Los efectos de...¿Alcohol ?
El humo denso y las luces neón temblaban al ritmo del bajo que retumbaba en las paredes del boliche. En una de las mesas del área VIP, el grupo estaba en su punto máximo de efervescencia. Fu y Follo estaban prácticamente pegados en uno de los sillones; Follo mantenía un brazo protector alrededor de su novio mientras Fu reía sin parar de cualquier disparate que sonaba en la pista. Cerca de ellos, Momoa se movía al ritmo de la música con un vaso en la mano, disfrutando del caos y metiéndose en las conversaciones de todos.
En el otro extremo del sillón, Noerde intentaba mantener una conversación medianamente coherente con Riyou. La tensión entre ellas dos era evidente para cualquiera: esa dinámica floja y sin etiquetas de "casi algo" donde los roces de hombros duraban un segundo de más y las miradas decían bastante más que las palabras.
Jabber, por su parte, apuró el contenido de su vaso de un solo trago sin pestañear. Tenía una resistencia al alcohol envidiable, de esas que le permitían beber hasta el amanecer sin perder la lucidez. Para la mayoría, era el típico desastre con patas, el sujeto del que todos pensaban que terminaría en la cárcel; pero Jabber no era un idiota. Sabía exactamente cómo moverse en los bordes sin caerse. La vida era una sola, había que disfrutarla al máximo, de fiesta en fiesta y sin negarse a nada ni a nadie.
—Oye, Jabber —lo llamó Riyou, apoyando el codo en el respaldo del sillón y señalando con el vaso hacia la zona de la barra con una sonrisa burlona-. Mira hacia allá. ¿A que no adivinas quién terminó atrapado en este antro hoy?—
Jabber inclinó la cabeza, siguiendo la dirección que le indicaba Riyou. Cerca de la barra, parado con una rigidez casi cómica entre la multitud, estaba la persona más fuera de lugar que pudiera existir en ese tugurio: Zanka Nijiku.
Un amigo de Riyou y la definición viviente del estudiante ejemplar. Zanka era metódico, correcto y con esa postura impecable de quien jamás ha roto una sola regla. Verlo allí era como encontrar un cuadro de museo en medio de una fiesta clandestina.
—¿El chico perfecto? —murmuró Jabber, entrecerrando los ojos mientras una chispa de curiosidad se encendía en su mirada
— ¿Qué hace una estatua como él en un lugar asi?—
—Perdió una apuesta contra mí —se burló Riyou, dando un sorbo a su bebida mientras Noerde a su lado soltaba una risita—. Se confió en que sacaría la nota más alta en el trabajo práctico y perdió por dos puntos. La penitencia era venir al boliche al menos dos horas sin poner excusas... Míralo, parece que está esperando su ejecución.—
Jabber no respondió inmediatamente. Sus ojos recorrieron la figura de Zanka, la forma en que sostenía su vaso de agua con ambas manos y cómo observaba a su alrededor con una mezcla de incomodidad y absoluto fastidio. Había algo fascinante en esa rigidez, un reto implícito que a Jabber le encendió la sangre. Hombre o mujer, cuando ponía el ojo en alguien, esa persona terminaba con él esa noche. Y Zanka acababa de convertirse en su objetivo.
Sin embargo, no iba a ir al choque de frente; con un tipo tan metódico y estructurado, la fuerza bruta solo lograría que saliera corriendo. Había que ser más sutil, aflojar las defensas primero. Y para eso, nada mejor que un poco de alcohol en el sistema de alguien que claramente no estaba acostumbrado a romper la rutina.
—Voy a ver si necesita compañía —dijo Jabber con una sonrisa afilada.
Se levantó del sillón y caminó hacia la barra. Pidió dos tragos fuertes, de esos que parecen dulces al primer sorbo pero que llevan una carga alcohólica capaz de tumbar a un novato en cuestión de minutos. Con un vaso en cada mano, se abrió paso entre la gente con una gracia desordenada.
Llegó por el costado de Zanka y apoyó despreocupadamente un codo en la barra, manteniéndose a una distancia que no resultara amenazante, pero lo suficientemente cerca como para imponer su presencia.
—Tiene cara de que preferirías estar en cualquier otro lugar, antes que en este, Nijiku —soltó Jabber con tono ligero, ofreciéndole uno de los vasos coloridos con un gesto amable.
Zanka dio un pequeño brinco al escucharlo, girando la cabeza de golpe. Al reconocer la figura y la mirada entornada de Jabber, su ceño se frunció automáticamente.
—Wonger —dijo Zanka, usando su apellido con tono distante— Y sí, preferiría estar en cualquier otro sitio. Solo estoy cumpliendo con un compromiso—
—Sí, ya me enteré de la apuesta. Mala suerte con esos dos puntos —Jabber dejó escapar una risita baja y agitó levemente el vaso que le ofrecía—. Pero ya que estás atrapado aquí cumpliendo tu condena, no tienes por qué pasarla mal. Toma, invita la casa. Un poco de jugo para pasar el trago amargo de la derrota.—
Zanka miró el vaso con desconfianza. El líquido brillaba bajo las luces neón del lugar, y aunque olía extrañamente frutal, venía de las manos del tipo más problemático del instituto.
—No bebo alcohol —respondió Zanka de inmediato, ajustándose el cuello de la camisa —Y dudo mucho que eso sea solo "jugo"—
—¿Tan poco confías en mí? Me hieres el orgullo —dijo Jabber, llevándose la mano libre al pecho con dramatismo antes de darle un trago largo a su propio vaso para demostrar que era "seguro"— Es suave, te lo juro. Solo un toque dulce para que no te mueras de aburrimiento mientras corre el reloj de tu penitencia. Vamos, Nijiku... ¿o es que romper las reglas un poquito te da alergia?—
Zanka apretó los dientes. El comentario tocó justo en su orgullo, esa fibra sensible que odiaba ser tachada de aburrida o cobarde. Miró a Jabber, quien le devolvía una sonrisa relajada, aparentemente inocente, pero con una sombra de expectativa en el fondo de sus ojos fucsia.
