Capítulo 1
Ya no se oye el resonar de un puño golpeando suavemente la puerta de mi cuarto ahora inundado por la frialdad del invierno y su silencio solo roto por el cantar de un pájaro sentado en las ramas de aquel abeto frente a mi ventana.
No hay pasos. No hay esa clásica pregunta de: ¿Te leo algo?
Y la otra: ¿Jugamos a dibujar?
El primero dicho con ese tono cargado de un gran amor que un padre le da a su hija. Una sonrisa siempre se dibujaba en mis labios cuando lo oía, labios que perdieron su vida. El segundo con la hermandad de dos hermanas que se juraban jugar hasta que el sol iluminase tenuemente nuestras habitaciones.
La mía es la única que sobrevivió. La de ella no es nada más que un vacío y recuerdos de tiempos que jamás volverán. Solo hay una pequeña pulsera que yace en su escritorio antes repleto tanto de hojas como de cuadernos.
Las lágrimas azotan mis pupilas hasta deslizarse por mis mejillas. Apenas logro distinguir un recuadro en lo alto de mi armario. Es una foto de yo y ella en lo alto de mi armario.
Ahí, abrazadas. Ella con su cabeza apoyada contra la mía
Me veo tan pequeña y frágil. La foto brillaría más si no fuese por el ceño fruncido en mi frente diminuta.
Mi gorrito blanco de tela, digno de una parte de mí. El suyo es amarillo como los pétalos de un girasol. El de color nieve lo tengo sostenido contra mi pecho .
Me quedo mirándolo por un rato más antes de pasar mis dedos sobre él como si yo pudiera volver a ver un mañana. La textura se siente acogedora y a la vez delicada. Mis lágrimas forman pequeños charcos, oscureciendo levemente su color blanco.
Mi estómago ruge un poco, pero no pienso en moverme a tomar un sobre de galletas de la cocina. No tengo nada más que hacer que estar aquí, sentada sobre las sábanas de mi cama y con la vista clavada en el techo, esperando que pudiera darme alguna solución.
Iba a cerrar los ojos hasta que un ruido casi me hizo dar un salto. Provenía de una cajita donde descansa el arte que yo y ella habíamos creado juntas. Aún había espacio para trazar unos cuantos más.
Una figurita se asoma. Da un salto. Se dirige hacia mí, sus zapatitos marrones hacen resonar los tablones. Esos zapatos son iguales que los que tengo debajo de mi cama.
El cabello café apenas pasa por sus hombros. Lleva un vestidito verde. El mismo que usaba a mis cinco años .
Solo que no lleva puesto un gorrito.
La ayudo a subir a mi cama luego de dudar, sostengo su cuerpo regordete en mis brazos y la hago sentar a un lado , sus manitos descansan sobre su regazo.
—¿Por qué sigues aquí? —me dijo casi en un regaño. Su expresión se mantenía neutra.
No supe qué responderle. Desvié mi mirada a un lugar que solo yo conocía.
—Tienes tu cuaderno —señaló con su dedo el que estaba abandonado en mi escritorio-— Tus libros —cambió hacia uno de ellos ya polvorientos en el sucio estante
Volví a mirarla como si con ese gesto pudiera encontrar respuestas que no llegaban a aparecerme. Solté un suspiro insignificante .
Mi yo en miniatura sostuvo sus ojos negros contra los míos. Se había cruzado de brazos. Frunció un poco el entrecejo.
—Celia... ¿Es por Daia y Andrés?
Esos nombres me cayeron como un golpe al vientre. Me quedé de piedra por segundos antes de abrazarme a mí misma con todas las fuerzas que tenía. El cuerpo me temblaba como si un frío gélido hubiera penetrado en mis huesos.
Pero en ese entonces, sentí unos brazos rodeándome con suavidad y un roce de cabello en mi hombro.
Lo único que pude hacer fue aferrarme a ella desesperadamente . Mi llanto no llegaba a calmarse, parecía un tempestad. Los párpados me ardían como brasas. Las pupilas se me enrojecieron.
Cuando sentí que aquella figura se alejaba, le lancé una mirada casi muerta. ¿Qué más pude haber hecho?
—Duele... duele mucho ¿no? —dijo con la voz tan suave como el algodón. Sus ojos brillaban.
Ni siquiera asentí
—¿Por qué? —contesté en un ahogo
—Porque todavía los quieres... los amas
Solo pude seguir sintiendo ese ardor en mis ojos, uno que enardecía aún más.
—Pero no te atreves a dejarlos ir —su tono cambió a uno más serio No perdía las huellas de la calidez.
¿Para qué? ¿Qué era eso? ¿Eso existe?
Si ellos aún eran lo único que me quedaba en mi mente sumida por la niebla densa que había comenzado a formarse
Mi yo en miniatura soltó un suspiro. Uno de resignación. Ahora había firmeza en aquellos ojos negros.
—Porque si no, vas a seguir aquí sentada...sin hacer nada
Me froté los ojos con mis manos
—Sé que fueron tus anclas alguna vez —dijo ella
Guardó silencio. Mi rostro no mostraba emoción
—Puedes hacer algo —señaló con su dedo una libreta abandonada en mi escritorio— Escribir lo que viviste
¿Y eso en qué ayudaba? ¿A que el recuerdo me siguiera atacando como un bucle sin fin? ¿Y si ya no usaba nunca más esa libreta?
—Vamos , intenta —dijo mientras tiraba de mi manga
Suspiré antes de levantarme a regañadientes, llevándome conmigo el peso del recuerdo bajo mis pasos.
Abrí la libreta. Hojas en blanco. Algunas con garabatos esparcidos en toda la página. Otras ya amarillentas.
