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El tormento del depredador

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Sinopsis

ATENCIÓN: ESTA HISTORIA CONTIENE MATERIAL SENSIBLE PARA EL PÚBLICO GENERAL. SE RECOMIENDA LEER BAJO DISCRECIÓN DEL LECTOR. Era un día normal para una tigresa blanca que compraba junto a su amiga en el centro comercial. Hasta que la figura de un lobo que estuvo en la cárcel le llama la atención, marcándose como objetivo que le haga caso y quiera tener sexo con ella. Aún sabiendo lo violento que pudiera ser...

Genero:
Erotica
Autor/a:
Foxycat
Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

El tormento del depredador

Era un día soleado de verano más y dos universitarias estaban de diversión. Vina, una tigresa blanca de rayas negras y de ojos rosas, y una amiga nutria suya paseaban por la planta superior del centro comercial. Compraban y charlaban sobre cualquier tontería que les hubiese pasado recientemente.

Aunque mientras lo hacían, Vina no paraba de llamar la atención de cualquiera que la mirara de cerca, con su camiseta blanca marcando escote de sus voluptuosos pechos, más grandes que su cabeza, y sus apretados shorts tejanos que se le metían por la raja de su gordo trasero. Ese día no llevaba calzado, dejando a la vista sus grandes patas de almohadillas rosadas y suaves, y rayas negras bien marcadas. Sumado a su gran tamaño y altura, atraía especialmente las miradas de los más fetichistas.

Dentro y fuera tenía la fama que tendría una supermodelo sexy y encantadora, siempre con sus fabulosas gafas de sol negras que le daban más estilo si cabía. No por nada tenía infinidad de seguidores en sus redes sociales.

Justo cuando habían terminado sus compras ese mismo día, la tigresa se fijó en la gran figura masculina de un lobo azul que pasó delante de ellas, con una gorra a juego. Su ancha espalda y abdominales se marcaban bajo su camisa de botones morada, apretada por sus grandes músculos. Su miembro se marcaba en su oscuro pantalón tejano, y pisaba fuerte el suelo con unas zapatillas deportivas de marca.

Vina no pudo evitar morderse el labio inferior, caliente por ese hombre.

—Tía… Me lo tengo que follar.

—¡¿Qué dices?! ¿A ese lobo que acaba de pasar? —su amiga parecía preocupada—. Ni de coña. ¿No sabes quién es?

—Ni idea. Pero debe tener una polla enorme… —no dejaba de observarlo irse, al tiempo que todo el mundo que lo conocía se apartaba de su camino.

—Se trata de un violador que rondaba por la ciudad hace muchísimos años. Estuvo en prisión durante quince años. Dicen que está reformado. Pero yo no me la jugaría…

—Conque un ex violador, ¿eh?

—Oh, no… Conozco esa mirada: estás mojada.

—Muchísimo. Lo siento, pero hoy tengo otros planes. ¿Me podrías guardar las bolsas en tu casa? Mañana las recojo.

Su amiga suspiró exasperada y cogió sus bolsas.

—Como quieras. Yo me voy. Ya me contarás cómo te ha ido el folleteo con ese.

—Claro, claro. Chao, cariño —se despidió de ella, y se fue tras él.

El lobo entró a los aseos, estos aparentemente vacíos. Se dirigió a una de las cabinas sin mirar al frente, y se encerró en ella. Cuando se dio la vuelta, se quedó petrificado ante la surrealista imagen que tenía delante. Vina estaba sentada sobre el retrete, con los pantalones y las bragas bajadas. Su blanco y peludo coño relucía bajo la luz fluorescente del techo, brillante por lo mojada que estaba, como un cebo puesto a propósito para él.

Vina abrió los ojos como platos, con sorpresa disimulada.

—¡Oh! ¿Qué haces aquí? ¿No me digas que me he equivocado de baño?

El lobo comenzó a respirar con rapidez, con la mirada clavada en su jugosa intimidad. Dicho cebo lo estaba atormentando cuanto más segundos lo miraba. Sin decir palabra alguna, salió corriendo de allí.

Como si su vida dependiera de ello, bajó al piso inferior por las escaleras y esprintó hacia los aseos de dicha planta. Cuando por fin los alcanzó, cerró el pestillo y se bajó los pantalones para comenzar a masturbarse con frenesí. Su miembro de veinte centímetros expulsó un gran cargamento de semen que dejó caer sobre el agua del váter, flotando inerte. Era un recuerdo blanco de lo que no había podido hacerle a ella. Suspiró, mucho más relajado, y tiró de la cisterna satisfecho.

—Joder… ¿Qué cojones hacía esa ahí? ¿Era tonta o qué? —molesto, pensó que era mejor volver a casa y ver la tele tranquilo—. Ni una hora has aguantado fuera. Gilipollas.

