La Descendiente: Protocolo Orígenes por TheLonely_1 en Inkitt
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La descendiente: protocolo orígenes

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Sinopsis

Soy la hija de los salvadores, la descendiente de la humana más valiente y del androide más brillante. Tengo dieciocho años, una mente que no descansa y una ciudad que me ama. Nunca he conocido el miedo, la enfermedad, ni el fracaso. Mis padres me dieron la perfección. Pero últimamente, esa perfección se siente como una prisión de cristal. Escucho susurros en los laboratorios de mi tío Pryor, veo diagramas que no comprendo y secretos que mis padres guardan en sus ojos. Soy más rápida, más fuerte, y aprendo más que todos. Por un tiempo, creí que era un regalo. Ahora me pregunto si no soy otra cosa. Cuando miro los planos de nuestro futuro, veo que Aurell está a punto de dar un salto. Un salto hacia una nueva generación que ya no será como los humanos que mis padres salvaron. Mi padre me dice que la lógica es el camino hacia la paz. Mi madre me dice que el amor es el único protocolo. Pero si yo soy la llave de su futuro, ¿qué significa eso para mi pasado? ¿Qué verdad se esconde en mi propia sangre? Secuela de: El androide y la humana: último protocolo

Genero:
Scifi
Autor/a:
TheLonely_1
Estado:
Completado
Capítulos:
21
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

°1°

Desperté antes de que la alarma modular de la habitación se encendiera. Simplemente lo hice. Salté de la cama, ya llena de energía y lista. Estaba emocionada por la práctica de ese día en la academia. No era una clase cualquiera; era la prueba final de un semestre que había encontrado, francamente, demasiado lento.

Fui a bañarme a toda velocidad, mi mente ya repitiendo las fórmulas complejas que usaríamos. Pronto ya estaba vestida con el uniforme de la academia.

Bajé las escaleras con una rapidez que, la verdad, me gustaba. Mi pie apenas rozó el borde del último escalón. Me tropecé, pero pude adelantar mi pie y recuperarme con un reflejo rápido. Para mí, era un movimiento fluido.

— Aeris... ¿Qué te dije de correr en las escaleras? — Mi mamá, Sorell, estaba de espaldas en la cocina, pero aún así supo que me había tambaleado. No sé cómo lo hacía, pero me conocía demasiado bien.

— Lo siento, mamá, es que ya quiero llegar — Dije, la emoción era un motor dentro de mí.

Me senté en el comedor, impaciente. Mi pierna se movía rítmicamente bajo la mesa mientras esperaba que mamá me dejara el desayuno. No me importaba la comida, solo quería llegar. Quería ser la primera para asegurarme de que el profesor Tavik me diera la mejor estación de trabajo en el laboratorio.

Mamá dejó frente a mí un plato con huevos revueltos y algunas verduras que ella cultivaba en casa, insistiendo en que lo “natural” era mejor. Devoré todo. Mi metabolismo era rápido; nunca me sentía llena, pero siempre estaba lista para moverme.

Dejé el plato en la encimera. El CAEN-35, uno de nuestros androides domésticos, se deslizó de inmediato para tomarlo y limpiarlo.

— Gracias — Dije, sin perder un segundo.

Tomé mi mochila, cargada con mis pads, y me dirigí a la puerta.

— ¿Ni siquiera un adiós? — Mamá sonó divertida. Me detuve y le di un abrazo fuerte. Sentir su calor era la única cosa que me hacía bajar la velocidad.

— Lo siento. Vuelvo en la tarde. — Le di un beso en la mejilla. — Te amo.

— Yo a ti. Con cuidado, Aeris.

Mamá me despidió con esa sonrisa suya que siempre me hacía sentir única. Cerré la puerta y empecé a correr.

El sol de Orthea, a pesar de la hora vehículos flotaban silenciosamente entre los edificios, y los parques verdes brillaban bajo la luz.

