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Inquebrantable |PRIMER BORRADOR|

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Sinopsis

¿Qué pasaría si luego de pasar toda tu vida conociéndote a ti misma te enteras de que no ha sido más que una mentira? ¿Qué harías si el mundo en el que vives comienza a cambiar sin que puedas evitarlo? ¿Y si todos comenzaran a olvidar, pero también a recordar cosas que jamás vivieron? Mientras Alexia intenta encontrar respuestas, cada nueva contradicción la acerca un poco más a una verdad que quizá nunca debió descubrir. Porque hay cosas que es mejor no recordar. Y hay verdades que pueden destruirte si llegas a conocerlas. *** Primer borrador de la historia. Se editará una vez finalizada la misma.

Genero:
Mystery
Autor/a:
vann
Estado:
hace 10 días
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Más allá, en el horizonte

Venganza.

Una palabra simple, pero que contenía demasiado.

Un pitido sonaba a lo lejos. Los ladridos de los perros y las sirenas interrumpían el silencio de la noche. Más allá de eso, los animales nocturnos guardaban silencio. Se escondían.

Los huesos me quemaban con cada paso que daba. Los pulmones me ardían, pero no los sentía en carne viva. El clima seco no ayudaba a mi huida, pero alimentaba al fuego.

En algún lugar, lejos de mí, las personas gritaban. Pedían ayuda. Incluso los oí rezar entre sollozos. Nadie llegó por ellos, así como nadie llegó por mí.

La luz de las linternas y de las antorchas se acercó tanto que creí que me podrían alcanzar. Ellos corrían con ventaja, pero yo quería sobrevivir a esta noche. El mañana podía esperar.

Así que seguí adelante.

Para eso había vivido.

El viento me guiaba sin un rumbo fijo. La luna me perseguía y sabía por qué. Ella era cómplice. Un único testigo. Pero así como cumplía mi voluntad, también cumplía la suya. Esto era lo que ella quería.

Pero debía callar. Seguir y obedecer.

Callar. Seguir. Obedecer.

Un bucle…

De repente me caí. El pasto seco y la tierra rota me recibieron. Detrás de mí, los gritos se intensificaban en una melodía sanguinaria. Eran otra cosa. Algo… distinto. No podía comprender en qué.

Me aferré a la vida. Mis uñas bajaron hacia mis muslos, apretando, buscando un ancla. Conté hasta diez cuando todo fue demasiado. Mi camiseta se apretaba sobre mi pecho con cada bocanada de aire que daba, pero no era suficiente. Quería más.

Bajé la cabeza, observando las grietas en el suelo. En algún lugar algo estalló, impulsando mi cuerpo hacia adelante. Mi rostro impactó sobre el suelo seco, pero no sentí más que vacío. El aroma a muerte entró en mis fosas nasales.

Muerte. Había mucho de eso. ¿Fui yo?

Los gritos pesaban en mi cuerpo. Se repetían en mi mente una y otra vez, sin descanso. Eran de agonía. Y podía sentirlo en cada poro de mi cuerpo. Levanté la cabeza del suelo, sujetándola con las dos manos, por si se caía. A mi alrededor no había más que aros de luz en forma de estrellas que ascendían al cielo.

La tierra tembló cuando un nuevo estallido llegó a las nubes. Lo observé en silencio mientras los gritos me rodeaban. Formaban un círculo y me señalaban. No podía ponerme de pie. No podía correr. Me mantuve en mi lugar, con las manos en la cabeza.

Enterré un codo sobre la tierra dura, sintiendo las pequeñas piedras clavarse en mi piel. Y el dolor fue bienvenido, porque significaba que seguía siendo humana. Quería levantarme, pero mi cuerpo estaba dormido, entumecido. Con las piernas sin servirme más, usé las manos para impulsarme, pero solo pude ponerme de rodillas antes de perder la fuerza. Fue entonces cuando miré al cielo y recé. No por ellos. Por mí.

Reuniendo las fuerzas que me quedaban, rodeé el muslo con mis manos, forzando a los músculos a despertarse. El dolor subió desde el tobillo hasta la cadera y tuve que contener un gemido. No podía quedarme allí. No después de todo aquello. Intenté levantarme, aunque cada músculo de mi cuerpo me suplicaba que me detuviera. Y finalmente, después de cuatro intentos, me puse en marcha.

