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El enlutado

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Sinopsis

Cuento corto sobre “el enlutado”

Genero:
Thriller
Autor/a:
Latantis
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

El enlutado


Me hallaba mirando los ataúdes de madera cuando un hombre impoluto, de traje negro, entró a la funeraria.

Es extraño ver por estos rumbos a señores de zapatos relucientes y trajes finos que claramente, delatan su clase. Inspeccionó de soslayo a diestra y siniestra todo lo que se cruzara en su campo visual y, pareció leer la curiosidad en mi cara pues cuando el escrutinio recorrió mis costillas solté improperios con voz amarga que lo hicieron deslizar la vista. El dueño se aproximó diciendo:

—Pase usted por aquí.

No me apetecía enemistarme con el que parecía abogado del diablo pero, el asco a la hospitalidad que le mostraban se me atoró en la garganta seguida por una tos irritante que, de estar yo en mi sano juicio, habría dejado pasar con vergüenza. En aquel preciso momento solté:

—Necesito un féretro.

El empleado asistente salió de la nada intentando diluir la situación,—sólo Dios sabe porqué me dió boca y tal temperamento— en mi afán de ver el mundo desde su privilegio alcé la mirada desafiando la ira del dueño que estaba a punto de expulsarme de la sucursal cuando, el hombre de traje intervino:

—Me gustaría escuchar segundas opiniones, si al señor no le importuna.

¡Ahhh! Suspiré aliviado cuando el hombre de traje negro salió en mi defensa. Entré suntuoso a la sala abierta, mirando de extremo a extremo el espectáculo de féretros bajo la luz blanca. El hombre me miró curiosamente, y antes de que pudiera aproximarse demasiado, me dirigí al fondo de la sala donde estaban los diseños indulgentes tallados en plata.

Mi andar fluido se detuvo frente a un féretro de bronce revestido en su interior con seda. ¡Los precios eran ridículos, inaccesibles, horrendos de ver!. Mi corazón se estremecía de angustia viendo cifras exhorbitantes.

Debió ser un espectáculo desde la puerta porque escuché risas a hurtadillas.

—Hay que ser un desgraciado para reír del enlutado.

Se hizo silencio. La cruda experiencia me abrió una oportunidad para mencionar el féretro—Ajusten el precio—exigí deliberadamente para aliviar el ambiente.

El dueño cambió rápidamente a su piel de comerciante.

—Son precios fijos.

—¿Ese es el precio final o el que usted espera que pague alguien que no tiene tiempo de comparar?

—Señor, no tiene caso que baje el precio porque además debe costear el servicio de carroza y los hombres que lo colocan.

—Entonces no es un precio fijo.

—Hay féretros con menos ornamenta que manejan precios altruistas, deje de lado su tozudez por el bien del difunto.—Por primera vez, en los insufribles episodios de mi vida, pude sentir mi orgullo canalla abandonándome a mi suerte. El hombre me odiaba, eso seguro, pero no le daría gusto de extinguir mi rencor a punta de infamias. Estaba reflexionando su consejo, de pronto, el contrario heló la sangre de sus venas.

—Reduciré el precio a la mitad con la carroza incluida pero debe pagar el precio total al contado.

La ignominia oferta congeló mi respuesta sin piedad alguna. Fue algo que razonó satisfecho a sabiendas de mi orgullo y urgencia.

Me enfermó de pronto la luz blanca que rebotaba en su maldita cara pálida. El calor del momento me incitaba a contestar cualquier cosa, a lanzar cualquier blasfemia; sin embargo, ahí me encontraba yo como una bestia mansa.

—Si no pue-

—Agréguelo a mi cuenta.

El dueño a punto de protestar con indecibles esfuerzos al enlutado impoluto, fue silenciado por su fingido respeto al dolor del cliente.—¿Va a oponerse a ello?, le advierto que mejor mantenga inamovible su postura de silencio.

Ni por asomo el dueño dejaría ir a este hombre rico. Los ojos tristes, abultados, del hombre distintivo examinaron uno a uno los féretros haciendo notar su sobriedad en lo que a cerrar tratos respecta.

A partir del incidente bochornoso, gran parte de los pormenores fueron resueltos por el dinero de ese hombre. Si yo fuera hercúleo como él y con la mitad de carisma podría hacer maravillas; o bien, si tuviera su traje podría seducir comerciantes con cien vanidades distintas. Los humorismos que relataba en mi cabeza despistada fueron interrumpidos por la campana de la puerta que indicaban su partida. Corrí lo más rápido que el viento invernal me permitió.

—¡Espera! ¿Serás mi amigo?

Aquella noche, aunque incongruente, podría sacarme de la miseria si tan solo pudiera arrimarme al constado de este hombre.