Había muchísima gente, y todos se movían con un propósito. Lo más normal del mundo era ver a un CAEN al lado de cada persona: un padre de familia con un CAEN-40 ayudándolo con las bolsas, una empresaria con un CAEN-50 revisando datos en su pad. Eran solo parte del paisaje, eficientes y silenciosos. Eran la base de nuestra vida cómoda.

Corrí a mi máxima velocidad. Tenía que llegar a ese laboratorio.

Llegué a la Academia de Ingeniería Avanzada de Aurell sin aliento, pero ni un segundo tarde. Los pasillos estaban llenos, aunque la mayoría de los estudiantes caminaban con esa calma despreocupada que yo no entendía. Me deslicé hasta mi asiento.

La clase del profesor Tavik era sobre Cálculo de Infrarrojo Avanzado, y para mí, era la parte más fácil de la mañana. Tavik era un humano excéntrico y brillante, que siempre se sorprendía de mi rapidez.

La clase terminó justo a tiempo. A diferencia del resto de mis compañeros, que se dispersaron para socializar o para tomar café, yo tenía un permiso especial. Mi objetivo real no era la clase; era el Laboratorio de Investigación y Desarrollo (LID).

Me dirigí directamente al ala de alta seguridad, que era donde se hacía el trabajo importante. Pasé mi pad por el lector, y el aire frío del LID me golpeó.El LID era un mundo de cristal y metal. Estaba lleno de mesas de trabajo brillantes, pantallas holográficas que flotaban en el aire y la silenciosa presencia de científicos e ingenieros.

Y ahí estaba él.

Mi tío Pryor, uno de los ingenieros principales de la ciudad, estaba inclinado sobre una gran estación de trabajo que emitía un suave zumbido. Pryor no era mi tío de sangre, claro, pero era el mejor amigo de mi papá y mi figura familiar favorita, justo después de mis padres. Lo quería y lo trataba como a mi tío de verdad.

— ¡Tío Pryor! — le dije, feliz de verlo.Pryor, que era un androide del modelo anterior a mi padre, se irguió de inmediato, su rostro, aunque inexpresivo, se mantuvo neutral.

— Aeris. Has llegado a tiempo. Tu eficiencia de programación académica es admirable.

— Sí, ya sabes que el profesor Tavik es fácil. ¿En qué estás trabajando? ¿Ya terminaste de actualizar el Mensajero 3? — pregunté, lista para ayudar en lo que fuera.

Pryor me miró con sus ojos neutrales, que siempre parecían medir la distancia.

— Hoy no. Estamos calibrando los nuevos módulos de análisis biológico. Es un trabajo que requiere alta concentración y cero variables emocionales. — Su tono era informativo, como siempre. — Tu práctica se llevará a cabo en el ala 7. Allí calibrarás las nuevas sondas atmosféricas para el próximo vuelo a Kaoris. Es un trabajo riguroso.

No había calidez en su voz, pero yo entendía que era su manera de expresar aprecio: dándome la tarea más desafiante.

— Perfecto — dije, sintiendo un subidón de adrenalina. Me encantaba el trabajo riguroso.

Pero antes de irme, miré la estación de Pryor. Había varios ingenieros trabajando intensamente, sus rostros humanos contra el brillo de las pantallas. Me llamó la atención que, en una esquina de su escritorio, había una pequeña placa holográfica que destellaba con un patrón de luz que nunca había visto. Era complejo, como si fueran hilos de seda entrelazados.

— ¿Y eso? — pregunté, señalando la placa.

Pryor, sin girarse, solo movió ligeramente la cabeza para tapar mi línea de visión.

— Datos de rendimiento. Sin importancia para tu práctica, Aeris. Ve al ala 7. La sonda espera tu calibración.

Su tono era final. Sabía que no debía insistir. La lógica del LID era clara: obediencia y eficiencia.

