Todo duerme en derredor
—¿Vos sabés quién soy yo? Que me sueltes, te digo. ¿Quién te crees que sos? —dice contorsionando las piernas entre las sábanas e intenta incorporarse con todas sus fuerzas— QUE ME SUELTES AHORA MISMO.
—Por favor, señora Cohen, quédese quieta que en un ratito terminamos —dice el médico sujetándole los hombros con firmeza. El tensiómetro, todavía sujeto al brazo de la mujer, serpentea de un lado para el otro mientras forcejean—. Ya conoce la rutina. Necesitamos que tome la medicación para que pueda descansar.
—Mamá, dejate de joder y tomá las pastillas por favor —Gonzalo observa la escena desde la puerta de la habitación. Su hombro descansando contra el marco de madera, los brazos cruzados a la altura del pecho y sus labios que se aprietan cada vez que ojea su reloj—. Mirá el papelón que nos hacés pasar. ¿Qué va a pensar el doctor, mamá?
—No voy a tomar nada. Vos no sos mi enfermero. Tampoco sos mi médico. ¿QUIÉN MIERDA SOS VOS? ¿Dónde está Damián? Gonzalo, decile al morocho este que me saque las manos de encima antes de que lo haga sacar por seguridad del forro de las pelotas.
Gonzalo se endereza en su lugar y avanza hacia la cama. Da cinco pasos largos pero la distancia a salvar todavía es de varios metros. Mira al suelo y con un zapato empuja el libro de Florencia Bonelli que Mercedes le revoleó al médico apenas unos minutos antes.
Se lleva los dedos a los párpados y suspira.
—Mamá, Damián está de licencia. La medicación es la de siempre: Quetiapina para que estés más tranquilita y el Rivotril para ayudarte a conciliar el sueño. Lo que indicó el doctor Miranda
[DANTE: «quetiapina» va en minúscula por ser nombre genérico; «Rivotril» sí queda con mayúscula por ser marca.].
—¿Y quién autorizó esa licencia?
—¿Qué licencia, mamá?
—La licencia de Damián, estúpido. A mí nadie me dijo nada. QUE ME SUELTES, TE DIGO.
—Mamá…
Mercedes lo fulmina con la mirada, pero Gonzalo, como le es habitual, escapa con la mente a su lugar feliz. «Apenas se duerma, todo va a estar bien», piensa mientras recorre la habitación haciendo un inventario mental de las tenencias de su madre. Algo que le sirva de consuelo. Llaman su atención las cortinas que mandó a traer su madre de Barcelona por recomendación de Tiziana. Los ornamentos de mármol del hogar y las esculturas de Murano que llenan la habitación. Cuenta ocho pelotudeces de vidrio de colores y no puede evitar sonreír ante tan obsceno despliegue de opulencia opacado ahora por la oscuridad y el desorden de una mente enferma.
—El doctor Miranda le avisó a Ernesto que no iba a estar para el control de esta semana. Pensé que Ernesto te había avisado a vos. Te pido mis más sentidas disculpas, mamá. Acá por suerte está el doctor Sebastián Acuña; colega del doctor Miranda. Con Miranda juegan al pádel los jueves, ¿sabías? Cuéntele a mi mamá, doctor Acuña.
El médico se da la vuelta y lo mira de hito a hito mientras sigue intentando hacer que Mercedes se recueste. La mujer aprovecha su descuido para pegarle un zarpazo en la cara pero el muchacho de blanco rápidamente vuelve a lanzarse sobre ella.
—¿No era que jugaban al pádel juntos, doc?
—TRAEMELO A ERNESTO AHORA MISMO. Decile que lo llame a Miranda. Quiero hablar con él ahora. AHORA.
—No, mamá, no va a poder ser. Realmente lo siento muchísimo. El doctor está de viaje fuera del país. Algo de un congreso de psiquiatría dijo. Pero le podemos encargar más adornitos de vidrio para tu escritorio.
—¿De licencia también? Es para matarlos a todos. SOLTAME. Gonzalo, vividor de mierda. Mirame cuando te hablo, Gonzalo —El hombre se acerca a la cama, sus pasos inaudibles sobre los pisos alfombrados, sus puños apretados dentro de los bolsillos del traje—. Llamala a Tiziana entonces. Llamá a tu hermana.
