego y azufre, sino el colapso silencioso del alma... y del mundo tal como lo conocemos. ​Esteban es un joven médico cubano atrapado en un sistema político opresivo de hambre y represión. En este infierno cotidiano, su único refugio es su amada esposa. Pero un accidente rutinario en el hospital es solo el prólogo de la pesadilla. ​Una revelación devastadora destrozará su mundo personal, convirtiendo su refugio en su sentencia de muerte. A partir de ese instante, Esteban se ve arrastrado a un submundo de violencia, prostitución y miseria. Pero la verdad es aún más aterradora: la oscuridad está deformando la realidad misma. Criaturas de pesadilla y fenómenos inexplicables emergen de las sombras de una ciudad que se desmorona. ​Esteban descubrirá que ha vivido toda su vida en una mentira. Y que su verdadero 'fin del mundo' acaba de comenzar. ​Cuando el pilar de tu existencia es la trampa final y lo imposible acecha en la penumbra... ¿en quién puedes confiar?

Genero:
Fantasy
Autor/a:
L.Varsant
Estado:
hace un mes
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

​Capítulo 1

​Mi Cuba, ese pedazo de tierra en el mar Caribe, como muchos la describen, tierra de tabaco, ron, playas, hoteles medio vacíos, putas y de las buenas, hambre, pobreza, corrupción y de la buena también, mucho ingenio y sobre todo ese querido amigo por más de 63 años causante de nuestros males, el comunismo; islita con gran potencial, pero mal utilizado, o mejor dicho, mal repartido. Aquí estaba yo, Esteban, un simple ortopédico de este macabro sistema. A mis 28 años no había logrado mucho, al no ser tener mi título de medicina y luego el de mi especialidad. Trabajo para lograrlo mucho, amor por mi profesión de sobra, problemas que me resuelve, digamos que ninguno. Mi salario es una pinga, hablando en buen cubano; sobrevivo en gran parte de lo que algunos pacientes quieran regalarme. ¡Dios, mi sistema! Qué sistema que le da más a quien menos hace, fomenta la corrupción, te obliga a no estudiar o dejar los estudios para tener más dinero; pero bueno, no seré yo quien arregle esto. Pues como decía, aquí está un comemierda de 28 años, ortopédico y muerto de hambre, intentando sobrevivir a todo esto.

​Cada día sueño con poder irme de esta mierda, pero Dios se ensañó tanto conmigo que ni un tío me puso del otro lado del mar, por tanto, reclamación ni pensarlo, ¿y de qué sirve ser reiterativo si no me alcanza para el mes, menos para salir de esta hermosa prisión? Pero nada, sobrevivo, o eso intento a diario como la mayoría de todos los que quedamos en este maldito país. Sí, hoy ando medio reflexivo o tal vez comemierda, o será que por primera vez en mucho tiempo tengo tiempo en una guardia para tontear así. En fin, trabajo en ese monstruo sin dientes pero capaz de tragarse a cualquiera que dicen que es un hospital —su nombre mejor me lo reservo—, esa céntrica mole ubicada en el medio del municipio 10 de Octubre y que atiende a lo mejor y más capaz de toda La Habana.

​Ya eran las 2 AM, estaba intentando dormir y en espera de que mi residente me llamara. Me habían puesto en la guardia a uno de primer año que, al pobre, le queda tanto que aprender; pero nada, que se joda y se crezca en consulta como lo hice yo, aunque al final me jode a mí también, pues me llama hasta para dar una receta de dipirona.

​Suena el celular. Y bien, ahí está, había tardado mucho. Descuelgo...

​—Dime.

—Profe, es Mario. Tenemos una urgencia, si pudiera bajar, por favor.

—Está bien, Mario, enseguida bajo.

​Me levanté con pocas ganas de la cama, me dirigí rápidamente al elevador y, bueno, el único que funcionaba abrió sus puertas delante de mí con un chillido que daba miedo entrar en él. Apreté el botón de planta baja y esperé hasta que aquella puerta infernal emitió nuevamente aquel ruido indicando que llegaba a mi destino. Salgo y me dispongo a caminar al cuerpo de guardia; veo a uno de los cirujanos que rápidamente me grita:

​—¡Es un politrauma, rápido, que está todo descojonado!