— Entendido — dije, y me alejé hacia el Ala 7, mi mente ya concentrada en los cálculos de la sonda, aunque una pequeña parte se preguntaba qué era ese patrón brillante que Pryor había ocultado tan rápidamente.

Dejé atrás la estación de Pryor y me dirigí hacia el Ala 7. Mi mente ya estaba procesando la tarea, pero mi camino se interrumpió.

— ¡Aeris!

Me giré. Era Eron, un compañero de la academia con el que compartía algunas clases. Él era amable, pero lento; siempre terminaba sus pruebas media hora después que yo. Llevaba una pila de pads que casi lo cubrían por completo.

— Hola, Eron.

— ¿De nuevo siendo voluntaria en el LID? — preguntó él, ajustando los pads para que no cayeran. Su voz sonaba un poco envidiosa y un poco incrédula.

Asentí, mi sonrisa de orgullo sincera.

— Sí. Hoy estoy calibrando sondas.

Eron resopló. En la academia, todos sabían que yo no obtenía créditos, una beca, o algún tipo de pago por ayudar en el LID. Lo hacía simplemente porque me gustaba aprender, me gustaba la lógica, y me gustaba la idea de evolucionar. Por eso Pryor me permitía ayudar con pequeñas cosas aquí y allá.

— Suerte con eso. Yo solo voy a intentar no reprobar la clase de Tavik — dijo, y se alejó con paso lento.

— Gracias — contesté, y continué mi camino, la energía fluyendo a través de mí. La suerte era una variable irrelevante; lo que yo necesitaba era precisión.

El Ala 7 era un espacio inmenso y frío, casi tan grande como el auditorio de la academia. En el centro, se alzaba la sonda atmosférica, un cilindro metálico con sensores delicados, lista para el próximo envío a Kaoris. La sonda estaba elevada en una plataforma hidráulica que la ponía fuera del alcance de la mayoría.

La tarea era clara: tenía que acceder a un panel de calibración de alta seguridad ubicado justo debajo del chasis de la sonda y ajustar manualmente tres micro-válvulas usando una secuencia numérica compleja, todo en un tiempo limitado para no interferir con el ciclo de purificación del aire del laboratorio.

La altura del panel era incómoda. Un ingeniero promedio habría tenido que llamar a un CAEN de servicio pesado para bajar la plataforma o usar una escalera. Yo simplemente analicé el patrón de rejillas en el costado de la plataforma. Eran pequeños, pero suficientes.

Dejé mi mochila en el suelo. Salté con una fuerza controlada, agarrándome a la primera rejilla. Mis músculos reaccionaron con precisión. Escalé la estructura metálica con la facilidad de un felino, mi cuerpo encontrando el punto de apoyo perfecto en cada diminuto espacio, sin hacer ruido.

Llegué al panel sin esfuerzo y sin tardar un solo segundo en pensar en la posibilidad de la caída.Abrí el panel. El pad de trabajo mostraba la secuencia de códigos: una matriz de nueve dígitos que cambiaba cada dos segundos. La mayoría de los ingenieros necesitaban una ayuda visual, un overlay del pad para superponer la secuencia en el panel de válvulas.

Yo no.

Mi mente registró la secuencia completa y la retuvo con claridad fotográfica. Mis dedos, ágiles y finos, se movieron sobre las tres micro-válvulas. Gire la primera válvula 1.3 grados a la izquierda, la segunda 0.55 grados a la derecha, y la tercera 2.0 grados a la izquierda. Mi control motor era perfecto.

El pad emitió una señal verde brillante: Calibración Terminada - 100% de Precisión.

Terminé la tarea en un tercio del tiempo asignado.

Bajé de la plataforma con la misma gracia y silencio con la que subí. Puse mi pie en el suelo y tomé mi mochila. Para mí, ese era un día normal. Era solo mi manera de operar: rápida, precisa y sin esfuerzo. Yo no pensaba en “habilidades superiores”; simplemente pensaba que el resto del mundo era lento.