Se llevó las manos a los bolsillos y salió de los aseos. Pero su sufrimiento de color blanco continuaba.

—¡Hola! —dijo Vina afuera de los aseos, ladeando su delgada cola de rayas.

Chasqueó los dientes.

—¿Qué quieres tú ahora?

—Disculparme por lo que pasó en el baño de arriba. No me había dado cuenta de que era de hombres.

—No importa. Cosas que pasan, supongo. Ahora deja…

—¿Puedo compensártelo de alguna forma? Es que me siento tan mal por ello… Pídeme lo que quieras… —con el cuerpo ligeramente arqueado hacia delante, balanceaba sus pechos de un lado a otro con las manos sobre la espalda, sonriendo pícaramente—. Cualquier cosa… Lo que sea… —le tocó la cintura, sibilina.

El lobo empezó a respirar con dificultad, la sangre reuniéndose en sus pantalones para formar una gran erección. Su corazón palpitaba y sus ojos se dilataban con tanta presión. Era capaz de ver incluso parte de sus grandes aureolas asomándose tímidamente.

Cerró los ojos y corrió a toda prisa, muy lejos de ella. Debía llegar a su casa costara lo que costara, sin mirar atrás. Llegó a su casa localizada en un barrio humilde de la ciudad, echó el pestillo a la puerta y se escondió en su habitación con las ventanas cerradas.

—Vale… Vale... Estoy en casa. A salvo de cualquier mujer. Eso es. Aquí dentro no podré hacerle nada a nadie. Sí… —se recostó en la cama y suspiró, aliviado—. Joder. Se supone que me he reformado en la cárcel. ¿Por qué no soy capaz de aguantarme? No… La culpa fue de esa puta. Lo estaba haciendo a propósito, seguro. Pero no importa: mañana lo volveré a intentar. Debo aprender a estar sin problemas entre la gente —chocó el puño contra la palma—. Es imposible que esté todos los días allí.

Al día siguiente se presentó en el centro comercial de nuevo. Caminaba de la misma forma que el día anterior en un tranquilo paseo por la planta inferior. Esta vez llevaba una mochila en la que tenía su ropa deportiva. Pensaba ejercitarse en el gimnasio, donde allí no tendría ningún problema, pues el ejercicio lo conseguía distraer de deseos mundanos.

Mientras caminaba, giró la cabeza hacia el escaparate de una tienda de ropa que tenía al lado. Tuvo la mala suerte de ser una de ropa femenina, exponiendo lencería muy sugerente de distintos colores.

El hombre se quedó embobado por un momento, deleitándose con esas figuras curvilíneas y perfectas. Pero agitó la cabeza rápidamente y apartó la vista. Bajó la gorra para cubrirse más la cara y continuó avanzando. Hasta que algo de un color llamativo le llamó la atención al seguir mirando de reojo el escaparate.

Notó que uno de los maniquíes pareció moverse por un momento, generándole muchas dudas. Alzó la cabeza, y entonces la vio. Era ella.

—¡No me jodas…! —frunció el ceño el lobo.

La tigresa posaba detrás del cristal como un maniquí más, estática, con las manos abiertas y apoyadas contra el cristal a ambos lados de la cabeza, y las piernas cruzadas a la altura de los muslos. Exhibía una lencería muy bizarra que constaba únicamente de dos telas de color verde en forma de hoja cubriendo los pezones, y otra sobre el pubis. Era la misma Eva.

El lobo no apartaba la vista de ninguno de sus detalles, como si estuviera ante la mayor obra de arte que había visto nunca en lugar de un cuerpo femenino. Una obra de arte escandalosamente sexy y caliente. Sus firmes tetas aplastadas contra el cristal y los muslos cruzados que acentuaban el profundo canal que bajaba hacia su vagina lo estaban volviendo loco. Su pene, ya erecto, salivaba presemen. La erección era tan dolorosa que lo hizo desesperarse y poner pies en polvorosa. Lejos de esa tienda y de esa felina. A masturbarse de nuevo.

Cuando llegó al gimnasio, entró de inmediato a los vestuarios a cambiarse.

—«No creo que aparezca por este gimnasio» —pensó, y se puso una camisa de tirantes blanca y unos shorts negros.

Salió de los vestuarios y se dirigió al banco de pesas para hacer press de pecho, evitando fijarse en cualquier fémina que estuviera por allí. Encontró lo que buscaba y se sentó para empezar. Sabía que era peligroso hacerlo sin la supervisión de nadie, pero confiaba mucho en su fuerza lo suficiente como para saber que no pasaría nada.

De pronto, su oreja izquierda se volteó hacia el sonido de una mujer que parecía estar gimiendo. Volteó la cabeza en su dirección, y casi se cayó en el sitio: era la blanca tigresa una vez más.