Zanka suspiró, cedió a la presión de su propio ego y extendió la mano para tomar el vaso.
—Solo este —dijo Zanka con firmeza, sin imaginar que cada sorbo jugaba exactamente a favor del plan de Jabber.
—Solo ese, claro —asintió Jabber, viendo con absoluta satisfacción cómo el chico ejemplar daba el primer trago. La noche acababa de ponerse muy interesante.
Zanka dio un sorbo prudente al trago. El sabor era engañosamente dulce, con un toque cítrico que disfrazaba casi por completo el golpe alcohólico que llevaba dentro. Satisfecho al notar que no quemaba de inmediato, dio un segundo trago más confiado, sin sospechar que el veneno de la paciencia de Jabber ya estaba haciendo su trabajo.
Jabber, por su parte, mantuvo la postura relajada. Se apoyó de espaldas contra la barra, dándole a Zanka su espacio y adoptando un tono sorpresivamente simpático, casi cotidiano.
—Sabes, Nijiku, siempre pensé que eras de los que preferían morirse antes que pagar una apuesta así —comentó Jabber con una sonrisa leve, inclinando la cabeza— Pero me cae bien la gente que cumple su palabra. Tiene su mérito, aunque estés pagando el precio sufriendo con esta música de mierda.—
—Una apuesta es un compromiso —respondió Zanka, aflojando un poco la rigidez de los hombros mientras bajaba el vaso, el cual ya iba por la mitad—. Y yo no rompo mi palabra. De todas formas, solo me quedan cuarenta minutos para cumplir el tiempo acordado.—
—Treinta y nueve —corrigió Jabber con una guiñada de ojo humorística, haciendo que Zanka soltara un bufido que rozaba la sombra de una risa—. Pero bueno, platícame... ¿tanto estudio de verdad te deja tiempo para tener vida, o solo sales del cascarón cuando Riyou te saca a rastras?—
Mientras la charla fluía con facilidad por parte de Jabber, en la mesa VIP la dinámica del grupo se calentaba con la llegada de más integrantes. Rudo, Amo y Tomme se acababan de abrir paso entre la gente para sumarse al sillón donde el resto descansaba.
Momoa, que observaba la escena desde la barandilla con un vaso de tequila en la mano, soltó una carcajada cargada de malicia mientras señalaba hacia la barra con el mentón.
—Bueno, parece que el cazador ya encontró a su próxima víctima de la noche —dijo Momoa, volteando a ver a los recién llegados.
—¿Víctima? —preguntó Tomme, frunciendo el ceño mientras acomodaba su chaqueta y miraba en la dirección que señalaba Momoa—. ¿De qué hablas?—
—Habla de Jabber, cuando pone esa carita de "chico bueno que solo quiere conversar", ya sabemos todos cómo termina la historia —intervino Noerde, cruzándose de brazos y recostándose levemente sobre el hombro de Riyou— Cuando Jabber se pone así de insistente es porque tiene una sola meta en mente: llevarse a esa persona a su cama antes de que salga el sol.—
—¿Con Zanka? —soltó Amo, abriendo los ojos de par en par con indignación— ¡Pero si Zanka es un pan de dios! Eso no es nada ético, ni siquiera para alguien como Jabber.—
—Ese infeliz no tiene límites -gruñó Follo, poniéndose de pie de inmediato. Miró a Rudo, quien ya se estaba levantando con el ceño fruncido y los puños apretados—.Hay que ir a sacarle las garras de encima antes de que le meta alguna porquería en la bebida o se aproveche de él.—
Rudo asintió, listo para atravesar la pista y encarar a Jabber, pero una mano firme lo detuvo en el acto.
Riyou se interpuso con una sonrisa serena, casi divertida, sosteniendo a Rudo por el hombro mientras le daba un trago tranquilo a su vaso.
—Tranquilícense los dos, no muevan ni un dedo —dijo Riyou con voz pausada pero con una seguridad que hizo dudar a los demás.
—¿Cómo que nos tranquilicemos? —espetó Rudo, intentando zafarse— Es Zanka. No va a saber cómo quitarse a ese loco de encima.—
—Créeme, Zanka sabe defenderse perfectamente —contestó Riyou, mirando de reojo hacia la barra donde Zanka aceptaba, sin mucha resistencia, que Jabber le rellenara el vaso— Ese bastardo de Jabber no tiene ni la más mínima idea de con quién se está metiendo en realidad.—
Noerde alzó una ceja, intrigada por las palabras de la pelirroja,, mientras Amo y Tomme intercambiaban miradas de confusión. Pero Riyou no añadió una sola palabra más, limitándose a observar con una chispa de expectación en los ojos.
De vuelta en la barra, el segundo trago ya comenzaba a entibiar la sangre de Zanka. Sus mejillas lucían un leve tinte rosado y la distancia que al principio mantenía con Jabber se había acortado casi sin que se diera cuenta. Jabber, notando el efecto, sonrió para sus adentros con la fría certeza de quien cree tener el juego completamente bajo control.
La noche continuó avanzando entre el estruendo de la música y el humo del boliche. Para sorpresa de Jabber, convencer a Zanka de ir a la pista de baile no fue tan difícil como esperaba. Aunque el menor mantenía una postura erguida y sus movimientos eran cuidadosos, casi metódicos en medio del caos, no se despegó de su lado.
Jabber aprovechó cada canción para acortar distancias, rozando su cuerpo con el de Zanka y ofreciéndole vaso tras vaso. Lo que Jabber interpretaba como el lento colapso del estudiante ejemplar no era más que una actuación impecable: Zanka fingía que las mejillas encendidas y la mirada entornada eran efecto del alcohol, cuando en realidad su resistencia era tan alta como la del propio Jabber. Su mente seguía registrando cada movimiento con una claridad fría y calculadora.
