Hasta Nuevo Aviso
—¡Luciano! ¡Son las siete y diez!
Maya gritó desde la cocina sin esperar respuesta.
La licuadora estaba encendida, una sartén chisporroteaba sobre la estufa y el noticiero de la mañana sonaba desde la televisión de la sala, compitiendo con todos los demás ruidos de la casa.
Era martes.
Un martes cualquiera en Jardines Coloniales.
—¡Ya voy! —se escuchó desde el segundo piso.
Maya negó con la cabeza.
—Eso dijiste hace diez minutos.
Oliver apareció en la cocina ajustándose el reloj.
—Déjalo. Si llega tarde otra vez, que aprenda.
—Claro. Y cuando me hablen de la escuela, les digo que su papá decidió convertirlo en una experiencia educativa.
Oliver tomó una tortilla del plato.
Maya le golpeó la mano.
—Son para el almuerzo.
—Había seis.
—Ahora hay cinco.
—Exactamente.
Maya intentó mantener la cara seria.
No pudo.
Después de más de veinte años juntos, Oliver seguía encontrando maneras absurdas de desesperarla.
—Buenos días.
Paulina entró mirando el teléfono.
Llevaba el cabello todavía húmedo y una taza vacía en la mano.
—¿Hay café?
—Hay cafetera.
—Qué agresiva amaneciste.
—Buenos días, hija.
—Buenos días, pa.
Oliver señaló el teléfono.
—¿Algún día vas a entrar a un cuarto sin estar viendo esa cosa?
—Probablemente no.
Paulina abrió el refrigerador.
—Oigan… ¿vieron lo de Monterrey?
Maya siguió preparando el almuerzo de Luciano.
—¿Qué pasó?
—No sé. Algo de gente enferma.
Oliver levantó una ceja.
—Descripción bastante específica.
—Espérame.
Paulina comenzó a buscar algo en el teléfono.
—Lo vi anoche. Había un video de una clínica llena de gente y otro de unas ambulancias…
Desde la televisión llegó la voz de la conductora del noticiero.
“…autoridades sanitarias han pedido a la población evitar difundir información no confirmada en redes sociales…”
Paulina señaló la sala.
—Eso.
Oliver miró hacia la televisión.
En pantalla aparecían imágenes de varias ambulancias estacionadas frente a un hospital.
Un cintillo decía:
AUTORIDADES INVESTIGAN BROTE DE ENFERMEDAD DESCONOCIDA
—¿Ven?
Maya bajó un poco el fuego.
—¿En Monterrey?
—Creo que empezó allá.
—Entonces está lejos.
Paulina la miró.
—Mamá, Monterrey está a una hora.
—Una hora sigue siendo lejos cuando tengo que manejar.
Oliver soltó una carcajada.
—Eso sí.
Dante entró en ese momento.
Camisa negra, mochila al hombro, audífonos alrededor del cuello.
—¿Qué está lejos?
—Una enfermedad —contestó Paulina.
—Excelente.
Abrió el refrigerador.
—¿Hay jamón?
—Sí.
—¿Pan?
—Sí.
—¿Mayonesa?
—Dante, llevas veinte años viviendo aquí.
—Solo estoy verificando recursos.
—Pues verifica con los ojos.
Luciano apareció finalmente corriendo por las escaleras.
—¡No encuentro mi sudadera!
—Está en tu cuarto —dijo Maya.
—¡No está!
—En la silla.
Luciano se detuvo.
—¿Cómo sabes?
—Porque soy tu madre.
—Eso no explica nada.
—Explica absolutamente todo.
Paulina se rio.
Durante unos minutos la casa volvió a llenarse de conversaciones cruzadas.
Dante robándole comida a Luciano.
Luciano acusándolo.
Oliver buscando las llaves.
Maya recordándole a Paulina algo que tenía que recoger.
El perro de algún vecino ladrando sin parar.
Un camión pasando por la calle.
La vida.
Normal.
Tan normal que ninguno de ellos prestó atención cuando el cintillo de la televisión cambió.
REPORTAN CASOS SIMILARES EN SALTILLO.