Corría concentrada sobre una cinta de correr, junto a otras muchas mujeres más. No obstante, ella era la que más destacaba por mucho. Sus enormes pechos se balanceaban de izquierda a derecha apretados por su sujetador deportivo, al mismo tiempo que sus gordas nalgas ascendían y descendían con una sensación de peso abrumadora. Su pequeña ropa de gimnasio negra escueta acentuaba más su voluptuoso cuerpo.

La gente en ese gimnasio sonreía al contemplarla, sintiendo una enorme motivación para ejercitarse.

—«¿En serio? ¿Aquí también? Joder, macho…» —se llevó las manos a la cara—. ¿Y qué cojones lleva puesto? ¡Si casi se le ve el ojete!»

Más enfadado que excitado por la erección que se formó en su pantalón, el lobo se acostó y empezó a levantar la pesa con avidez y la mandíbula cerrada fuertemente.

—«¡Puta, puta, puta, puta, puta!» —gritaba en su mente—. «¡Maldita calienta braguetas! ¡Si fuera como antes, te preñaría como la guarra que eres, joder!»

Cerró los ojos con tanta fuerza que le dolían, porque si los abría, podía imaginarse que esa pesa que levantaba una y otra vez eran las nalgas de Vina haciendo lo mismo contra su hocico.

—«¿¡Por qué a mí!?»

De pronto, lo que nunca pensó que le pasaría terminó sucediendo y la pesa de media tonelada se le resbaló de las manos. Cayó sobre su pecho y comenzó a sufrir agónicamente un dolor extremo, creyendo que iba a morir allí mismo por su propia lujuria descontrolada.

Vina fue la primera en percatarse de aquello y corrió rauda a ayudarlo. Levantó la pesa con algo de esfuerzo y la dejó en su sitio.

—¿¡Estás bien, cielo!? —le preguntó ella. Le inspeccionó el pecho mientras la gente se acercaba a mirar.

El lobo tosió sentado antes de poder incorporarse. Se tocó el pecho dolorido entre jadeos tras una situación tan traumática.

—Estoy bien… Tranquilos…

El dueño del gimnasio se acercó a él y lo ayudó a levantarse para llevarlo a la enfermería que tenían instalada allí mismo. Afortunadamente para el lobo, no se había roto nada y estaba bien. Lo único que debía hacer era descansar y no moverse mucho. Sin más remedio, recogió sus cosas y se fue del gimnasio aliviado de alejarse al menos de la tigresa.

—Madre mía… —suspiró, cabizbajo.

Caminó por la planta baja hasta llegar a una gran fuente que se encontraba en medio del centro comercial, y se sentó en el borde.

—Por su culpa casi me mato como un idiota. ¿Por qué siempre aparece de la nada?

—¡Señor!

Un escalofrío recorrió todo su cuerpo al escuchar la pegajosa voz de Vina. Se dirigía a él corriendo, con una sonrisa de oreja a oreja junto a una mochila verde.

El macho se levantó asustado, buscando una ruta de escape.

—«¡Definitivamente me está siguiendo, joder!».

—¡Espere!

—¡Y una mierda! —la esquivó hacia la derecha.

Pero al hacerlo, ella lo aprovechó para tropezar a propósito y caer dentro de la fuente. Él se dio la vuelta y fue a mirar preocupado por ella. Rápidamente se arrepintió de hacerlo al encontrarla con toda su ropa de gimnasia transparente por culpa de la humedad.

Podía ver todo su cuerpo desnudo bajo la tela sin ninguna complicación: sus pezones y coño, mojados y frescos como si estuviera ofreciéndoselo abiertamente delante de todo el mundo. El lobo ignoró lo excitado que estaba debido a que la culpabilidad por lo sucedido lo invadía más, y la ayudó a levantarse.

—¿Estás bien?

—Sí, tranquilo. No me he hecho nada. Aunque toda mi ropa ha quedado empapada.

—Ya ves… —desvió la mirada—. Creo que tengo la culpa de ello. Supongo… ¿Quieres que te compre algo de ropa seca para compensarlo?

—Me parece bien, guapo. Ahí mismo hay una tienda de segunda mano —señaló con el dedo.

—Vale. Pues vamos.

Una vez en la tienda, se pasearon por los pasillos en busca de algo que le sirviese a la fémina. No tardó en encontrar algo que le llamara la atención.

—¿Qué tal este? —le mostró una camisa rosa de tirantes.

—Está bien —dijo desinteresado—. «¿Puedes acabar de una puta vez, tigre de mierda?».

—¿Y estos tejanos? Tiene bordada una flor muy bonita.

—Sí, sí… ¿Te queda mucho?

—No, ya está. Voy a cambiarme ahora mismo.