Con el paso de las horas, el grupo terminó reuniéndose de nuevo en el área VIP antes de volver a dispersarse. Todos se dejaron llevar por el ambiente y terminaron metidos en el centro de la pista, perdiéndose entre las luces de neón y la multitud.
Al final, en el amplio sillón VIP solo quedaron cuatro personas. En un extremo, la atmósfera era descaradamente íntima: Noerde estaba prácticamente sentada sobre el regazo de Riyou, apoyando la cabeza en su cuello y hablándole entre risitas y susurros, mientras Riyou la sostenía de la cintura con una mano despreocupada, disfrutando de lo cariñosa que se ponía su "casi algo" a esas horas de la madrugada.
En el otro extremo, Jabber se dejó caer contra el respaldo, estirando el brazo por detrás de los hombros de Zanka con la convicción absoluta de que la victoria era suya. Zanka permanecía recostado levemente contra él, en apariencia completamente vencido por los tragos que se había bajado durante la noche.
—Vaya, vaya... miren al gran Nijiku —susurró Jabber cerca de su oreja, dejando que sus dedos acariciaran la tela del hombro de Zanka mientras contemplaba su rostro relajado— ¿Quién diría que el alumno estrella aguantaría tanto? Apuesto a que ahora mismo no puedes ni mantener la cabeza erguida.—
Riyou, que levantó la vista un segundo mientras Noerde le pasaba la mano por el pecho con lentitud, soltó una risita baja cargada de malicia al ver la cara de satisfacción de Jabber.
—Oye, Jabber —lo llamó Riyou con tono perezoso—. De verdad crees que lo tienes donde querías, ¿verdad?—
—Por supuesto —sonrió Jabber de lado, apretando el agarre sobre el hombro de Zanka—. Un par de minutos más y esta estatua viene conmigo sin poner un solo pretexto.—
—Si eso quieres —dijo Riyou con una sonrisa enigmática, acomodando a Noerde contra su pecho mientras la chica le acariciaba la nuca— Espero que no te arrepientas.—
Jabber arqueó una ceja, soltando una risita burlona mientras ajustaba su agarre sobre los hombros del menor.
—¿A qué viene ese comentario? —preguntó Jabber, mirando a Riyou con curiosidad.
Riyou simplemente se encogió de hombros, dándole un sorbo perezoso a su vaso antes de responder con tono despreocupado.
—Averígualo tú mismo, Wonger Solo digo que los alumnos ejemplares suelen guardar los secretos más oscuros.—
Jabber no le dio más importancia. Estaba demasiado convencido de su triunfo como para dejar que un comentario le arruinara la noche. El tiempo siguió corriendo entre el humo, las luces estridentes y el murmullo de los últimos sobrevivientes de la fiesta. Poco a poco, el grupo terminó de dispersarse; Fu y Follo se despidieron para marcharse juntos, Rudo y los demás desaparecieron entre la multitud de la pista, y eventualmente Riyou se levantó del sillón guiando a una Noerde sumamente cariñosa hacia la salida.
Pronto, el boliche empezó a vaciarse. Jabber y Zanka se convirtieron en parte de esa masa de gente que abandonaba el lugar envuelta en el aire frío de la madrugada.
Jabber llevaba a Zanka medio sujetado por la cintura, sintiendo el cuerpo del menor pesado contra el suyo, como si en verdad estuviera al borde del colapso alcohólico. Caminaron un par de cuadras en silencio hasta llegar al edificio de Jabber. Subieron en el ascensor en penumbras, con el único sonido del respirar cansado de Zanka y la risita satisfecha de Jabber resonando en el cubículo metálico.
En cuanto la puerta del departamento de Jabber se cerró tras ellos, el sonido de la cerradura al encajar pareció activar un resorte invisible.
Jabber se giró, listo para empujar a Zanka contra la pared y reclamar la victoria que llevaba buscando toda la noche.Pero antes de que pudiera rozarle la camisa, Zanka se abalanzó sobre Jabber y lo besó apasionadamente, tomando el control absoluto en un movimiento brusco y certero.
La sorpresa paralizó a Jabber por una fracción de segundo. No había rastro del chico tímido, torpe o mareado por el alcohol; Zanka atacó su boca con una voracidad hambrienta que lo descolocó por completo. Las manos de Zanka, subieron rápidamente hasta enredarse en la nuca de Jabber y aferrarse a la tela de su camisa a la altura del pecho, manteniéndolo pegado a él sin darle espacio para dudar.
Reaccionando por mero instinto ante semejante embestida, las manos de Jabber se cerraron con fuerza en la cintura de Zanka, pegándolo aún más a su cuerpo mientras intentaba recuperar el dominio de la situación. Pero Zanka no pensaba ceder un solo milímetro. Flexionó una pierna y rozó su muslo fuertemente contra la entrepierna de Jabber, enviando una descarga de electricidad que les hizo dar un respingo a ambos.
Sus labios permanecieron unidos en un combate encarnizado; sus lenguas se buscaban y se movían en sincronía, entrelazándose con un calor sofocante que subió la temperatura de la entrada en cuestión de segundos. El aire entre ellos se volvió denso, cargado de esa tensión acumulada durante horas en el boliche.
El beso solo llegó a su fin cuando la necesidad de oxígeno los obligó a separarse, entre jadeos pesados que chocaban contra la piel del otro. Justo en el último instante, en lugar de una retirada suave, Zanka clavó los dientes con fuerza en el labio inferior de Jabber.
—¡Ah! —soltó Jabber, ahogando un gemido entre la sorpresa y el dolor.
Un hilo fino de sangre comenzó a brotar del labio cortado. Zanka no se alejó; se quedó a centimetros, observando la gota roja con una mirada oscura, afilada y cargada de una autosuficiencia aterradora. Pasó la punta de su propio pulgar sobre la herida de Jabber, limpiando la sangre para luego llevársela a la boca y probarla con total tranquilidad.