A las nueve con cuarenta y siete, Paulina recibió el primer video.
Estaba sentada frente a su computadora cuando el teléfono vibró.
Dany: morra viste esto???
Debajo había un video de diecinueve segundos.
Paulina lo abrió.
La imagen temblaba violentamente.
Parecía grabado desde un automóvil.
Una ambulancia estaba detenida atravesada sobre una avenida. Dos paramédicos forcejeaban con un hombre en el suelo mientras otra persona gritaba fuera de cámara.
Paulina subió el volumen.
—¡Agárralo! ¡AGÁRRALO!
Uno de los paramédicos cayó.
El hombre que estaba en el suelo se lanzó sobre él.
La cámara se movió.
Alguien dentro del automóvil gritó.
El video terminó.
Paulina lo reprodujo otra vez.
Y otra.
En la tercera reproducción pausó justo antes de que la imagen desapareciera.
Había sangre en la cara del hombre.
Mucha.
Escribió:
Paulina: ¿Dónde fue esto?
La respuesta llegó inmediatamente.
Dany: Dicen que acá.
Paulina: ¿Acá dónde?
Los tres puntitos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron.
Dany: Saltillo.
Paulina sintió una incomodidad pequeña en el estómago.
Abrió X.
Después TikTok.
Después Facebook.
“enfermos saltillo”
“hospital saltillo”
“ataques saltillo”
Había videos.
Muchísimos.
Algunos claramente falsos.
Otros viejos.
Otros imposibles de verificar.
Pero varios habían sido publicados durante la última hora.
Una mujer llorando afuera de una clínica.
Patrullas bloqueando una calle.
Un hombre cubierto de sangre caminando entre automóviles.
Paulina abrió WhatsApp.
Familia ❤️
¿Todo bien?
Maya respondió primero.
Sí. Por?
Dante:
Estoy en clase.
Oliver:
Todo bien.
Luciano no contestó.
Paulina escribió:
Están pasando cosas raras. Si ven algo avisen.
Dante respondió con un sticker.
Paulina puso los ojos en blanco.
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A las once y diecisiete, Maya escuchó las primeras sirenas.
Una.
Después otra.
Luego varias.
Se acercó a la ventana.
Una ambulancia pasó rápidamente al final de la calle.
Detrás venía una patrulla.
Maya observó hasta que desaparecieron.
Su teléfono vibró.
El grupo de vecinos llevaba cuarenta y tres mensajes sin leer.
¿Alguien sabe qué está pasando?
Dicen que cerraron una clínica.
Mi hermana trabaja en el Muguerza y dice que está horrible.
NO SALGAN.
Eso es mentira.
Hay militares.
¿Dónde?
Por Colosio.
Mi esposo dice que vio gente atacándose.
Luego apareció un audio.
Maya estuvo a punto de reproducirlo.
Golpearon la puerta.
Tres golpes rápidos.
Maya brincó.
—¿Quién?
—¡Soy Laura!
Maya abrió.
Su vecina estaba afuera con las llaves del automóvil en la mano.
—¿Viste las noticias?
—Un poco.
—Voy al súper. ¿Necesitas algo?
Maya frunció el ceño.
—¿Al súper?
—Están diciendo que pueden cerrar algunas zonas.
—¿Quién está diciendo?
—Todo mundo.
Maya miró hacia la calle.
Dos casas más adelante, otra familia estaba subiendo bolsas a una camioneta.
Un automóvil pasó demasiado rápido.
—Espérame.
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A las doce con cinco, Oliver recibió un correo en el trabajo.
Por disposición preventiva, se autoriza al personal a retirarse a sus domicilios.
Veinte segundos después recibió otro.
Se recomienda evitar desplazamientos innecesarios.
Después otro mensaje.
Esta vez de Maya.
Ven a la casa.
Oliver respondió:
Ya voy.
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A las doce con veintidós, las clases de Dante fueron suspendidas.
A las doce con treinta y uno, Luciano recibió instrucciones de permanecer dentro de su salón.
A las doce con cuarenta, Paulina vio el primer video que realmente le dio miedo.
No porque hubiera sangre.