Algo se atascó dentro de mí. Intenté respirar, pero el aire no llegaba a mis pulmones. Todo a mi alrededor comenzaba a volverse oscuro. Pero había algo que necesitaba…

Observé más allá, hacia el horizonte, donde los árboles se balanceaban al compás del viento. Las hojas y las ramas me llamaban. Quería acercarme y hundirme en ellas. Entonces supe que algo más había despertado. Y pretendían mi sumisión. Pero yo quería negarme.

Sentí como si las costillas me perforaran por dentro, pero seguí corriendo. Porque quería huir. Quería ver el amanecer. Y, tal vez, vivir un poco más.

Pero el tiempo se volvió borroso. Avanzó y retrocedió. Y aunque yo corría, me mantenía en mi lugar.

No respires. No hables.

Corre. Corre.

No mires atrás.

Mis piernas se detuvieron de repente y ya no pude moverme. A mi alrededor, el tiempo se detuvo. Una hoja quedó suspendida en el aire. Pero al parpadear, el mundo vino a mí.

Entonces pude verlo… todo.

El aire se volvió demasiado denso, tóxico. Algo me raspaba en la garganta. El bosque seguía allí, frente a mí. Demasiado lejos. Pero seguía diciendo mi nombre.

Necesito…

Todo este caos… ¿de verdad fui yo?

Un golpe en las costillas me hizo caer. Oí un grito y solo después entendí que era mío. Aunque cerraba los ojos, el fuego y los rostros seguían pegados a mis párpados. Me quedé así durante una eternidad, tirada en el suelo, abrazando mis rodillas en posición fetal.

Y nadie vino por mí.

“Es mi culpa”, pensé. No supe qué parte.

No respires. No hables. No abras los ojos.

—Sé que estás despierta.

Abrí los ojos. Al principio no vi nada. Solo oscuridad. Entonces apareció algo amarillo con manchas de sangre entre las sombras. Un ojo. Me estaba mirando.

No pude apartar la mirada. Algo dentro de mí se tensó, lo sentí romperse. Antes de poder reaccionar, mi cuerpo comenzó a levantarse. No quería hacerlo. Intenté resistirme, pero mis piernas obedecieron una orden ajena.

El suelo comenzó a resquebrajarse, absorbiendo todo lo que estaba cerca, hasta que solo quedó un círculo de tierra. Y yo quedé en el centro.

Detrás de las grietas había alguien. Una mujer mayor me observaba desde el otro lado. No dijo nada. Solo levantó la mirada hacia el cielo, como si esperara que yo hiciera lo mismo.

La seguí con los ojos. El infierno había invadido el cielo. Una tormenta cubría el sol y no dejaba más que nubes de sangre, atravesadas por truenos rojizos y relámpagos de fuego.

Tanto caos…

Destrucción…

Eso era yo.

Cuando bajé la mirada, la mujer me sonreía. Di un paso hacia ella. Luego otro. Pero entonces, se esfumó como si nunca hubiese estado allí.

Todo terminó antes de empezar. El suelo bajo mis pies se abrió. De las grietas surgieron cuerpos, esqueletos, uno tras otro, hasta rodearme. Sus mandíbulas se abrían mientras gritaban mi nombre. Clamaban por mi alma.

Mi mirada se dirigió al bosque, una vez más. Una última.

Sus manos alcanzaron mi cuerpo. No sentí dolor. Comenzaron a arrastrarme con ellos, hasta que mi cuerpo no fue más que polvo.

Y aquella mujer… aquella mujer fue la última persona viva que ví.

Actualidad.

—¿Alguna vez sintieron que… no eran ustedes mismas?

Pudo ser algo confuso de preguntar. El simple hecho de hacerlo era raro. Y lo supe en cuanto me observaron como si un tercer ojo hubiese salido en mi rostro.

Alice se volvió hacia mí, con el ceño fruncido.

—¿Qué? —preguntó con una risa nasal. Era falsa. Estaba segura.

Suspiré. Nuevamente, había hablado de más.

Alice seguía observando. Llevó una mano hacia su cabello, colocándolo detrás de la oreja. Y por un momento, me habría gustado ser más normal. Más como ella. Era bonita. Bueno, tal vez eso quedaba demasiado corto. Era preciosa. Tenía un cabello rojo natural que caía en ondas por su espalda. Tenía pecas, ojos brillantes y labios bonitos. Parecía una princesa.

