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Un Tutor por Diver-... Obligación

Sinopsis

Para evitar ser perseguido por las autoridades japonesas (y del mundo) por querer utilizar sus habilidades, Naruto se ve obligado a vivir una vida normal... pero esa "normalidad" a veces es muy aburrida y deprimente. Advertencia: Naruto Saiyajin. Naruto Op. Ya saben que clase de historias escribo de Naruto, por lo que, eviten comentar sobre que no es "EL" ninja/shinobi rubio de siempre xd.

Genero:
Humor,Erotica
Autor/a:
BrolySuper
Estado:
hace 6 días
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Descargo de responsabilidad: No soy dueño del anime/manga “Naruto” o de “Go-Toubun no Hanayome/The Quintessential Quintuplets”. De lo único que soy dueño es de esta historia alternativa/paralela que he escrito por diversión para lectoras/lectores curiosos.

Un Tutor por Diver-... Obligación

Capítulo 1: El Peso de la Normalidad

Guía de Lectura:

—Diálogos—

«Pensamientos»

¡Rasengan!(Ataques / Habilidades / Chakra / Jutsu / Ki / Técnicas)

[Lectura / Noticias / Intercomunicadores]

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El reflejo en el espejo del modesto baño no mostraba al Héroe de la Cuarta Guerra Mundial Shinobi. No mostraba a un rubio hiperactivo vestido de naranja. El joven que le devolvía la mirada tenía el cabello negro como la noche, erizado y alborotado en todas direcciones, con dos mechones rebeldes que caían enmarcando un rostro de facciones afiladas y atractivas. Sus ojos, otrora de un azul cielo vibrante, ahora eran oscuros como el carbón, profundos y serenos. Su tez era blanca (a comparación de su antigua tez semi bronceada), impecable, sin las características marcas de bigotes en sus mejillas porque ya no era el Jinchūriki de Kyūbi.

Naruto, quien en su fuero interno aún se consideraba un Uzumaki, suspiró mientras se ajustaba el cuello de su camisa de vestir. A sus dieciocho años, su imponente estatura de 1,90 metros lo obligaba a inclinarse ligeramente sobre el lavabo para verse bien. Su cuerpo era una obra maestra de la genética y el esfuerzo; su herencia como Saiyajin (una raza guerrera de la que Kami-sama le había hablado vagamente) sumada a su entrenamiento diario, le había otorgado una musculatura densa, compacta y definida como si hubiera sido esculpida en mármol. Su desarrollo físico era, en todos los sentidos, prodigioso y anormalmente maduro para su edad, dotado de una anatomía masculina abrumadora que irradiaba una vitalidad y presencia casi intimidantes.

«Otra vez huérfano...» pensó con una mezcla de melancolía y leve irritación, acomodándose la corbata.

No podía evitar sentir un poco de enojo hacia Kami-sama. Recordaba vívidamente su muerte en su vida pasada. El agotamiento extremo, cada célula de su cuerpo gritando de agonía por el drenaje absoluto de Chakra. Él y el “Teme” de Sasuke lo habían logrado; habían sellado a Kaguya Ōtsutsuki antes de que su propio cuerpo colapsara contra el suelo, exhalando su último aliento con una sonrisa de deber cumplido.

Cuando despertó en un plano etéreo, Kami-sama le ofreció una nueva oportunidad. Naruto estaba feliz, por supuesto. Quería vivir, quería experimentar la paz por la que tanto había luchado. Pero su alegría se vio empañada cuando se dio cuenta de que no volvería a su cuerpo original, ni vería a sus amigos envejecer. En su lugar, su alma fue introducida en el cuerpo de un bebé recién nacido en un mundo completamente diferente. Sin padres biológicos a la vista, creció en el sistema de orfanatos de este extraño y pacífico “Japón”.

Sin embargo, Kami-sama no había sido del todo cruel. A modo de disculpa por el inconveniente burocrático de la reencarnación, le otorgó “pequeños” regalos. En esta vida, Naruto poseía reservas de Chakra literalmente ilimitadas. Con el paso de los años, descubrió que tenía acceso a cualquier habilidad que deseara, incluyendo los temidos Dōjutsus. Sharingan, Byakugan, Rinnegan... bastaba un pensamiento para que sus ojos oscuros mutaran a los patrones divinos. Sabía, con una certeza absoluta, que si aquella maldita loca de Kaguya apareciera en su sala de estar en este preciso momento, podría aniquilarla o someterla sin siquiera sudar. Su poder actual era tan vasto que a veces le asustaba.

Pero había un problema: este mundo era dolorosamente “normal”.

