CAPÍTULO 1EL SECRETO EL PUPITRE DE ALADO
El instituto Nevermore tenía ese olor característico a cera de suelo vieja, papel impreso y sudor de adolescencia aburrida, todo envuelto en la atmósfera lúgubre de sus muros de piedra gris y gárgolas desgastadas por los años. Para la mayoría, las horas de clase pasaban con la lentitud de un suplicio. Para mí, eran un ejercicio constante y agotador de contención mental.
A simple vista, era una estudiante más del montón en Nevermore: cabello oscuro, sudaderas demasiado grandes con la capucha puesta para disimular la rigidez de mis hombros y una tendencia alarmante a pasar desapercibida. Pero bajo las capas de algodón y las reglas de ortografía del profesor de literatura, mi sangre latía con un ritmo dual y caótico. Mi madre pertenecía a un aquelarre de brujas de la vieja escuela, de esas que prefieren los grimorios polvorientos y los tés de hierbas amargas; mi padre, a una corte de vampiros que se movía entre sombras y anonimato. Yo era el experimento prohibido de ambas especies: mitad colmillos, mitad sortilegios. Una criatura que no encajaba en ninguna parte, obligada a llevar una pulsera de plata encantada en el tobillo para calmar el zumbido constante de la magia en mis venas y a morderse el interior de la mejilla cada vez que el aroma del almuerzo de alguien más se cruzaba en mi camino.
—Valeria, ¿puedes leer el siguiente párrafo? —la voz seca del profesor me arrancó de mis pensamientos.
Tragué saliva, sintiendo el ardor punzante en las encías —el recordatorio constante de que necesitaba alimentarme pronto con una de las bolsas de plasma que guardaba en el mini refrigerador de casa—, y alcé la vista.
—Claro, profesor —dije, apartando el flequillo de mi frente con torpeza fingida.
Leí el texto con voz clara, intentando no temblar. El verdadero problema no era la lectura, sino el hecho de que, en la última fila, Mateo me estaba mirando.
Mateo había llegado a Nevermore a mitad de trimestre, alterando la pacífica monotonía del lugar. Era de esos chicos que no necesitaban esforzarse para destacar: cabello revuelto, una sonrisa fácil y una curiosidad en los ojos oscuros que rozaba lo peligroso. Mientras todos los demás alumnos se entretenían mirando el móvil o lanzando bolitas de papel, Mateo se pasaba las horas observando los pequeños detalles del entorno. Y últimamente, se había empeñado en observarme a mí, como si intentara resolver un rompecabezas imposible.
Cuando por fin sonó el timbre estridente para el descanso, guardé mis cosas con prisa en la mochila de lona. Odiaba los pasillos abarrotados de Nevermore; el gentío, los empujones, los choques accidentales y el calor corporal mezclado desataban mis instintos de vampiro, acelerando mi pulso muerto y haciendo que mis ojos brillaran con un tono ámbar si me descuidaba por un segundo.
—Oye, Valeria —una voz cálida me detuvo justo cuando iba a doblar hacia la salida.
Me giré sobresaltada, con los músculos tensos listos para huir a velocidad sobrenatural. Era Mateo. Estaba apoyado contra la pared de piedra del pasillo, con las manos en los bolsillos de su chaqueta desgastada y una media sonrisa que no terminaba de descifrarse.
—¿Qué pasa, Mateo? —intenté sonar indiferente, aunque mi corazón dio un vuelco extraño que me molestó profundamente.
—Te dejaste esto en la mesa de historia —dijo, extendiendo con calma un bolígrafo plateado con extrañas runas grabadas que mi madre me había regalado para canalizar mis bloqueos mágicos.
Estiré la mano demasiado rápido para arrebatárselo, pero en el último segundo, nuestros dedos se rozaron.
Un escalofrío helado y a la vez ardiente recorrió mi columna. Para empezar, mi piel siempre estaba fría, como la de un cadáver bien conservado, pero el tacto de Mateo desató una especie de corriente eléctrica invisible. En ese mismo instante, un destello azulado saltó de la punta de mis dedos hacia el bolígrafo, haciendo que una pequeña voluta de humo blanco se disipara en el aire y un olor a ozono llenara el espacio entre nosotros.
Me quedé petrificada, conteniendo la respiración. Mi secreto, guardado durante diecisiete años, a punto de evaporarse en medio pasillo.
Mateo parpadeó, mirando primero el bolígrafo humeante y luego mis ojos, que por una décima de segundo habían reflejado el brillo carmesí de mi herencia nocturna. Lejos de salir corriendo despavorido o gritar pidiendo ayuda, ensanchó los ojos con una mezcla de asombro, emoción y una peligrosa chispa de diversión.
—Vaya —susurró Mateo, inclinándose un poco hacia mí, bajando la voz para que nadie más pudiera escucharlo—. Definitivamente, Nevermore esconde leyendas raras en sus sótanos, pero tú... tú eres algo totalmente distinto. Y algo me dice que no eres la única que oculta cosas en este lugar. ¿Me vas a explicar qué fue eso, o prefieres que lo descubramos juntos?
¿Qué te par