Capítulo 1. Sur de Olaria, 1789.
Tres de la mañana. Caminaba por las calles de Olaria en dirección a la panadería de don Bram; apretaba mis manos contra la tela de la falda cada vez que escuchaba el más mínimo ruido, con miedo de que hubiera un depravado o un camión de militar, que me pudieran hacer daño o algo peor.
Apresuré mis pasos en cuanto tuve mi destino a la vista y entré rápidamente apenas puse un pie dentro, agarré mi mandil para amarrarlo a la cintura e hice lo mismo con mi pañuelo en la cabeza. Caminé hasta el horno de piedras en el patio trasero, puse la paja y leña seca para empezar a prenderlo, cuando don Bram apareció con una cubeta llena de agua.
—Aléjate del horno, muchacha —gruñó don Bram, dejando la cubeta con agua a un lado—. No quiero que te enfermes tan pronto de los pulmones. Necesito que me dures más de lo que me duró tu padre. Me limpié las manos en el delantal y tragué saliva.
El recuerdo de mi padre tosiendo sangre en una cama porque no teníamos las monedas para pagar las medicinas del hospital del norte seguía doliendo como una herida fresca.
—Debió esperar a que yo llegara para ir al pozo por agua —cambié de tema.
—No te preocupes, este viejo aún es fuerte —dijo, mientras se acercaba al horno—.
Empieza a dividir la masa. Asentí y me dirigí al área que habíamos adaptado para crear la forma de los panes. A las seis de la mañana,limpié rápidamente mis manos llenas de harina para tomar el cuerno y emitir el sonido que avisaba al sector del pueblo que ya estaban listos los panes. Me quedé un rato en la entrada principal a esperar a la gente.
—Buenos días, Cora —saludó una silueta conocida envuelta en un chal.
—Buenos días doña Martha—sonreí, mientras acomodaba los primeros panes calientes.
—Admiro mucho tu valor de levantarte tan temprano para ganarte el pan de cada día con este fresco, muchacha —respondió la anciana, extendiendo sus monedas con sus manos temblorosas.
Sonreí, tomando las monedas, sintiendo su mano helada.
—Trate de tomar algo caliente al llegar a casa —sugerí, dándole su pedido. Ella asintió y se dio la vuelta para poder irse.
Luego atendí a la otra vecina. Luego de varios minutos atendiendo a los vecinos, se acercó un hombre vestido totalmente diferente y muy bien abrigado; saltándose por completo la fila de clientes, se aproximó a mí.
—Dame una orden de hogazas —ordenó, viendo de reojo y con un poco de mala cara el lugar.
—Buenos días, señor. Si no se dio cuenta, hay fila y los vecinos están esperando desde hace rato.
—Déjalo, hija, así son los hombres del otro lado del Arco —dijo don Bram, tomándome del brazo y metiendo una orden de pan en una bolsa de papel.
—Solo vine porque la madre de mi prometida era de este lado, y quería su asqueroso pan. —Aquí tiene, joven, pase excelente día —respondió don Bram.
Mordiéndome la lengua para no responder, saqué el pedido de la vecina. El hombre dejó unas monedas en la mesa; agarró la orden y se fue.
—Qué asco de hombre —dije en voz baja. Supe que don Bram me escuchó cuando me dio un pequeño golpe juguetón en la cabeza.
Al terminar con el trabajo del día, me dispuse a limpiar el área donde trabajé para que la persona del siguiente turno pudiera trabajar bien.
—Iré a tirar la basura, don Bram —avisé, mientras agarraba ya las bolsas llenas.
—Con cuidado, Cora —exclamó desde el patio trasero. Caminaba despacio, cuidando que no se rompieran las bolsas. Al llegar a la esquina donde se recolecta la basura, el sonido de los camiones militares y los galopes de los caballos se hicieron más fuertes.
En el momento justo en que acomodaba las bolsas en su lugar, un camión militar pasaba; desde el cajón de carga del camión se pudo ver a dos militares tirando a un joven.
—A la próxima, no te tiraremos vivo —gruñó uno de los militares.
—Tú —dijo otro de ellos apuntándome con el dedo—, ¿qué haces tan cerca del Arco?
—Sacando la basura, señor —dije, tratando de sonar amable mientras lo miraba a los ojos. Ellos se quedaron callados unos segundos antes de reírse.
—Se cree fuerte la muchachita —dijo uno de ellos. Todos reían. Sus risas y burlas se escucharon hasta que el camión dio la vuelta.
Crucé la calle hasta el joven, que no tendría más de quince años.
—Niño tonto, ¿por qué cruzaste el Arco? —me agaché tratando de ayudarlo a levantarse. Se podía ver algún que otro golpe en su cuerpo.
—Estoy harto de vivir de este lado. Quiero ser uno de los militares; avancé bastante ahí, hasta que una anciana gritó que le iba a robar —refunfuñó, mientras se limpiaba el pantalón.
—¿Lo ibas a hacer? —Algunos lo hacían por necesidad.
El joven se encogió de hombros y desvió su mirada.
—No —respondió no tan seguro. Suspiré.
—Ve a casa y no lo vuelvas a hacer. No te conviertas en lo que ellos dicen de nosotros; tienes que demostrar lo contrario.
Él asintió y se fue. Yo me quedé ahí; viré mi mirada hacia el otro lado del Arco. Las casas se veían hermosas, los caballos bien cuidados y de seguro con el pelaje suave, no tosco como los burros. Suspiré y caminé de vuelta a la panadería.