Aquí no existían los ninjas de las aldeas ocultas, ni los jutsus, ni los demonios de cola. Si a Naruto se le ocurría caminar por la calle caminando sobre el aire o respirando fuego, el gobierno no tardaría ni un día en capturarlo. La idea de terminar atado a una mesa de operaciones, siendo diseccionado por científicos curiosos, era suficiente para convencerlo de mantener un perfil bajo.

Salió del baño, tomó su maletín y miró su pequeño departamento ubicado en la ciudad de Tokai, en la Prefectura de Aichi. Era un lugar humilde, pero pagado con el sudor de su frente. Podría haber usado el Rinnegan o el elemento Tierra para transmutar rocas en oro, o simplemente crear billetes de la nada, pero la inflación, el escrutinio de las autoridades fiscales (el temido IRS japonés) y las leyes humanas eran dolores de cabeza que prefería evitar.

En cambio, usó otra de sus ventajas. Su memoria fotográfica y su capacidad de procesamiento mental, mejoradas exponencialmente por su nueva genética, le permitieron devorar libros académicos como si fueran cómics. Obtuvo su licencia y matrícula como tutor legal a una edad récord. Era absurdamente bueno en su trabajo, enseñando matemáticas, historia, ciencias y literatura con la paciencia de un monje y la precisión de un erudito.

—Bien, es hora de ir a trabajar —murmuró para sí mismo, apagando las luces y saliendo al pasillo.

El aire primaveral de Tokai lo recibió al salir del edificio. La ciudad era bulliciosa pero pacífica. Mientras caminaba por las calles, era imposible que pasara desapercibido. Con su altura colosal para el promedio japonés, su porte atlético que la ropa de vestir apenas podía ocultar, y ese rostro sereno y exótico, atraía las miradas de muchas mujeres y adolescentes que cuchicheaban al verlo pasar. Naruto las ignoraba con cortesía; su mente estaba enfocada en el nuevo contrato que había conseguido.

Un hombre sumamente rico, un médico de renombre llamado Maruo Nakano, lo había contactado personalmente basándose en sus impecables referencias. El pago era exorbitante, suficiente para pagar un año de alquiler de su departamento con solo un par de meses de trabajo. El objetivo: asegurarse de que las hijas de Maruo no reprobaran y lograran graduarse.

«Niñas ricas y malcriadas, seguramente...» pensó Naruto mientras esperaba el semáforo, con las manos en los bolsillos. —Bueno, he lidiado con cosas peores. He domesticado a un zorro demonio de nueve colas; un par de adolescentes rebeldes no deberían ser un desafío.

Después de unos veinte minutos de caminata a paso tranquilo, llegó al lugar indicado en el GPS de su teléfono. Sus ojos oscuros se alzaron para contemplar un inmenso y lujoso edificio de apartamentos de gran altura. El cristal reflejaba la luz del sol del atardecer. Era el tipo de lugar donde los ascensores probablemente tenían botones de oro.

Ingresó al vestíbulo de mármol, saludó al conserje (quien lo miró con cierta intimidación por su altura) y tomó el ascensor hasta el ático. El viaje fue silencioso. Al llegar al piso correspondiente, se encontró frente a una puerta doble de madera de caoba que gritaba opulencia.

Naruto se arregló la corbata por última vez, adoptó una postura profesional, y presionó el timbre.

El suaveding-dongresonó en el interior. Escuchó un ajetreo lejano, el sonido de pasos apresurados y, curiosamente, varias voces discutiendo.

La puerta se abrió.

Naruto parpadeó. Frente a él estaba una chica de su edad o tal vez un año menos, de hermosos ojos azules y un largo cabello rojo adornado con dos estrellas en cada lado de su cabeza. La chica lo miró, primero con curiosidad, y luego, al tener que levantar tanto la vista para encontrarse con sus ojos, con un evidente rubor subiendo por sus mejillas ante la imponente y atractiva figura del joven.

—Eh... ¿sí? ¿Quién eres tú? —preguntó la chica pelirroja (Itsuki), tratando de mantener la compostura.

Antes de que Naruto pudiera responder y presentar sus credenciales, otras cuatro cabezas se asomaron detrás de la puerta. Sus ojos negros se abrieron una fracción de milímetro en pura sorpresa.

Una chica con cabello corto con un mechón largo en el costado derecho junto a un accesorio asimétrico (pendiente); otra con auriculares alrededor del cuello y de aspecto muy tímido; una con una cinta verde en forma de orejas de conejo; y finalmente, una con el cabello hasta la cintura con cintas gemelas en forma de mariposa en ambos lados de su cabeza, y con flequillo cuadrado colgando sobre sus cejas.

Eran cinco. Y lo más desconcertante de todo... tenían exactamente el mismo rostro.

Naruto respiró hondo, procesando la información a la velocidad del rayo. Maruo Nakano no tenía solo “hijas” en plural.