Jabber se quedó congelado, sintiendo el corazón latiéndole como un martillo en el pecho y la zona del corte ardiendo le deliciosamente. Pasó de la confusión a una sonrisa salvaje, casi maníaca. La mirada que le devolvió a Zanka era de pura fascinación desquiciada.
—Conque era esto... —murmuró Jabber, pasando la lengua por su labio herido y sintiendo el gusto metálico de su propia sangre— El alumno ejemplar resultó ser un absoluto sádico.—
—No sé si "sádico" sería la palabra correcta -dijo Zanka, acortando la escasa distancia que los separaba hasta que sus frentes prácticamente se tocaron.
Con tranquilidad, Zanka deslizó una de sus manos desde la mandíbula de Jabber, bajando por su pecho y abdomen con un firme recorrido hasta cerrar sus dedos directamente sobre el prominente bulto que se marcaba en el pantalón del mayor. El apretón fue posesivo y sin un átomo de vacilación. Mientras lo sostenía, Zanka se pasó la punta de la lengua por el labio inferior de forma pausada, dejando ver un anhelo explícito, una devoción casi hambrienta por probar exactamente lo que sus manos estaban agarrando.
Jabber no pasó por alto el detalle. La mirada obsesiva del menor, combinada con ese toque intencional en su entrepierna, terminó por encender el último fusible de su mente.
Una risa áspera y vibrante escapó de la garganta de Jabber. Sin darle tiempo a Zanka para calcular su siguiente movimiento, lo sujetó con firmeza por debajo de la cintura y los muslos, levantándolo en el aire de un solo tironazo. Zanka reaccionó envolviendo instintivamente la cadera de Jabber con las piernas, afirmando sus dedos en los hombros del más alto sin perder esa chispa de desafío frío en los ojos.
—Bien... si quieres jugar, juguemos —sentenció Jabber con la voz convertida en un rasquido grave, acelerando el paso por el pasillo en penumbras directo a su habitación.
Embestió la puerta del dormitorio con el hombro para abrirla y ambos cayeron sobre el colchón en un desorden de extremidades, respiraciones agitadas y sábanas revueltas. El impacto no detuvo la tensión; al contrario, pareció dinamitar cualquier intento de contención. Jabber se acomodó sobre él, atrapando las muñecas de Zanka contra la almohada con fuerza, buscando imponer su peso y su ritmo.
—A ver si mantienes esa sonrisita cuando te tenga rogando, Nijiku —provocó Jabber, inclinándose para morderle el cuello con saña justo donde el pulso le latía.
Zanka arqueó la espalda ante el contacto, soltando un jadeo ahogado que sonó más como una orden implícita que como una queja. En lugar de ceder el control, aprovechó la cercanía para liberarse de una de las manos de Jabber con un movimiento brusco, clavándole las uñas en la espalda baja y empujándolo hacia abajo para hacer encajar sus caderas.
—Menos charla, jabber —le espetó Zanka al oído, con la voz quebrada por el calor— Demuéstrame si de verdad puedes con esto o si solo eres pura boca.
Zanka uso su peso para dar vuelta la postura, quedando sobre el pecho de jabber, luego se deslizó sutilmente hacia abajo. Sus ojos, turquesa brillantes por la anticipación, no se despegaron de la entrepierna de Jabber mientras sus manos, firmes y decididas, desabrochaban el pantalón del mayor y lo bajaban junto con su ropa interior con una prisa controlada.
Al liberar la hombría de Jabber, Zanka se detuvo un segundo, deleitándose sin el menor disimulo con la vista. La longitud y el grosor superaban cualquier expectativa; ni siquiera le entraba por completo en las manos, un detalle que hizo que un escalofrío de pura excitación le recorriera la espalda. Una sonrisa satisfecha y llena de avaricia se dibujó en sus labios.
Sin perder tiempo, comenzó un baile lento con las manos, apretando la base y arrastrando la piel con un ritmo pausado y tortuoso hacia abajo, hasta dejar la punta completamente expuesta y reluciente.
—Mírate, Wonger... —murmuró Zanka con la voz grave y rasposa por el calor, inclinándose lentamente hacia adelante.
Rozó sus labios apenas a un milímetro de la punta caliente, sintiendo la respiración agitada de Jabber chocar contra su rostro. Hizo el amague claro de envolverlo completo con la boca, pero justo cuando Jabber arqueaba la cadera buscando el contacto, Zanka se echó hacia atrás entre risitas bajas, negándole el placer de golpe.
Luego sacó la lengua y comenzó a trazar círculos lentos justo alrededor de la punta expuesta, saboreando el líquido preseminal mientras su mano zurda, firme en la base, subía y bajaba en un compás constante y desesperante. El contraste entre la calidez húmeda de su lengua en la cabeza y el apretón rítmico de su mano provocó que un gemido ronco se le escapara a Jabber entre los dientes, sacudiendo su torso sobre la cama.
—Dijiste que querías jugar, ¿no? —susurró Zanka contra la piel supersensible, intercalando suaves besos en la parte superior antes de volver a bajar la mano a un ritmo más rápido y envolvente— Entonces aguanta... porque recién estoy empezando a tomarme mi tiempo contigo.—
Zanka continuó con su tortura, deleitándose con el impacto que cada movimiento de su boca provocaba en Jabber. Tras tentarlo durante varios minutos, decidió dejar las evasivas y se inclinó por completo, envolviendo la cabeza de su miembro y comenzando a engullirlo con una lentitud desesperante. Bajaba poco a poco, acomodando su garganta hasta donde el grosor y el tamaño se lo permitían, sin dejar de mantener esa mirada fija, filosa y dominante en los ojos de Jabber.
Jabber estaba sencillamente fascinado. Apoyaba los codos sobre el colchón, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético, completamente hipnotizado por la escena. Nunca en su vida se habría imaginado a Zanka Nijiku —el estudiante impecable, el tipo serio que parecía incapaz de romper un plato— haciéndole un oral de una forma tan ridículamente seductora y profesional. Ver cómo esa boca tan acostumbrada a responder con tono cortante y formal se amoldaba con devoción a su tamaño era una de las imágenes más eróticas que Jabber había presenciado jamás.
