CAPÍTULO 1 - EL COMIENZO DEL FIN
El mundo llevaba mucho tiempo muerto.
No literalmente. Todavía quedaban ciudades, carreteras, edificios y personas. Todavía existían lugares donde, durante algunos minutos, era posible olvidar que la civilización había desaparecido. Pero el mundo que alguna vez habían conocido ya no existía.
Todo había comenzado con rumores. Un virus. Casos extraños en Europa. Personas enfermas que atacaban a otras. Videos que desaparecían de internet tan rápido como aparecían y noticias que nadie sabía si creer. Después llegaron las primeras imágenes. Luego, los muertos.
Y finalmente, el silencio.
Dos años después, un joven se encontraba sentado en el suelo de un edificio abandonado. Estaba acorralado.
La puerta frente a él temblaba violentamente.
—¡THUMP!
Otro golpe.
—¡THUMP!
Y otro.
Del otro lado había muertos. No uno. No dos. Decenas. Sus cuerpos se estrellaban contra la puerta mientras intentaban abrirse paso hacia el interior.
El joven no parecía tener miedo.
Llevaba ropa gastada, cubierta de suciedad y manchas que ya ni siquiera intentaba limpiar. Su rostro estaba demacrado, con profundas ojeras y una barba de varios días. En algún momento había sido un muchacho. Ahora parecía un sobreviviente. Uno cansado. Muy cansado.
Estaba sentado en una esquina, con la espalda apoyada contra la pared y un arma entre las manos. No intentaba buscar una salida, reforzar la puerta ni encontrar un lugar donde esconderse. Simplemente esperaba.
Observó cómo la madera comenzaba a agrietarse y una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Supongo que así termina...
Bajó la mirada hacia el arma y permaneció en silencio durante unos segundos antes de soltar una pequeña risa. No era una risa de felicidad. Era la risa de alguien que había perdido demasiado como para seguir teniendo miedo.
—Después de todo este tiempo...
Volvió a mirar la puerta.
—¿Así es como voy a terminar?
Otro golpe hizo vibrar todo el marco.
El joven cerró los ojos.
Por un instante dejó de escuchar a los muertos. En su cabeza aparecieron rostros. Su familia. Su madre. Su padre. Los amigos que había perdido incluso antes de que el mundo terminara y aquellos que había conocido después. Personas con las que había compartido refugios, comida, noches enteras hablando y caminatas interminables intentando encontrar un lugar seguro.
Todos muertos.
Uno detrás de otro.
Dos años sobreviviendo. Dos años huyendo. Dos años viendo morir personas.
Y ahora estaba solo.
La puerta volvió a estremecerse. Una grieta atravesó la madera.
El joven levantó lentamente el arma, la sostuvo con ambas manos y apuntó directamente hacia la puerta.
—Bueno...
Sonrió.
—Al menos no voy a correr.
El siguiente golpe fue diferente.
CRACK.
La cerradura cedió.
La puerta se abrió unos centímetros y un brazo ensangrentado apareció por el hueco. El joven no se movió. Otro golpe terminó de abrirla y el primer muerto entró tambaleándose.
El joven levantó el arma hasta que el cañón quedó apuntando directamente a su cabeza.
El muerto avanzó.
Él sonrió.
Y apretó el gatillo.
Click.
DOS AÑOS ANTES
Bogotá.
Un día completamente normal.
Al menos eso parecía.
Eran cerca de las ocho de la mañana y la ciudad ya estaba despierta. Los buses comenzaban a llenar las avenidas, las calles estaban congestionadas y miles de personas se dirigían a sus trabajos y universidades.
En un apartamento, un joven estaba sentado frente a su computador.
Tomás Restrepo.
Veintidós años.
Estudiante de Arquitectura.
Y, hasta ese momento, un muchacho que tenía pocas razones para pensar que aquel día sería diferente a cualquier otro.
Tenía un videojuego abierto en la pantalla. Llevaba varios minutos jugando sin demasiado interés, simplemente matando el tiempo antes de tener que salir hacia la universidad. Miró el reloj y frunció el ceño.
—Mierda...
Ya casi era hora.
Tomás terminó la partida, apagó el computador y tomó su celular. Mientras revisaba sus notificaciones, algo llamó su atención.
Una noticia.
Después otra.
Y otra más.
Todas hablaban prácticamente de lo mismo.
Un extraño virus se estaba propagando por varios países de Europa.
Algunas publicaciones hablaban de personas que presentaban comportamientos violentos. Otras aseguraban que los infectados habían atacado a sus propios familiares. Incluso circulaban rumores sobre personas intentando comerse a otras.
Tomás frunció el ceño y entró a una de las publicaciones.
El video apenas duraba unos segundos y estaba grabado desde lejos. Se veía a varias personas corriendo por una calle mientras alguien gritaba. La calidad era horrible, no había contexto y tampoco una fuente confiable que explicara qué estaba ocurriendo.
Tomás soltó una pequeña risa y bloqueó el celular.
—Otra noticia falsa.
Guardó el teléfono en el bolsillo y salió de su habitación.
—¡Chao, madre!
—¿Ya te vas? —respondió Sandra desde otra habitación.
—Sí, tengo clase.
Tomás pasó por la sala y encontró a sus padres. Sandra estaba mirando las noticias en televisión mientras Javier, su padre, tomaba tinto y revisaba algo en su celular. En la pantalla del televisor también hablaban del extraño virus.