​Este es el momento en que pienso y digo: “¿Qué cojones estoy haciendo con mi vida? Debería estar en un bar sirviendo copas, follando extranjeras y ganando miles en vez de comer esta mierda”. En lo que pensaba, ya mis pies iban corriendo. Llego al lugar y me encuentro con un río de sangre en el piso, varios doctores de especialidades diversas, enfermeras y estudiantes alrededor de una camilla, y por encima de todos, uno reanimando, y entre más reanimaba, más sangre salía; otro lo veía intentando intubar. No sé mucho de eso, si no hay huesos de por medio, nada que ver conmigo. Me dispongo a acercarme para ver si tenía algo de mi especialidad y, de pronto, pues...

​—¡Que nadie se mueva, ni pinga! Este es un singao que le dio a mi jeva y se muere aquí.

​Acababa de entrar un carismático personaje a pleno cuerpo de guardia, acompañado de varios folclóricos como él y machete en mano. Solo sé que entre la familia del herido y la de los justicieros empezó una gran riña. Lo último que recuerdo es ver venir volando hacia mí una botella que me dio en el medio de la frente y, en lo que perdía el conocimiento, solo podía pensar: “Menudo día de mierda acaba de empezar para mí“.

​Desperté en una cama de observaciones, con muchos de mis compañeros alrededor observándome.

​—Tremendo golpe, asere —me dice uno de ellos.

—¿Qué hora es? —fue lo que me dio por preguntar.

—Las 5, men, tremendo golpe que te dieron. Si ves lo que se formó ahí te caes para atrás. Esos morenos estaban rebeldes, jajajajaj.

—¿Qué pasó con el caso? —pregunté.

—Falleció. ¿Quién cojones se iba a meter en eso y en medio de esos machetes? Sabes, lo mejor que puedes hacer es irte para la casa, hermano, nosotros terminamos lo que queda de la guardia —dijo Bárbaro, el otro especialista de guardia. No lo veía desde las 10 de la noche más o menos, lo más probable era que estuviese templando en algún rincón del hospital.

​Pues sí, decidí que lo mejor era irme a mi casa y de paso tomarme unos días de toda esta mierda. Me cambié lo más rápido que pude, tenía un dolor insoportable de cabeza y salí decidido hacia mi casa, con la esperanza de que el transporte me ayudara a esas horas de la mañana... Qué iluso de mi parte pensar semejante cosa.

​Llegué a la parada y había más personas que en aquellas queridas marchas porque regresaran los 5. Mira que cogimos sol, pasamos sed, gritamos y, total, regresan y los 5 juntos no hacen un logro para este sistema. Pero bueno, quién soy yo para juzgar; total, ahora mismo todas mis fuerzas estaban enfocadas en llegar a mi casa, y no creo que el transporte público me ayudará mucho a esas horas, sobre todo por lo hermoso que fue ver pasar el A30 y el P1 por delante de mis ojos y los de aquel mar de gente que los esperaba con ansias. Lo peor es ver al chófer con aquella sonrisa dibujada en sus labios; no les puedo decir cuántos insultos me pasaron por la mente en menos de 10 segundos. Pensar que no tenemos transporte y, aun así, nos matamos a diario por llegar al maldito trabajo. Pero bueno, “resistir” es la palabra de moda.

​Verdaderamente no tenía ni las ganas ni las fuerzas para enfrentar ese día los males del transporte público, y me decido por el privado, sí, uno de esos trastos que hacen función de taxi y que en nuestra Cubita llamamos almendrones, y que a los extranjeros tanto les gusta y vienen a comer bastante mierda con ellos. Si tanto les gusta, que nos los cambien. No daré detalles de marca ni modelo porque de veras que no conozco nada de eso, solo que era de color rojo. Luego de mi señal con la mano, frena delante de mí. Entre las cuarenta libras de Papaya de La Diosa a todo volumen, le pregunto al chófer:

​—¿Se va por Vía Blanca?

—Sí, amigo, hasta Guanabacoa —responde.

​No sé qué efecto causó la palabra “Guanabacoa” en las personas de la parada, que de pronto pude ver cómo corrían hacia el auto con desespero. Reaccioné rápido, el puto carro nadie me lo iba a quitar. Quedaban solamente los dos asientos que están a un lado del chófer; me monto rápidamente y puedo apreciar la belleza de empujones que se dieron varios en la puerta para hacerse del puesto vacante. Por fin, la ganadora: una señora ya entradita en edad, pero bien entrenada en el arte de empujar, pues dejó a una estudiante de medicina bien restregadita por el suelo, no le dio tiempo a nada. Sentí cuando la pobre chica le gritó “¡señora!“, la cual, una vez montada, se gira hacia mí y me dice:

​—No hay respeto en esta juventud.