Lo que Jabber no sospechaba era la satisfacción interna que Zanka estaba sintiendo en ese momento. Detrás de su fachada de disciplina y perfeccionismo, Zanka ocultaba una faceta secreta: su libido era insaciable. Él mismo se había diagnosticado como hipersexual tras analizar sus propios hábitos; necesitaba masturbarse al menos una vez al día para poder funcionar con normalidad, ya que de lo contrario su cuerpo permanecía insoportablemente sensible e irritable durante todo el día.
Zanka ya había tenido una experiencia previa con un chico, pero aquella persona no había logrado llenar sus elevadas expectativas, y las mujeres sencillamente no le generaban la menor atracción. Por eso, al liberar la hombría de Jabber y encontrarse con semejante tamaño y proporción, su mente y sus impulsos reprimidos habían encajado a la perfección.
Nijiku intensificó el ritmo, acelerando las succiones mientras su mano acompañaba la base que no le entraba en la boca. Dejó escapar un gemido ahogado contra la piel de Jabber, disfrutando del sabor y del calor que despedía el cuerpo del mayor. Subía y bajaba con una maestría que dejó a Jabber al borde de perder el aliento, sacándole suspiros profundos y gemidos roncos que resonaban por toda la habitación.
—Maldito sea, zanka... —gruñó Jabber, enredando los dedos en el cabello de Zanka para guiar el movimiento, sorprendido de cómo esa supuesta víctima de la noche lo tenía completamente a su merced.
Zanka levantó la cabeza rompiendo la succión con una tranquilidad exasperante. Sus labios brillaban descaradamente bajo la escasa luz de la habitación, cubiertos de una mezcla de saliva y líquido preseminal. Se inclinó sobre el cuerpo de Jabber y buscó su boca sin dudarlo; Jabber, lejos de negarse, abrió los labios para recibirlo, saboreándose a sí mismo en un beso húmedo, desordenado y hambriento. Cuando finalmente se separaron, un chasquido obsceno resonó en el silencio de la habitación, acompañado de un hilo de saliva que se rompió entre sus rostros.
—Te lo tenías bien guardado... —alcanzó a decir Jabber, jadeando, con la vista fija en la mirada de Zanka.
Zanka ladeó la cabeza con una sonrisa diminuta y provocadora. Se impulsó hacia arriba y se sentó directamente sobre el abdomen de Jabber, acomodando su trasero justo encima de la hombría erguida que latía debajo.
—¿Guardado qué? —preguntó Zanka, llevando las manos a los botones de su camisa para empezar a desabrocharla.
—Todo esto, maldita sea —respondió Jabber, soltando una risa ronca mientras sus manos subían de inmediato a las posaderas de Zanka, apretándolas con fuerza y comenzando a moldear la carne a través de la tela del pantalón—. Esa carita de santo con la que andas todos los días y resulta que eres una puta marrana que sabe exactamente cómo usar la boca.—
—¿Puta marrana? —Zanka se quitó la camisa de un tirón y la arrojó al suelo, dejando al descubierto su torso pálido y tenso, antes de deslizar las manos hacia su propio cinturón— Cuida esa boca, Wonger... No confundas tener estándares altos y hambre de verdad con ser un santurrón. Que no ande ventilando lo que me gusta no significa que no sepa disfrutar cuando me ponen algo decente enfrente.—
—Ah, ¿así que el gran estudiante de honor piensa que esto es "decente"? —provocó Jabber, ahuecando las manos en su trasero para elevarle ligeramente la cadera y hacer que la punta de su miembro rozara con firmeza la hendidura de sus muslos — Admítelo, Nijiku... te volviste loco en cuanto me viste sacarla. Ni en tus mejores sueños pensaste que te ibas a atragantar con algo tan grande hoy.—
Zanka soltó un bufido bajo, aflojando su pantalón y bajándolo apenas lo suficiente para liberar su propia cadera, mostrando una piel encendida y supersensible. Se inclinó hacia adelante, apoyando los palmas en el pecho de Jabber y haciendo presión hacia abajo con su pelvis.
—No te agrandes tanto, basura —susurró Zanka al oído de Jabber, pasando la lengua por el lóbulo de su oreja antes de morderlo suavemente— Tu tamaño es lo único útil que tienes esta noche. Y sí, me encanta que no me quepa entera en la mano... pero no te creas que mandas tú. Esta noche me vas a rellenar hasta que me canse de usarte, ¿o es que vas a dejar que el "chico perfecto" te deje agotado a mitad del camino?—
—Ven y compruébalo tú mismo, pedazo de pervertido —gruñó Jabber con la respiración completamente agitada, enterrando las uñas en sus caderas y marcando el ritmo para quitarle el resto de la ropa—. A ver si sigues hablando tanto cuando te tenga completamente abierto sobre esta cama.—
Al quitarse el pantalón por completo y lanzarlo a un lado de la cama, la piel clara de las caderas de Zanka quedó finalmente al descubierto. Sin embargo, lo que atrapó la atención de Jabber no fue solo la curvatura de sus piernas, sino un destello metálico y reluciente que brillaba justo en su entrada. Era la base redonda de un plug, coronada por una elegante y vistosa piedra de color celeste que contrastaba de forma escandalosa con la escena.
Jabber se quedó asombrado por una fracción de segundo, antes de que una sonrisa llena de incredulidad se extendiera por todo su rostro.
—Así que viniste preparado desde que saliste de tu casa...— murmuró Jabber con la voz gruesa, fascinado por el descubrimiento— Vaya, resulta que el chico estrella es un pervertido de tiempo completo.—
Zanka negó suavemente con la cabeza, soltando un jadeo ahogado cuando sintió las manos cálidas de Jabber acomodarse en sus caderas. Jabber sujetó con dos dedos la base metálica del juguete y comenzó a tirarlo hacia afuera, retirándolo de su interior con una lentitud tortuosa y calculada. Zanka arqueó la espalda, apretando los dientes mientras el volumen del objeto abandonaba su cuerpo dilatado, dejando brotar una respiración entrecortada.