Sandra levantó la mirada hacia su hijo.
—Tomás, ten cuidado hoy.
—¿Por qué?
—Por lo del virus ese.
Tomás sonrió.
—Madre, eso está pasando en Europa.
—Ya sé, pero uno nunca sabe.
—No te preocupes. Seguro mañana dicen que todo era mentira.
Javier soltó una pequeña risa.
—Déjalo, Sandra. El muchacho tiene razón. Además, ¿qué puede pasar?
Sandra no parecía convencida.
—Igual, no te demores cuando salgas de la universidad.
—Sí, señora.
Tomás se acercó, le dio un beso en la mejilla y luego hizo lo mismo con su padre.
—Nos vemos en la noche.
—Maneja con cuidado —dijo Sandra.
—Siempre.
Tomás tomó las llaves de su moto y salió del apartamento.
En ese momento, no tenía la menor idea de que aquella sería la última conversación normal que tendría con sus padres.
La mañana bogotana estaba como cualquier otra: fría, congestionada y ruidosa. Tomás avanzaba entre los vehículos mientras intentaba abrirse paso por el tráfico. Carros, motos, buses y taxis llenaban las calles y, durante unos minutos, todo parecía completamente normal.
Hasta que encontró el trancón.
—Mierda...
Tomás redujo la velocidad. Más adelante había varios vehículos detenidos y, al principio, pensó que se trataba de lo habitual. Un accidente. Un choque. Una imprudencia. Nada extraordinario para una ciudad como Bogotá.
Cuando finalmente pudo avanzar un poco, vio dos carros completamente destrozados. Uno de ellos había terminado estrellado contra una estructura al costado de la vía. Había policías alrededor y una ambulancia acababa de llegar.
Tomás redujo aún más la velocidad.
Algo le llamó la atención.
El accidente no parecía tener sentido. No había otro vehículo contra el que aquel automóvil pudiera haberse estrellado. Simplemente se había salido de su trayectoria y había terminado chocando, como si el conductor hubiera perdido completamente el control.
O como si hubiera decidido hacerlo.
Tomás miró hacia el interior.
El conductor estaba inconsciente.
Pero había alguien más.
Una mujer estaba sentada en el asiento del copiloto. A primera vista parecía muerta. Sin embargo, no parecía haber fallecido por el impacto. Tenía una enorme herida en el cuello, irregular y profunda, demasiado parecida a una mordida.
Tomás se quedó observando durante unos segundos.
Uno de los paramédicos abrió la puerta del vehículo.
—¡Cuidado!
Otro agente se acercó rápidamente.
Tomás sintió una extraña incomodidad. Algo no estaba bien, aunque tampoco sabía exactamente qué.
Un policía hizo una señal para que los vehículos continuaran avanzando.
Tomás aceleró.
—Seguro el man estaba borracho...
Y siguió su camino.
Lo que no vio fue lo que ocurrió apenas unos minutos después.
Mientras la ambulancia atendía a los heridos, la mujer que parecía estar muerta permanecía inmóvil.
Hasta que abrió los ojos.
Una hora después, Tomás finalmente llegó a la universidad. Estacionó su moto, se quitó el casco y caminó hacia el edificio donde tendría su primera clase.
—¡Tomás!
Levantó la mirada.
Santiago se acercaba hacia él, sonriendo.
Su mejor amigo.
—¿Qué más, parce?
—Bien, ¿y usted?
—Sobreviviendo.
—¿Otra vez trasnochado?
Tomás sonrió.
—Tenía que terminar una vaina.
—¿La entrega?
—Sí.
—Usted sí es mucho marica. Eso era para la próxima semana.
Tomás se encogió de hombros.
—Por eso mismo. La próxima semana tengo otra.
Ambos comenzaron a caminar hacia el edificio. Hablaron de las clases, de la carrera y de los trabajos que tenían pendientes. Durante unos minutos, todo volvió a sentirse normal.
Hasta que Tomás recordó el accidente.
—Oiga, por cierto... vi un accidente muy raro llegando.
Santiago lo miró.
—¿Qué pasó?
—Dos carros se estrellaron. Pero había una vieja en uno de ellos...
Tomás hizo una pausa.
—Parecía que la habían mordido.
Santiago soltó una carcajada.
—¿Mordido?
—Sí. Tenía una herida en el cuello.
—Pues un accidente raro sí sería.
—No sé. Algo no me cuadró.
Santiago se encogió de hombros.
—El man seguramente iba borracho.
Tomás guardó silencio por un momento.
—Puede ser.
—En esta ciudad uno ve de todo.
Tomás sonrió ligeramente.
—Sí... supongo.
Ambos entraron al edificio.
Pero mientras caminaban por el pasillo, Tomás volvió a pensar en aquella mujer. En la herida. En la forma en que el automóvil había terminado estrellado. En los policías. En los paramédicos y en aquella extraña sensación que llevaba desde que había visto el accidente.
Algo no estaba bien.
Todavía no sabía qué.
No podía imaginarlo.
Pero, por primera vez en su vida, Tomás tuvo la sensación de que aquel no iba a ser un día normal.
Y tenía razón.
Porque mientras él entraba a clase, el mundo comenzaba a morir.



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