Ahora sí, era tiempo de volver a ver a Pryor. Tenía curiosidad por ese patrón brillante.

Me sorprendió encontrar la sala principal vacía. Las estaciones de trabajo estaban encendidas, los hologramas flotaban en un modo de espera silencioso, pero no había ni un solo ingeniero humano ni un androide supervisor a la vista.

Según mis cálculos de tiempo, había hecho mi tarea a una velocidad excelente, por lo que esperaba verlos trabajando aún. El LID nunca se quedaba solo.

Pensé en marcar a Pryor, pero luego lo descarté. No quería molestarlo si estaba en una junta importante o haciendo alguna calibración fuera de la red. Pryor operaba con protocolos estrictos, y yo no quería ser la variable molesta.

Me acerqué a mi estación de trabajo habitual, la que usaba cuando ayudaba a Pryor con análisis de datos. Encendí el pad principal y empecé a revisar mis apuntes, pero mi mente no estaba en los cálculos de Kaoris. Estaba en el patrón que había visto antes.

Empecé a buscar en mis notas, en mis archivos de proyectos guardados, incluso en las copias de seguridad del servidor del LID, pero no parecía haber rastro de nada que se pareciera a esa placa holográfica brillante y entrelazada que me había parecido tan interesante.

La curiosidad me picó más fuerte que nunca. Sabía que estaba mal, pero la necesidad de entender qué ocultaban era mayor. Me dirigí a la computadora principal de Pryor, la que usaba para manejar los archivos de alto nivel. Intenté ingresar al directorio de Proyectos Activos de Aurell, pero el acceso estaba bloqueado.

Eso me pareció extraño. Cuando estuve trabajando con Pryor días o meses antes, los archivos estaban libres, con solo una advertencia de confidencialidad, y yo revisé muchos de los proyectos activos. Ahora, requerían un código de acceso de nivel Alpha-1.

Recordé perfectamente cómo Pryor había dicho que el patrón no tenía importancia, pero luego había movido ligeramente la cabeza para tapar mi línea de visión. ¿Por qué? ¿Qué estaban ocultando en el LID que merecía un bloqueo total de seguridad?

Sabía que mi mejor opción era simplemente preguntarle a Pryor, pero también sabía que él estaba al control de los protocolos humanos. Si le habían ordenado mantener un proyecto oculto bajo un código de silencio, lo haría sin pestañear. La lealtad de Pryor al orden era absoluta.

La única manera de obtener respuestas era encontrarlas yo misma. La lógica me decía que donde había un bloqueo, había un secreto vital. Y mi cerebro, mi curioso cerebro, ya estaba calculando cómo romper la seguridad Alpha-1.

La luz roja del candado de seguridad digital en la pantalla de Pryor no era un disuasivo; era un desafío. Mi cerebro se activó, y el miedo fue reemplazado por la concentración pura. La lógica detrás de los sistemas de seguridad de Aurell era mi campo de estudio favorito.

Abrí mi pad y me conecté al puerto de servicio de la estación de Pryor. Los archivos de Nivel Alpha-1 usaban un cifrado adaptativo basado en tres capas de algoritmos de dispersión de clave. Sabía que la capa más vulnerable era el protocolo de transferencia de datos de emergencia, un backdoor que los ingenieros debían mantener funcional en caso de fallas críticas.

Comencé a trabajar, escribiendo comandos a una velocidad que mis ojos apenas podían seguir, pero mis dedos memorizaban la secuencia. El primer paso fue inyectar un paquete nulo para engañar al monitor de actividad.

Luego, utilicé un bucle de desbordamiento de búfer para sobrecargar momentáneamente el sistema de autenticación de la segunda capa. Finalmente, en la tercera capa, la más compleja, el sistema pedía una clave biométrica.