—No vine preparado para ti... —articuló Zanka con esfuerzo, intentando recuperar el aire mientras sentía la fricción vacía que dejaba el juguete al salir— Siempre llevo uno puesto. Es un gusto personal.—
—¿Siempre? —interrumpió Jabber, abriendo los ojos con una mezcla de sorpresa y diversión maliciosa mientras terminaba de extraer el objeto—¿En el instituto también? ¿Vas a clases con esta cosa metida ahí dentro?—
Un tinte rojizo encendió de inmediato las mejillas de Zanka. Avergonzado por haber sido atrapado en una confesión tan íntima, desvió la mirada hacia un lado y apretó las sábanas con fuerza.
—¡Claro que no! —espetó Zanka, intentando sonar firme, aunque el sonrojo que le cubría hasta las orejas lo delataba por completo.
Jabber soltó una carcajada baja, mirándolo con pura picardía. Sostenía el plug celeste entre sus dedos, húmedo y brillante por la lubricación natural que el cuerpo de Zanka había generado. Sin dejar de sostenerle la mirada al menor, Jabber se llevó el juguete a los labios y pasó la lengua lentamente por la superficie, saboreando el rastro que había dejado dentro de él.
— Eres un verdadero pervertido —dijo Jabber, negando con la cabeza entre risas mientras dejaba el juguete sobre la mesa de noche — Un enfermo total. En mi vida me hubiera imaginado que detrás de los libros, los exámenes perfectos y la postura de santo te guardaras semejante porquería.—
Fue en ese preciso instante cuando a Jabber le vino a la mente el recuerdo de la zona VIP del boliche. Rememoró la risita enigmática de Riyou, la forma en que se había encogido de hombros en el sillón mientras sostenía a Noerde y las palabras exactas que le había dicho antes de marcharse: —Averígualo tú mismo, Wonger. Solo digo que los alumnos ejemplares suelen guardar los secretos más oscuros—
Jabber soltó una sonrisa llena de entendimiento. Riyou lo sabía perfectamente. Sabía la clase de monstruo insaciable que se escondía debajo de la camisa abotonada de Zanka y simplemente lo había dejado caminar directo hacia la trampa.
—Con que a esto se refería esa bastarda de Riyou... —se dijo Jabber casi en un susurro, antes de volver a clavar sus ojos hambrientos en el cuerpo desnudo de Zanka—. Sabía exactamente la clase de joyita que me estaba llevando a la cama.—
Zanka, notando la pausa y la mirada de Jabber, se inclinó hacia adelante, apoyando las manos sobre el pecho del más alto y volviendo a presionar su cadera contra la suya con impaciencia.
—Deja de pensar en Riyou y concéntrate en lo que tienes enfrente, Wonger— le ordenó Zanka con la voz temblorosa por el deseo acumulado— ya me quitaste el juguete... así que ahora ocúpate de llenar el vacío que dejaste.—
A Jabber le fascinaba la idea de embestir de una sola vez y perderse en el calor apretado de Zanka, pero la tentación de prolongar la tortura era demasiado grande. Quería divertirse un poco más, saborear cada reacción del chico perfecto.
Extendió el brazo hacia la mesa de noche, abrió el cajón y sacó un bote de lubricante. Se acomodó sobre la cama y, aprovechando que Zanka seguía entre sus piernas, lo giró hasta pegar el pecho contra la espalda del menor. La piel de Zanka ardía en contacto con la suya. Jabber vació una cantidad generosa de lubricante sobre el juguete, y sin previo aviso, volvió a introducirlo dentro de Zanka de un solo golpe.
—¡Ah...! —Zanka soltó un suspiro ahogado, casi un gemido contenido, y se aferró con fuerza al brazo de Jabber que le rodeaba el torso, clavándole las uñas en la piel.
Jabber no se detuvo ahí. Durante unos minutos repetidos y tortuosos, comenzó a deslizar el juguete hacia afuera y hacia adentro, creando una fricción constante y húmeda que sacudía las caderas de Zanka. Al mismo tiempo, Jabber pegó los labios a su cuello, repartiendo besos húmedos, mordiscos suaves y succiones que dejaban marcas rojas, mientras que con su mano libre bajaba hasta la entrepierna del menor para atender su erección, rodeándola y marcando un ritmo acelerado.
Zanka se retorcía sobre el regazo de Jabber, completamente sobrepasado por la estimulación doble. La mezcla del plug entrando y saliendo, la mano en su miembro y los labios de Jabber en su piel sensible le estaban destruyendo el poco filtro que le quedaba.
—!Ah si!..Sigue... no pares—le pedía Zanka con la voz quebrada, suplicando sin ningún tipo de vergüenza, perdido en la marea de sensaciones.
Jabber obedecía gustoso, disfrutando de tener al estudiante de honor totalmente sumiso a sus movimientos. Cuando consideró que la entrada de Zanka estaba lo suficientemente suave y dilatada, retiró el juguete por completo y lo dejó caer sobre las sábanas, y sin darle respiro, introdujo dos de sus dedos cubiertos de lubricante.
Dentro de él, Jabber dobló los dedos en forma de gancho, buscando hasta alcanzar ese lugar sensible que hizo que la espalda de Zanka se arqueara de golpe. Mientras sus dedos presionaban ese punto interno una y otra vez, su mano no redujo el ritmo en el miembro de Zanka, strokeando la piel caliente con maestría.
Zanka comenzó a soltar una serie de gemidos agudos, desvergonzados y continuos que resonaban por toda la habitación. Para los oídos de Jabber, cada uno de esos sonidos era un encanto absoluto, la prueba irrefutable de que había logrado quebrar la compostura del chico impecable.