Tenía quintillizas. Y por las miradas que las cinco chicas le estaban dando —una mezcla de asombro, desconfianza, rubor y curiosidad—, el Héroe de la Cuarta Guerra Mundial Shinobi supo de inmediato que esta misión rango S iba a ser mucho más complicada que sellar a una diosa primordial.

—Buenas tardes —dijo Naruto, su voz profunda y calmada resonando en el pasillo, rompiendo el silencio atónito de las cinco chicas—. Mi nombre es Naruto. A partir de hoy, soy su nuevo tutor privado.

El silencio que siguió a la presentación de Naruto fue tan denso que casi podía cortarse con un kunai. Las cinco chicas parpadeaban, procesando no solo la noticia de que tenían un tutor, sino la abrumadora presencia del joven que estaba de pie en el umbral de su puerta.

Para las quintillizas Nakano, la palabra “tutor” evocaba la imagen de un anciano estricto con gafas gruesas o, en el mejor de los casos, un estudiante universitario nervioso y debilucho al que podrían manipular fácilmente. Sin embargo, el hombre frente a ellas destruía por completo ese estereotipo. Con su metro noventa de estatura, Naruto se alzaba sobre ellas como una torre. Su camisa de vestir blanca y sus pantalones oscuros hechos a medida apenas lograban contener la densa y esculpida musculatura de su cuerpo. Cada movimiento sutil de sus brazos o su pecho tensaba la tela, delatando una complexión física que ninguna de ellas había visto jamás en persona, mucho menos en alguien de su misma edad.

La primera en romper el hechizo fue la chica de la cinta verde en forma de orejas de conejo, Yotsuba. Sus ojos brillaron con pura fascinación mientras daba un paso al frente, acortando la distancia sin una pizca de miedo.

—¡Uaaaah! ¡Eres altísimo! —exclamó Yotsuba, echando la cabeza hacia atrás para poder mirarlo a la cara—. ¡Pareces un atleta profesional! ¿Juegas baloncesto? ¿Béisbol? ¡Hola, soy Yotsuba Nakano!

Naruto esbozó una pequeña y educada sonrisa, sintiendo que la energía hiperactiva de la chica le recordaba un poco a su propia juventud.

—No, no juego ningún deporte de manera profesional —respondió con voz profunda—. Es un placer, Yotsuba-san.

—Un momento, un momento... —interrumpió una voz autoritaria. La chica del flequillo cuadrado y cintas gemelas en forma de mariposa, Nino, se abrió paso entre sus hermanas. Se cruzó de brazos, frunciendo el ceño en un intento de parecer intimidante, aunque el ligero rubor en sus mejillas al escanear el atractivo rostro y el físico imponente de Naruto le restaba algo de fiereza—. ¿Tutor? Papá no nos dijo absolutamente nada sobre un tutor. Además, no necesitamos a nadie. Puedes darte la vuelta y marcharte por donde viniste.

Nino lo fulminó con la mirada, esperando que el muchacho se encogiera o titubeara. En su lugar, los oscuros ojos de Naruto, tan negros como el carbón, se posaron en ella con una calma perturbadora. No había irritación, ni nerviosismo. Era la mirada de alguien que había enfrentado a dioses y demonios; la rabieta de una adolescente rica era como una suave brisa para él.

—Entiendo que su padre no les haya avisado, Nakano-san —dijo Naruto sin darle mucha importancia a la hostilidad de la joven—. Sin embargo, el contrato ya está firmado. Maruo-san me ha pagado por adelantado para asegurar que las cinco logren graduarse sin reprobar.

—¡O-Oye, no nos llames tontas de esa manera tan educada! —saltó Itsuki, la pelirroja de las estrellas en el cabello, cruzándose de brazos mientras su rostro se volvía del color de un tomate maduro, ya fuera por la indignación o por la profunda voz del pelinegro vibrando en sus oídos.

—Vaya, vaya... —murmuró la mayor de las hermanas, Ichika, asomándose con una sonrisa pícara. Llevaba una chaqueta holgada que revelaba un poco de sus hombros y miraba a Naruto de arriba abajo con descarada apreciación—. Papá sí que sabe cómo darnos una sorpresa. Hola, guapo. Si tú vas a ser nuestro tutor, tal vez estudiar no sea tan aburrido después de todo.

La última hermana, Miku, simplemente se aferró a los auriculares que llevaba alrededor del cuello, ocultando la mitad de su rostro detrás de su flequillo. Observó a Naruto en silencio, sintiéndose extrañamente cohibida. Había algo en él, una especie de aura pesada y magnética que la hacía sentir pequeña, pero al mismo tiempo le impedía apartar la mirada.

—Con su permiso —dijo Naruto.