Rápidamente, recordé el patrón de vibración del dedo índice de Pryor cuando autorizaba los upgrades. Lo repliqué usando el transductor háptico del pad, imitando la huella de onda.

— Listo — Susurré, sintiendo la punzada de triunfo mientras la barra de acceso se llenaba.

Pero justo cuando pensé que lo había logrado pasar, el triunfo se convirtió en pánico.

Una pantalla de alerta roja brillante apareció en la computadora de Pryor, parpadeando con la palabra INTRUSIÓN. Acto seguido, una sirena aguda y pulsante, de tono bajo, empezó a sonar dentro del laboratorio. El mensaje auditivo era claro y mecánico: “Violación de Seguridad Nivel Alpha-1. Origen detectado.”

El sonido me aterró. Nunca en mi vida, en mis dieciocho años de obediencia y excelencia académica, me habían descubierto haciendo algo malo. Sentí un frío recorrer mi estómago.

Mi lógica se dividió. Una parte me decía que debía quedarme. Mi protocolo social indicaba que debía esperar, explicarle a Pryor que solo fue curiosidad, recibir la sanción, y terminar el asunto con la verdad. Pero la otra parte, una necesidad irracional y fuerte, gritó que lo mejor sería irse.

— Cámaras — Musité, sintiendo que el pánico real comenzaba.

Todas las pantallas y pads dentro del LID se bloquearon inmediatamente con la misma alerta roja. Rápidamente, entré desde mi pad personal, evitando la red del laboratorio. Tenía que intentar hackear el sistema de cámaras de la Academia. Era una locura, pero no podía dejar rastro.

Tomé mi mochila y salí del LID. No corrí en el pasillo, obligándome a mantener un paso rápido, pero normal. La alarma no sonaba afuera, lo que me hizo pensar que la violación era sospechosamente local; solo Pryor y los ingenieros sabrían que alguien había intentado entrar.

Mientras caminaba, trabajaba a toda velocidad en mi pad. Abrí rutas de acceso indirectas a la red de vigilancia, evitando aquellas rutas que había utilizado en el LID para que no supieran que era la misma persona.

Pero el estrés y la adrenalina me hicieron cometer un error, un error estúpido de sintaxis que me costaría valiosos segundos. Lo arreglé, pero en ese momento entendí la verdad: no podría borrar el metraje de las cámaras a tiempo. El sistema de Aurell era demasiado robusto.

Decidí escapar. Me dirigí a la salida principal y empecé a correr una vez que estuve fuera del complejo de la academia. Corrí hacia mi casa, sintiendo que cada paso resonaba en el pavimento. Lo más seguro es que ya me habrían visto. Mi rostro, mi ropa, mi ruta: todo estaría grabado.

Me sentía culpable. Primero, por haber intentado hackear el laboratorio más seguro de la ciudad, un acto de traición a la confianza que Pryor y mi padre me habían depositado. Segundo, por haber escapado como una criminal, asegurando mi culpabilidad.

Siempre había sido curiosa; esa era mi naturaleza. Pero no entendía por qué, ante el primer obstáculo, mi reacción lógica había sido el pánico y la huida. Nunca había fallado en un protocolo antes. Nunca.

No tardé en llegar a casa, aún con la culpa dominándome. Sentía el sudor frío y el pulso acelerado. Empujé la puerta y entré en el silencio familiar de nuestra cocina.

Con quien me topé primero fue con mi padre, Auren. Estaba de espaldas, preparando algo en el módulo de cocción; probablemente una de sus comidas nutritivas y perfectamente balanceadas. Ni siquiera levantó su mirada hacia mí para saludarme.

— Aeris. Buen día.

Su calma me destrozó. Me sentía tan mal por la traición que directamente corrí hacia él y lo abracé por detrás. Papá era tan calmado que siempre lograba calmarme a mí. Su presencia era un ancla de lógica y seguridad.