Sino porque reconoció el lugar.
Saltillo.
No había ninguna duda.
Un hombre estaba grabando desde una gasolinera.
Personas corrían.
Al fondo, una mujer caminaba de una manera extraña entre los automóviles.
Un hombre intentó ayudarla. La mujer se abalanzó sobre él. Los dos cayeron.
Alguien gritó:
—¡LO ESTÁ MORDIENDO!
La cámara se acercó.
Paulina dejó de respirar.
La mujer levantó la cabeza.
Tenía algo entre los dientes.
El video terminó.
Paulina llamó a su mamá.
—¿Dónde estás?
—En el súper.
—Mamá, regrésate a la casa.
—Ya voy a pagar.
—No. Deja las cosas y vete.
—Paulina…
—Mamá, acabo de ver—
La llamada se cortó.
Paulina miró la pantalla.
Intentó nuevamente.
Red ocupada.
—Chingada madre.
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A la una de la tarde comenzaron a sonar las alertas en los teléfonos.
Todos prácticamente al mismo tiempo.
Un sonido estridente.
Imposible de ignorar.
ALERTA DE EMERGENCIA
Se solicita a los habitantes de diversos sectores de Saltillo permanecer en sus domicilios. Evite desplazamientos. Espere instrucciones oficiales.
Oliver la leyó atrapado en el tráfico.
Maya la leyó mientras abandonaba un carrito lleno en medio de un supermercado.
Dante la leyó caminando hacia el estacionamiento.
Paulina la leyó sola en casa.
Luciano la leyó sentado en un salón donde treinta adolescentes habían dejado de hablar.
Y por primera vez aquel día… nadie hizo una broma.
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A las dos con doce, Maya llegó a casa.
A las dos con veintiséis llegó Oliver.
Dante apareció quince minutos después.
—¿Luciano? —preguntó Oliver.
—No lo dejan salir —respondió Maya.
—Voy por él.
—Dijeron que nadie puede acercarse a la escuela.
—Me vale madre lo que dijeron.
Oliver tomó las llaves.
Paulina bajó corriendo.
—Papá.
—¿Qué?
Le mostró el teléfono.
Era una transmisión en vivo.
Un helicóptero sobrevolaba una avenida.
Debajo…
personas corrían entre los automóviles.
Decenas.
Quizá cientos.
Detrás de ellas avanzaba algo difícil de distinguir.
La transmisión se cortó.
Oliver guardó silencio.
—Voy por tu hermano.
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Regresaron casi dos horas después.
Luciano entró primero.
Maya lo abrazó con tanta fuerza que el adolescente protestó.
—¡Mamá!
—Cállate.
—No puedo respirar.
—Me vale.
Oliver cerró la puerta.
—Hay retenes.
Paulina se acercó.
—¿Dónde?
—Por todos lados.
—¿Militares?
Oliver asintió.
—¿Qué dijeron?
—Nada.
Luciano estaba pálido.
Dante lo notó.
—¿Qué viste?
—Nada.
—Luciano.
—¡Que nada!
Subió las escaleras.
Todos quedaron en silencio.
Oliver miró a Maya.
—Déjalo.
Entonces escucharon algo afuera.
Motores.
Muchos.
Paulina se acercó a la ventana.
Vehículos militares entraban en la colonia.
Uno.
Dos.
Tres.
Después un camión.
Soldados descendieron.
—¿Qué chingados…? —murmuró Dante.
Uno de ellos llevaba un megáfono.
La voz retumbó entre las casas.
—¡ATENCIÓN! ¡TODOS LOS RESIDENTES DEBEN INGRESAR A SUS DOMICILIOS INMEDIATAMENTE!
Varias personas salieron a las puertas.
—¡PERMANEZCAN DENTRO DE SUS VIVIENDAS!
Un vecino comenzó a discutir con uno de los soldados.
Otro grababa con el teléfono.
—¡ESTA ZONA HA SIDO PUESTA BAJO CUARENTENA SANITARIA!
Maya miró a Oliver.
—¿Cuarentena?
