Capítulo 1
Reina de mi mundo dueña de mi silencio
CAPÍTULO 1
El saludo que no es de amigos
El sol comenzaba a descender suavemente sobre la ciudad, tiñendo de oro y naranja las fachadas de cristal y acero de los rascacielos que se alzaban imponentes hacia el cielo. En los pisos superiores del edificio Montalbán, donde las oficinas se extendían por todo un piso completo con vistas panorámicas que abarcaban cada rincón de la urbe, Elizabeth Montalbán terminaba de revisar la última proyección trimestral. Su escritorio, amplio y hecho de madera de nogal oscuro pulida hasta brillar como un espejo, estaba ordenado con una precisión casi matemática: ni un solo papel fuera de lugar, cada bolígrafo en su sitio, la tablet alineada exactamente con el borde, una taza de café intacta enfriándose a un lado.
Elizabeth se recostó levemente en el respaldo de su sillón de cuero negro, cerrando por un instante los ojos. Eran solo unos segundos de pausa, nada más no se permitía más. A los veintisiete años, dirigir tres empresas prósperas no dejaba espacio para debilidades, ni para dudas, ni mucho menos para nostalgia. Había construido todo esto con sus propias manos, ladrillo a ladrillo, contrato a contrato, derramando noches enteras de sueño y cada gota de sentimiento que alguna vez la había hecho vulnerable. Y lo había logrado: Montalbán Bienes Raíces dominaba el mercado inmobiliario de la región; Alimentos & Calidad Montalbán abastecía a cadenas enteras de supermercados y restaurantes exclusivos, ganándose una reputación impecable; y el Palacio Montalbán, su hotel de lujo, era el emblema de la ciudad un lugar donde la elegancia y el servicio perfecto eran la norma, y donde ella vivía en su ático privado, lejos del ruido del mundo, en la única paz que se había permitido conocer.
Abrió los ojos de golpe, ese brillo avellana firme y despejado regresando de inmediato. Volvió a inclinarse sobre los documentos, pero antes de que pudiera retomar el bolígrafo, la puerta de su despacho se abrió con un suave golpe previo que nadie más que ella habría oído.
—Ya le dije que la reunión con los proveedores de alimentos quedó confirmada para el martes a las diez —dijo ella sin levantar la vista, con voz serena pero decidida, acostumbrada a que fuera Julián entrando con la siguiente tarea—, y que el contrato del nuevo centro comercial…
—…puede esperar cinco minutos más, Elizabeth. No va a derrumbarse si le dedicamos un saludo primero —respondió una voz profunda, cálida y familiar, que hizo que el corazón de ella diera un vuelco casi imperceptible antes de que pudiera controlarlo.
Levantó la vista de inmediato y el hielo que siempre parecía rodearla se quebró, derritiéndose en una expresión mucho más suave, casi alivio. En el umbral, con la luz del sol poniente bañándolo por detrás, estaba él.
Alejandro Palacio se quedó allí un instante, observándola con esa mirada que parecía verlo todo cada línea de cansancio en su rostro, cada esfuerzo por mantenerse firme, cada cosa que ella ocultaba al resto del mundo. Se veía impecable, como siempre: traje de lana azul marino cortado a medida que le sentaba a la perfección, camisa blanca de algodón italiano sin corbata, los primeros botones desabrochados con una naturalidad que nadie más lograba. Su cabello castaño claro, peinado hacia atrás con esmero, dejaba al descubierto sus facciones marcadas y esos ojos gris-verdes profundos que siempre la hacían sentir… segura. De alguna manera que no intentaba explicar.
—Creí que no vendrías hasta la tarde —dijo ella, dejando el bolígrafo sobre el escritorio y poniéndose de pie sin darse cuenta, una sonrisa naciendo en sus labios antes de que pudiera detenerla—. Me dijiste que tenías reunión con los inversores hasta las seis.
—Terminaron antes —respondió él caminando hacia ella con paso tranquilo y seguro—. Y no podía irme sin pasar. Sabes que no me gusta que pases demasiado tiempo aquí sola.
Llegó hasta donde ella estaba, rodeó el escritorio sin dudarlo ni un instante, y se detuvo justo frente a ella. No hubo timidez, ni distancia, ni esa formalidad que reinaba en cada rincón de su imperio. Era simplemente Alejandro, como lo había sido durante años. Se inclinó hacia ella suavemente, y Elizabeth alzó levemente el rostro, un gesto tan conocido y habitual que lo hicieron al mismo tiempo, sin pensarlo. Sus labios se rozaron en un beso breve, suave y cálido un saludo para ellos, tan natural como darse la mano, aunque mucho más íntimo. Luego él no se apartó del todo; con una ternura que solo ella conocía, alzó una mano y pasó los dedos con delicadeza por un mechón de cabello que se le había soltado, acomodándoselo detrás de la oreja con un cuidado infinito.