No esperó a que lo invitaran a pasar. Con un paso firme y seguro, cruzó el umbral. Las hermanas, casi por instinto, se apartaron para dejarle espacio. Su sola presencia llenaba el pasillo. Naruto se quitó los zapatos de vestir en la entrada con movimientos fluidos y se calzó unas zapatillas de estar por casa que, evidentemente, le quedaban un poco pequeñas.

Caminó hacia la sala principal, y sus ojos registraron todo en una fracción de segundo gracias a su memoria fotográfica. El ático era gigantesco, decorado con un lujo moderno y minimalista, con ventanales que ofrecían una vista panorámica de la ciudad. Los sofás de cuero, la televisión de pantalla gigante y el impecable suelo de madera pulida gritaban dinero.

«Y pensar que mi primer apartamento en Konoha tenía goteras y olía a ramen rancio,» pensó entre divertido y nostálgico.

Se giró sobre sus talones para encarar a las cinco hermanas, que lo habían seguido hasta la sala. Nino estaba furiosa, Yotsuba curiosa, Itsuki a la defensiva, Ichika divertida y Miku expectante.

Naruto dejó su maletín sobre la mesa de centro de cristal. El suaveclackmetálico resonó en la amplia sala, captando la atención de todas.

—Muy bien, señoritas. Vamos a dejar algo en claro desde el principio —comenzó Naruto. Su tono no era agresivo, pero poseía una autoridad natural e inquebrantable, la misma autoridad que alguna vez usó para liderar ejércitos enteros—. No estoy aquí para invadir su espacio personal, ni para ser un dictador, y mucho menos para ser su enemigo. Mi único trabajo, y por lo que me gano la vida, es asegurarme de que ustedes cinco aprueben sus exámenes.

Nino apretó los puños.

—¡Ya te dije que no te queremos aquí! ¡No me importa lo guapo o lo alto que seas, no voy a dejar que un extraño venga a darnos órdenes en nuestra propia casa! —gritó, señalando la puerta—. ¡Vete ahora mismo o llamaré a la policía!

Por un microsegundo, Naruto consideró lo fácil que sería usar un simple Genjutsu para calmarlas a todas y obligarlas a sentarse a estudiar. Pero descartó la idea al instante. Había jurado no usar sus poderes divinos para atajos banales. Además, quería vivir una vida humana normal, y los humanos normales lidiaban con las cosas hablando.

En lugar de responder a la amenaza de Nino, Naruto soltó un suspiro casi imperceptible. Enderezó su postura, alcanzando su altura máxima. Inconscientemente, dejó que una ínfima, casi microscópica cantidad de su presión espiritual se filtrara en el aire. No era intención asesina, ni Chakra agresivo; era pura y llanapresencia.

El ambiente en la sala pareció volverse más pesado de golpe. El oxígeno se sintió denso. Las cinco hermanas contuvieron el aliento al mismo tiempo, sintiendo un escalofrío recorrer sus espaldas. De repente, el joven de cabello negro alborotado ya no parecía solo un chico atractivo; parecía una montaña inamovible, una fuerza de la naturaleza ante la cual cualquier resistencia era inútil.

Nino dio un paso atrás, tragando saliva con dificultad, su bravuconería evaporándose en el aire. Miku se encogió detrás de Yotsuba, e incluso la siempre relajada Ichika se tensó, abriendo los ojos de par en par.

—Como decía —continuó Naruto, su voz grave rompiendo la tensión mágica y haciendo que las chicas pudieran volver a respirar con normalidad—, preferiría que hiciéramos esto de manera pacífica. Mi nombre es Naruto Uzumaki. Pero para ustedes, durante las horas de estudio, seré simplemente “Sensei”.

Abrió el maletín y sacó cinco gruesos fajos de hojas impresas, colocándolos ordenadamente sobre la mesa de cristal.

—Ahora, por favor, tomen asiento —indicó, señalando los sofás con un gesto elegante de su mano—. He preparado una prueba de diagnóstico inicial. Necesito saber exactamente en qué nivel académico se encuentran para diseñar un plan de estudios personalizado para cada una de ustedes.

Las quintillizas se miraron entre sí, completamente desarmadas. La autoridad de Naruto era absoluta y, de alguna manera inexplicable, se sentían obligadas a obedecer. En silencio, una por una, comenzaron a caminar hacia los sofás para tomar asiento alrededor de la mesa.

Naruto las observó acomodarse, notando de reojo cómo la tela de sus propios pantalones se ajustaba incómodamente contra sus muslos al moverse, un recordatorio constante del cuerpo sobre-desarrollado que ahora habitaba. Se aflojó un poco el nudo de la corbata, preparándose mentalmente.

...

..

.

El único sonido en la amplia y lujosa sala de estar era el rítmico rasgueo de los lápices contra el papel, interrumpido ocasionalmente por los pesados suspiros de frustración que escapaban de los labios de las quintillizas.

