Cenizas Del éter por H. M. Wilson en Inkitt
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Cenizas del Éter

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Sinopsis

En Etheria, usar el Éter tiene un precio atroz: cada vez que lo canalizas, quemas tu propia esperanza de vida. En las calles, los marginados venden sus años en frascos de éter condensado solo para comer un día más. No hay milagros. Solo una corrupción que cristaliza la carne hasta convertirla en estatua negra. Cada siete años nace un Sedam, una entidad de caos absoluto. Después de ver a su amiga Taisia transformarse en uno y ser ejecutada sin piedad, tres supervivientes deciden rebelarse. Iván, un líder mutilado; Leonid, un combatiente de fosos clandestinos; y Gabriel, cuyos pulmones ya crujen por la cristalización. Juntos fundan la DTA: Death to Anger. Su juramento es simple y casi imposible: matar la rabia antes de que la rabia los consuma a ellos. Desafiar a La Catedral. Desmantelar los experimentos de Medici. Sobrevivir. La pregunta no es si pueden cambiar el mundo. Es cuánto les queda antes de que el mundo los borre.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
H. M. Wilson
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Día 119 de la Bruma. Sector Sur, Voros-Grad.

En la periferia de la capital eslava, el tiempo avanzaba con la pesadez de una máquina mal engrasada. Los barómetros del gobierno, colgados en las esquinas de cada distrito residencial, parpadeaban con un verde rutinario: una mentira lumínica que aseguraba a la población que los niveles de Éter ambiental seguían dentro del margen seguro. Para los habitantes de Eslavia, el Éter que impregnaba cada poro de su piel no era una amenaza. Era la inercia del día a día. Una condición natural, como el óxido en el hierro o la pobreza en los pulmones.

Iván ajustó la correa de la mochila que su madre había tejido durante las largas semanas de encierro estacional, reciclando un par de viejos Velos de Plomo. El patio del centro de instrucción técnica exhalaba un tufo a asfalto húmedo, carbón y grasa rancia: el aliento crónico de Eslavia al amainar la estación. Arriba, el cielo era una plancha de zinc oxidado que se negaba a dejar pasar el sol. Esquivó a un grupo de estudiantes menores que discutían con fervor ciego sobre un viejo torneo de gladiadores, de esos que aún confiaban en la estabilidad de su mundo. Para Iván, a sus diecisiete años, aquel espectáculo era un lujo que ya no podía permitirse.

—Llegas tarde.

La voz de Leonid emergió desde la baranda de cemento. Seguía absorto en un manual de flujos hidráulicos rescatado de la basura técnica de la biblioteca.

—Me retuvieron en el portón principal —respondió Iván, exhalando un vaho blanquecino—. Con las alertas del norte, están revisando las identificaciones una por una.

—Con que era eso —Leonid ni siquiera levantó la vista de las páginas.

—Espera. ¿Tú cómo entraste? —preguntó Iván, intuyendo la respuesta al examinar el patio.

—Salté la reja sur antes del cambio de guardia.

—¿Dónde está Taisia?

—Fue a buscar las llaves del taller. Lucian le prometió unos repuestos para el purificador central. Si no arreglamos esa chatarra hoy, nos vamos a asfixiar con el humo de las soldadoras.

Un chirrido metálico interrumpió la monotonía del patio. Taisia dobló la esquina de la galería exterior haciendo girar un llavero oxidado en el dedo índice, con una sonrisa de suficiencia. Su uniforme, alguna vez de un gris estándar, acumulaba manchas de aceite y quemaduras de chispa, ya casi indistinguible del hollín de las paredes.

—Lucian es un blando. Solo tuve que recordarle quién le calibró los inyectores de su carcacha la semana pasada —dijo, lanzándole a Leonid un paquete envuelto en papel periódico manchado—. Ahí tienes tus rodamientos y el embobinado, genio. Más te vale que el problema sea ese.

Leonid atrapó el paquete al vuelo y cerró el manual de golpe, obligado a prestar atención al mundo físico.