—Tienes el cabello un poco revuelto aquí —murmuró él, sus ojos fijos en los de ella, su voz bajita como si no quisiera que el aire mismo escuchara—. Trabajas demasiado, mi reina.
Elizabeth sintió cómo se le aceleraba levemente el pulso, algo que le ocurría siempre con él, aunque jamás se lo mencionara a nadie. Se apartó lo justo para poder verlo bien, fingiendo una reprobación que no sentía en absoluto.
—Y tú te metes demasiado en mis cosas, como siempre —respondió ella con suavidad, dándole un ligero empujón en el pecho con la palma de la mano, un gesto cariñoso y familiar—. ¿Desde cuándo revisas mi cabello ahora también?
—Desde que veo que te agotas sin darte cuenta —respondió él sin dudarlo ni un segundo, bajando la mano pero sin alejarse—. ¿Has comido algo hoy, Elizabeth? Algo que no sea solo un café que Julián te trajo a las nueve de la mañana.
Ella abrió la boca para responder, pero justo entonces la puerta se abrió por completo y Julián entró sosteniendo una carpeta en una mano y su tableta en la otra. Se detuvo en seco al verlos, ajustándose las gafas con la punta de los dedos y dejando escapar una pequeña sonrisa comprensiva, nada sorprendido en absoluto.
—Disculpen que interrumpa este momento de cuidados mutuos —dijo Julián con su tono serio pero con un brillo divertido en la mirada—, pero necesito que firmes esto, señorita Elizabeth… y ya veo que el señor Alejandro ha llegado justo a tiempo para su habitual inspección de que no se nos desvanezca por inanición.
Elizabeth rodó los ojos, pero sonreía mientras regresaba a su sitio detrás del escritorio, recuperando parte de su compostura aunque sin cerrarse por completo como hacía cuando entraba cualquier otra persona.
—Gracias, Julián —dijo ella tomando la carpeta—. Y sí, Alejandro, he comido. Un sándwich, hace un par de horas. ¿Estás satisfecho?
Alejandro se apoyó contra el borde del escritorio, con los brazos cruzados sobre el pecho, observándola con una ceja alzada, sin creerse ni la mitad de lo que decía.
—Un sándwich —repitió él con tono escéptico—. Claro. Y supongo que también has descansado lo suficiente anoche, ¿verdad? Porque vi las luces del ático encendidas hasta las tres.
Elizabeth detuvo el bolígrafo en el aire y lo miró con fingida severidad.
—¿Ahora también vigilas mis ventanas?
—Solo me aseguro de que estés bien —respondió él con una calma que la dejó sin argumentos—. Alguien tiene que hacerlo.
Julián los miraba de uno a otro mientras ella firmaba, moviendo levemente la cabeza con una sonrisa discreta. Llevaba cuatro años trabajando para Elizabeth Montalbán, la conocía mejor que casi nadie, sabía cuánto valía su inteligencia, su fortaleza, todo lo que había construido con esfuerzo y sacrificio. Y también sabía que de todos los hombres que la rodeaban, ninguno ni un solo ser vivo lograba atravesar esa coraza que ella misma se había forjado… excepto él. Alejandro Palacio era la única excepción, la única persona ante la cual Elizabeth bajaba la guardia sin siquiera darse cuenta.
—Sabe, señorita —dijo Julián mientras ella le devolvía la carpeta firmada—, la gente en la oficina comenta… bueno, dicen que el señor Alejandro debería cobrar un sueldo extra como guardián personal y no solo como consultor. Y que se llevan demasiado bien para ser «solo amigos», como dicen ustedes.
Elizabeth sintió que se sonrojaba levemente, algo que casi nunca le ocurría, y levantó la barbilla con aire digno aunque sin convicción real.
—La gente habla demasiado, Julián. Ya lo sabes.
—Hablan porque lo ven, Elizabeth —respondió Julián con total naturalidad, guardando documentos—. Cualquiera con ojos puede verlo. No es ningún secreto. Aunque… miró brevemente a Alejandro, que permanecía en silencio, observando a Elizabeth con una expresión que él conocía muy bien, llena de algo mucho más profundo y leal que una simple amistad… parece que ustedes dos son los únicos que no se han dado cuenta, o no quieren hacerlo.