Naruto permanecía de pie junto a los inmensos ventanales, con los brazos cruzados sobre su ancho pecho. Sus ojos, profundos y oscuros, escaneaban la habitación con la precisión de un halcón. Sus sentidos, agudizados por su genética alienígena (Saiyajin) y su Chakra pasivo, captaban cada minúsculo detalle: el aroma a diferentes champús florales que usaba cada hermana, el latido acelerado del corazón de Itsuki por la ansiedad de la prueba, y la forma en que Yotsuba masticaba nerviosamente la goma de borrar de su lápiz.

A pesar de tener rostros idénticos, sus posturas y auras eran completamente distintas. Miku estaba encorvada, casi escondiéndose detrás de la hoja de papel; Ichika apoyaba la mejilla en su mano libre, mirando al vacío con expresión de aburrimiento; y Nino escribía y borraba con una fuerza innecesaria, canalizando su irritación hacia el examen.

«Si Kakashi-sensei o Iruka-sensei me vieran ahora, probablemente se reirían a carcajadas,» pensó Naruto, permitiéndose una levísima sonrisa nostálgica que suavizó por un segundo sus afiladas facciones. Recordaba lo pésimo estudiante que había sido en la Academia Ninja, siempre durmiéndose o haciendo bromas. Sin embargo, la vida, la guerra y su nueva capacidad mental lo habían transformado en exactamente lo que solía odiar: un erudito de la enseñanza.

—Tiempo —anunció Naruto. Su voz profunda cortó el aire como una cuchilla, haciendo que Yotsuba diera un respingo.

Habían pasado exactamente sesenta minutos. Naruto se apartó de la ventana y caminó hacia la mesa de cristal. Sus pasos eran silenciosos, una costumbre arraigada de su vida como shinobi que, sumada a su gran tamaño, resultaba extrañamente hipnótica y ligeramente intimidante.

Se detuvo frente a ellas y extendió una mano grande, de dedos largos y nudillos levemente marcados por años de golpear cosas mucho más duras que el acero.

—Entreguen las hojas, por favor.

Nino fue la primera en arrojar su examen sobre la mesa, cruzándose de brazos y mirando hacia otro lado con un bufido. Itsuki lo entregó con ambas manos y la cabeza gacha, murmurando una disculpa inaudible. Miku se deslizó la hoja por la mesa sin mirarlo a los ojos. Yotsuba se la entregó con una sonrisa nerviosa, e Ichika simplemente se la tendió, rozando “accidentalmente” los dedos de Naruto con los suyos mientras le guiñaba un ojo.

Naruto ignoró el coqueteo de la mayor con estoicismo profesional. Tomó el fajo de hojas y se sentó en el amplio sillón individual que estaba frente al sofá de las chicas. Debido a su imponente estatura y al desarrollo colosal de sus músculos, el sillón parecía un poco pequeño. Se reacomodó, abriendo ligeramente las piernas y ajustando su postura para aliviar la presión de sus pantalones de vestir sobre su gruesa musculatura y su abultada entrepierna, un movimiento inconsciente y puramente masculino para buscar comodidad.

Nino y Miku, que estaban sentadas justo en frente, apartaron la mirada de inmediato. Las mejillas de ambas se tiñeron de un furioso rojo escarlata al notar, a pesar de sus intentos por no hacerlo, lo “bien dotado” que estaba su nuevo tutor. Ichika, por su parte, se mordió el labio inferior para reprimir una sonrisa maliciosa, mientras Itsuki y Yotsuba estaban demasiado concentradas en el examen como para notar la anatomía del pelinegro.

Naruto no se percató del sutil caos hormonal que había generado. Levantó la primera hoja. Sus ojos oscuros escanearon el papel en una fracción de segundo.

Lectura rápida y memoria fotográfica.Procesó la información de Miku. Pasó a la de Nino. Luego Yotsuba. Ichika. Itsuki.

En menos de veinte segundos, bajó las hojas y las dejó sobre la mesa.

El silencio regresó. Naruto entrelazó las manos y apoyó los codos en las rodillas, inclinándose hacia adelante. Su rostro era una máscara de inescrutable seriedad.

—¿Y bien? —preguntó Nino, rompiendo la tensión con un tono a la defensiva—. Ni siquiera las has mirado bien. Supongo que te vas a tomar el fin de semana para calificarlas, ¿no? Si eres un fraude, dímelo ahora y nos ahorras a todas el perder nuestro valioso tiempo.

—Ya las he calificado —respondió Naruto, su tono tan calmado que contrastaba bruscamente con la hostilidad de la chica de cabello corto.

Las cinco hermanas abrieron los ojos de par en par.

—¿Eh? ¿Todas? ¿En veinte segundos? —Yotsuba parpadeó, incrédula—. ¡Eso es imposible, Uza... Uzuma-sensei!