—Bien, te esperaré por allí —se dio la vuelta y se dirigió a la caja.

Vina aprovechó ese instante para meterle algo en el bolsillo de atrás, con extremo sigilo y sutileza. Se echó a reír en voz baja y marchó al probador.

El lobo se cruzó de brazos, impaciente por separarse de ella y seguir a lo suyo. Aunque dudaba genuinamente de que eso llegara a ser posible, más al saber que lo perseguía como una acosadora. Cogió la cartera para preparar el dinero y pagar en cuanto regresara ella.

—¿¡Qué cojones!?

Al abrir la cartera se encontró con unas bragas negras enrrolladas y empapadas. El lobo se quedó boquiabierto, mientras el olor viajaba hacia sus fosas nasales tan rápido como el viento, incapaz de reaccionar a tiempo para evitarlo. Su cola empezó a ladear rápidamente y su corazón a acelerarse. Inconscientemente hipnotizado, guardó la cartera y lentamente abrió esa prenda olorosa. Sus ojos brillaron al contemplar fluidos femeninos enmarcados sobre la tela, blancos y brillantes como la propia cocaína.

El olor se volvió más intenso, y la adicción a este mismo terminó por consumirlo. Se las pegó al hocico y aspiró su apestoso aroma como un desequilibrado, lamiendo incluso su contenido. Su respiración se tornó rápida y gruñía, alejando a cualquier persona que pasara cerca de él. Su polla ya estaba más que dura, a punto de explotarle el pantalón.

—¿Te gusta, señor?

La voz pícara de Vina lo sacó de su adictivo momento de éxtasis, y su miembro hizo estallar su pantalón y boxers negros por el medio. Los otros clientes se quedaron anonadados mientras el lobo estaba paralizado en el sitio.

—Vaya polla —señaló ella, mordiéndose el labio inferior al contemplar como goteaba y palpitaba como si sus genitales tuvieran vida propia.

El macho tenía la sangre a mil, y parecía a punto de sufrir un ataque. No podía dejar de mirarla, con sus manos deseando acercarse a sus hombros y tirarse sobre ella en ese preciso instante. Sus instintos más primitivos estaban a un solo paso de salir y no dejar nada sin rellenar de ella.

—No… No… Hija de puta… Yo… ¡Ahhhh! —gritó ensordecedoramente, llevándose las manos a la cabeza lleno de desesperación.

Sin mirar atrás y corriendo a cuatro patas como un animal salvaje, se fue de la tienda sin pagarle la ropa a la zorra. Debía volver a casa cuanto antes o se volvería loco. En cuanto entró por la puerta, se quitó la ropa y se masturbó sin control en mitad de la entrada. Gimió en un gran aullido al terminar, cayendo toda su corrida por el suelo. Con la lengua fuera, se arrodilló frente a su charco de semen, viéndose en el reflejo entre lágrimas.

—Puta… Puta tigre de mierda… Déjame en paz…

Al tercer día, fue a hacer la compra en un supermercado que tenía a tres calles de su casa. Se le veía encorvado, con su carrito de la compra cogiendo pizzas congeladas para cenar. Estaba cansado pero también más relajado al pensar que Vina jamás sabría dónde se hallaba en ese momento.

—Siempre me espera en el centro comercial. Pero hoy no estaré allí, cabrona.

Se dirigió a la sección de libros para encontrar alguno de autoayuda que pudiera servirle de algo contra la falta de control. No era un gran lector, pero estaba tan desesperado que era capaz hasta de probar a pelarse el pelaje entero, y hacer meditación bajo una fría cascada.

—Nunca dejarán de impresionarme todas estas teles de ahora. Tienen unas pantallas tan grandes e inmersivas que pareciera que pudieses meterte dentro —dijo impresionado mientras atravesaba la sección de electrónica. Llevaba preso quince años desde que cumplió los veinte—. Ojalá tener una así. La que tengo es ya una antigualla.

De pronto, aquellas televisiones dejaron de reproducir sus coloridas demos y se pusieron en negro. Tanto él como la gente allí se quedó confundida. El personal, también extrañado, se puso a investigar qué había ocurrido realmente. Pero antes de que pudieran hacerlo todas las pantallas volvieron a encenderse, reproduciendo algo totalmente distinto a un simple partido de fútbol.

La tigresa blanca estaba en primera plana, completamente desnuda y con una gran sonrisa como siempre. El lobo tiró inconscientemente el carrito de su mano, y se cayó al suelo de espaldas, con el sentimiento genuino de que estaba en una pesadilla.

Los padres cubrían los ojos a sus hijos, preocupados, y los empleados corrían como pollos sin cabeza para apagarlo todo. En cambio, los adolescentes estaban más felices que nunca, deleitándose con aquellas jugosas vistas.

