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PROYECTO ESPEJO II: Neguentropía

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Sinopsis

El mundo creyó que la pesadilla había terminado. El Proyecto Espejo colapsó, la red cayó y el sacrificio de Kael y Jax le devolvió a la humanidad una frágil ilusión de libertad. Los sobrevivientes han intentado desaparecer en las sombras de los suburbios, lamiendo sus heridas y creyendo que la Central había sido destruida. Mina Dupont ha pasado los últimos meses huyendo, intentando olvidar su pasado en los laboratorios y su conexión con la resistencia. Pero Arel, el inestable y sádico líder de la Central, se niega a aceptar la derrota y ejerce su carta de poder: los cuerpos sin vida de los Ceros. Arrastrada de vuelta al infierno, Mina se topará de frente con los fantasmas de un antiguo proyecto clasificado que ella misma ayudó a crear. Un protocolo tan oscuro y aberrante que incluso la Central decidió cancelarlo en el pasado. El juego ha cambiado. Ahora, con las vidas de quienes Mina más ama pendiendo de un hilo, Arel le exige lo imposible. Los héroes han caído, pero en las retorcidas manos de la Central, la muerte es solo el comienzo.

Genero:
Scifi
Autor/a:
Mebahiah
Estado:
hace 3 días
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Los suburbios decadentes del Distrito Dos se cerraban como un laberinto oxidado ante los ojos de Mina. Corría a trompicones, tragando el aire frío de la noche que le quemaba los pulmones. No necesitaba ver quién la seguía, el zumbido impecable y silencioso de un motor magnético de último modelo deslizándose por aquellas calles destartaladas era sinónimo de una sola cosa: problemas.

Giró bruscamente hacia un callejón ciego y se ovilló detrás de una montaña de chatarra, intentando acallar su propia respiración. Con la mirada fija en las punteras rotas de sus zapatillas, no pudo evitar una punzada de nostalgia absurda. Recordó los días en las instalaciones donde su mayor queja era el dolor en las pantorrillas por usar tacos altos de diseñador. Ahora, su piel era un mapa de rasguños, polvo y huidas a medianoche. Estaba exhausta. Hastiada del olor a humedad de las guaridas rebeldes. Fantaseó por un segundo con el agua caliente de una ducha, un plato de comida de verdad y ropa que no estuviera hilachada en los bordes.

¿En qué momento mi vida se convirtió en un campo de batalla permanente?, se preguntó, cerrando los ojos.

La respuesta llegó antes de que pudiera formularla. Unas manos enguantadas surgieron de entre las sombras a sus espaldas, atravesando la barrera de chatarra, y la jalaron hacia atrás con una fuerza brutal.

Mina abrió la boca para gritar, pero el frío acero de una aguja le perforó el cuello. El líquido químico invadió su torrente sanguíneo como fuego líquido. En una fracción de segundo, sus músculos dejaron de responder. El mundo se volvió un borrón oscuro, y para cuando su visión logró enfocar de nuevo, ya estaba sentada en el asiento trasero del vehículo, flanqueada por la imponente presencia de dos hombres que no decían una palabra.

Mientras el sedante hacía su trabajo, miró con pesadez por el cristal tintado. Las calles estrechas pasaban a una velocidad vertiginosa, los altos edificios se difuminaban y pronto fueron reemplazados por una explanada árida y sin vida. Antes de dejarse arrastrar por la inconsciencia, una sonrisa cínica se dibujó en su mente: después de todo, viajar en auto siempre será mejor que seguir caminando.

En la oscuridad de su mente, los recuerdos la asaltaron. La última redada. Aquel escondite improvisado que olía a victoria prematura. Todos habían creído que el sacrificio de Jax y Kael, el colapso del sistema principal, significaría la destrucción inminente de la Central. ¿Cómo pudimos ser tan estúpidos para relajarnos?