—Poseo memoria fotográfica y una gran capacidad de procesamiento de lectura. Una de las razones por las que su padre me contrató, Yotsuba-san, es porque soy excepcionalmente eficiente —explicó Naruto, manteniendo su mirada fija en el grupo—. Y, lamentablemente, esa eficiencia me ha permitido darme cuenta de la magnitud del problema que tenemos entre manos.

Naruto se recostó en el respaldo del sillón y suspiró. Si no fuera porque ahora tenía un control emocional propio de un monje, se habría llevado una mano a la cara.

—Señoritas... esto es un desastre absoluto.

—¡H-Hey! —saltó Itsuki, poniéndose de pie de un salto, roja de indignación y vergüenza—. ¡Me esforcé mucho en esa prueba! ¡No puedes simplemente decir que es un desastre!

—Itsuki-san, obtuviste un cero en matemáticas, un diez en literatura y un cinco en historia —dijo Naruto sin necesidad de mirar los papeles, recitando de memoria—. Nino-san, tienes una puntuación casi nula en inglés. Miku-san, destacas ligeramente en historia, pero en ciencias estás en blanco. Ichika-san, dejaste la mitad del examen sin responder para hacer garabatos en los márgenes. Y Yotsuba-san... —Naruto la miró—, tu entusiasmo es admirable, pero escribiste tu nombre mal en dos de las hojas y tu nota promedio es de un tres sobre cien.

El ático quedó sumido en un sepulcral silencio mortuorio. El orgullo de Nino se resquebrajó, Itsuki se sentó lentamente de vuelta en el sofá como si le hubieran quitado la energía, Miku escondió el rostro aún más tras su cabello, Yotsuba rió nerviosamente rascándose la nuca e Ichika silbó por lo bajo.

—Si estuvieran en un sistema de evaluación normal de mi antiguo... de cualquier otra escuela estricta —se corrigió rápidamente Naruto—, ya habrían sido expulsadas por bajo rendimiento académico. Están al borde de la reprobación total.

—Tsk... ¿Y a ti qué te importa? —murmuró Nino, cruzando las piernas—. Nuestro padre tiene dinero. Pasaremos de curso de una u otra forma. No necesitamos a un niñero superdesarrollado dándonos sermones.

Naruto cerró los ojos por un segundo. La paciencia infinita que había desarrollado al intentar enseñarle jutsus a Konohamaru en su vida pasada estaba siendo puesta a prueba.

—Me importa porque es mi trabajo, y soy un hombre de palabra —abrió los ojos, y por un momento, un ínfimo destello de rojo brilló en sus oscuras pupilas, un reflejo inofensivo pero imponente de su poder contenido que hizo que Nino se encogiera instintivamente—. Además, Maruo-san ha dejado claro que si no aprueban los próximos exámenes parciales, suspenderá sus tarjetas de crédito, su mesada, y las obligará a transferirse a un internado estricto en el extranjero. Separadas.

Esa fue la estocada final. Las cinco hermanas levantaron la cabeza, pálidas, mirándolo con puro horror.

—¿Q-Qué? ¿Papá haría eso? —tartamudeó Itsuki.

—Está en el contrato que firmé. Así que, aunque no me quieran aquí —Naruto se puso de pie, su colosal figura oscureciendo la luz de la lámpara del techo y proyectando una gran sombra sobre ellas—, estamos atrapados los unos con los otros. Su padre me contrató para salvarlas de ustedes mismas.

Caminó hacia la mesa, recogió los exámenes y los guardó ordenadamente en su maletín.

—La buena noticia es que he detectado un patrón. Individualmente, ninguna de ustedes logra un puntaje de aprobación. Pero si sumo los puntajes más altos de cada una en sus materias específicas... juntas forman exactamente la calificación perfecta de un solo estudiante ejemplar.

Las miró a cada una a los ojos.

—Por lo tanto, no voy a enseñarles a cinco idiotas como ustedes creen que las veo. Voy a enseñar a cinco partes de un genio que se niegan a cooperar. Nuestro horario comenzará mañana a las cuatro de la tarde en punto. Si alguna llega tarde, le asignaré el doble de tarea. Que tengan una excelente noche, señoritas Nakano.

Sin esperar respuesta ni permitirles replicar, Naruto tomó su maletín, se dirigió a la entrada, se cambió los zapatos y abandonó el ático, cerrando la pesada puerta de caoba detrás de sí.

Una vez en el pasillo, solo frente al ascensor, Naruto soltó un suspiro tan largo que le desinfló el pecho.

«Kami-sama... desearía que hubieras metido a Kaguya en esa sala de estar en lugar de esas cinco» pensó, frotándose el puente de la nariz. Iba a ser un año extremadamente largo.

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Fin del Capítulo 1

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Subido: 16/09/26

Actualizado (Corregido):¿?/¿?/¿?