El vídeo entonces cambió a una escena donde ella era penetrada salvajemente por la espalda por un hombre desconocido, cuya cara estaba censurada, de frente a la cámara con un rostro de placer genuino. Se podían escuchar sus gemidos por casi todo el recinto, acompañados de los potentes golpes contra sus caderas que el hombre asestaba. Eso llamó la atención de todo el mundo que no estaba mirando, atrayendo más gente a la sección de electrónica para admirarla con confusión y asombro.

De pronto ella alzó su cuerpo para mostrar cómo sus enormes pechos blancos, tanto como dos balas de cañón, y que ocupaban toda la pantalla, rebotaban pesadamente. Podían ser capaces de noquear a cualquiera con la suficiente fuerza de impulso.

El lobo estaba angustiado por aquel ambiente de caos pornoso que se estaba formando a su alrededor, con tantos y tantas jóvenes poniéndose cachondos y con las manos sobre sus entrepiernas, sonrojados.

—¿Por qué…? ¿Por qué aquí también? —se preguntó—. ¡¿Es que no voy a ser libre de ella nunca o qué?!

Escapó, derrotado incluso fuera del centro comercial. Cuando salió por la puerta automática del supermercado, la sangre se le heló en ese momento. Decenas de pósters pequeños estaban esparcidos por las paredes de esa calle, todos promocionando las redes sociales de la tigresa con fotos de ella posando de mil maneras sugerentes, su cuerpo desnudo expuesto sin ningún pudor para cualquier viandante. El lobo comenzó a marearse del éxtasis y, sin poder soportarlo, se desmayó.

Lentamente abrió los ojos, iluminado por la luz matinal del sol que le pegaba en la cara. Se encontraba en la cama de su cuarto con solo unos boxers y sin arroparse. Con un sentimiento de aturdimiento, se incorporó y se frotó los ojos. Se detuvo a observar su alrededor y pensar en lo qué le había pasado hacía escasos momentos.

—No lo entiendo: estoy en mi casa. ¿Quién demonios me ha traído hasta aquí? No me digas que todo aquello fue solo una pesadilla —se echó a reír—. Claro que sí… Cómo cojones si no iba a ocurrir toda esa locura. Cada vez estoy peor, joder…

De pronto el timbre de la casa sonó.

—¿Qué? ¿Y ahora quién cojones es?

Se levantó y se puso unos pantalones. Bajó las escaleras y se acercó a la puerta tras atravesar el algo oscuro pasillo, comprobando por la mirilla que se trataba del cartero.

—Qué extraño. Lo normal es que me suelan dejar las cartas en el buzón.

Abrió la puerta para encontrarse de frente con el cartero, un gato blanco de baja estatura, que llevaba entre sus brazos una caja mediana que no parecía pesar mucho.

—Buenos días, señor. Le vengo a entregar un paquete —le entregó con la sonrisa clásica de un nuevo empleado, alegre y con energías—. ¿Puede firmar aquí?

—Sí, voy —dijo el lobo. Firmó un papel sin fijarse en quién se lo enviaba realmente—. Listo.

—Muchas gracias. Que tenga un buen día —se despidió, marchándose en su camioneta.

Encendió la luz, cerró la puerta y observó el paquete con una ceja arqueada.

—Qué extraño… Yo no recuerdo haber encargado nad… ¡Ahh! —dio un brinco en el sitio al alzar la cabeza y ver su puerta.

En ella había un dibujo detallado de un enorme trasero abierto enseñando su vagina y ano perfectamente, sujetadas las nalgas por unas manos. Pero no se trataba de una figura femenina cualquiera. El lobo la reconoció rápidamente entre sudores fríos, pues se le sumaba una cola de rayas, junto a unas piernas y patas muy específicas.

—¡Esa tigresa de mierda!

Tiró el paquete y se fue al baño corriendo para lavarse la cara con avidez.

—¡Despierta, macho! Solo estás muy dormido aún. Es imposible que ese dibujo sea real. Cuando vuelvas a mirar, seguro que ya no está.

Pero, por segunda vez en ese día alzando la cabeza, se encontró de nuevo con la misma sorpresa. En el espejo había otro dibujo distinto, de ella frente a él mirándolo con ojos de placer con sus pechos y manos simulando estar apretadas contra el cristal. También se representaban sus caderas alzadas, lo que causaba que desde la posición donde estaba colocado el dibujo en el espejo, pareciera que el lobo estaba detrás de ella penetrándola.

En ese momento, tanto la pesadilla como aquellos dibujos habían terminado por demostrarle que nada de lo que negase impediría hacerle ver la realidad de la situación.

El lobo se quedó mirando el espejo varios segundos en silencio. La sonrisa de placer de la tigresa dibujada parecía burlarse de él. Notó cómo se le aflojaban las piernas. Tuvo que agarrarse al lavabo para no caerse.