—Funcionarán, siempre que la red del pabellón no vuelva a tener otra de sus fluctuaciones —respondió, bajándose de un salto del grueso barandal.

Los tres emprendieron la marcha por el corredor abierto. A un lado, la pared de hormigón sudaba vapor por tuberías agrietadas; al otro, el barandal se asomaba al asfalto húmedo del nivel inferior. El eco de sus botas se perdía bajo el zumbido grave y constante de los generadores del subsuelo. Iván notó un par de gruesos bornes de cobre asomando por el cinturón de Taisia: piezas vitales para reparar filtros de aire caseros. El peaje silencioso que pagaban a diario por el simple derecho a respirar.

—¿Qué te pasa hoy, Iván? —preguntó Taisia, dándole un leve codazo al notar su silencio—. Tienes cara de estar calculando cuántas horas faltan para la escarcha. O de estar pensando en cierta aristócrata, como siempre.

—Ojalá fuera la escarcha —murmuró él, ignorando la segunda parte y aferrando la correa de la mochila—. Son los guardias del portón. No eran los inspectores habituales del sindicato.

Leonid dejó de mirar el asfalto del patio inferior y ladeó la cabeza.

—¿A qué te refieres?

—A que son las Garzas Negras —Iván bajó la voz al mínimo, fijando la vista en las pesadas puertas del fondo—. Tienen el perímetro bloqueado. Mesas de control, equipo de contención etérica.

—Yo llegué con Eliza; nos dejaron pasar sin mucha revisión gracias a su... elocuencia habitual —comentó Taisia, restándole peso al asunto—. Pero esos mercenarios no pisan este lado de la ciudad a menos que busquen algo muy específico.

Leonid suspiró, frotándose la nuca con fastidio. Saltar la reja sur antes del cambio de guardia acababa de transmutar de una simple travesura a un error de cálculo que podía ser letal.

—No estoy en el registro de entrada de hoy —dijo, y el desinterés desapareció por completo de su voz—. Si están revisando identificaciones una por una...

—Van a cruzar la lista de acceso con los que estamos adentro —completó Taisia—. Es la excusa perfecta para culparte de lo que sea que buscan.

—Entremos al taller —cortó Iván, con la mandíbula tensa—. Si nos ven por los corredores sin justificación, llamaremos su atención.

El pesado portón del taller cedió con su habitual gemido sordo. Adentro, el aire estaba viciado, apestando a ozono, metal oxidado y grasa rancia. Inclinado sobre las tripas expuestas del gran purificador central estaba Gabriel. A sus diecinueve años, el desgaste de compaginar el trabajo pesado con el instituto era evidente en sus manos manchadas de aceite negro y en la herramienta oxidada que sostenía, apenas iluminado por el resplandor amarillento de una lámpara portátil.

Al escuchar la puerta, alzó la vista. Su rostro serio se relajó de inmediato en una sonrisa cálida y cansada, dirigida exclusivamente a Taisia.

—Llegan tarde. Creí que me dejarían lidiar con este trasto yo solo, Tai —dijo, limpiándose el sudor de la frente con el dorso del brazo.

Taisia se acercó, esquivando un charco de refrigerante, y le dio un beso rápido en la mejilla sin que le importara lo más mínimo la suciedad.

—Iván se quedó hipnotizado mirando el patio —se justificó—. Y tenemos a las Garzas Negras bloqueando las salidas.

—Lo sé —suspiró Gabriel, volviendo al trabajo. Agarró un viejo frasco de Éter Condensado y lo ajustó a las válvulas del purificador como fuente de energía improvisada—. Pasé por su control hace un rato. Me revisaron hasta los bolsillos y me pasaron el escáner etérico por la cara. En cuanto vieron que soy un simple Anclado, perdieron el interés.

—Como el indocumentado del día soy yo —intervino Leonid, apoyándose contra un pilar de hormigón—, prefiero no averiguar si están de buen humor.

Gabriel negó con la cabeza, priorizando la seguridad de sus amigos.