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Omake 1

El vapor espeso y fragante con aroma a cerdo asado y salsa de soja se elevaba en espirales hacia el cielo nocturno de la ciudad. El pequeño y tradicional puesto de ramen callejero, iluminado por faroles de papel rojo que se mecían suavemente con la brisa primaveral, era el refugio sagrado de Naruto Uzumaki.

—¡Aquí tienes, muchacho! ¡Tazón número quince, un Tonkotsu extra grande con porción doble de chashu! —exclamó el viejo cocinero del puesto, un hombre afable que miraba con una mezcla de orgullo y terror absoluto la pila de tazones vacíos que se apilaban junto al joven de cabello negro alborotado.

—Gracias, viejo —respondió Naruto con una sonrisa genuina, tomando los palillos.

Vestía de manera muy informal: una sudadera oscura con la capucha bajada que, a pesar de ser holgada, no lograba ocultar la masiva amplitud de sus hombros, y unos pantalones deportivos holgados. Después de lidiar con las cinco quintillizas, su apetito —una monstruosa combinación entre su herencia Saiyajin y su linaje espiritual Uzumaki— demandaba calorías en cantidades industriales.

Mientras devoraba los fideos a una velocidad que desafiaba las leyes de la física, sin derramar una sola gota de caldo, Naruto usó su mano libre para desenrollar el periódico local de la semana que alguien había dejado olvidado sobre la barra de madera.

Sus oscuros y tranquilos ojos escanearon las páginas con aburrimiento, saltando las noticias de política y economía, hasta que se detuvieron en seco en la sección de “Sociedad y Educación”.

El titular, impreso en letras grandes, rezaba: [El Diamante de Kioto: El Joven Prodigio que Rompe Todos los Récords Nacionales].

Debajo, había una fotografía. Mostraba a un adolescente de dieciocho años, vestido con un impecable uniforme escolar. Tenía el cabello de un tono oscuro azulado, lacio y un poco desordenado, con dos característicos mechones en forma de antena sobresaliendo en la parte superior. Su rostro era serio, casi apático, con una mirada aguda e inteligente detrás de unos ojos penetrantes.

Naruto detuvo sus palillos a mitad de camino. Masticó lentamente los fideos, tragó y leyó el nombre a pie de foto.

Fuutarou Uesugi.

Una pequeña y casi imperceptible sonrisa nostálgica curvó los labios del Héroe de Guerra. Con un leve zumbido en sus oídos, el bullicio de la ciudad a su alrededor pareció desvanecerse, transportando su mente once años atrás en el tiempo.

Años atrás...

Naruto tenía siete años. Su cuerpo en ese entonces era el de un niño normal en apariencia, pero su fuerza, sus reservas de Chakra y su percepción ya estaban a niveles que aterrorizarían a un Kage. Se encontraba vagando por las concurridas calles de Kioto durante un viaje escolar, aburrido y ajustándose aún a las reglas de este pacífico y extraño mundo sin ninjas.

Recuerda que estaba comprando un helado cuando sus sentidos agudizados captaron el peligro antes de que ocurriera.

Un sonido estridente. El chirrido desesperado de neumáticos contra el asfalto. El grito ahogado de los peatones.

Un automóvil había perdido el control debido a una falla en los frenos y se dirigía directamente hacia el cruce peatonal a una velocidad letal. Justo en la trayectoria del vehículo, una mujer joven y delgada, de cabello oscuro y expresión amable, se había quedado paralizada por el pánico, abrazando una bolsa de compras. Era una muerte segura. El impacto iba a destrozarla.

El tiempo pareció congelarse para Naruto.

No lo pensó. Su cuerpo reaccionó con los instintos forjados en la Cuarta Guerra Mundial Shinobi. En una fracción de milisegundo, canalizó una micro-corriente de Chakra hacia sus piernas.

Para las decenas de testigos presentes, fue un milagro inexplicable. Un parpadeo, una ráfaga de viento violento que levantó polvo y papeles del suelo, y de repente, la mujer ya no estaba frente al capó del auto. El vehículo se estrelló violentamente contra un poste de luz, abollándose, pero sin cobrar víctimas.

La gente gritó, incrédula. Miraron a su alrededor, estupefactos, al encontrar a la mujer sentada a salvo en la acera, a varios metros de la zona de impacto, respirando agitadamente. La multitud comenzó a murmurar sobre ángeles guardianes y ráfagas de viento milagrosas. Nadie vio a nadie acercarse a ella. Nadie vio al niño.

Pero ella sí lo vio.