—Ha estado aquí… —repitió en voz baja, casi sin voz—. Sabe dónde vivo… ¿Desde cuánto hace que lo sabe?

Se le secó la boca. El pecho le subía y bajaba demasiado rápido. Por un instante pensó en salir corriendo de la casa, en no abrir la caja, en fingir que nada de eso existía. Pero ya no podía. El miedo, la excitación y la rabia se le habían mezclado de tal forma que ya no distinguía cuál de los tres lo estaba matando por dentro.

Incrédulo, caminó fuera del baño con una mirada perdida y los brazos bajados. Cogió la caja del suelo y la abrió, para nada sorprendido de su contenido. Un contenido que lo hizo ponerse duro en cuestión de segundos.

Dentro había varias bragas negras usadas de la tigresa, aún húmedas y con su olor impregnado. Junto a ellas, un montón de fotos extremadamente cercanas y personales: primeros planos de su rostro con la boca entreabierta y la mirada vidriosa, detalles íntimos de su cuerpo que solo alguien que la hubiera observado de cerca conocería, y fotografías donde se la veía tocándose con los dedos dentro, mirando directamente a cámara con esa misma expresión de placer que él ya conocía demasiado bien. Y encima de todo, una nota escrita a mano:

“Sabes muy bien lo que quieres. Y que no puedes dejarlo escapar.”

La dejó caer con pasividad, desparramando todas las cosas que había dentro por el suelo.

Se fue a la cocina esperando desayunar al menos, pero ni eso podría hacer. La silueta blanca nívea de la felina inundó todo su campo de visión, sentada desnuda y con las piernas abiertas sin ninguna clase de pudor, como si ese concepto fuera inexistente en su realidad.

El sol de la mañana le lamía el pelaje como una lengua ardiente que no pedía permiso, molestando a la vista la inmensa belleza que destilaba. Era tan irritante que el lobo medio guiñó un ojo, poniendo una sonrisa de alguien cuya mentalidad sana había sido puesta al límite tanto que ya le era imposible aguantarse. Con pasos lentos y pesados, se acercó a ella con rostro serio. Se colocó frente a la mesa y la miró a la cara en completo silencio y con el pecho alzado, marcando dominancia.

—Ahora tendrás tu merecido, puta gata de los cojones —dijo impulsado por la rabia y la maldad, cosa que no hizo sino ponerla más caliente aún.

De manera ruda, la agarró del cuello sin titubeos y se abalanzó sobre ella, poniéndose a horcajadas. Movió su boca hacia la de ella y la besó con lengua de forma salvaje, metiéndosela hasta la garganta sin darle oportunidad de responder. Vina no parecía sufrir en absoluto. Con los ojos entornados se dejaba explorar la boca mientras sentía la dureza del gran cuerpo del macho aplastándole los pechos, gimiendo de puro placer.

El lobo se separó de su boca dejando un grueso y repugnante hilo de saliva que unía sus lenguas, jadeando como un animal en celo.

—Qué cara de guarra me estás poniendo —le soltó una cachetada fuerte en la mejilla derecha. El golpe sonó seco y le giró la cabeza de lado. Le dio otra en la izquierda, igual de dura, y luego una tercera que le dejó la cara ardiendo y las mejillas rojas—. No me voy a arrepentir de nada de lo que te haga.

Y le lanzó un gran escupitajo espeso en el hocico, que ella misma se tragó sin dudar.

La soltó del cuello y caminó hasta colocarse sobre su cabeza, con el miembro tan duro que casi se le salía de la ropa como en la tienda de ropa. El olor fuerte y pesado que desprendía aquella polla palpitante hizo que a Vina se le agitaran los ojos de la excitación.

—Hora de comer, pedazo de puta —se bajó los pantalones y los boxers de un tirón, quedando completamente desnudo. Su pene rosa, grueso y completamente erecto, apuntaba hacia arriba—. El desayuno está listo.

Le golpeó la cara varias veces con el grosor venoso de su polla antes de forzarla a abrir la boca. Se la enterró de una sola embestida hasta las bolas, como si quisiera sembrarle su semilla directamente en el estómago, dejándoselas pesadas y calientes sobre los ojos. Agarró sus grandes pechos con ambas manos y empezó a mover las caderas con fuerza y sin ninguna clase de cuidado, usando la garganta solo para su propio placer.

—Qué boca tan jodidamente buena tienes —gimió sujetándose a sus pechos, jugando con ellos libremente—. No te vas a dejar nada, ¿entendido? —la pellizcó de los pezones, causando que arqueara la espalda entre quejidos que solo aumentaban el libido del macho.