O Elizabeth no lo veía, o no quería verlo, se corrigió Julián para sí mismo. Y Alejandro… él callaba, protegiendo lo que tenían con su silencio.
—Termina tus pendientes, Julián, por favor —le dijo ella con tono firme aunque sin enfadarse, señalando los papeles sobre la mesa—. Y deja de darle vueltas a lo que hacemos Alejandro y yo. Estamos bien así.
—Como ordene —respondió él con una pequeña reverencia irónica, aunque amable—. Solo me preocupo, eso es todo. Ya me retiro. No se quede hasta muy tarde, ¿de acuerdo? Y usted, señor Alejandro, intente convencerla de que descanse un poco, por favor. Quizás a usted sí le haga caso.
Salió cerrando suavemente la puerta tras de sí, dejándolos solos de nuevo. El silencio regresó al despacho, pero no era un silencio incómodo; era ese silencio cálido, lleno de confianza, que compartían desde hacía años. Elizabeth apoyó los codos sobre el escritorio y entrelazó los dedos, mirando a Alejandro, que seguía allí, esperando, observándola con esa ternura constante que siempre la envolvía.
—Tiene razón, ya sabes —dijo él bajando un poco la voz una vez que estuvieron solos—. La gente habla. Lo hace desde que nos conocimos. Dicen que no somos amigos, que hay algo más entre nosotros. Que la forma en que nos miramos… la forma en que nos saludamos… no es algo que hagan los amigos normales.
Elizabeth bajó la mirada un instante hacia sus manos entrelazadas, sintiendo una punzada extraña en el pecho, una mezcla de cariño y temor que conocía demasiado bien.
—Que digan lo que quieran —respondió suavemente, volviendo a levantar la vista hacia él—. Tú eres mi mejor amigo, Alejandro. La persona en la que más confío en este mundo. Eso es lo que somos. Y eso es lo que importa. Nada más.
Por un instante, algo cruzó los ojos de él una sombra, un deseo que reprimió al instante, y asintió lentamente, apartando la mirada un segundo antes de volver a clavarla en ella con esa misma calma inquebrantable.
—Sí —dijo él en un tono casi un susurro—. Eso es lo que somos. Tu mejor amigo. Y eso… eso es suficiente para mí. Siempre lo ha sido.
Pero había algo en su voz, una pausa, un peso que no dijo, que hizo que el corazón de ella diera un vuelco extraño, aunque no supo o no quiso darle un nombre.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo ella, cambiando de tema antes de que esos pensamientos la llevaran a lugares a los que no solía ir—. ¿Por qué lo haces? ¿Por qué eres tan… así… conmigo? Tan atento, tan cuidadoso… como si fuera algo frágil que pudiera romperse en cualquier momento.
Alejandro dio un paso hacia ella, apoyando ambas manos en el borde del escritorio, acercándose lo suficiente para que ella pudiera ver cada detalle de su rostro, la sinceridad absoluta en su mirada.
—Porque te mereces que te traten bien, Elizabeth —respondió él con total claridad—. Te mereces que alguien cuide de ti, igual que tú cuidas de todo lo que te rodea. Te mereces que alguien vea no solo a la mujer fuerte e imponente que todo el mundo admira… sino también a la chica inteligente, generosa y sensible que hay detrás de esos muros que has construido tan alto. Nadie debería tener que llevar todo el peso del mundo sobre los hombros sola. Y yo… yo siempre voy a estar aquí para ayudarte a sostenerlo. Siempre.
Las palabras eran sencillas, dichas con calma, pero con una intensidad que la hizo callar. No había nadie más que le hablara así, que la viera así. Nadie más que supiera.
—No necesito que me cuiden —dijo ella finalmente, aunque su voz careció de la firmeza que pretendía—. He estado cuidándome sola durante mucho tiempo. Y me ha ido bien.
—Lo sé —respondió él suavemente—. Y eres extraordinaria por eso. Pero eso no significa que debas hacerlo siempre sola.
Hubo un silencio prolongado, el sol ya casi oculto tiñendo de ámbar el aire de la habitación. Elizabeth sintió que debía decir algo, responder, pero las palabras no llegaban. Entonces Alejandro suspiró suavemente y se apartó un poco, enderezando su postura, y la expresión en su rostro cambió levemente, volviéndose más seria, casi melancólica.
—Hay algo que necesito decirte, Elizabeth —empezó él, y algo en su tono hizo que ella se tensara al instante, alerta.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella de inmediato, poniéndose de pie—. ¿Algo ha salido mal? ¿Con los inversores? ¿Con el proyecto en expansión?
