PARTE 1: I
—¡Eh, vos, porteño! No te metas donde no te incumbe. Nadie te llamó de acá, ¡rajá!
Por lo general, tras las rejas que contienen un poco más a los criminales —a los asesinos como este—, intentan hacerse pasar por los monstruos más grandes que dio la existencia. Siempre queriendo ser más que el anterior, pareciera que a cada momento están viendo cómo lograr convertirse en el mismísimo diablo. Y por ratos lo consiguen. Pero cuando están encerrados y se los ve en esa soledad llena de pulgas, con el tac-tac de una gotera toda la noche y un criminal al lado que les puede romper el culo, empiezan a cambiar y a colaborar un poquito más. A veces, cuando colaboran, les damos una mano y los podemos cambiar de celda, con alguien que no quiera enganchárselos. A veces los mandamos al ala religiosa para ver si pueden, de alguna manera, expiar los pecados que llevan encima.
—Y vos, porteño, ya te dije que no te voy a decir nada. Dejá de joder, por favor. No estoy ni con ganas ni con humor de verte. —Pero si mataste a diez personas, ¿en qué momento pudiste tener algún humor?
Risas habladas entre dientes. Una sonrisa y una mirada penetrante, maquiavélica.
—Yo no dije que haya matado a nadie. A mí me metieron acá y no sé por qué.
Típico de terrible bestia: no hacerse cargo de la brutalidad que cometió. Sin embargo, ahí estaba: tranquilo y sorprendentemente sonriente. Sin dudas estaba tramando algo. Los policías ya lo tenían calado porque andaban con los garrotes en la mano. Aunque estaba detrás de las rejas por donde podía comunicarme con él, del otro lado dos policías lo agarraron fuertemente y un tercero apuntó con un palo directo a su lomo.
Palazo. Pum.
—¡La concha de tu hermana! ¿Quién te dijo que me pegues? Yo no hice nada, loco. ¿Por qué me pegan si no hice nada? Ya paren. No tienen por qué venir a hacerse los piolas ustedes, gorras. Y vos, que seguís ahí, ¡rajá de acá! No te voy a decir nada, soy inocente.
La escena resultaba entre graciosa y horrorosa. Alguien que mató a diez personas —y quién sabe qué más hizo— estaba ahí, haciéndose el boludo. No sé por qué ni cómo, pero estas cosas me dan un mal presentimiento. Hay algo que no sabemos y algo que está por pasar.
Y es así. Tantos años de periodismo de este tipo pueden parecer una pelotudez, pero cuando llevás entrevistando a todos estos hijos de puta, las voces de cada una de sus víctimas te vienen a la cabeza y te hablan. Te dicen por qué. No te dejan dormir. La locura aparece, viene y se va. Es parte, podría decirse, del éxito de desnudar la psiquis de la inmundicia humana.
«¿Papá, acaso sos vos? ¿Por qué me siento cansada? ¿Dónde está mamá? ¿Dónde está mamá?»
Recuerdos hirientes de una pequeña que había fallecido; esas habían sido sus últimas palabras frente a mí en un accidente donde una moto chocó contra un poste y volaron dos personas. El padre, sin casco, por supuesto: un traumatismo encéfalo-craneano grave, sin signos de vida y con una midriasis bilateral con la que ya no se podía hacer nada. Paro cardíaco. ¿Para qué reanimar si la cabeza apenas estaba pegada al cuerpo? Un politraumatismo terrible. Y la niña ahí atrás, con una pierna amputada mientras yo intentaba hacerle un torniquete para salvarle la vida. Un guardarriel de mierda que le dio justo en el filo, cortándole a través del fémur. «¿Dónde está mamá?». Y tan solo yo podía decirle que ya vendría. En fin... Las voces que me atormentan a veces me siguen, pero la de la niña es la que nunca me deja en paz.
Las víctimas te hablan, y por ahí te van comentando cómo es que este criminal hace lo que hace. Mientras me divierto viendo cómo le aporrean la espalda para que hable, sé que, sin dudas, en algún momento soltará algo.
—El que va a soltar vas a ser vos. Ya sé quién sos, gil. —Yo también sé quién sos. Sé que te llamás Matías y que hiciste uno de los actos más aberrantes de toda la provincia. No recuerdo haber venido a esta ciudad por algo así jamás. Capaz me viste en la tele, pero qué sé yo, si nunca salgo. —Sí sé quién sos, gil, e ibas a cagar. Seguro que vas a cagar. Cuidate.
Pum. Palazo en el lomo.
Sonó el timbre. El horario de las visitas estaba terminando y, sin embargo, ahí estaba yo, frente al tipo, sin poder recolectar ni una sola información.
«¿Papá, qué pasó con mamá?». Tranquila, zonza, vamos a intentar lograr algo en estas entrevistas.
En la tele ya salía lo que había hecho Matías, el “Diablo del Barrio Las Rosas”, ahí al lado del arroyo. Diablo para las personas; para los perros, San Roque. Perspectivas distintas de una misma realidad.
En fin, sonó la alarma y lo único que quedaba era salir de la cárcel, porque ya no tendría más tiempo para estar ahí adentro. La verdad es que todas las cárceles son lugares deprimentes que terminan corrompiendo al ser humano y logran que, de alguna forma, pase algo: o se reivindican volviendo a la sociedad, o se vuelven peores que nunca. En general, yo veo más lo segundo, sobre todo en los que no pueden volver jamás a la sociedad porque tienen tres cadenas perpetuas encima. En algo, por lo menos, la justicia funciona cuando gente como uno viene y pone en primera plana todas estas mierdas. No hay otra forma de que se puedan solucionar estos casos: si uno no viene y expone estas porquerías, nunca salen a la luz y capaz que a los tres años los tipos están sueltos. En parte hago plata, en parte hago algún bien a la sociedad... quién sabe. En parte debe ser mi ego diciendo: «Dale un poco más, te están reconociendo ahora, terminá tu libro ya».
Salí. El día estaba soleado, la verdad que muy bonito, y a la vuelta del penal había un parque. Dicen que todavía no lo iban a pasar al penal del interior, ese que queda un poco más allá de San Miguel: Chalicán, Chamical; o algo así se llama. Menos mal que sigue acá, porque si no, qué pereza el viaje. El cielo estaba claro, con alguna que otra nube de primavera. Estaban floreciendo unos cuantos ceibos y unos lapachos amarillos y rosados. Golpe de realidad y la camisa empapada de sudor por los 33 °C a pleno rayo del sol.
—Bueno, me parece que caminaré hasta el hotel un poco. Aparte está lindo este parque que hicieron acá al lado del río. Creo que será un buen día para caminar y despejar la cabeza.
Afuera me estaba esperando mi compañero, un exdetective de la PFA. ¿Qué hubiera sido de mí sin él las veces que me salvó el pellejo?
—Vamos, Bernardo. Vamos a caminar un poco y a tomar unas birras. Creo que es un buen día para eso, ¿verdad? —Dale. Te cuento un poco de lo que vi ahí adentro.

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