Vio flashes del caos: la huida frenética de Nova y Ghost, la desaparición repentina de Killux cuando las cosas se salieron de control, la ausencia de Nyx... y los brazos firmes de Axel cargándola a través de los túneles subterráneos mientras el techo se derrumbaba. ¿Dónde estarán ahora? ¿Seguirán vivos?

Se aferró a un último pensamiento consolador antes de que la oscuridad la tragara por completo. Al menos, el Proyecto Espejo había muerto con ellos. No tenía sentido que la Central intentara esparcir un virus para el cual el mundo ya conocía la cura. Había tenido la estúpida esperanza de que, tras la anarquía de la caída tecnológica, la humanidad optaría por reconstruirse desde la democracia y la libertad.

Qué ingenua. Esta sociedad nunca estuvo lista para eso.

La imagen de Kael se materializó en la bruma de su inconsciencia. Sonreía con esa calidez rara en él, sosteniendo una taza humeante entre las manos.

—¿Quieres un café? —preguntó una voz que no era la de él. El tono era demasiado pulcro, demasiado calculador.

—Tú no eres Kael —murmuró Mina, con los labios entumecidos por el sedante.

Abrió los ojos de golpe, aspirando una bocanada de aire rancio. El corazón le martilleaba contra las costillas con la urgencia de un animal acorralado. Sus manos volaron por sus brazos y torso, palpando desesperadamente en busca de heridas o ataduras, pero estaba libre. Al menos físicamente.

Parpadeó para enfocar la vista bajo la cruda luz fluorescente. Estaba en una sala de interrogatorios de un blanco aséptico, o que alguna vez lo fue: las paredes mostraban manchas rojizas oxidadas, vestigios de sangre que alguien había intentado fregar sin éxito. Frente a ella, separada por una pequeña mesa metálica del mismo tono camuflado, un hombre la observaba. Era perturbadoramente atractivo, con el cabello de un blanco inmaculado y una sonrisa afilada que no llegaba a sus ojos. Deslizó una taza de cerámica hacia ella.

—Preguntaba si quieres café.

Mina frunció el ceño, intentando que el dolor punzante de sus sienes retrocediera. Analizó la simetría de ese rostro. Había conocido al antiguo Director de la Central alguna vez. Este hombre tenía el mismo cabello albino, la misma curva arrogante en la sonrisa, los mismos ojos muertos.

—Eres su hijo —escupió con asco, terminando de encajar las piezas de su secuestro—. ¿Qué se sintió asesinar a tu propio progenitor?

Arel entrelazó los dedos sobre la mesa, fingiendo pensarlo. Luego, se recargó perezosamente en el respaldo de la silla y dejó escapar un suspiro teatral.

—Decepcionante, la verdad. Tuve una erección, pero se bajó tan rápido como llegó. Tú eres doctora, Mina, ¿por qué crees que ocurrió eso?

—Porque necesitas ser humano para sentir algo —replicó con repulsión, apartando la vista de él.

Así que la Central seguía operando. No le sorprendía del todo, siempre los consideró como cucarachas resistiendo a la radiación. Pero sin el Proyecto Espejo en funcionamiento, ¿a qué demonios se aferraban ahora?

—Oh, te equivocas. Claro que siento —murmuró Arel. Se inclinó hacia adelante, invadiendo su espacio, y la sonrisa en su rostro se torció en algo genuinamente sádico—. Verás, cuando vi al Cero Uno muerto en los brazos del Cero Dos, mi mente simplemente... colapsó. Fue tanta la euforia, estaba tan fuera de mis cabales, que los llené de plomo a ambos hasta que no quedó nada entero.

La imagen mental golpeó a Mina con la fuerza de una colisión. La bilis le subió por la garganta antes de que pudiera contenerla. Se giró bruscamente y vomitó sobre el suelo de linóleo, mezclando la profunda punzada de dolor por sus amigos perdidos con los restos químicos de la droga. Tosiendo, cerró los ojos, intentando borrar desesperadamente la imagen de los dos amantes masacrados.

