Capítulo I — Persona que quizás conozcas
¿Qué es más fácil? ¿Dejar ir y aceptar absolutamente su decisión como algo inequívoco, o contar una versión que tal vez nunca se dijo?
Ni con todo el razonamiento que creo poseer tengo siquiera un ápice de luz para poder responder esa interrogante. Y, dado que mi cerebro ya no puede con tantos datos al mismo tiempo, creo que la mejor forma de aterrizar mis ideas es escribiendo.
Intentaré contar la historia sincera, cruda y real que se desarrolló durante casi un año.
Todo comenzó por una recomendación de Instagram. Saltó una notificación:
“Persona que quizás conozcas”.
Y ahí estaba su perfil.
Más vacío que mi corazón.
Y, justamente, eso fue lo primero que llamó mi atención.
Según mi criterio de aquel entonces, lo normal sería esperar a que subiera alguna historia para poder responderle de manera casual. Era una forma sencilla de iniciar una conversación sin forzar demasiado las cosas.
Para mi sorpresa, durante casi tres meses no subió absolutamente nada.
Era un cementerio hecho cuenta.
Mi paciencia, poco a poco, se iba agotando, hasta que un día decidí escribirle sin ningún contexto de por medio.
Y ahí nació una historia que, a la vez, sería la primera en hacerme sentir y experimentar tantas cosas por alguien a quien nunca llegué siquiera a darle un abrazo.
Quizás existan cosas aún más trascendentales que lo físico.
Solo es una hipótesis.
Para mi mala suerte, en algún momento ella olvidó responder los mensajes y seguir el hilo de la conversación.
Hasta ese momento, la única versión que yo conocía de mí mismo era la del “autosuficiente”. Dentro de mi concepto, era casi imperdonable remar junto a alguien cuando, desde ese ángulo, no existía reciprocidad.
Así que hice lo que siempre había hecho: hice la vista gorda, lo ignoré y seguí con mi vida.
En ese momento estaba experimentando gran parte de lo que significaba vivir con libertad, autonomía, dinero, poder, un entorno privilegiado, contactos y fiestas.
Era una combinación bastante adictiva.
Y por ello me instalé Bumble.
Ahí la volví a encontrar.
Fue entonces cuando comenzó la larga lista de excepciones que ella generaría dentro de mi modelo conductual.
No sabría catalogarlas como buenas o malas. Simplemente eran fronteras que, poco a poco, se iban derrumbando.
Mi grandiosa regla de “no escribir si no te escribe primero” se esfumó.
Esta vez fui directo.
La invité a salir.
Aceptó.
Conversando un poco más caí en cuenta de que era menor que yo.
Se rompió otra regla mía.
A decir verdad, hoy me parecen reglas estúpidas, pero en aquel momento eran parte de mi identidad. Una de ellas era no salir con personas menores que yo.
Otra regla quebrada.
Pasaron los días hasta que finalmente llegó el momento de encontrarnos en una cafetería.
Siempre he tenido expectativas muy altas sobre las personas y casi nadie logra satisfacerlas. Aquella noche, sin embargo, me llevé una gran sorpresa.
Encontré en ella algo que ni siquiera sabía que estaba buscando:
paz.
Recuerdo que, por primera vez, sentí una mirada que me atravesaba. Una mirada que imponía.
Y aquella primera noche me sentí tan extrañamente normal.
No necesité cargar con el personaje que había construido sobre mí mismo.
Simplemente podía estar ahí.
Cuando llegó el momento de dejarla en su casa y ya estaba por irme, avancé unos metros con el auto.
Luego puse retro.
La llamé otra vez para pedirle su número y decirle que tal vez podríamos volver a salir.
A decir verdad, tartamudeé.
De mi boca apenas salió un susurro.
Mi cerebro no podía creerlo.
¿Yo hablando de una manera tan minúscula?
Ella accedió.
Pasaron unas cuantas —en realidad, muchas— semanas hasta que por fin se pudo dar otra salida.
Esta vez me permitió recogerla al terminar sus prácticas en el hospital.
Estudiaba Nutrición.
Creo que esta fue una de las salidas que más me gustó, y podría relatarla prácticamente desde el comienzo.
Recuerdo verla salir por la puerta del hospital con sus amigos, todavía con su uniforme de Nutrición. Apenas salió, comenzó a buscarme con la mirada y, cuando finalmente me encontró, se giró para despedirse de ellos y cruzó la calle para saludarme.
Entramos al carro y nos dirigimos al restaurante.
Al llegar, me estacioné y recuerdo que, muy amablemente, el valet parking le abrió la puerta para que bajara.
Luego nos guió hasta la entrada del restaurante.
El portero nos abrió la puerta y nos dio pase hacia recepción.
Ahí nos recibió una señorita que nos acompañó hasta nuestra mesa.
Poco después se acercó el mozo para tomarnos la orden.
Todo era perfecto.
La comida fue perfecta.
La atención fue perfecta.
El lugar fue perfecto.
Pero nada de eso habría tenido sentido si no fuera porque, para mí, la compañía que tenía era perfecta.
Tristemente, tuve que terminar prematuramente el almuerzo porque mis obligaciones en la empresa me estaban esperando.
Hasta ahí todo era bonito.
Sí, claro, bastante espaciado en el tiempo.
Pero bonito.
Mi tormento vendría después.
Poco a poco empezó a crecer un abismo entre nuestras disponibilidades.
Y es recién ahora que entiendo lo injusto que fui al pedir algo que, en realidad, yo no comprendía.
No era lo mismo que yo pudiera ajustar mis horarios porque trabajaba para mi propia empresa, a esperar que ella encontrara tiempo dentro de un horario universitario rígido, demandante y lleno de responsabilidades.
Yo podía reorganizar gran parte de mi vida.
Ella no necesariamente podía hacer lo mismo con la suya.
Y fue dentro de ese intervalo de tiempo cuando cometí mi primer error.
Un día salí de fiesta por el cumpleaños de una amiga. Nos pasamos de copas y sucedieron cosas que no debieron suceder.
Ese fue probablemente el inicio de mis incoherencias.
Porque, mientras empezaba a sentir cada vez más por ella, al mismo tiempo quería quitármela de la cabeza y olvidarla.
Quería acercarme y alejarme.
Sentir y dejar de sentir.
Importarme y demostrarme que no me importaba tanto.
Y mi primer intento no funcionó.
Llegó diciembre.
Y genuinamente me moría por verla.
Pero, al mismo tiempo, me aterraba verme a mí mismo como alguien intenso.
No sé de qué parte de mi cerebro nació entonces la idea de comprarle flores.
Nunca en mi vida había regalado flores a una chica.
Siempre me había parecido algo demasiado delicado e íntimo: detenerte a pensar específicamente en alguien, elegir algo para esa persona y entregárselo sabiendo todo lo que puede representar.
Pero ella lo valía.
Otra excepción más para la lista.
Fui a aquella salida y finalmente le expresé que no quería ser solamente su amigo.
Quería ser algo más.
Recuerdo perfectamente su respuesta:
—¿Y si somos ambos?
La verdad, ni mis 130 de CI fueron suficientes para entender sus respuestas.
No encontraba ningún patrón de comportamiento explícito que me diera siquiera pinceladas claras de lo que realmente pensaba.
Había momentos en los que creía comprender algo y otros en los que todo volvía a convertirse en incertidumbre.
Y llegó el fin de año.
Surgió el plan de pasarlo juntos en Punta Hermosa.
Y ahí comienza otra historia larga, al menos desde mi perspectiva.
Pero esa será motivo para otro texto.