Siempre quise ser una princesa, pero me había tocado ser la chica fuera del cuento. La que observa y sueña con tener un final bonito y feliz.

Chloe, otra de mis amigas, levantó una ceja. Llevó su bebida hacia sus labios, dando un gran trago.

—¿Estás segura de que no pasó nada? Estás actuando demasiado extraña…

—Sí —continuó Eloise—. Más que de costumbre. Eso ya dice mucho.

Las tres rieron.

—Qué graciosas —murmuré tomando mi bebida.

Hace varios días que no podíamos juntarnos. Si alguien preguntaba, ellas dirían que es porque yo siempre estaba ocupada. Si me preguntaban a mí, admitiría que las estaba ignorando. Pero luego de días de darles excusas, ya no pude mentir más. Y tuve que acceder.

—Admítelo —dijo Chloe—. Estás rara.

—Solo estoy cansada.

—Eso dijiste ayer.

—Porque ayer también estaba cansada. Y ocupada.

Alice soltó una risa que ocultó tomando su bebida.

—Ya. Solo dilo, Alexia —dijo esta vez Eloise—. Ya no quieres ser nuestra amiga — hizo un puchero demasiado exagerado. Alice bufó mientras le daba un leve golpe en el hombro.

—Deja de hacer eso. Te ves fea.

Iba a responder. A inventar una excusa nueva o solo seguir la broma de Alice, lo que fuera necesario para cerrar el tema sobre mí y sacarme del foco, pero la sombra sobre la mesa se distorsionó. No la de las chicas o las bebidas, la mía. Estaba inquieta. La mancha oscura que proyectaba mi silueta se estiró hacia la izquierda, a contramano de la luz del techo. Fue solo un segundo. Pero eso fue suficiente.

El corazón me dio un vuelco. Apreté los dedos contra el vidrio frío, esperando que alguna de las tres lo hubiera notado. Cuando las miré, se encontraban distraídas con otra cosa.

Observé a mi alrededor. Estábamos en una cafetería del centro. Solíamos frecuentarla. Tanto, que ya conocían la orden de cada una a la perfección. Sin embargo, hoy no me apetecía ese nivel de familiaridad.

Necesitaba estar sola.

Mi mirada se detuvo sobre la barra, donde un chico se encontraba con la mirada clavada sobre la mesa. Sus ojos recorrieron la mesa un momento, antes de subirlos lentamente hasta encontrarse con los míos. Entonces, el ruido de la cafetería y el miedo que me acosaba desde hace semanas se paralizaron, al igual que mi respiración.

Alguien más vio lo mismo que yo.

—¿Alexia? —La voz preocupada de Alice me trajo de vuelta, cortando el aire de golpe.

Pestañeé varias veces, forzándome a romper el contacto visual con aquel chico. Tal vez estaba alucinando por la falta de sueño. Las sombras no podían moverse por voluntad propia, ¿verdad? Algo así jamás había pasado. Tal vez el foco…

—¿Te sientes bien? Estás pálida —dijo Eloise, dejando su taza con un golpe seco sobre la mesa.

El corazón me retumbaba en los oídos. Cuando volví a mirar a las chicas, las tres me observaban con expresiones que iban de la molestia al desconcierto.

Otra vez no las estaba escuchando.

—Sí… sí, perdón —balbuceé, sintiendo un sudor frío en la nuca. Solté la taza, que apretaba con fuerza, llevando las manos hacia mi regazo. Apreté con fuerza la tela de mi pantalón, hasta que los nudillos se pusieron blancos solo para que no vieran cómo me temblaban los dedos—. Me pareció ver a alguien, nada más.

—¿A quién? —Chloe se giró de inmediato, buscando con la mirada en la dirección donde yo había estado mirando hacía un segundo.

—A nadie. Me confundí…

Eloise apoyó los codos sobre la mesa de madera, entrelazando las manos mientras me sostenía la mirada. Tenía esa expresión de “analista” que siempre me ponía cuando creía haber descubierto un secreto.

Y eso era algo que odiaba…

—A mí no me engañas, Alexia —dijo, bajando la voz como si revelara un secreto de Estado—. Es un chico.

Un trago de mi bebida se me atascó en la garganta. Tosí levemente, cubriéndome la boca con el dorso de la mano

—¿Qué? No. Nada que ver —dije con voz chillona.