Arriba, la sonrisa de Arel se desvaneció de golpe. Sus ojos se clavaron en el charco ácido que ahora ensuciaba la habitación. Un tic le tembló en la mandíbula.

De pronto, quería volar el lugar entero, no dejar ni las cenizas. Su nuevo centro de operaciones era un asco: indigno de él, sucio, estrecho, despojado de las comodidades prístinas y las amplias habitaciones personales de su antigua sede. Todo por culpa de Nyx. Sabía que ella le había jugado sucio, que había sido la responsable de hacer volar las instalaciones principales desde sus cimientos.

Si tan solo pusiera sus manos sobre el cuello de esa traidora...

—Te escondes bien. Fue complejo encontrarte. Solo me queda un puñado de rastreadores operativos. Todos ineficientes. Meros desperdicios de oxígeno.

—Mátame de una vez. Tener que pasar mis últimos momentos de vida escuchándote ya es tortura suficiente —gruñó Mina, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de su polera raída.

Arel la observó con aburrimiento. Sin decir palabra, sacó de su bolsillo un pequeño control remoto plateado. Presionó una secuencia y la pared a su izquierda, aparentemente sólida, comenzó a deslizarse con un siseo neumático.

Detrás de ella se reveló una sala de observación envuelta en una luz azulada. En el centro, flotando dentro de dos cilindros de cristal reforzado, aguardaban dos cuerpos suspendidos en un gel translúcido. Estaban brutalmente masacrados, la piel surcada por los impactos de bala que Arel había presumido minutos antes.

—¿Qué mierda...? —Mina se levantó de un salto, la silla metálica cayendo hacia atrás con un estrépito. Corrió hasta pegar las palmas contra la gruesa pared de cristal—. ¿Qué crees que estás haciendo? ¿Por qué los tienes de esta forma? ¡¿No puedes dejarlos descansar de una maldita vez?!

Arel se pasó una mano por su inmaculado cabello blanco, sintiendo que el molesto tic en su ceja izquierda amenazaba con regresar. Odiaba los gritos. Odiaba la histeria.

—Lo que es mío descansará cuando yo lo decida. ¿Es que aún no lo entiendes? —Extrajo un par de guantes de cuero negro de su abrigo y comenzó a calzárselos con lentitud deliberada—. Porque deberías entenderlo mejor que nadie. Después de todo, tú fuiste quien diseñó el Proyecto Neguentropía, Mina Dupont.

El corazón de Mina volvió a dispararse, martilleando contra sus costillas con tanta fuerza que le dolía. Podía ver su propio aliento empañando el cristal frente a ella. Su respiración se volvió errática, la visión se le nubló, dividida entre el reflejo de sus ojos aterrorizados y los rostros inertes de Kael y Jax al otro lado del cristal.

—Tu padre lo canceló —logró articular, la voz temblándole por primera vez—. Era una locura contra natura y él lo supo antes que yo. Neguentropía fue un error...

Es, Mina. Neguentropía es —la interrumpió Arel, su voz tensándose, repentinamente áspera—. Ideaste un protocolo capaz de traer a los muertos de regreso.

Mina negó lentamente con la cabeza, incapaz de apartar la vista de los rostros de sus amigos. Podía ver el daño tisular, la carne abierta y flotante, y sintió otra oleada de náuseas.

—Estás enfermo. Nunca pudimos traer a nadie de regreso —Se giró hacia él, con los ojos inyectados en sangre por la ira y el llanto contenido—. Logramos forzar la regeneración celular, sí, pero sus mentes... Despertaban como cascarones vacíos. Bestias sin raciocinio ahogadas en dolor. Lo que vuelve de ese umbral no es humano. Un animal salvaje posee más humanidad que los sujetos que creamos.