​Mi impulso fue reírme, pero me contuve; no quería un altercado con la señora. Al fin salimos de aquel infierno de parada, con la palanca de aquel trasto dándome en la rodilla cada vez que el chófer hacía un cambio de velocidad, a la vez que el estribillo de “Dale cinturita, maricona” resonaba en mi mente. ¡Qué agradable canción! Tenía un dolor de cabeza insoportable, tan grande como mis ganas de llegar a casa, bañarme, comer y tocarle las tetas a mi esposa, las mejores tetas de La Habana, sin ninguna duda.

​Aún recuerdo cuando la conocí hace ya 5 años. Cómo pasa el tiempo. Recién empezaba yo mi residencia y recuerdo que fui invitado a un congreso de ortopedia en el hotel Habana Libre. Por aquellos tiempos aún tenía la ilusión de ser un gran ortopédico, muy reconocido, viajes, misiones, etc. ¡Mira que me atraqué de mierda! Si hubiera sabido que esto era así, hubiera mandado la ortopedia para la reverenda pinga y me hubiera ido aunque sea en una cámara de camión; total, allá trabajando de vigilante tienes mejor vida que aquí. En fin, ese día me puse bien bonito, pues era mi primer evento. No niego que fue un día muy bueno. Recuerdo que mi mamá, que aún vivía con ella, me dio un dinerito y decidí sentarme como las grandes estrellas en el bar del hotel —no sé qué fue lo que se me subió ese día a la cabeza—. Y ahí estaba ella sentada con una amiga: hermosa, llena de vida, era la mulata más rica que había visto. Esos labios, ese pelo, esas tetas, por Dios, y lo mejor de todo, ese culazo. Sé mis limitaciones, soy muy tímido y no creía que un mujerón como ese me hiciera caso. No sé en qué momento me dejé llevar tanto por su belleza que ella notó que la miraba fijamente, le habló algo a su amiga al oído y se levantó hacia donde estaba yo.

​—Hello —dijo ella.

—¿Qué tal? —respondí.

—Niño, eres cubano,jajajaj.

—Sí, claro, es que soy médico y estaba en un evento aquí.

​Mis manos temblaban, algo que ella notó.

​—Qué lindo, estás nervioso... —volvió a reír pícaramente.

—Hermosa eres tú. Me encantaría poder invitarte a salir algún día, si así lo deseas.

​Su cara cambió completamente, como si pensara que mis intenciones eran otras.

​—Perdón si me extralimité, a lo mejor tienes pareja o algo. Perdón, de veras.

—No, no, muchacho, es que pensé... No, nada, tranquilo.

—Sabes que están pasando una película cubana muy buena en el cine, si quieres podemos ir.

—¿De veras eres tan inocente o te haces?

—Te repito, si en algo te he ofendido, perdón, no es mi intención...

—Jjjj —volvió a reír—. Será divertido ver qué tienes para ofrecerme. ¿Qué día vemos la peliculita esa?

—¿Mañana? ¿Puede ser mañana?

​Y sí, fuimos a ver la película y, en menos de lo que canta un gallo, estaba en un cuarto en El Vedado metiéndosela a esa mulata. Por Dios, ¡qué manera de moverse rico! Parecía que quería revolcarme rápido, pero no; pensé hasta en los muñequitos rusos, pero no me vine cuando quiso. La cogí por los pelos, le mordí un pezón, le di la vuelta en la cama y terminó donde quería: abajo de mí y con los piecitos bien abiertos. Digamos que fue cuando empecé yo, el “papi, qué rico” creo que se sintió en toda La Habana. Ya de ahí vinieron otras salidas, más sexo; me presentó a su hija de 10 añitos en ese momento, que acogí como mía, y nada, al año nos estábamos casando y buscando nuestro hijo, pero hasta el momento no lo hemos logrado. Solo un loco como yo quiere aún tener un hijo en las condiciones en las que vivo, pero mi amor por Mary era inmenso. Ver la familia y vida que estamos construyendo es de las pocas cosas que me llenan de felicidad.