—Mírate nada más, Nijiku... —le susurró Jabber al oído, intensificando la presión de sus dedos en su interior mientras aceleraba la mano en su entrepierna—. Qué bien suena el alumno estrella cuando se olvida de los modales.—
—Cierra tu maldita boca y cójeme de una vez —exigió Zanka, desesperado por el ritmo tortuoso, bajando la mano a ciegas hasta agarrar con firmeza el miembro de Jabber que presionaba contra sus muslos internos.
Jabber soltó una risa tenue y peligrosa contra su nuca, disfrutando del agarre posesivo pero manteniendo el control.
—No te apures, Nijiku... O podría lastimarte si no te controlas.—
Zanka dejó escapar una risita ahogada, inclinando la cabeza hacia atrás para mirarlo de reojo con pura soberbia.
—Juguetes aún más grandes tengo en mi colección... Así que tu verga tampoco es la gran cosa.—
La confesión cayó como un balde de agua hirviendo. A Jabber se le congeló la sonrisa por un segundo. La declaración tocó de lleno su orgullo, pero a la vez, la idea de Zanka experimentando con tamaños absurdos en la intimidad de su habitación le provocó una sacudida de excitación violenta.
—¿Ah, sí? —murmuró Jabber, pegando su cadera contra la de Zanka mientras sus dedos dentro de él presionaban con más saña— Con que no es la gran cosa... Dime una cosa, pervertido, ¿con cuántas personas has hecho esto para creerte tan experto?—
Zanka apretó los dientes ante la embestida de los dedos, soltando un gemido ronco antes de responder con brusquedad.
—Con uno... Y fue la decepción más grande de mi vida. Un inútil que no sabía ni por dónde empezar.—
Jabber esbozó una sonrisa afilada, retirando sus dedos de un solo tirón para posicionar la cabeza de su miembro directamente en la entrada dilatada y húmeda de Zanka.
—¿Así que te gustan los penes grandes?—le susurró al oído, sujetándolo con fuerza de las caderas.
Zanka clavó la vista en las sábanas mientras sentía la presión enorme abriéndose paso lentamente en su interior, estirándolo hasta el límite.
—Capaz... —alcanzó a articular Zanka con la voz quebrada, viendo cómo el grueso miembro de Jabber comenzaba a desaparecer dentro de él.
—Pues este "capaz" te va a dejar sin poder caminar mañana— murmuró Jabber con la voz baja, espesa por la lujuria, mientras avanzaba un par de centímetros más, sintiendo la opresión deliciosa de las paredes internas de Zanka envolviéndolo como un guante.
Zanka enterró los dedos en el colchón, soltando un jadeo profundo y tembloroso a medida que el cuerpo de Jabber lo invadía por completo. A pesar de la dilatación previa, el grosor real del mayor era una historia completamente distinta a la de cualquier juguete. Un matiz de placer puro y dolor sordo cruzó su rostro, pero su orgullo se negó rotundamente a mostrarse abrumado.
—No... no te creas tanto, Wonger —articuló Zanka entre dientes, echando la cabeza hacia atrás sobre el hombro de Jabber, exponiendo su cuello sudado— Apuesto a que... a que con todas tus putas noches de fiesta... nunca habías tenido a alguien que te apretara así.—
Jabber dejó escapar una risa ronca, un sonido casi animal que vibró contra la piel de la espalda de Zanka. Le sujetó la cadera con ambas manos, fijando su posición antes de empezar a moverse, retirándose despacio para volver a embestir con un impulso seco y certero.
—¿Estás intentando competir conmigo mientras te tengo completamente abierto, pervertido? —provocó Jabber, acentuando el ritmo, disfrutando del sonido húmedo y obsceno que resonaba en la habitación con cada choque de sus cuerpos—No me hables de mis exitosas noches de fiesta... Tú eres el que esta muriéndose de hambre mientras jugaba al estudiante perfecto.—
—Cállate... —mordió Zanka el aire, soltando un gemido agudo cuando Jabber dio de lleno en su punto sensible—No era hambre... eran estándares. La gente común es... ah... torpe. No saben lo que hacen.—
—¿Y yo sí sé lo que hago? —preguntó Jabber con una sonrisa salvaje, inclinándose para morderle el lóbulo de la oreja mientras aumentaba la fuerza y la velocidad de las embestidas, haciendo que la cama chillara bajo el peso de ambos.
Zanka cerró los ojos con fuerza, apretando la masa muscular de los muslos de Jabber con los suyos. La sensación de plenitud lo estaba volviendo loco; la combinación de la fuerza desmedida de Jabber con su propio libido reprimido estaba creando un cóctel de placer destructivo.
—Eres un bruto... un desastre de persona... —consiguió decir Zanka, con la respiración rota y la saliva brillando en sus labios—... pero por lo menos sirves para esto. No te detengas... dale más fuerte —
La noche terminó de perder cualquier rastro de cordura para convertirse en un maratón de pura resistencia y frenesí. Ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder el control, y esa constante disputa por el dominio transformó la habitación en un escenario de placer descarnado.
Probaron una postura tras otra con una fluidez casi instintiva. En un momento, Jabber colocó a Zanka de rodillas sobre el colchón, tomándolo con fuerza del cabello para mantenerlo erguido mientras lo embestía por detrás con estocadas profundas y despiadadas. Lejos de quejarse, Zanka echaba la cabeza hacia atrás, apretando las sábanas y soltando gemidos roncos mientras exigía más velocidad. En otro instante, fue Zanka quien tomó las riendas, montándose sobre Jabber y dictando un ritmo frenético, aplastando su propia cadera contra la del mayor con una fuerza brutal que sacaba a relucir todo su libido contenido.
La resistencia física de ambos era sencillamente asombrosa. La capacidad de Jabber para mantener un ritmo demoledor sin agotarse se encontró de frente con el aguante inquebrantable de Zanka, cuyo cuerpo parecía un pozo sin fondo de respuesta y placer. Cuanto más duro golpeaba Jabber, más apretaba Zanka por dentro; cuanto más violento se volvía el encuentro, más intensa era la entrega de ambos.
