PRÓLOGO

Eren acababa de bajar de su moto, delante de la casa de sus padres. Las sirenas de las ambulancias y de la policía, llenando la calle de colores azules y rojos, le hicieron sentir un escalofrío. Si bien su relación con ellos no era la mejor, no esperó esa llamada de Hannes, el amigo de su familia.
Eren ignoró el cordón policial, con el corazón latiéndole fuerte contra las costillas. Hannes, que estaba hablando con un oficial, lo vio y su rostro se tornó de un color pálido. Le hizo un gesto para que no se acercara, pero Eren no se detuvo. Empujó la cinta amarilla, adentrándose en el silencio antinatural del interior.
El olor a metal y a algo dulce e insoportable lo golpeó primero. Dentro, las luces estroboscópicas de las sirenas proyectaban sombras parpadeantes sobre las paredes y los muebles, haciendo que todo pareciera un recuerdo distorsionado. Vio el cuerpo de su padre, caído sobre la alfombra de la sala de estar. No había sangre visible, pero la forma en la que yacía, inmóvil y con los ojos abiertos, era más que suficiente. Su madre estaba cerca, de rodillas, con el torso inclinado de forma extraña contra el sofá, con las manos atadas a su espalda.
No sintió un arrebato de dolor. Tampoco lágrimas. Solo un vacío frío, un reconocimiento distante de que una etapa de su vida había terminado. “Así que esto es lo que eres”, pensó, un pensamiento oscuro que no le pertenecía y, al mismo tiempo, le era tan familiar.
Fue en ese momento de desconexión, de fría observación, cuando un movimiento en la penumbra de la puerta trasera captó su atención. Una figura esbelta, una sombra vestida de negro, se escabulló con una agilidad felina hacia la oscuridad del jardín. Fue un destello, una silueta que se movió con un propósito definitivo.
Y el vacío en el pecho de Eren se llenó de un golpe. No de tristeza, sino de una extraña euforia. Un pulso acelerado. La imagen de la sombra se grabó en su mente, más vívida que los cuerpos sin vida a sus pies. Sus ojos se fijaron en la puerta abierta por la que la figura había huido.
Sin un segundo de duda, comenzó a caminar hacia ella, ignorando los murmullos de los oficiales que acababan de descubrirlo dentro de la casa. El resto del mundo se desvaneció, y solo quedó él y la oscuridad que acababa de tragar la única persona que importaba en esa macabra escena.
—¡Eren!
La voz de Hannes, a su espalda, lo hizo detenerse de perseguir a esa figura.
—¿Qué?
—Sé que no tenías buena relación con ellos, pero la policía quiere que testifiques.
—¿Qué? —Eren apenas oyó la voz de Hannes. No había desconectado su mente de la oscuridad que acababa de tragarse a la figura.
Un oficial de policía se acercó a Hannes, un hombre con una barba incipiente y una mirada cansada. Se dirigió a Eren con una voz profesional y serena, como si estuviera hablando de un accidente de tráfico.
—Joven Yeager. Lamento su pérdida. ¿Podría, por favor, acompañarnos? Necesitamos que dé una declaración.
Eren se giró lentamente, sus ojos vacíos. Hizo un esfuerzo consciente por parecer destrozado, el papel de un hijo en duelo.
—Sí… —Su voz sonó hueca, sin emoción.
El oficial asintió, notando la falta de lágrimas. Lo interpretó como shock.
—Entiendo que esto es difícil, pero necesitamos saber si notó algo, si sus padres tenían problemas… ¿Algún enemigo?
Eren negó con la cabeza, sus ojos escaneando el rostro del oficial, buscando una fisura, una pista.
—No. No… no lo sé.
—Es extraño —murmuró el oficial, más para sí mismo que para Eren—. Un trabajo muy limpio. No parece un robo. No se llevaron nada de valor. Pero… —vaciló, y su mirada se desvió hacia la sala de estar—. Encontramos esto en la mano de su padre.
Eren frunció el ceño. El oficial se acercó al cuerpo y señaló algo diminuto, apenas visible bajo la luz de las linternas: una pequeña pieza metálica, lisa y sin grabar, que su padre sostenía con fuerza en su mano cerrada.
Un escalofrío, esta vez de pura fascinación, recorrió la espalda de Eren. Esa pieza no era una coincidencia. La figura que se había escabullido había dejado una señal, una marca de posesión. La intención no había sido solo matar, sino también dejar un rastro, una invitación.
El resto de la conversación se convirtió en un eco lejano. Eren asintió, respondió a preguntas sin escucharlas realmente. Su mente solo podía procesar una cosa: alguien había dejado ese objeto, alguien había entrado en su vida de la manera más violenta y retorcida, y lo había hecho con un propósito. Y Eren, por alguna razón que aún no entendía, lo sentía como un obsequio.
Acompañó al oficial a la patrulla, pero sus ojos ya no miraban la casa. Estaban fijos en el camino oscuro por el que la sombra había desaparecido. Ya no era un fugitivo, sino un faro en la noche.
Sabía dónde tenía que ir y a quién tenía que encontrar.