Ella apretaba los ojos cada vez que los huevos le pegaban en la cara. Las manos las tenía cerradas a los lados, sin tocarle. Se le escapaban lágrimas por las mejillas del esfuerzo y del dolor en los pezones, pero no se apartaba. Al contrario, se estaba empapando cada vez más.

—Desde que te vi por primera vez lo he pensado siempre, pero tienes un cuerpo perfecto —aumentó su velocidad—. Digno de una cerda como tú que se atreve a acosarme.

El lobo estaba muy equivocado al creer que esas palabras la estaban hiriendo. Para ella eran los mayores elogios que podía recibir, mejores que los que normalmente escuchaba de sus fans en sus vídeos. Él sí la estaba haciendo sentir como a una verdadera puta sin miedo alguno. En ese momento la felina sentía muy feliz de su trabajo para conseguir que se la follara allí mismo.

Pasados unos minutos, Vina notó cómo aquella polla empezaba a latir con más fuerza dentro de su boca y la relamió con ganas, deseando ya su premio. El lobo le agarró la cabeza con las dos manos y comenzó a embestir más rápido, más profundo, con un ritmo desesperado.

—Joder… ya me vas a hacer correrme… ¡Pues tú te lo has buscado!

Los movimientos se volvieron torpes y salvajes, hasta que un aullido grave y largo marcó el final, disparándole chorros espesos de semen directamente en la garganta. Ella tragaba y tragaba, dejando que se le formaran bultos al pasar cada descarga, impidiendo escapar casi nada.

Cuando el lobo se retiró, su polla salió impoluta.

—Me cago en todo… No has dejado ni una gota de verdad.

Vina se relamió los labios entre jadeos, con su sonrisa de siempre.

—Jamás desperdiciaría algo que está tan bueno —dijo, y le dio una lamida lenta y larga a sus todavía pesados huevos.

Escucharla causó que el macho quisiera usarla con mayor ganas. La cogió en brazos y la llevó a su habitación, donde la tiró a la cama de forma burda. Cerró con un pestillo y se quedó frente a ella, con su miembro aún gordo y levantado.

—De aquí no vas a salir hasta que yo lo diga, ¿lo sabes?

—Oh… Qué miedo.

—Sí… Tú ríete todo lo que quieras de mí. Destrozaré tu coño hasta que solo puedas ser capaz de sentir placer conmigo.

—Eso me gustaría verlo.

Cabreado porque ella siguiera sin tomárselo en serio, el lobo la agarró otra vez del cuello con fuerza. Colocó la punta de su polla entre sus labios vaginales empapados y se la metió de un solo empujón, forzando su coño como quien clava una estaca, hasta chocar contra la entrada de su útero. Ella estalló en un gemido alto y roto.

—Puta madre… estás tan jodidamente mojada que ha entrado solo. Qué lástima. Quería verte llorar de dolor —chasqueó la lengua—. Aunque seguro que eso también te habría puesto más caliente.

Empezó a embestirla con ganas, sin suavidad ninguna, abriéndole las piernas y clavándose hasta el fondo en cada estocada. Su polla era tan gruesa y larga que llenaba por completo el interior, machacándole todos los puntos sensibles mientras la cama crujía bajo ellos.

La tigresa quería tocarse las tetas y aumentar ese placer al máximo. Pero el hombre la detuvo soltando su cuello para cogerla de las muñecas.

Sujetándola de las muñecas, le empujaba las caderas con violencia, retumbando el choque de sus cuerpos, martilleando su castigo dentro de ella.

—No te daré ese gusto, puta de mierda. ¿Y qué más?

En vez de otra estocada igual, se la clavó hasta el fondo y se quedó ahí, moviendo solo las caderas en círculos lentos y pesados. La golpeó con fuerza en la cara con su otra mano libre y le metió todos los dedos en la boca hasta la garganta, sintiendo como los mordía y lamía como una perra en celo. Sus penetraciones aumentaron el ritmo pero manteniendo esa dureza de sus lentas embestidas.

El cuerpo de Vina retumbaba por completo, sus grandes pechos girando cada uno en direcciones contrarias sin control invitando al macho a hincarle el diente a su pezón derecho. Chupó y rechupeteó, sorbiéndolo con fuerza hasta tirar de él hacia arriba. Le dejó una marca de chupetón gracias sus afilados colmillos, con un poco de sangre cayendo de las marcas.

Ella sintió un hormigueo en lo más profundo de su vientre y se corrió sin aguantarse, mojando la pelvis y su miembro mientras aún la penetraba. Sin embargo, eso no lo detuvo y le surgió otra idea que le despertó una genuina sonrisa.

La sacó de su coño repentinamente, dejándole una sensación de vacío repentino, y la tiró al suelo de espaldas mientras seguía sujetándola de las muñecas.

—¡Levanta ese culo gordo, cojones!