—No, nada de eso está mal —se apresuró a asegurarle él, levantando una mano para calmarla—. Todo va bien. Es… es una decisión que he tomado. He estado pensando en ello durante semanas, consultando planes, revisando oportunidades… y finalmente he aceptado.
Hizo una pausa, respiró hondo antes de continuar, mirándola como si quisiera grabar cada rasgo de su rostro en su memoria.
—Me han ofrecido dirigir la expansión internacional de la firma —dijo él despacio—. Tengo que viajar a Europa. Francia, Italia, España… establecer sedes, crear alianzas… estaré allá unos tres años.
Elizabeth se quedó inmóvil, sintiendo como si el aire hubiera desaparecido del despacho. Tres años. La frase resonó en su mente, pesada y real. Alejandro… se iba.
—¿Tres años? —repitió ella en voz baja, casi un eco, sin darse cuenta—. Te vas… te vas a Europa… durante tres años enteros.
—Sí —asintió él con suavidad, aunque sus ojos se entristecieron al ver la expresión de ella—. Es una oportunidad increíble, Elizabeth. Me permitirá crecer profesionalmente, aprender mucho… y cuando regrese… podremos hacer cosas aún más grandes juntos aquí.
—Cuando regreses… —repitió ella mecánicamente, sintiendo cómo una sensación de vacío, fría y repentina, se instalaba en su pecho—. Tres años… es mucho tiempo, Alejandro.
—Lo sé —respondió él bajando levemente la voz—. Y no me voy feliz. No quiero irme y dejarte aquí. Pero también sé que es lo mejor para mi carrera… y espero que comprendas que tengo que hacerlo.
Elizabeth dio un paso hacia él, olvidando por un instante su compostura, su fortaleza habitual, todo lo que solía mantener intacto frente al resto del mundo.
—¿Y yo? —preguntó ella, y solo cuando las palabras salieron de sus labios comprendió lo vulnerable que sonaba—. ¿Y nosotros? ¿Quién… quién me escuchará cuando todo se vuelva demasiado pesado? ¿Quién vendrá cada día para asegurarse de que he comido y que no me agoto hasta caer rendida? ¿Con quién voy a hablar de todo… de verdad… sin tener que fingir que todo está bien cuando no lo está?
La voz se le quebró levemente al final, y ella tuvo que hacer un esfuerzo inmenso para no dejar caer las lágrimas que de repente amenazaban con brotar. Alejandro dio un paso hacia ella de inmediato, su expresión llena de ternura y dolor, y tomó sus manos entre las suyas, apretándolas con suavidad y firmeza.
—Nada va a cambiar entre nosotros, Elizabeth — le prometió él con fervor, mirándola directamente a los ojos—. Nada. Seguiremos hablando todos los días, por teléfono, por videollamada… te escribiré cada vez que tenga un momento libre. Vendré a visitarte siempre que pueda, y tú puedes viajar a verme cuando tus negocios te lo permitan. La distancia no va a romper lo que tenemos, ¿entiendes? No voy a desaparecer de tu vida. Solo… estaré un poco más lejos por un tiempo. Seguiré estando aquí para ti, igual que siempre. Te lo prometo.
Ella lo miró a los ojos, buscando desesperadamente la verdad en sus palabras, y la encontró allí estaba esa sinceridad absoluta, esa lealtad que siempre había mostrado, esa calma que la hacía sentir a salvo incluso ahora. Asintió lentamente, tragando con dificultad, obligándose a sí misma a recuperar el control. Era una mujer de negocios, dueña de su vida y de su imperio. No podía desmoronarse porque su mejor amigo se fuera unos años.
—Lo sé —dijo ella, apartando la mirada un instante para limpiarse rápidamente una lágrima que había amenazado con caer, luego lo miró de nuevo con una media sonrisa un poco temblorosa—. Lo sé, perdóname… no debería reaccionar así. Es una oportunidad maravillosa para ti, Alejandro. Debería estar feliz por ti. Y lo estoy. De verdad. Solo… me cuesta imaginarme las cosas aquí sin ti. Te has convertido en… parte de todo esto. Parte de mi vida.
—Tú también eres parte de la mía, Elizabeth —respondió él con voz suave pero intensa—. La parte más importante. Y voy a llevarte conmigo, todos los días, en cada pensamiento. Tres años pasarán rápido. Ya lo verás. Y volveré. Te lo prometo. Volveré.