—No me interesa qué es lo que vuelva —Arel se levantó de golpe. Su voz había perdido cualquier rastro de diversión—. ¿No lo entiendes? No me importa si regresan como monstruos, como demonios o como cascarones babeantes. Vas a hacerlo, Mina. Los vas a encender.

—Acabaría con mi propia vida antes que someterlos a eso —susurró ella, incapaz de apartar la vista del tanque de Jax.

Se obligó a mirar los detalles, a tragar el horror puro. Seis orificios de bala atravesaban el cráneo del Cero Dos. El gel translúcido intentaba inútilmente mantener unidos los fragmentos de hueso y tejido. Con tanta materia gris destrozada, era un milagro que su cabeza no se hubiera desmoronado por completo. Reconstruir eso... lo que saliera de allí no sería Jax. Sería una abominación, una aberración que desafiaba cualquier ley natural.

Arel sacó de nuevo el control plateado. Un clic entre bostezos de aburrimiento.

El siseo mecánico llenó la sala de nuevo cuando la pared de acero del fondo comenzó a elevarse lentamente. Una luz parpadeante y amarillenta reveló una segunda celda de contención acristalada.

Mina retrocedió un paso, el corazón deteniéndosele en el pecho.

Allí, encadenado a la pared por las muñecas, con los brazos estirados en un ángulo antinatural, yacía un hombre. Su cuerpo era un mapa de hematomas morados, cortes profundos y sangre seca. Su respiración era superficial, un estertor agónico.

Acurrucados contra él, temblando como hojas bajo una tormenta, había cinco niños. Pequeños, desnutridos, con las caras manchadas de hollín y lágrimas. Uno de ellos se aferraba a la chaqueta de cuero destrozada del hombre, escondiendo el rostro en su pecho.

Las rodillas de Mina cedieron. Cayó al suelo, arrastrándose hasta quedar a centímetros del cristal.

—¿Axel...? —murmuró, la voz quebrándose en un sollozo seco. Golpeó débilmente el vidrio con el puño—. ¡Axel!

Al sonido del golpe, el hombre alzó la cabeza con lentitud, como si el movimiento le costara la vida. Tenía un ojo completamente cerrado por la hinchazón y la sangre le costraba los labios. Pero a través del cristal, su único ojo bueno encontró el de Mina. En él no había miedo, solo una súplica desesperada, un ruego silencioso para que no hiciera lo que le pedían.

Los niños también despertaron del todo, apretándose más contra Axel, mirando con terror puro la figura alta y blanca que se alzaba detrás de ella.

—No estaba del todo seguro de la importancia de este... chatarrero para ti —comentó Arel, caminando despacio hasta situarse a espaldas de Mina. Su reflejo en el cristal se superpuso a la imagen de Axel—. Pero noté cómo lo mirabas en las grabaciones que conseguí. Así que pensé: ¿por qué no agregar un seguro extra? Los recogí del Distrito Cuatro. Nadie los extrañará.

—Eres un monstruo... —sollozó ella, aplastando las palmas contra el vidrio.

Arel se agachó a su lado, apoyando una mano enguantada sobre su hombro. El tacto de ese cuero negro se sintió como una sentencia de muerte.

—Si el peso de las vidas de estos mocosos no es incentivo suficiente, puedo traer más, Mina. Siempre puedo traer más. Puedo llenar esta sala de niños, puedo traerte a Nova, a esa banda de músicos frustrados... a quien quieras. Y los despellejaré frente a ti, uno por uno.

Arel inclinó la cabeza, acercando los labios a la oreja de Mina. Su aliento cálido contrastó asquerosamente con la frialdad de sus palabras.

—O... puedes ser una buena doctora y traerme a esos dos de vuelta a la vida. Y entonces, solo entonces, decidiré si dejo que este chatarrero y los mocosos sigan respirando.

Se enderezó, mirando su reflejo y su obra con una sonrisa de satisfacción.

—Empieza a trabajar, Mina. El reloj corre, y tus amigos en el tanque necesitan muchos cuidados tuyos.

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