—Entonces no salgas de aquí hasta que terminen la inspección. Intentemos arreglar esto antes de que empiecen las prácticas. ¿Trajeron los repuestos?

Leonid se los ofreció. Los cuatro se acomodaron en la penumbra. Durante un rato, el único sonido fue el tintineo metálico de las herramientas de Gabriel y las voces bajas de los demás.

—Estuve revisando los diagramas de flujo etérico para la bobina —dijo Gabriel, buscando un tema que los distrajera—. Los cálculos de los Logarcas sobre la resistencia del cuerpo a la corrupción están mal. Dicen que una exposición de Grado 2 con disipadores de cobre no cristaliza el tejido. Es mentira. Cualquiera que canalice eso a largo plazo termina pudriéndose por dentro.

—No están mal, Gabriel —replicó Leonid, mientras ambos sostenían una placa pesada para dejarla sobre el mesón—. Están escritos exactamente como el sistema necesita que estén.

Iván engrasaba los rodamientos en silencio, escuchando a medias. Sus amigos solían enzarzarse en teorías parecidas, y aunque compartía la misma rabia fría hacia los Logarcas, hacía tiempo que había renunciado a maldecir un sistema que no iba a cambiar. Prefería calcular lo único que sí podía controlar: mantener con vida a la gente que tenía delante.

—Los Logarcas no buscan usuarios de Éter estables —continuó Leonid, con un tono gélido y calculador—. Buscan dependencia. Soldados rotos. Si la canalización fuera segura, cualquiera con un poco de instrucción podría rebelarse. Dándote manuales que te destruyen el cuerpo poco a poco, te obligan a comprarles a ellos los supresores de cristalización. Mira a las Garzas que tienen el instituto rodeado ahora mismo: no son una élite militar. Son adictos glorificados con un arma en la mano y una correa en el cuello.

—¿Y si la forma insegura de hacerlo es, en realidad, la única forma de hacerlo? —murmuró Taisia, dejando la pregunta suspendida en el aire.

Nadie tuvo tiempo de responder.

La respuesta llegó en forma de una presión invisible que aplastó el oxígeno de la habitación. El aire se volvió súbitamente denso. Un sabor salado y metálico —sudor y sangre— inundó la boca de los cuatro, erizándoles el vello de los brazos.

El mecanismo de cierre del portón crujió con un alarido de metal torturado. La pesada hoja de hierro estalló hacia adentro, cediendo ante una onda de presión que mandó a volar un par de tornillos sueltos. Uno de ellos rozó el rostro de Gabriel, abriéndole un corte superficial en la mejilla y obligándolo a retroceder hasta quedar acorralado contra las tripas del purificador.

En el umbral, recortada contra la luz enfermiza del pasillo, se alzaba la silueta de un oficial de las Garzas Negras. Su abrigo reforzado absorbía la escasa luz, y en la mano derecha sostenía un escáner etérico que emitía un zumbido agudo y amenazante.

Con un giro de muñeca, la puerta se cerró a sus espaldas con un clack definitivo. El oficial giró lentamente la cabeza. La visera oscura de su casco ocultaba sus ojos, pero Iván sintió el peso de una mirada diseñada para cazar.

—Vaya —graznó, la voz robótica tras el respirador—. Ratas de taller. Sus identificaciones. Ahora.

Gabriel tragó saliva, manteniendo las manos tiznadas a la vista. A pesar del hilo de sangre que le bajaba por la mejilla, intentó mantener la compostura. Su mirada cruzó brevemente la de Iván, advirtiéndoles del peligro sin mediar palabra.

Pero el oficial no esperó a que se las entregaran.

Un brillo azulado y enfermo pulsó bajo la piel de su cuello, serpenteando por debajo del uniforme como veneno líquido. Mediante un Arte de Flujo, desató una corriente etérica agresiva en la pequeña estancia. Esa descarga le devolvió una oleada de calor y omnipotencia. Cada descarga le restaba años de vida, pero el precio le importaba poco frente a esa euforia barata.