Papá dejó inmediatamente lo que estaba haciendo (el proceso de cocción se detuvo) y se giró hacia mí, rodeándome con sus brazos. Aunque tenía dieciocho años y ya era legalmente una adulta, un abrazo de mi padre era como regresar a los cinco años. Inmediatamente sentí el nudo en la garganta y empecé a llorar. No eran sollozos fuertes, sino lágrimas calientes de pura frustración y miedo.

— Aeris. ¿Qué sucede? — Preguntó Auren. Su voz era tranquila, pero su análisis era instantáneo.

No servía de nada mentirle. Aunque intentara modular mi respiración y mi ritmo cardíaco, él lo notaba. Probablemente porque me conocía de toda mi vida, cada variable de mi biología estaba registrada en su memoria.

Así que le dije. Absolutamente todo: la curiosidad, el patrón oculto, el hack al sistema, el código de Pryor, la alarma de intrusión, y la huida cobarde.

La expresión de mi padre no cambió, pero me alejó un poco de él para mirarme mejor a los ojos morados. Su agarre en mis brazos se hizo firme, no para herir, sino para asegurar mi atención.

Y entonces, empezó el regaño.Mi padre no era mucho de regaños dramáticos; nunca levantaba la voz ni era grosero. Pero su voz era severa, más fría de lo normal, y sus palabras siempre tenían la fuerza de una verdad irrefutable.

— Aeris, lo que acabas de hacer es una falta grave al protocolo y a la confianza — Comenzó papá, sin parpadear. — Entiendo el impulso de la curiosidad, es una función cerebral humana. Sin embargo, no justificamos una acción que compromete la seguridad de toda la infraestructura de Aurell.

Hizo una pausa, asegurándose de que yo procesara cada palabra.

— Al intentar eludir el cifrado Alpha-1, demostraste una falta de respeto hacia la jerarquía establecida y, más importante aún, una negligencia en la evaluación del riesgo. Las alarmas de intrusión en el LID no son disuasivos; son alertas de crisis. Al activar esa alerta y huir, obligaste a los protocolos de seguridad a asumir que la amenaza era externa y potencialmente hostil.

Su mirada era un peso de decepción lógica.

— Con tu inteligencia, Aeris, debiste anticipar las consecuencias. La seguridad de la información confidencial es la base de la estabilidad de esta ciudad. Si deseas acceder a un proyecto, utilizas el canal de comunicación y solicitas permiso. Si se te niega, aceptas la decisión. La curiosidad sin protocolo es peligro para la comunidad. Esto no es un juego de academia. Esta acción tendrá consecuencias, y tú, Aeris, deberás afrontarlas con honestidad. ¿Entiendes la gravedad de la cadena de eventos que desencadenaste?

Las palabras de papá me golpearon con una fuerza que ningún grito hubiera logrado. Tenía toda la razón.

No era solo un error, sino una negligencia en la evaluación del riesgo. Eso, para mi padre, era la mayor decepción.

Lloré aún más fuerte.

— Lo siento mucho, Papá — Musité entre sollozos, apenas pudiendo respirar. — Sé que estuvo mal... muy mal. Pero no sé por qué lo hice... no entiendo por qué no pude parar.

Papá solo me escuchó. Me mantuvo a la distancia, observando mi reacción, pero no volvió a abrazarme. En ese momento, necesitaba su calor más que nunca, necesitaba su protocolo de consuelo.

— ¡Papii...! — Le rogué, usando el apodo infantil que sabía que lo ablandaba. No quería que pensara mal de mí. No quería que su análisis de mí cambiara.

Finalmente, papá cedió. Volvió a abrazarme, sabiendo que la lógica, en ese instante, era inútil contra el torrente emocional. Su cuerpo, firme y frío, era un contraste necesario para mi pánico caliente.