—¿Cómo es el finado?

La pregunta me tomó por sorpresa. Aunque quisiera ganarme su favor mi avara indiferencia me enterraría antes que al difunto porque la verdad, ni siquiera me interesé en saber su nombre.

—Es mi hermano.

El hombre se quedó callado. No preguntó nada más. Su aspecto evocaba la solemnidad melancólica de una despilfarrada atmósfera cinematográfica.

Todo el camino había envidiado al hombre de negro. Envidié sus zapatos, su abrigo, el modo en que el dinero parecía obedecerle. Envidié las manos que estrechaban la suya, los niños que corrían a saludarlo, el pan que le ofrecieron sin pedir nada a cambio. Pensé que aquel hombre había conquistado el mundo y que yo, miserable como era, apenas había conseguido sobrevivir en él.

Cómo es lógico suponer nuestras conversaciones versaron principalmente en su mundillo; hombres enmarcados en trajes impuros que defienden mentiras para sublevar la verdad, incurables víctimas de maldad abyecta, repugnantes desventuras y calvos fanfarrones. Cada uno de los personajes se presentaba más intrigante que el anterior hasta que hizo una pausa seca que me obligó a verle. Se llevó las manos a los bolsillos y dijo:

—El finado era mi amigo.

Aunque fuese insensible me mataba la curiosidad, —¿cómo era tu amigo?

El impoluto hombre de negro no respondió inmediatamente. Seguimos caminando. Las calles estaban húmedas por gotas aisladas que cayeron por la tarde y el discurso fúnebre del viento se filtraba entre los edificios con esa obstinación que sólo tienen las cosas de naturaleza ominosa. Al pobre hombre se le escapaban lágrimas de a poco.

—Fue un abogado célibe. El mejor que haya conocido. Divertido en sus ocurrencias e infame en los tribunales, fatalmente condenado al matrimonio con una maravillosa mujer que, destruyó lentamente, destinado al abandono por sus hijos que amó con la totalidad de su pequeño corazón. Los conocidos más íntimos, sus amigos por así decirlo, mandaron sus condolencias en un correo al igual que las grandes academias por el fastidioso deber del decoro. Nadie asistió para hacerle compañía. Por eso hago este viaje para darle mi último adiós.

Pobre diablo. Me dió cierta satisfacción, al menos, que su patético amigo fuese peor que yo. Vivir en la pobreza podía corregirse con dinero, en cambio la miseria, parecía una fatalidad para la que no hay algún remedio.

Llegamos.

La casa funeraria donde velaban a los finados era un tugurio para la riqueza del hombre que había contratado el servicio. Densas nubes de incienso nublaban el interior de las salas haciéndome perder al hombre impoluto de traje negro.

Me dispuse a buscar el ataúd de bronce. Una señora de las que recitan el rosario se me acercó con una expresión que excluía toda réplica posible que pudiera darle.

—¿A qué sala viene?

—No sé en qué sala está pero busco un féretro vistoso de bronce.

La expresión de su rostro se tornó algo más seria. —¿Es usted su amigo? Qué bueno que haya venido a visitarlo. Hace tiempo que entonamos el rosario porque nadie venía a verlo.— Si le dijera que no vengo realmente por un difunto sería un bicharro despreciable y me expulsaran sin remedio. Aprovechando la discreción detrás de mi silencio la señora me arrastró camino al féretro de bronce.

Al pasar, los pasillos aúllan en soledad y negrura. El aroma a cirio quemado impregna el aire. Varios féretros abiertos conglomeraban gentilicios rebosantes de malestar físico, donde lloraban, gritaban y súbitamente pedían por los difuntos.

Caminamos, caminamos hasta llegar y ver la triste escena detrás un féretro abandonado, sin cirios, ni flores, ni canto.

Me asomé y el muerto yacía rígido, como siempre yacen los muertos de manera grávida; con los miembros hundidos en los blandos cojines del ataúd y la cabeza acomodada para siempre en la almohada. Al llegar a su cara el horror me recorrió todo el cuerpo. Sentí que mi corazón se sofocaba. Cerré los ojos temeroso y al abrirlos poco a poco, vi mi cuerpo postrado dentro.

Salí desbocado a la sala contigua intentando escapar de mi propia muerte. No quiero, ¡No quiero!. Cuando entré, el féretro negro que compró el enlutado impoluto estaba desplegado al centro de la sala, cubierto de claveles oscuros y crisantemos. Me sentí pequeño, aún más afligido de lo que jamás sufrí por mi despiadada rebeldía. Soportando la infamia de la vida afronte el terror de su silencio, el silencio de un hombre muerto.

—Ahí estaba mi amigo, el impoluto hombre de negro.





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