Las identificaciones que Iván, Taisia y Leonid llevaban encima vibraron con violencia. Con un crujido seco, los documentos salieron disparados, arrancados por la ráfaga que los dejó suspendidos frente al casco oscuro del mercenario.

—Veamos qué clase de escoria se esconde en la basura —siseó el oficial, mientras un hilo de sangre fresca le brotaba de la nariz: el precio biológico de forzar su propio sistema.

El escáner zumbó con una frecuencia punzante, barriendo las credenciales flotantes. Registró sin problemas los nombres de Iván y Taisia, pero al pasar por el documento de Leonid parpadeó en rojo y se detuvo en seco. Su credencial era legal, sí, pero el sistema cruzaba el identificador con el registro de entradas de la mañana, y Leonid no figuraba en el padrón.

Para el mercenario, aquello era la prueba de un ingreso clandestino. El pretexto perfecto para aplicar mano dura.

El oficial sonrió bajo la visera y alzó la mano libre, oscureciendo los capilares de sus nudillos, dispuesto a canalizar un golpe.

Un repiqueteo de tacones —rápido, imperioso, inconfundible— resonó al otro lado del portón, junto con una voz que protestaba incluso antes de cruzar el umbral.

Antes de que la violencia pudiera materializarse, el portón se abrió de par en par con un estrépito indignado.

—¡Es que no lo puedo creer! —estalló una voz femenina, cargada con una irritación tan absoluta que congeló la tensión en el aire—. ¡Esos simios con uniforme apenas saben leer y tienen la audacia de pedirme los papeles a mí! ¡A mí!

El oficial detuvo el brazo en seco. El zumbido del escáner y la corriente de Éter colapsaron de golpe por la distracción. Las credenciales cayeron al suelo en un repiqueteo plástico.

Eliza entró al lúgubre taller como si pisara los salones de mármol de Krev-Stadt, ajena por completo a la ejecución que acababa de interrumpir. Llevaba un abrigo de lana importada, visualmente inmune al hollín que devoraba el resto de la ciudad. Al gesticular con molestia, la luz amarillenta arrancó un destello de su mano izquierda: un anillo de compromiso de plata pura, una joya inmaculada que contrastaba dolorosamente con la miseria del lugar.

—Casi me manchan la manga con esos guantes asquerosos que tienen —continuó, cerrando la puerta con un elegante empujón de cadera—. Le dije al comandante Beowulf que si me retenía un minuto más, iba a hacer que lo reasignaran a las minas de Zhelezo mañana a primera hora.

Fue entonces cuando pareció notar la figura armada. Frunció el ceño, plantándose frente a él sin una pizca de miedo.

—¿Y tú qué haces aquí molestando en el taller de mi pabellón?

El oficial tensó la mandíbula bajo el respirador. Sus nudillos crujieron al cerrar el puño, pero el brillo azulado de su cuello se desvaneció de golpe. Tocar a la aristocracia —aun con el pretexto del indocumentado— era una sentencia de muerte, y la familiaridad con que la chica pronunciaba el nombre de sus superiores no sonaba a farol.

El mercenario emitió un gruñido metálico, desvió la mirada hacia las credenciales caídas y dio un paso atrás.

—Asegúrese de mantener a sus mascotas en la correa, señorita —graznó con asco, y se abrió paso a empujones fuera del taller. Sus pasos pesados resonaron en el corredor hasta perderse.

Cuando el silencio regresó, fue ensordecedor.

Iván se dejó caer contra el mesón, soltando un suspiro tembloroso mientras se pasaba ambas manos por la cara, sintiendo que el corazón le iba a destrozar las costillas. Taisia tuvo que apoyarse en los cilindros de gas, con las piernas convertidas en gelatina por la brusca caída de la adrenalina.

Leonid se agachó a recoger su credencial con movimientos mecánicos, la mirada perdida, procesando el hecho de que, cinco segundos atrás, su vida no había valido nada para el sistema.

Gabriel se desplomó en una silla oxidada, bajando lentamente los brazos, y con el dorso de una mano trémula se limpió la sangre fresca de la mejilla.