​Vuelvo un poco a la realidad luego de perderme en esos bellos recuerdos en cuanto paso ese punto céntrico que es la Virgen del Camino. Indescriptible el número de personas pasando penurias para llegar a su destino, pero al menos yo estaba más cerca del mío. Ya puedo ver cómo se acerca la entrada a Regla, por la fábrica de aluminio; mi felicidad aumentó, ya casi en casa. Le digo al chófer que por favor me deje donde pueda, acción que tuve que repetir varias veces pues El Kimiko y El Yordy no le permitían escuchar mi petición. Hablé con más fuerza y me escuchó; hizo un corte rápido para pegarse a la senda de la derecha, de donde de pronto sale un comemierda a cruzar la calle y se mete en el medio. El frenazo fue brutal, y ahí voy yo nuevamente y me pego en el mismo lugar que el botellazo en la mañana, en el centro de la frente. Mi cabeza sonó al chocar con el panel delantero del auto, el dolor fue insoportable. Lo único que grité fue:

​—¡Cojoneeeeeee! —mientras perdía el conocimiento por segunda vez en el día.

​Abrí los ojos de pronto; estaba la señora de los empujones dándome unas buenas galletas intentando despertarme.

​—Mijito, mijito, ¿estás bien?

​El dolor de cabeza aumentó y sentí que una gota de sangre rodaba por mi frente. Miré a mi alrededor e intenté enfocar.

​—Sí, sí, señora, tranquila, estoy bien, no me dé más, por favor.

​Sentí que una de las pasajeras de atrás gritaba:

​—¡Chófer, chófer, deje eso, no vale la pena!

​Miré hacia atrás y vi a la señora muy preocupada gritándole al chófer para que entrara al auto, mientras otro de los pasajeros grababa con su celular. Miro hacia afuera y veo al chófer dándose unos buenos puñetazos con el comemierda que no miró para cruzar, hasta que se enredan ambos con los brazos y caen al piso para seguir golpeándose. La señora a mi lado, al ver que estaba bien, comienza a gritar también:

​—¡Chófer, despingalo para que aprenda!

​Debí aprovechar para bajarme e irme, pero no voy a negar que, a pesar de mi dolor, estaba muy bueno el chisme y no quería partir sin ver el final. Todo aquello muy bien sonorizado con una hermosa banda sonora que le daba fuerza a aquella escena: el “po, po, po” de la canción quedaba muy bien con los golpes que se repartían. Por fin aparecen varios samaritanos y logran separar a aquellos seres, que entre “singao, ven para que veas” y otras frases similares dieron por terminado el altercado. Al fin se monta el chófer nuevamente y, bueno, por chismoso me toca pagar por no aprovechar el momento. Me dispongo a sacar la cartera.

​—¿Estás bien, amigo? ¿Necesitas que te lleve a un hospital? —preguntó el chófer.

—No, gracias, soy médico, no se preocupe. Tome.

​Le extendí los únicos 200 pesos que me quedaban.

​—No, tranquilo, guarda eso, doctor. Y disculpe por el golpe.

​Al fin algo bueno en mi día: logro bajarme del carro satisfecho por ver todo el show y, encima, salirme el viaje gratis. Reviso mi bolsillo para llamar a mi Mary para que me caliente el agua para bañarme y nada, sin celular.

​—¡Manda pinga! —grité en el medio de la calle—. Yemayá, vieja, perdiste las pullas y la cogiste conmigo, madre.

​No sé si me lo robaron o se me cayó, ya ahora no servía de nada; ya el auto había arrancado y se había perdido en la Vía Blanca.

​No creo que mi día se pudiera poner peor. Comenzó a caminar hacia la casa, con extremo cuidado no fuese nuevamente a pasarme algo. Ya podía visualizar mi casita, caminaba por un costado del cementerio de Regla —no miré hacia al lado, no fuese que también me estuviese llamando—, solo me enfoqué en mi apartamentico. Ya lo podía ver, era en un segundo piso, de los que aquí en Cuba llamamos biplanta; era chiquito pero acogedor. Mi madre me lo dejó cuando decidí casarme con Mary; ellas no se soportan, pero bueno, intento mediar un poco las cosas. En este último tiempo nos habíamos distanciado; decía ella que no era buena influencia para mí y que solo tenía 28 años para estar criando hijos ajenos, en vez de fijarse en lo feliz que me hace mi Mary. Al final mi madre se fue a vivir con su nuevo esposo y me dejó este apartamentico, el cual entre Mary y yo hemos acomodado. Consta de una salita-comedor pequeña, un bañito y dos cuartos. Muchas de las cosas que tenemos es gracias a ella, de las que tenía en su antiguo apartamento. Mi Mary trabajaba en una renta que quedaba un poco alejada de la ciudad; era clandestina, le pagaban mucho mejor que a mí. Muchas veces le he dicho de irme con ella a trabajar, pero sabe de mi amor por la profesión y me dice que tranquilo, solo que los días que ella trabaja de noche me haga cargo de la niña, y bueno, así habíamos logrado ajustar los horarios.