Se quedaron así un largo instante, de pie frente a frente, con las manos unidas, el sol ya ocultándose por completo dejando que las luces de la ciudad empezaran a brillar a través de los grandes ventanales. Elizabeth pensó en todo lo que él significaba para ella: su apoyo, su voz de calma en medio de las tormentas, la única persona que la conocía realmente y aun así seguía queriéndola. La gente decía que eran algo más que amigos… y quizás, en cierto modo, lo eran. Algo más profundo, más fuerte, algo que no tenía nombre todavía. Y ahora él se iba.
—¿Cuándo partes? —preguntó ella finalmente, con voz baja.
—Dentro de dos semanas —respondió él—. Tengo mucho que organizar antes de irme. Y quería decírtelo yo mismo antes de que te enteraras por otra persona.
—Dos semanas… —repitió ella asintiendo—. Entonces… tenemos dos semanas todavía.
—Sí —dijo él con una pequeña sonrisa triste—. Dos semanas. Y quiero aprovecharlas al máximo. ¿Puedo invitarte a cenar esta noche? En el restaurante del hotel, quizás… o donde tú prefieras. Quiero pasar tiempo contigo antes de irme.
Elizabeth sintió un nudo en la garganta pero sonrió, una sonrisa genuina a pesar de la tristeza que empezaba a instalarse en su pecho.
—Me encantaría, Alejandro —aceptó ella suavemente—. En el restaurante del Palacio Montalbán. Allí estaremos tranquilos. Y… gracias por decírmelo tú mismo. Por contármelo primero a mí.
—Siempre serás tú la primera en saberlo —respondió él con firmeza—. Siempre.
Se inclinó de nuevo hacia ella, y esta vez el beso en los labios duró un instante más de lo habitual, más suave, cargado de sentimientos que ninguno de los dos pronunciaba en voz alta cariño, gratitud, miedo a la separación, un amor que él callaba y que ella todavía no estaba lista para reconocer. Cuando se separaron, él le acarició suavemente la mejilla con el dorso de los dedos, una caricia llena de ternura infinita.
—Iré a buscarte a las ocho al ático —le dijo él en un susurro—. No trabajes hasta tarde, ¿de acuerdo? Descansa un poco mientras puedas.
—Lo intentaré —prometió ella con una media sonrisa.
Alejandro asintió, pareció querer decir algo más, se detuvo un instante… y finalmente dio media vuelta y salió del despacho, dejándola sola entre el silencio y las sombras que empezaban a llenar la habitación. Elizabeth se quedó inmóvil mucho tiempo después de que la puerta se hubiera cerrado tras él, con la mano en el pecho, sintiendo cómo su corazón latía con una mezcla de sentimientos que no lograba ordenar.
Alejandro se iba. Su mejor amigo, su ancla, la persona que siempre había estado ahí cuando todo parecía complicarse… iba a cruzar el océano y estar lejos, durante tres años enteros. Tres años era mucho tiempo. Podían cambiar muchas cosas en tres años. Podían cambiar vidas… y corazones.
Pero entonces pensó en sus palabras, en su promesa de que nada cambiaría entre ellos, en la forma en que la miraba como si fuera lo más precioso que existía… y supo que tenía razón. Lo que había entre ellos era fuerte, sólido, construido sobre años de confianza y cariño mutuo. La distancia no podría romperlo. No podría.
Se apartó de la ventana con un suspiro y volvió a su escritorio, aunque ahora le costaba mucho más concentrarse en las cifras y proyecciones que tenía delante. En el fondo, una pequeña y temerosa parte de ella se preguntaba… qué pasaría cuando él volviera. Si todo seguiría siendo igual… o si el tiempo y la distancia cambiarían todo aquello que ahora daban por sentado.
Y en ese momento, sin saberlo, comenzó a contar los días. Dos semanas. Solo dos semanas con él cerca, antes de que el mundo tal como lo conociera cambiara un poco. Y mientras tanto… tendría que aprender a seguir adelante, a mantener su imperio en pie, a ser la mujer fuerte y capaz que siempre había sido… incluso sin él a su lado cada día.
Porque eso era lo que hacía Elizabeth Montalbán: se levantaba, seguía adelante, construía y avanzaba sin importar qué se interpusiera en su camino. Y esta vez no sería la excepción.
Pero mientras tomaba el bolígrafo de nuevo, sus pensamientos se escapaban una y otra vez hacia él hacia su voz, su mirada, la calidez de su saludo en los labios y comprendió con una punzada de tristeza que por mucho que avanzara, por mucho que construyera… una parte de su mundo se iría con él cuando cruce el mar. Y tendría que esperar tres largos años a que regresara para volver a estar completa.