—¡CIERREN PUERTAS Y VENTANAS! ¡NINGÚN RESIDENTE PODRÁ ABANDONAR SU DOMICILIO HASTA NUEVO AVISO!
Dante salió al porche.
—¡Dante! —gritó Maya.
—Quiero escuchar.
Oliver salió detrás de él.
Un soldado caminaba casa por casa entregando paquetes.
Cuando llegó con ellos, Oliver se acercó.
—¿Qué está pasando?
—Entre a su domicilio, señor.
—Mis hijos están aquí. Quiero saber qué está pasando.
El soldado le entregó un paquete.
Dentro había cinta adhesiva gruesa y varias láminas oscuras de plástico.
—Cubra todas las ventanas que tengan vista hacia la calle.
Oliver lo miró.
—¿Para qué?
El soldado no contestó.
—¿Para qué tenemos que cubrirlas?
—Son instrucciones.
—¿Qué enfermedad es?
El soldado finalmente lo miró.
Parecía joven.
Demasiado joven.
Y estaba asustado.
Eso fue lo que realmente inquietó a Oliver.
—Entre con su familia, señor.
—¿Qué está pasando?
El muchacho bajó la voz.
—No salga esta noche.
Y continuó hacia la siguiente casa.
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A las seis de la tarde, las ventanas estaban cubiertas.
La casa se sentía diferente.
Oscura.
Encerrada.
Paulina dejó el teléfono sobre la mesa.
—Están tumbando videos.
Dante levantó la vista.
—¿Quién?
—No sé. Pero desaparecen. Los publican y a los minutos ya no están.
—Seguro para evitar desinformación —dijo Oliver.
Paulina lo miró.
—¿Viste lo que yo vi?
Oliver no respondió.
La televisión seguía encendida.
“…las autoridades reiteran que la situación se encuentra bajo control…”
Desde afuera llegó una ráfaga de disparos.
Todos se quedaron inmóviles.
La presentadora continuó hablando.
“…se pide a la población mantener la calma…”
Otra ráfaga.
Más cerca.
Maya bajó lentamente el volumen.
Nadie habló.
Entonces escucharon gritos.
Primero uno.
Después varios.
Un automóvil aceleró.
Un choque.
Más disparos.
Y después…
silencio.
Luciano apareció en las escaleras.
—Papá.
Oliver se volvió.
—¿Qué?
—En la escuela pasó algo.
Maya palideció.
—¿Qué pasó?
Luciano tragó saliva.
—Un maestro atacó a una señora.
—¿Cómo que la atacó?
—La mordió.
Paulina miró a Dante.
—¿Dónde?
—En el cuello.
Maya se llevó una mano a la boca.
—Había un chingo de sangre.
—Luciano…
—¡Pues si había!
Oliver se acercó.
—¿Y qué hicieron?
—Llegaron policías.
—¿Se lo llevaron?
Luciano negó lentamente.
—Le dispararon.
Silencio.
—¿Al maestro? —preguntó Dante.
Luciano volvió a negar.
—A los dos.
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A las once con cincuenta y tres, nadie dormía.
No había señal de televisión.
Internet funcionaba intermitentemente.
Los mensajes tardaban minutos en salir.
La electricidad había parpadeado tres veces.
Y desde hacía aproximadamente una hora, las ambulancias habían dejado de escucharse.
Eso era peor.
Maya estaba sentada junto a Oliver.
Dante revisaba el teléfono.
Paulina guardaba videos antes de que desaparecieran.
Luciano estaba acostado en las escaleras.
Entonces escucharon un golpe.
PUM.
Todos levantaron la cabeza.
Otro.
PUM.
Maya miró hacia la puerta.
—¿Qué fue eso?
Oliver se puso de pie.
PUM. PUM. PUM.
Paulina susurró:
—Es el portón.
Oliver levantó una mano.
Silencio.
Algo metálico rechinó afuera.
Después escucharon pasos.
Maya se levantó.
—Oliver…
Él no respondió.
Los pasos atravesaron lentamente la entrada.
Uno.
Otro.
Otro.
Hasta detenerse frente a la puerta principal.
Nadie respiró.
Entonces…
TOC.
Un golpe suave.