​Sé que estará contenta de que llegue a casa temprano. Cuando le cuente todo lo que he pasado, sé que me consolará, sobre todo hundiendo mi cabeza en esas tetas que tanto me gustan.

​Por fin ya voy subiendo las escaleras de mi casa. Llego a la puerta y veo mi reflejo en el cristal: se notaba mi cansancio y dolor, podía apreciar los golpes recibidos por la vida en un mismo día. Seguí apreciando mi reflejo; no me considero alguien feo, tal vez no soy todo lo presumido que debería para mi edad, pero mal no estoy. Soy trigueño y de pelo muy lacio, aunque me pelo bien, bien bajito y con un solo número; soy haragán para las colas de las barberías, y bueno, el precio cada día está peor, prefiero pelarme solo o que lo haga Mary. Me sale una barba bien tupida, pero la mantengo a raya afeitándome todos los días. Los rasgos de mi cara son finos y mis ojos de color miel claro, algo que me halagan mucho. Ese día estaba vestido con un pantalón corte recto y una bonita camisa de color negro; mi bata la llevaba colgada del maletín del cual acababa de sacar las llaves. Por fin logro abrir la puerta y el olor de casa me inunda. ¡Qué delicia es estar en mi hogar! Miro el reloj: son las 6:40 AM, Mary debe estar despierta pues la niña sale a la escuela sobre las 6:15 AM. Cierro la puerta, me voy quitando la camisa y me avanzo hacia el cuarto en busca del amor de mi vida. A medida que me acerco a la puerta de mi cuarto, escucho algo extraño.

​—Ohhh, fuck, bitch, move for me, bitch —sentí la voz de un hombre que identifiqué que no era cubano. Se escuchaba el choque de dos cuerpos a gran velocidad, como si alguien aplaudiera bien fuerte.

—Qué rico, papi.

—Cállate, puta, y mama —se escucha la voz de un segundo hombre.

​“Pensé: mi Mary está viendo porno. Qué mejor manera de quitarme el estrés que una templadita matutina”, pensé.

​Abrí la puerta y quedé petrificado con la escena que se desarrollaba delante de mis ojos. No estaba viendo porno, mi Mary más bien lo estaba haciendo. La observé en posición de perrito y un moreno dándole sin compasión, mientras que otro hombre la tenía cogida por los pelos y le tenía el rabo en la boca. Veía cómo se atragantaba, mi esposa con un rabo ajeno, ¡mi Dios, y qué grande!, me la van a matar. Lo peor es que ambos hombres se besaban a la par de todo aquello. Para mi sorpresa, el segundo hombre era Ifigenio, el jefe de sector. Mi Mary mamándosela a un policía y comunista.

​—¿Y esto qué pinga es?

—¡Esteban! —gritó ella—. ¿Qué haces aquí tan temprano?

​El moreno, al verme, rápidamente intentó taparse con la almohada que tenía delante, su cara de sorpresa no tenía precio. A Ifigenio sí no le importó taparse, más bien buscaba que me calmara, haciendo gestos con la mano y acercándose a mí.

​—Mary, ¿qué coño es esto?

—Tranquilo, amigo, no pasa nada —dice Ifigenio en su afán porque me calmara—. Solo estamos pasándola bien, no pasa nada. Mira, si quieres puedes unirte a nosotros, la pasamos bien todos. Él es John, un chamaco con bastante dinero, es holandés, solo busca compartir, todos podemos salir ganando.

—No estoy hablando contigo —señalé a Ifigenio. Sentía que un calor recorría todo mi cuerpo—. Mary, explícame, ¿qué cojones es esto?

—Esteban, cálmate, cálmate, no pasa nada. Por favor, si quieres hablamos después. Ahora sal, relájate, por favor.