—¿A Tiziana? ¿Para qué?
—Decile que vuelva. ¿Creés que no me doy cuenta de que me tomás por estúpida? ¿Que todos en esta casa me tratan de loca?
—Mamá, el doctor Miranda ya dijo que necesitas ser rigurosa con las pastillas. Me imagino que de tu psiquiatra de confianza no vas a andar desconfiando.
—Y vos sos el peor de todos —lo corta. Está rabiosa. Un hilo de saliva banderea entre sus labios—. Treinta y cinco años al pedo viviendo de mi bolsillo y ahora te venís a hacer el hijo comedido, que se preocupa, que se ocupa de su madre.
—Mamá…
—El único recibo de sueldo que firmaste en tu vida fue el que te hice yo para blanquearte el auto.
—Señora Cohen. Señora, por favor. Señora, por favor, escúcheme, deje de hacer fuerza de esa manera. ¿Me escucha? —insiste el hombre de ambo blanco apretando las manazas en torno a las extremidades varicosas de la paciente. A esta altura el tensiómetro ha ido a parar al lado de Florencia Bonelli y los tarritos de pastillas de la mesita de luz están entre sus mocasines. Gonzalo percibe un acceso de autoridad en la voz del médico: el único idioma que su madre entiende—. Recuerde que una vez que toma la medicación, el alivio llega enseguida. Es la medicación de siempre, señora Cohen. Colabore conmigo y pronto va a estar dormida y tranquila. Yo tampoco tengo intención alguna de demorarme acá mucho más tiempo —Mercedes lo mira con ojos desorbitados. El mentón le tiembla. Tiene el entrecejo partido por el desprecio. Y, así y todo, Gonzalo ve cómo su cuerpo de a poco empieza a ceder por el esfuerzo bajo el peso de Acuña. La suelta con cautela, sus manos todavía gravitando cerca de ella, atentas a cualquier intento de escape—. El doctor Miranda tuvo que viajar de urgencia, pero me pidió que viniera para el control. Lo hablamos con el señor Ernesto.
—Con el señor Ernesto —asiente Gonzalo. El dedo gordo y el índice apretando su nariz por acto reflejo.
—Tome la medicación, señora. Para que pueda dormir su siesta. Descansar un poco.
Mercedes se acoda sobre las sábanas y mira a un costado. Los postigos de los ventanales la resguardan de la mirada indiscreta del personal que por esas horas debe estar retomando el trabajo en el jardín. La señora de la casa concede y empieza a hundirse en los almohadones.
—Negro de mierda —le ladra para anotarse un punto antes de terminar de darles el gusto. Con el camisón de seda transpirado y las sábanas enredadas entre las piernas varicosas, extiende una mano temblorosa y acepta la medicación. Se mete las dos pastillas en la boca y toma del vaso de agua que le ofrece el doctor Acuña—. Pero sepan que esto no va a quedar así. Cuando me levante más les vale que esté Ernesto para dar explicaciones. Gonzalo, dejá de mirarme con esa cara de boludo vos. Inútil. INÚTIL COMO TU PADRE.
Su hijo se asoma por encima del hombro del médico, reptando lentamente hasta que su rostro queda a contraluz del ventanal semicubierto. La boca de Gonzalo permanece seria, impasible, pero sus ojos —esos ojos oscuros y hundidos que heredó de Omar— brillan con satisfacción.
«Otro escándalo familiar resuelto por el hijo pródigo».
—Cerrá los ojos y descansá, mamá. Te prometo que ahora te vas a sentir mejor.
El ceño de Mercedes, siempre tenso como el enojo y la toxina botulínica, empieza a aflojarse. Respira cada vez más despacio. El doctor Acuña acomoda las piernas de Mercedes con cuidado, estira las sábanas y la tapa hasta la altura del busto, dejando los brazos por fuera.