Pero ya era tarde. La duda estaba allí. Había respondido demasiado rápido. Y las excusas que daba en los últimos días tomaban un rumbo fijo en sus pensamientos, aunque era incorrecto.

—¡Oh, Dios! —exclamó Alice, aplaudiendo—. Estás enamorada…

—¡No! Eso no es…

—Por favor, tienes todas las señales —intervino Chloe, rascando la etiqueta de su botella de agua con una uña pintada de lila—. Distraída, ya no vienes a las reuniones, no quieres vernos como antes… Estás hablando con alguien y no quieres decirnos.

Mi mirada pasaba de una a otra, consternada. Los ojos de Alice se abrieron de forma preocupante, al mismo tiempo que se ponían llorosos.

—¿No… no nos tienes confianza? —preguntó en un hilo de voz. Su postura se encorvó ligeramente, como si la hubiese golpeado sin que ella lo esperara.

—¿Cuál es el problema? —dijo ahora Eloise—. ¿Tiene novia?

—¡O es mayor! —añadió Chloe, ahogando un jadeo dramático con la mano.

—¡¿Tiene hijos?! ¡¿Te metiste con un hombre casado?! —acusó Eloise nuevamente, mientras se inclinaba sobre la mesa, con los ojos brillando de curiosidad—Digo… si solo fueran los niños estaría bien, supongo. Pero que tenga esposa es… demasiado. Incluso para mí.

—Sí —coincidió Chloe—. Estoy de acuerdo contigo.

—Tal vez no es un chico y es una chica —respondió Alice.

Apreté los dientes con tanta fuerza que me dolió la mandíbula. La conversación se estaba descarriando hacia un terreno ridículo, pero la alternativa —explicarles no solo sobre las sombras, sino que también sobre mi paranoia— se escuchaba patético.

—Les juro por lo que quieran que no hay ningún chico —dije, bajando el tono de voz para no llamar la atención de las mesas vecinas—. No hay novias, no hay casados ni niños, no hay nadie. Simplemente estuve mal. Estudiando, durmiendo poco, con la cabeza hecha un desastre.

La mentira sabía amarga. Pero saber que había algo de verdad me tranquilizó un poco.

—Hablando de estudiar… —Alice se cruzó de brazos, echándose hacia atrás en la silla mientras nos escaneaba con la mirada—. ¿Al final qué pasó con la entrega del trabajo de Epistemología de la semana pasada? El profesor dijo que solo tres personas sacaron nota alta. Supuse que una eras tú, pero cuando busqué tu nombre en el acta, no estabas por ningún lado.

Un frío punzante me recorrió la espalda.

—Entregué el trabajo el martes —dije despacio, con la voz temblorosa—. En la clase virtual. El profesor confirmó el envío en la clase presencial del jueves.

Alice parpadeó, haciendo una mueca. Era un gesto característico suyo, lo que anunciaba que estaba a punto de llevarme la contraria.

—Alexia, la clase del jueves se suspendió. Hubo paro de docentes, ¿no recuerdas? Es imposible que hayas ido al salón; estaba cerrado con llave.

—Es cierto —continuó Chloe—. Vinimos aquí a tomar un café con las chicas. No te dijimos porque no te vimos, y porque nunca respondes los mensajes. Luego nos fuimos a caminar.

Una sensación extraña me invadió. Una preocupación pura se instaló en mi pecho. Recordaba la clase. Veía claramente la luz del salón parpadeando en la esquina izquierda, la voz monótona del profesor dando su clase. El marcador rojo en la pizarra…

Lo recordaba todo.

—No… —murmuré—. Recuerdo que el profesor estaba ahí. No hubo paro, chicas. Llevaba un saco marrón. E incluso hablamos de la prueba.

Chloe y Alice se miraron entre sí. Fue un intercambio rápido, de unos segundos. Pero lo noté claramente. Era esa mirada que la gente se da cuando cree que alguien a su lado está perdiendo la cabeza.

—Alexia, el profesor es alérgico al color. Nunca usó un saco, mucho menos marrón —dijo Eloise con una risa suave. Intentaba quitarle peso al asunto, aunque sus ojos mostraban preocupación real—. Siempre usa camisas negras.