La pequeña se colocó a un lado, me enseñó un lápiz. Yo dudé en recibirlo al principio. Mi mano tembló cuando lo sostuve.
—¿Qué momentos desearías que volviesen? —le dio unas palmaditas a la hoja
Cierro los ojos con fuerza. El lápiz apenas roza el papel. Vuelvo a mirar a la pequeña. Ella me sonríe levemente.
Sin pensarlo más, dejo que mi mano inicie la acción después de segundos. Las palabras parecen que las han arrollado un tornado gigantesco.
El corazón se me agita bajo las costillas. Intento seguir, pero me detengo en una parte del papel.
—Continúa , vas bien —la pequeña colocó su mano sobre la mía
Le lanzo una mirada perdida. Mi ritmo se vuelve como el de un caracol. Los rastros del temblor no abandonan los trazos de las palabras.
Una lágrima cae sobre la hoja. No hay tiempo para secarme los ojos con el antebrazo.
Los minutos pasan. El lápiz descansa justo al lado de la libreta. Mis palabras escritas no superan la mitad de la página. Y las gotas de mis ojos forman circulitos en el papel, debilitándolo.
Mi yo pequeña se detiene a leer. Sus manos descansan sobre su regazo. Solo escucho el eco de mi propia respiración y el de ella. Decido fijarme en el techo.
Dice así:
D y A
¿Recuerdas esa noche donde las plumas cayeron al suelo? Y cuando rodamos juntas en el césped en esa tarde del domingo
Papá , tu bicicleta aún sobrevive. La mía igual. Espero volver a pasear por un sendero junto a Daia y a ti. No me importa la hora
—¿Quieres añadir algo más? —preguntó sentándose. La voz le salió como una súplica.
No le contesté
—¿Un tulipán? —murmuró dando un paso más hacia mí
Negué bruscamente con la cabeza. Le arrojé una mirada rabiosa, haciéndola retroceder. Su rostro palideció y trató de protegerse con sus brazos.
Abrí la boca; ninguna palabra salió. El silencio decidió el resto. Ella conservaba la distancia. Un gesto simple que me hizo sentir un puñetazo en el vientre.
Solo conseguía ver su cabello y su espalda. Me mordí los labios resecos. Quizás ya no habría vuelta atrás
—¿Podemos...? —balbuceé tocándole el hombro
Ella tardó un poco en voltear. Casi me abalanzaba a abrazarla con fuerza. Sentí el corazón en mi boca.
La seriedad de su rostro y su ceño ligeramente fruncido hablaban también. Yo seguía observándola como si así pudiera volver a hablar con ella.
No me miró. El impulso de detenerla murió. Solo pude verla esconderse en aquella cajita. Cuando se cerró, me acerqué lo más rápido que pude y la abrí de golpe.
Los dibujos seguían allí; una extraña sensación me invadió los sentidos. Mis rodillas no me respondieron, cubrí mi cara con ambas manos. Ni una sola lágrima. ¿Para qué hacerlo?
¿La perdí? ¿Se había ido a ese mundo?
Mi habitación es arrastrada por las garras de la oscuridad y siento una pequeña punzada en la sien cada vez que cierro los ojos.
Trato de moverme de un lado a otro. No sirve de nada
Tiro las sábanas con fuerza; me apoyo contra la cabecera de a cama. Suspiro temblorosamente.
Allá afuera la luna poco a poco se inclina más sin ningún rastro de las estrellas como para poder contarlas.
—¿Celia?
El corazón me da un brinco al oír mi nombre. Una sensación esperanzadora surca mi mirada antes exhausta. Avanzo hacia el origen de esa voz.
Era la misma niña que me había visitado por la gélida mañana. Solo alcanzaba a ver sus tímidos ojos que se asomaban por la cajita.
Las manos de ella se estiraron hacia mí, no dudé en sostenerla y atraerla hacia donde yo estaba. Su cuerpo pequeño temblaba en mi abrazo y se aferraba a mí como si yo fuera un salvavidas en medio de un vasto océano.
—Lo siento, lo siento tanto —murmuré apretándola con suavidad
Silencio otra vez, solo roto por nuestras respiraciones, por su respiración agitada. Deslicé mis dedos por sus cabellos.
—Ya pasó —dijo luego de separarse— ¿Quieres dibujar el tulipán?
Miré de reojo a mi libreta en mi escritorio, los recuerdos me golpearon sin piedad. La pequeña apretó mi mano.
Asentí rato después
—Vamos —contesté en un susurro
La luz de la lámpara y la insignificante luz de la luna nos acompañan con cada trazo dibujado. Trazos suaves y sin prisa, cargados de memorias que jamás volverán.
El cielo ahí estaba teñido de colores anaranjados y morados mientras el sol a lo lejos se escondía, el pasto adoptaba un tono azulado.
Dibujamos dos tulipanes. El primero era alto y morado. A su costado, una versión diminuta que recién empezaba a emanar su rojiza flor.
Nos detuvimos a contemplar el dibujo, sentí un calorcito envolviéndome el corazón como si algo se estuviera disipando y despejando como un sol que lanza sus rayos tras una feroz batalla contra las nubes.
—Gracias —la observé
Una sonrisa se formó en su boca. Me apretó la mano. Dio unos pasos más
—Ahora descansa, yo mayor —fue lo último que me dijo antes de regresar a su escondite
Pensé que esta noche vendría sumida en una soledad inmensa que las de meses atrás.
Tal vez ella siempre estaría a mi lado, sería una luz diminuta en medio de la oscuridad tan acechante.
Pero cuando decidí arroparme con las sábanas y dejar que el sueño se apoderase de mí, la idea de que ella solo existía en su cajita; desapareció.
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