TOC.
Otro.
Dante se puso de pie.
Oliver señaló las escaleras.
—Todos arriba.
Nadie se movió.
TOC.
—¿Quién es? —preguntó Oliver.
Silencio.
Maya tomó a Luciano del brazo.
—Sube.
Entonces una voz llegó desde el otro lado.
Débil.
Temblorosa.
—¿Oliver?
Él frunció el ceño.
Conocía esa voz.
—¿Quién es?
—Soy yo…
Oliver miró a Maya.
Era uno de sus vecinos.
—Ayúdame.
Oliver dio un paso hacia la puerta.
Paulina lo sujetó del brazo.
—Papá, no.
—Está herido.
—No abras.
Del otro lado comenzaron a escuchar un sollozo.
—Por favor…
Oliver puso la mano sobre el seguro.
Y entonces el hombre gritó.
No de miedo.
De dolor.
Un grito desgarrador que hizo retroceder a Oliver.
Algo lo golpeó contra la puerta.
Después otra cosa.
Un sonido húmedo.
Un jadeo.
Y el hombre comenzó a gritar:
—¡NO! ¡NO, NO, NO! ¡QUÍTATE! ¡QUÍTATE DE ENCIMA!
La puerta tembló.
Maya abrazó a Luciano.
Dante tomó lo primero que encontró: una pesada figura decorativa de metal.
Paulina retrocedió.
Afuera se escuchó un alarido.
Luego…
un ruido horrible.
Como tela desgarrándose.
El vecino dejó de gritar.
Durante varios segundos no hubo absolutamente nada.
Hasta que algo golpeó la puerta.
PUM.
Oliver retrocedió.
Otro golpe.
PUM.
Y otro.
PUM.
Paulina miró hacia la ventana cubierta.
El plástico negro se movió ligeramente con el aire acondicionado.
Luciano se soltó de su madre.
—¿Qué haces? —susurró Maya.
El adolescente se acercó.
—Luciano.
Metió un dedo debajo de una esquina de la cinta.
—No la quites —ordenó Oliver.
Luciano tiró apenas lo suficiente para abrir una rendija.
—Luciano, te dije que—
Se asomó.
Y se quedó completamente inmóvil.
—¿Qué ves? —preguntó Dante.
Luciano no contestó.
Paulina se acercó.
—Lu…
Luciano dio un paso hacia atrás.
Tenía lágrimas en los ojos.
—Se lo están comiendo.
Nadie dijo nada.
Paulina miró por la abertura.
El vecino estaba tendido frente a la casa.
O lo que quedaba de él.
Tres personas estaban encima.
Una hundía las manos en su abdomen abierto.
Otra arrancó algo rojo y brillante de su interior y comenzó a masticarlo.
Paulina se tapó la boca.
Un cuarto cuerpo apareció caminando desde la calle.
Le faltaba parte de la cara.
Más allá había otro.
Y otro.
Y otro.
La calle donde había aprendido a andar en bicicleta.
Donde Luciano jugaba.
Donde Maya saludaba a sus vecinos cada mañana.
Estaba cubierta de sangre.
Un vehículo militar ardía al fondo.
Había cadáveres sobre el pavimento.
Y entre ellos caminaban decenas de personas.
No.
Personas no.
Una de las criaturas dejó de alimentarse.
Levantó lentamente la cabeza.
Paulina vio la sangre caer de su boca.
Entonces giró hacia la casa.
Directamente hacia ella.
Paulina dejó caer el plástico.
—¿Qué pasó? —preguntó Oliver.
Antes de que pudiera responder…
la puerta recibió un golpe brutal.
¡BAM!
Todos gritaron.
Otro.
¡BAM!
La madera crujió.
Y afuera, desde algún lugar de Jardines Coloniales, comenzaron a escucharse cientos de gritos.
Paulina miró a su familia.
A su padre.
A su madre.
A Dante.
A Luciano.
Cinco personas encerradas dentro de una casa.
Y por primera vez comprendió algo que ninguna autoridad se había atrevido a decirles.
Aquello no era una cuarentena.
Era una trampa.