En ese microsegundo, cuando el mundo era una mancha borrosa de velocidad divina, la madre de Fuutarou Uesugi sintió un brazo fuerte (demasiado fuerte para ser de un niño, pero diminuto en tamaño) envolver su cintura. Y al abrir los ojos, por un brevísimo instante antes de que él desapareciera de nuevo usando el Shunshin no Jutsu (Técnica de Cuerpo Parpadeante), vio el rostro de un niño de siete años. Un niño de cabello negro y alborotado, con dos mechones enmarcando un rostro sereno, y unos ojos oscuros como pozos sin fondo que le transmitieron una calma absoluta.

El niño le había salvado la vida y se había esfumado como un fantasma en el viento, sin esperar gratitud.

Presente...

Naruto volvió al presente, apoyando el mentón en su gran mano mientras terminaba de leer el artículo.

La noticia detallaba cómo Fuutarou Uesugi provenía de una familia humilde, pero gracias al incesante apoyo emocional y el trabajo duro de su madre (quien estaba viva y sana) y de su padre, el chico había podido canalizar su brillantez sin el aplastante peso del trauma y la deuda extrema que una tragedia habría conllevado. Con una familia unida y una madre que lo cuidaba y alentaba cada día, el intelecto de Fuutarou había florecido hasta convertirse en un faro para el país. Había ganado olimpiadas de matemáticas, física y literatura, y estaba siendo cortejado por las universidades más prestigiosas del mundo.

Naruto sabía muy bien sobre el destino. En su mundo anterior, las profecías y el destino dictaban quién vivía, quién moría y quién se convertía en salvador o demonio.

Cuando salvó a la señora Uesugi hace once años, Naruto era consciente de que estaba rompiendo el hilo del destino de esa familia. Sabía que, en el flujo natural de los eventos, esa mujer debía haber muerto en ese cruce peatonal. Sabía que su muerte habría sumido a su esposo en la depresión y las deudas, y habría forzado a su pequeño hijo, Fuutarou, a crecer de golpe, volviéndose frío, calculador y obsesionado con el dinero para sobrevivir.

Pero Naruto Uzumaki, el chico que había desafiado al destino durante toda su primera vida y había cambiado el corazón de los asesinos más fríos, nunca iba a permitir que alguien muriera frente a él si podía evitarlo. Al diablo con el destino.

—Un prodigio, ¿eh? —murmuró Naruto para sí mismo, su voz grave casi inaudible sobre el ruido del caldo hirviendo. Sus oscuros ojos brillaron con una silenciosa satisfacción—. Me alegro de que estés usando ese gran cerebro tuyo para algo más grande que simplemente sobrevivir, Uesugi. Tu madre debe estar muy orgullosa de ti.

Dobló el periódico cuidadosamente y lo dejó donde lo había encontrado. Tomó su tazón número quince, lo levantó hasta sus labios y bebió el resto del caldo de un solo trago prolongado, dejando escapar un suspiro de puro deleite al terminar.

Se puso de pie, su colosal figura elevándose sobre la barra del puesto, y dejó un fajo de billetes sobre la madera, suficiente para pagar su astronómica cuenta y dejar una propina generosa.

—Estuvo delicioso, viejo. Guarda el cambio —dijo Naruto, ajustándose la capucha de la sudadera sobre su rebelde cabello negro.

—¡M-Muchas gracias, muchacho! ¡Vuelve cuando quieras! —agradeció el dueño, inclinándose, aún maravillado de dónde metía tanta comida aquel adolescente.

Naruto se dio la vuelta y comenzó a caminar por las calles iluminadas de Tokai, con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones deportivos. Una suave brisa primaveral revolvió su cabello.

Había alterado la historia de una familia completa con un solo movimiento a sus siete años, creando a un genio que quizás cambiaría a Japón. Y lo había hecho desde las sombras, sin reclamar gloria ni pago alguno, como un verdadero shinobi.

Sonrió de lado. La ironía de la vida era curiosa. El “Diamante de Kioto”, el prodigio nacional Fuutarou Uesugi, estaba viviendo una vida mucho mejor que otra versión paralela suya donde los problemas económicos y los tutoreos forzados lo estaban llenando de estrés. Mientras tanto, él, un Saiyajin con el poder de partir la luna a la mitad, había terminado siendo el tutor legal de cinco quintillizas problemáticas por culpa de un contrato jugoso y su obligación de llevar una vida “normal”... y aburrida.

«Supongo que alguien tenía que tomar el relevo,» pensó Naruto divertido.

Aceleró el paso hacia su departamento. Mañana le tocaba enseñar química a las hermanas Nakano, y si Nino volvía a intentar mezclar reactivos de manera irresponsable, iba a tener que usar algo más que paciencia para evitar que el ático volara en pedazos.

Fin del Omake 1

Nota: Por lo general los Omakes no son canon porque son escenas eliminadas o extras de la historia principal, pero creo que este lo considerare canon porque es interesante para ampliar aún más la trama xd.

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