Eliza parpadeó, mirando las caras pálidas y desencajadas de sus cuatro amigos. La cruda realidad del mundo no lograba penetrar su burbuja de inmunidad.

—Ay, por favor, no me miren con esas caras de funeral. Ya se fue —bufó, restándole importancia con un ademán elegante. Al acomodarse un mechón de cabello, la luz cenicienta del taller volvió a arrancar un destello de plata de su mano: el mismo anillo que Iván le había regalado meses atrás y que ella nunca se quitaba.

Avanzó hacia él sin importarle la presencia de Leonid y Gabriel, le rodeó el cuello con la delicadeza habitual de sus gestos y le plantó un beso corto pero firme en los labios, sintiendo cómo el cuerpo de Iván aún vibraba por la adrenalina residual.

—En vez de ponerte tan dramático, Roken, mejor dame un beso como corresponde para quitarme el susto —murmuró contra su mejilla, con esa sonrisa leve que solo reservaba para él, antes de soltarlo y volverse hacia la mesa—. Y bien... ¿van a arreglar eso? —añadió, señalando con la barbilla el purificador desarmado—. Se supone que debía estar listo antes de las clases.

Gabriel soltó una carcajada rota, sin un atisbo de humor. Tomó una herramienta con los dedos aún inseguros y miró los textos esparcidos junto a los repuestos: su forma de lidiar con el terror, aferrarse a la lógica, darle un sentido técnico al monstruo que acababa de salir por la puerta.

—Todavía necesitamos más tiempo del que tenemos, mimosa. Afortunadamente —añadió, señalando a Leonid con una sonrisa torcida que no lograba ocultar el temblor de su mandíbula—, parece que nuestro genio aquí presente enfermó por la Bruma y no está en el registro de hoy. Como los instructores no preguntarán por él en clases, tendrá todo el tiempo del mundo para quedarse aquí encerrado arreglando esta chatarra. Con especial entusiasmo, claro, para que no muramos de asfixia en las prácticas. Tienes unas cuantas horas antes de que revisen si el aire está siendo purificado.

—¿Viste algo más afuera, Eliza? ¿Qué buscan exactamente que amerite bloquear el instituto? —preguntó Leonid, ignorando el tono de Gabriel. Al acercarse a la mesa y arremangarse la camisa aceptó en silencio el peso de su encierro; sus movimientos eran mecánicos, como si intentara anclarse a la realidad a través del trabajo manual.

Eliza frunció el ceño y se cruzó de brazos.

—Eso es lo raro. No es una inspección rutinaria de contrabando —explicó, bajando la voz a un susurro conspirativo—. Estaban escaneando los medidores etéricos que los estudiantes de primer año llevan incrustados en los brazaletes. Uno de los tenientes murmuró algo sobre una «fuga de resonancia pura». Buscan a alguien que canalizó éter crudo... pero ya sabemos que son mentiras grandes como el Imperio. Yo apostaría más bien por un Sedam.

Gabriel se paralizó. El metal que sostenía tintineó contra la mesa por el temblor de su mano, y bajó la mirada, incapaz de lidiar con esa palabra flotando en el aire viciado, tan poco después de haber tenido la muerte respirándole en la nuca.

—Salgamos de aquí, no vaya a ser que lleguemos tarde —cortó Iván, con un esmero por cambiar de tema tan brusco como evidente.

Los habitantes de Eslavia compartían la ingenua creencia de que, si evitaban pronunciar el nombre de una tragedia, esta olvidaría cómo encontrarlos. Había pocas cosas en el mundo que generaran un repudio más profundo y visceral que las Garzas Negras: el Sedam era, indiscutiblemente, la primera de ellas.

Uno a uno abandonaron el taller con el sigilo de quienes caminan sobre vidrio roto. Leonid se quedó atrás, rodeado de herramientas y sombras, consciente de que su estadía entre los purificadores tenía un límite estricto antes de que empezaran las rondas de inspección técnica.

Capítulos
1. Capítulo 1
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