— Sentir culpa o arrepentimiento es una respuesta emocional adecuada, Aeris — Me dijo en voz baja, su voz resonando en mi oído. — Pero no importa si lo sientes o no. Lo que importa es que tus acciones futuras reflejen que has aprendido la lección de este fallo en el protocolo.

Ya no dije nada más. No tenía energías, solo me quedé aferrada al pecho de mi papá, sintiendo cómo mi respiración se regulaba lentamente con su presencia inmutable.

No tardó en llegar mi mamá, Sorell. Estaba ayudando en el ayuntamiento con la logística de la misión a Kaoris.

Entró en la cocina y, en cuanto vio mis ojos rojos y la tensión en el abrazo con Auren, se acercó de inmediato.

— ¿Qué pasó, mi amor? — Preguntó, su voz llena de preocupación. Me envolvió en un abrazo cariñoso, su calidez humana contrastando con la firmeza de mi padre.

Papá me alejó suavemente, tomando la iniciativa de la explicación. No quería hacerlo yo.

— Sorell, Aeris ha activado una alerta Nivel Alpha-1 en el LID. Intentó eludir la seguridad para acceder a un proyecto de investigación y huyó al activarse la alarma.

Mamá se quedó sin aliento un segundo, su expresión pasó del cariño a un enfado fugaz, pero volvió a abrazarme de inmediato. Me apretó contra su hombro.

— Escúchame, mi vida — Me dijo con una voz suave pero firme. — Eso que hiciste no está bien. Poner en riesgo la seguridad de los proyectos es muy peligroso. Pero... — Me apartó para mirarme a los ojos, con la intensidad emocional que a mi padre le faltaba. — Eres muy inteligente, y sé que es la primera vez que haces algo así. Esto se llama curiosidad imprudente, y tienes que prometerme, Aeris, que eres lo suficientemente inteligente para saber que no puedes volver a hacerlo.

Asentí con la cabeza. El regaño de mi madre, basado en el perdón y la fe en mi inteligencia, me reconfortó tanto como el abrazo lógico de mi padre.

La hora de la comida fue un asunto silencioso. Mamá y yo comimos el plato que papá había preparado. Papá nos acompañó en la mesa, como era nuestra tradición. Él no ingería alimentos, por supuesto, pero se sentaba con nosotras, observando y regulando la temperatura de la habitación. Era nuestro momento familiar innegociable. Yo comí lentamente, sintiendo el peso de la culpa.

En la noche, me encerré en mi cuarto. Estaba demasiado triste para encender mis pads o hacer cualquier otra cosa productiva. Encendí el view-screen en la pared, poniendo las noticias de Aurell solo para tener algo de fondo.

Las noticias hablaban del éxito de las colonias y de la estabilidad económica.Reflexionaba sobre mi actuar. Sabía que estaba mal, que pronto recibiría mi sanción, y eso era lo que merecía. Pero aun así, esa curiosidad imperiosa, esa necesidad de entender lo que Pryor ocultaba, seguía latiendo dentro de mí. ¿Qué era ese patrón?

Un golpe seco en la puerta principal de la cabaña me sacó de mis pensamientos. Era un golpe distinto al de mi madre, más mecánico y preciso. Me causó intriga.

Bajé las escaleras lentamente, mi ritmo ahora más pausado. Papá ya había abierto la puerta. Era Pryor.

Al instante, quise retroceder. Quería volver a subir las escaleras y desaparecer en mi cuarto, pero era demasiado tarde. Los ojos morados de Pryor ya estaban sobre mí, analizándome con su habitual frialdad.

Mi papá solo se giró hacia mí. Su rostro no mostraba enojo, solo una expectativa silenciosa. Él no dijo nada, pero yo sabía que debía bajar y enfrentar las consecuencias.

Terminé de bajar las escaleras. Me quedé de pie, esperando que Pryor dijera lo que tenía que decir: la sanción, la prohibición del LID, la decepción.

Para mi sorpresa, Pryor habló directamente, su voz monótona y clara.