Gonzalo se aparta de la cama y disfruta del silencio. Extiende los brazos y estira los dedos: harían falta por lo menos diez personas tomadas de la mano para salvar el ancho de la habitación de Mercedes Cohen. Piensa en la fiesta de fin de año de la empresa del verano pasado. No sabría decir si conoce el nombre de diez empleados de Textiles Cohen, pero sí recuerda —o cree recordar— a la morochita flequilluda de ventas con la que terminó cogiendo esa noche. Después la echaron por subir a Instagram una consigna de izquierda. Su monoambiente debía ser más chico que la habitación principal de La Horqueta. Si recordara cómo se llamaba, podría invitarla de nuevo para que admirara un ejemplo de movilidad social ascendente.
El reloj compre el silencio. Tic-tac, tic-tac. «Perfecto. Todo duerme en derredor», piensa mientras observa cómo Acuña guarda sus implementos en el maletín de cuero. Sus dedos inquietos acomodan el cuello de la camisa debajo del sweater, mientras la otra mano se entierra en los rulos negros y los alisa hacia atrás con fuerza.
Un golpe en la puerta corta sus pensamientos. Tres toques suaves pero firmes. Gonzalo se paraliza un instante e intercambia una mirada con Acuña.
—Unos minutos más —es todo lo que dice el médico
Gonzalo se acerca a la puerta con pasos deliberados. La mano le tiembla ligeramente al girar el picaporte, pero compone su mejor cara de hijo preocupado antes de abrir apenas una rendija.
Del otro lado, Alicia, la mucama, lo mira desde su modestísimo metro cincuenta. Con su uniforme gris impoluto y el pelo recogido en un rodete ajustado, mantiene las manos juntas frente a su delantal.
—Disculpe que lo moleste, señor Gonzalo —dice en voz baja—. El señor Ernesto me mandó a preguntar si necesitan algo de ayuda.
—¿Ayuda con qué, Alicia?
—Es que se escucharon gritos desde abajo y el señor está un poco preocupado, ¿sabe?
Gonzalo abre un poco más la puerta, lo suficiente para bloquear la visión del interior, pero no tanto como para parecer sospechoso.
—No, Alicia, gracias. Todo está de mil maravillas. Mamá estaba un poquito alterada, pero ya tomó su medicación. El doctor Acuña está terminando de revisarla, así nos quedamos todos tranquilos.
La mirada de Alicia se desvía, buscando ver algo a través del espacio entre Gonzalo y el marco de la puerta. Él cambia el peso de una pierna a la otra, frustrando su intento.
—¿Está seguro de que no necesita nada, señor? Puedo traer agua fresca para la señora o cambiar las sábanas…
—No hace falta, Alicia. Ya te dije que está todo bien.
Alicia asiente, pero no parece convencida. Sus labios carnosos se mueven de un lado a otro. Gonzalo ve cómo sus dedos se aprietan alrededor del delantal.
—¿Pero la señora está mejor? Pobrecita mi señora Mercedes. El doctor Miranda ya nos dijo que no hay que dejar que se haga tanta mala sangre, ¿sabe?
«A esta la podríamos medicar también».
—¿Que si sé? Alicia, la señora Mercedes está descansando. Durmiendo como un tronco por suerte. Te aviso si necesitamos algo —Intenta cerrar la puerta, pero la mujer cogotea. Parece dispuesta a trepar por encima suyo—. Vos siempre tan atenta, Alicia. Deberíamos pagarte unas vacaciones completas a la otra punta del mundo. Andá tranquila, Alicia, mi mamá está bien. Sí, ya sé que se hace mala sangre, pero viste cómo es. Que la empresa, que la familia. Andá nomás, vos. No te preocupes que para cuidarla estoy yo.
Cierra la puerta y apoya la oreja sin soltar el picaporte. Del otro lado, puede escuchar los pasos de la empleada alejándose por el pasillo.
—¿Quién era? —pregunta Acuña en voz baja mientras cierra su maletín.
—Nadie importante. —Se lleva los dedos a la nariz y después al bolsillo del saco. Se acomoda el pelo hacia atrás y pregunta—: ¿Cómo venimos? Me están esperando
—Unos minutos más y debería poder confirmar el paro cardiorrespiratorio.
—Excelente, Sebucho.