—Capaz que confundes las clases —sugirió Chloe, encogiéndose de hombros—. Con la cantidad de horas que pasas sola, estudiando en tu habitación, ya se te deben cruzar los días. A mí me pasa cuando me desvelo.

Tragué saliva. La garganta me ardía. Estaba segura de que no me confundí. Sabía en qué aula había estado. Sabía qué ropa llevaba el profesor. Pero la seguridad con la que hablaban me hacía dudar.

Para evitar que siguieran mirándome así, desvié la mirada de reojo hacia la barra.

Él no se había movido. El chico seguía con una taza entre las manos, con su cabeza ligeramente inclinada hacia nosotras. No disimulaba.

—¿Otra vez mirando para allá? —preguntó Alice, amagando con darse vuelta de golpe.

—¡No gires! —susurré, tomándola de la muñeca antes de que fijara su vista en la barra.

Alice se soltó con un gesto molesto, arqueando la ceja. Chloe bufó.

—Por favor, estás insoportable hoy —resopló, cruzándose de brazos—. Primero nos ignoras durante semanas enteras. Luego actúas como una chica misteriosa mientras nos ignoras y mientes en nuestra propia cara. Si ya no quieres tener nada que ver con nosotras, deberías decirlo de una vez.

—No es eso…

—Es que parece que sí —interrumpió Eloise, bajando el tono—. No sé qué te pasa últimamente, Alexia, pero parece que estás en otro planeta. Ni siquiera estás con nosotras.

Tenía razón. Estaba en otro planeta. Algo en mi cabeza no estaba bien, y no podía ver qué era eso. Miré hacia la barra de nuevo; él no había movido la mirada. Seguía en el mismo sitio.

—Además —añadió Chloe, jugando con una servilleta de papel—, estamos organizando la fiesta del cumpleaños de Alice para el mes que viene. Vamos a alquilar la casa de la playa de la que hablamos ayer. Dijiste que vendrías.

Busqué en mi memoria, pero solo encontré un vacío frío. No recordaba hablar sobre la casa, ni haber confirmado el viaje. Definitivamente había algo malo conmigo.

—Ah… sí. Claro. La playa —asentí poco convencida.

—¿Ves? Ni siquiera te acuerdas —replicó Alice, negando con la cabeza—. Por favor Alexia, si hay algo mal, dinos. Queremos ayudarte, pero si no confías en nosotras…

—Está todo bien —respondí, cortando lo que sea que diría después. Ella suspiró, pero me lanzó una mirada comprensiva.

Observé la barra de nuevo. Pero el chico ya se había puesto de pie, en dirección a la salida.

—Tengo que irme —dije de golpe, poniéndome de pie. La silla arrastró un chillido agudo contra el suelo.

—¿Qué? ¿Ahora? —Alice frunció el ceño—. Ni siquiera terminaste tu bebida y no hemos terminado de hablar…

—Surgió algo. Perdón, de verdad. Hablamos después.

—¡Alexia! —llamó Eloise, pero ya había agarrado mi mochila con manos temblorosas.

Dejé un par de billetes arrugados sobre la mesa sin ponerme a contar si alcanzaba y me di la vuelta, dispuesta a escapar del lugar.

Caminé a pasos rápidos hacia la salida, sintiendo el aire de la cafetería demasiado denso, casi irrespirable. La puerta de vidrio se abrió y el frío de la calle me golpeó de lleno en el rostro.

Con un suspiro y manos temblorosas, caminé hacia un semáforo, cruzando cuando estaba habilitada. Apenas puse un pie en la calzada, un dolor agudo y punzante me atravesó la nuca. Fue como si un estallido me ocurriera por dentro. Mi cuerpo se impulsó hacia delante y la cabeza me retumbó con fuerza, mientras un pitido ensordecedor sofocó de golpe todos los ruidos del tráfico y la ciudad.

Un mareo me hizo perder el equilibrio. El suelo parecía inclinarse bajo mis pies, mientras la vista se llenaba de manchas oscuras. Apreté los dientes, llevándome las manos a la cabeza mientras la visión comenzaba a apagarse por completo. Mi cuerpo cedió, pesado, cayendo hacia la nada justo cuando mis sentidos se desconectaban.

Lo último que percibí antes de que la oscuridad me tragara fue el sonido de una bocina y el chillido ensordecedor de frenos sobre el asfalto, y una sombra metálica embistiéndome de lleno.

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