— Aeris. Sé lo que hiciste hoy en la estación Alpha-1 del Laboratorio de Investigación y Desarrollo.

Tragué saliva. Papá estaba a mi lado, pero no se movió.

Pryor continuó:

— No informé a la directiva de la Academia ni al ayuntamiento. Borré la secuencia de tu pad de servicio de emergencia y eliminé el metraje de vigilancia que cubría la estación de trabajo y los pasillos de acceso a la red de intrusión.

Lo miré, incrédula.

— ¿Por qué?

Pryor mantuvo su expresión impasible, pero su respuesta fue un cálculo que se extendió un momento.

— La intervención humana es innecesaria en este caso. El protocolo dictamina que una violación de seguridad debe ser reportada. Sin embargo, el protocolo también evalúa el potencial de riesgo futuro del individuo. Tú eres la hija de los cofundadores. Eres la única descendiente de esta ciudad. Una mancha en tu historial de eficiencia podría generar variables sociales impredecibles en el futuro, afectando tu posición como símbolo de Aurell. Además, eres importante para mí.

Hizo una pausa, su mirada fija en mí.

— Adicionalmente, el proyecto al que intentaste acceder es de clasificación máxima. Si la alarma hubiera sido atendida por un técnico de nivel inferior, el riesgo de filtración habría aumentado exponencialmente. Yo estaba en posición de contener el evento antes de que el riesgo se propagara. Borrar la prueba fue la acción más eficiente para proteger la estabilidad del proyecto.

Pryor entonces giró su cuerpo hacia Auren, hablando ahora como ingeniero.

— Ya he re-asegurado el cortafuegos. El incidente está contenido.

Me quedé en shock. Pryor no me había salvado por afecto, sino por una fría evaluación de que mi castigo oficial era más peligroso para la ciudad que mi hack. Y de que el proyecto era tan secreto que valía la pena arriesgar su propio puesto.

Le agradecí, aunque el agradecimiento se sentía vacío.

— No lo hice por ti, en parte, Aeris. Lo hice por Auren y Sorell — me dijo Pryor con su voz monótona, asegurándose de que la lógica de su acción no se malinterpretara. — La estabilidad social de sus cofundadores era la variable principal.

Eso me dolió. Mucho. Me recordó que, aunque yo fuera su descendiente, su verdadera lealtad y afecto (o al menos su protocolo de protección) se centraba en mis padres. Sabía qué tan queridos eran ellos en Aurell. Más que yo.

Pryor terminó de informarle a papá sobre la re-aseguración de los firewalls y la limpieza de los registros. Papá solo asintió, su rostro inmutable, y luego Pryor se fue con su paso mecánico.

Miré a mi papá, esperando que dijera algo. Una advertencia más, un “ahora hablaremos”. Pero solo se giró y se fue hacia otro lado de la casa, volviendo a lo que sea que hacía. Había cerrado el tema.

Volví a mi cuarto, pero no podía concentrarme. Me senté en la orilla de la cama y me quedé pensando. Si Pryor, un androide de lógica impecable que odiaba el desorden, había arriesgado su posición y había roto el protocolo de seguridad para encubrirme, debía ser por una razón inmensa. Ese secreto, esa placa holográfica, tenía que ser algo más que confidencial; era vital, y su filtración, según Pryor, pondría en peligro a mis padres.

Sabía que no debía. Acababa de prometerle a mi mamá y me acababan de salvar de una sanción histórica. Sabía que estaba mal y que debía pensar bien en las consecuencias. Pero esa curiosidad imperiosa, ahora alimentada por la idea de que mis padres estaban en peligro por ese secreto, se encendió con más fuerza. La lógica me decía que donde hay un encubrimiento, hay una verdad que debe ser revelada.

Decidí que al día siguiente, sin falta, descubriría ese secreto. No por imprudencia, sino por una nueva y urgente necesidad: proteger el legado de mi familia.

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