—¿Que me calme? ¿Que me calme? Acabo de encontrar a mi esposa con dos tipos en la cama, ¿y me pides que me calme y que me vaya de mi propia casa? ¿Qué cojones está pasando, Mary?

​Yo no sabía cómo reaccionar. Quería matar a todo el mundo, pero jamás había sido violento. Soy bastante miedoso en ese aspecto, odio las riñas, y ahora mismo estaba en una disyuntiva, pues a pesar de mi 1.80 m y mi buena complexión física por los ejercicios que hago, no creo que pudiese contra aquel moreno de casi 2 metros y con un tercer pie colgando, y contra el otro que andaba por las mismas medidas. ¡Glotona mi Mary!

​—Váyanse todos de aquí, quiero hablar con mi esposa. Afuera todo el mundo —grité.

—Esteban, podemos conversar, amigo —habló Ifigenio—. Ella es tu esposa, la de siempre. Esto es solo cuestión de negocios, el amigo quería compartir y va a pagar buena plata por esto. Sabes que a estos europeos les gusta cualquier cosa, mira, hasta yo me estoy sacrificando, todo por mejorar la economía del país. A eso nos está llamando el presidente: inversión extranjera. Olvidemos esto, puedes participar aquí, a John le gusta tu tipo y así ganas una plática. ¿Me vas a decir que no sabías que ella es puta?

—¿De qué cojones estás hablando? Mary, ¿qué mierda habla este tipo? —mi furia crecía a cada momento con cada palabra que escuchaba.

—Ifigenio, te voy a reventar. ¿Qué pinga te pasa? Respeta a mi mujer...

—Por favor, Esteban, solo tú que no te has dado cuenta. Es puta, es su trabajo.

—Ifigenio, cállate la boca... Déjame hablar con él... Esteban, lo siento, de veras. Cuando nos conocimos pensé que te habías dado cuenta y luego tu inocencia me enamoró.

—¿Mary? ¿De veras llevas 6 años de traición, prostituyéndote, todas esas noches en que decías que trabajabas? La niña, ¿qué va a decir la niña? Eres una puta, eres una descarada, te revuelcas con cualquiera por dinero, eres una cochina. ¿Crees que para mí es fácil encontrar a mi esposa con el capitalismo metido en el culo y el comunismo en la boca haciendo todo esto? —mis ojos se llenaron de lágrimas al no dar crédito de aquello.

—Esteban, no te pases. No te pases.

—Chico, tranquilo —dijo Ifigenio—. Tranquilo, nos vas a joder a todos con esta bulla. Para tu calma, ella se retiró un tiempo, se me perdió y la vida tan buena la puso en mi camino hace más o menos 2 años. Tú con tu arregladera de hueso no la ayudas lo que necesita, piénsalo, esto puede ser un negocio redondo para todos. Pero tranquilo, no formes eso aquí ahora, por favor.

—¿Cómo pudiste, Mary?

—No jodas, Esteban, no jodas. ¡Si no te alcanza ni para un chicle viejo! Te la pasas comiendo mierda jugando al médico y aquí a veces no había ni de comer. Todo lo que hay en esta casa es por el sudor de mi bollo, sí, por el sudor de mi bollo. Llevo años esperando la singa misión esa y no llega y, mientras tanto, ¿quién le da los gustos a mi hija?, porque tú no puedes. Amor... Hoy son tiempos donde el amor no alcanza, y bastante me he sacrificado para que puedas seguir jugando con los huesos ajenos en ese hospital de mierda. Por mi hija me preocupo yo y no te atrevas a decirle nada de esto porque entonces te mato. La cosa está dura y tú no sabes ni la mitad de todo lo que he pasado. Esteban, por favor, solo vete. Luego te prometo irme yo, pero vete ahora, no formes nada, por favor.

​Noté que Mary me miraba con miedo, y con los ojos llenos de lágrimas, casi suplicante de que me fuera de aquel lugar. Pero mi furia por semejante acto de traición me cegaba.

​—Esteban, busca a la niña, busca a Lety y vete y da una vuelta con ella. Prometo que no sabrás más de mí luego de esta. Vete, cojones, vete de aquí, vete por favor.