El equilibrio entre el sado-masoquismo de la pareja era casi poético. Jabber disfrutaba el rol del agresor: mordía la piel clara del menor hasta dejar marcas moradas, le sujetaba las caderas con tanta fuerza que le dejaba los dedos grabados y le decía las obscenidades más bajas al oído. Zanka, por su parte, encontraba en ese trato agresivo la liberación perfecta para su mente tan correcta. Le fascinaba el dolor que antecedía al placer; disfrutaba sentir el aire escapando de sus pulmones cuando Jabber lo acorralaba y respondía clavándole las uñas en los hombros, dejándole la espalda llena de arañazos sangrientos y devolviéndole cada mordisco con el mismo nivel de saña.
Se complementaban de una forma aterradora y perfecta. Jabber era el caos desbordado que necesitaba un recipiente lo suficientemente resistente para no romperse, y Zanka era la estructura rígida que en el fondo ansiaba ser destruida y dominada por alguien con la fuerza suficiente para hacerlo.
En medio del sudor, los jadeos entrecortados, los chasquidos obscenos y la piel encendida, ambos supieron —sin necesidad de decirlo en voz alta— que ninguno de los dos volvería a conformarse con nadie más.
El cansancio acumulado era aplastante, pero el orgullo mantenía la llama encendida a regañadientes. Se habían corrido varias veces y la piel de ambos brillaba por el sudor bajo la penumbra. Jabber acomodó a Zanka en esa última postura, elevándole la cadera mientras el menor apoyaba los antebrazos contra el colchón, arqueando la espalda en una línea que exigía el máximo de ambos.
—Maldito sea... Zanka ... —jadeó Jabber, sujetándole los muslos con fuerza, sintiendo el agarre interno que aún le ofrecía el chico— Dime que no te estás rindiendo ya.—
Zanka enterró el rostro en la almohada, soltando un gemido ronco que se transformó en un intento desesperado de réplica. Sus ojos, anegados en lágrimas por el exceso de sensibilidad, apenas podías mantenerse abiertos.
—Cierra... la boca, jabb...er—articuló Zanka con la voz quebrada, entrecortada por cada embestida que le sacudía el cuerpo— Aún... aún no has logrado que me pida piedad... pedazo de bruto.—
—¿Piedad? Ni en sueños te la daría, pervertido —se burló Jabber, dejando escapar una risa áspera mientras le clavaba los dedos en las caderas y aceleraba el ritmo — Mírate nada más... con los ojos llorosos y la boca abierta como un crio. Qué divino te ves cuando se te caen todas las pendejadas del instituto.—
—Tú... tú solo sabes embestir como un animal... —mordió Zanka el aire, echando la cabeza hacia atrás para mirarlo con una mezcla agónica de placer y furia—. Pero es... ¡AH!.. es lo único para lo que sirves... ¡Dale más...más rápido, mierda!—
—Tus deseos son órdenes, alumno estrella —sentenció Jabber con una sonrisa maníaca.
Jabber dio unas últimas estocadas secas, profundas y brutales, buscando el límite de ambos. El choque constante y el calor extremo terminaron por detonar la última carga. Zanka soltó un gemido agudo, desvergonzado y prolongado mientras su cuerpo se contraía en un orgasmo violento que lo hizo correrse de nuevo, arrastrando a Jabber al mismo abismo en cuestión de segundos.
Ambos cayeron sobre la cama con un golpe sordo. Jabber apoyó la frente en la espalda de Zanka, con los pulmones ardiéndole mientras intentaba recuperar el aliento.
—Oye... Nijiku... —murmuró Jabber, pasando la mano por la espalda sudada del menor— dormirse no vale... aún me debes la victoria.—
—Silencio... —alcanzó a susurrar Zanka, con el tono cayéndosele a pedazos.
—¿Qué dijiste? No te oigo, chico perfecto.—
—Que te calles... basura...—
Fue lo último que dijo. Antes de que Jabber pudiera soltar otra carcajada, el silencio en la habitación se volvió absoluto, interrumpido solo por la respiración pausada y profunda de Zanka. Vencido por el colapso físico de una noche entera de excesos, el estudiante ejemplar se había quedado dormido de golpe, con el rostro hundido en la sábana y la expresión finalmente relajada.
Jabber se incorporó un poco, observándolo en la penumbra. La mezcla de marcas de mordidas, el labio roto y el desorden alrededor contrastaban de forma ridícula con la idea que todos tenían de Zanka Nijiku.
— Quien lo diría, resultaste ser semejante peligro... —musitó Jabber para sí mismo, negando con la cabeza y con una sonrisa de absoluta satisfacción en los labios.
Con un cuidado casi impropio de su carácter, Jabber se retiró despacio, sujetó a Zanka por la cintura y la espalda para acomodarlo a su lado sobre el colchón. Lo rodeó con el brazo, pegándolo a su pecho para protegerlo del aire frío de la madrugada, y cubrió a ambos con la manta. Jabber cerró los ojos, sintiendo el pulso tranquilo de Zanka contra su piel, sabiendo que la mañana siguiente traería una conversación igual de caótica cuando el "alumno ejemplar" despertara en su cama.
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¡Holiiss! Mis amores 💖💖💖
Para no desinformar: Zanka dice que es "hipersexual", pero en realidad está equivocado. Clinicamente, la hipersexualidad implica un descontrol compulsivo y sufrimiento emocional, no solo tener muchas ganas o necesitar masturbarse a diario para relajarse.
Zanka simplemente tiene una libido muy alto y una sensibilidad a flor de piel. Pero como es tan perfeccionista y todo lo quiere analizar con lógica, le es más fácil ponerse un "diagnóstico médico" que aceptar que su cuerpo simplemente funciona así. ¡Cosas de Zanka! Jejeje.
Los amo 💗💗💗