​Aquellas palabras calaron muy fuerte dentro de mí, no daba crédito a lo que escuchaba. Mary decía aquellas palabras tan hirientes, pero a la vez sus ojos estaban llenos de lágrimas, como si sufriera con cada palabra dicha. John permanecía inerte, sin moverse, tapándose aquel monstruo que tenía en la entrepierna con mi almohada; imagino que no entendía mucho lo que estaba pasando.

​—Tú eres tremendo descarado, Ifigenio, haciéndote el comunista ubicado, acabando con todos en el barrio y mira en lo que tú andas. Tú no sirves.

​Hizo un gesto como si no le importara lo que estaba pasando.

​—Chama, o te vas o te unes, no hay más nada que hacer.

​Intenté golpearlo, pero logró esquivarlo y, en el acto —y no sé de dónde—, su puño chocó con mi cara e imagínense en qué preciso lugar. Al menos esta vez no perdí el conocimiento, caí al suelo medio aturdido.

​—Esteban, que te vayas —repitió Mary—. Vete, cuando regreses no estaremos aquí. Busca a la niña, por favor.

​Logré levantarme del suelo, aún aturdido.

​—Esto no se quedará así. Voy a la policía ahora para que todos vean lo descarado que tú eres, Ifigenio. Se te va a caer el cartelito ese que tienes.

—Chama, deja la locura y haz lo que te está diciendo tu esposa. Vete de aquí.

—Tú no sirves, asere. A ti hay que encerrarte, tú vas a ver ahora.

​Di media vuelta y me dispuse a salir del cuarto con la moral en el suelo, pero al menos con la satisfacción de que lo denunciaría y al menos preso iría.

​No había dado dos pasos y sentí un estruendo en el cuarto y un dolor intenso en el pecho. Miré abajo y un mar de sangre comenzó a salir y a empapar la camisa; miré al frente y vi a Lety escondida en la meseta de la cocina, celular en mano grabando lo que sucedió. Caí en lo que tanto me pedía Mary; le hice una seña para que cerrara la puerta de la meseta y se escondiera ahí. Miré atrás y vi a Ifigenio desnudo, con aquel pedazo de rabo parado, con pose de pistolero, arma en mano, brazo estirado apuntándome. Caí al suelo, ya no sentía dolor, me fui apagando poco a poco. Lo último que escuché fue un grito de Mary:

​—¡Estebaaaaannnnnnn!

​Y a Ifigenio decir:

​—Chama, tú no me vas a joder el negocio, eres un desperdicio.

​“Dios mío, qué manera más macabra de morir”, fue lo último que pensé hasta que me desvanecí.

​Desperté de pronto, asustado, y con algo en la boca que llegaba a mis vías respiratorias, me dificultaba respirar, sentía que me ahogaba, que intentaba respirar pero una fuerza mayor me obligaba a hacerlo cuando ella deseaba: una embolada de aire que entraba a mis pulmones pero que no se acoplaba con mi respiración. Daba una sensación de angustia indescriptible. Escuché a mi alrededor ruidos conocidos de monitores de uso médico y un ventilador mecánico para ventilación artificial. El mundo fue tomando forma y sentí que una voz femenina me habló, me intentaba calmar:

​—Tranquilo, tranquilo, tienes un tubo para respirar en la boca. Tranquilo, levanta la cabeza, ya, ya te lo vamos a quitar.

​Escuché pasos.

​—Desacóplalo del ventilador —ordenó quien creo era una enfermera.

—¿Doctora, qué hacemos? —preguntó la misma voz.

—Extúbalo y llamen al oficial a cargo y díganle que está despierto.

​Intenté mover las manos y no pude, sentí que un metal me lo impedía. Miré abajo y eran unas esposas que me sujetaban a la cama. Aquel tubo salió de mi interior raspando todo lo que encontraba a su paso. Tosí.

​—¿Dónde estoy? —pregunté—. ¿Qué pasa? ¿Dónde estoy? Ayuda, por favor, ayuda, suéltenme, ¡ayudaaaa! ¿Por qué estoy amarrado? Suéltenme, por favor —empecé a gritar.

—Doctora, el paciente está muy inquieto. ¿Qué vamos a hacer? Se puede afectar la cirugía.

—Sédalo, tráeme el midazolam.

—No, no, por favor, me dispararon. ¿Cómo está mi Mary? No, noooo, por favor.

​Sentí que el mundo nuevamente se desvaneció.

​—Llamen al oficial.

​Fue lo último que escuché.

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