Le dio una patada en las nalgas para que obedeciera. En cuanto Vina se puso de rodillas con el trasero en alto, el lobo le propinó una nalgada con la mano totalmente abierta, tan brutal que resonó en toda la habitación y le dejó la marca de la mano ardiendo bajo el pelaje. Aquel trasero estaba esperando exactamente ese tipo de abuso.

Sin esperar más, le separó las nalgas y se la metió por el ano de una embestida profunda. Vina gritó contra el suelo, sorprendida, pero no era un grito de rechazo. Sus paredes estaban algo más cerradas que su coño, justo lo suficiente para que el lobo tuviera que empujar con ganas, ayudado por la lubricación de los derramados fluidos vaginales.

Le sujetó la cabeza contra el suelo con una mano y empezó a follársela por el culo con todo su peso, profundo y pesado, mientras con la otra mano le agarraba un pecho y se lo apretaba.

—Por algo me llegaron a meter preso, perra de mierda —jadeó contra su oreja.

—Y por eso mismo me encantas —contestó ella entre lágrimas de puro placer.

—Si es que ya pienso que eres gilipollas, macho…

Sus lentas embestidas se volvieron rápidas tras hacerse un hueco perfecto entre sus paredes, prosiguiendo con un ritmo más veloz que hizo resonar las grandes carnes de la hembra por toda la habitación. Le dio otra potente nalgada que la hizo chillar de nuevo hasta el punto de correrse de nuevo, mojando su depósito de esperma colgante. Después sus dedos se fueron a su coño, donde la masturbó y tiró de su clítoris con crudeza. Se mojó los dedos de sus fluidos con olor al mar, y se los metió en la boca de la felina para que se saboreara a sí misma.

Cerca de terminar en ella de nuevo, la agarró de la cola y tiró de ella sin compasión, al mismo tiempo que la penetraba en un feroz sprint con intensas ganas de llegar al orgasmo.

—¡Toma blanqueamiento de ano, puta…! —exclamó, enterrando su polla profundamente al tiempo que tensaba sus músculos.

Dispensó una segunda cantidad ingente de semen que hizo sentir un ardor extraño en su culo a la felina que la complacía. Pero su placer fue mayor cuando, por total sorpresa, el macho le dio la vuelta por completo, se lanzó sobre ella con todo su peso y se la metió en su vagina por una última vez de una única y poderosa estocada hasta el fondo de su vagina: su útero. Allí dentro depositó su último cargamento del día, rellenándola por completo como a un pavo de navidad.

Cuando terminó de vaciar finalmente sus huevos, se quedó recostado encima de ella con total calma, ajeno a cualquier mal que hubiera provocado. Solo le importaba él mismo y su placer.

Pero algo iba mal en él: sus ojos se cerraban poco a poco y su cuerpo se sentía más pesado. Normalmente nunca le quedaban tan pocas energías después de tener sexo. La vista se le comenzó a nublar mientras intentaba recoger fuerzas para levantarse. Pero tras conseguir ponerse en pie, tropezó y se desmayó de espaldas al suelo, a la izquierda de la tigresa.

Ella rió, y se apoyó contra el dormido lobo.

—Hizo efecto la pastilla que te colé mientras me besabas. Pero muchas gracias por todo, cariño. Me ha encantado cómo me has usado sin remordimientos. Uno de los mejores polvos de mi vida —se levantó con algo de semen deslizándose por sus piernas desde ambos agujeros—. Muy útil ese localizador que te puse el día en que nos conocimos. Tal vez no fuera muy ético… Pero no podía desaprovechar la oportunidad.

Recogió su ropa para vestirse y salió de la casa. Revisó el móvil y vio un mensaje de su amiga preguntando por ella. Inmediatamente la llamó, alejándose de la casa al tiempo que la observaba sonriendo con la tranquilidad de quien acaba de domesticar a un depredador.

—Hola, bonita.

—¡Vina! ¿Dónde estás? Pensaba que habíamos quedado hoy.

—Tenía que hacer una cosa y se me pasó el tiempo volando.

—No me digas… ¿Por fin te lo has follado?

Rió traviesa.

—Así es. No veas lo rudo que es. Incluso me ha dejado alguna marca en las tetas.

—Eres increíble, tía… ¿Y ahora qué sigue? Has obligado a un expreso a cometer un crimen.

—Tranquila, que yo me haré cargo de todo.

—¿Qué quieres decir?

—Digamos que le he dejado una pequeña nota —guiñó un ojo.

Sobre la mesa de la cocina se encontraba un pequeño papel que traía lo siguiente:

“Muchas gracias por haberme violado de esa manera tan violenta, cariño. Sé que estás muy molesto conmigo por haber arruinado tu reformada conducta. No te preocupes, me hago responsable de mis actos. Dejaré que me folles siempre y cuando quieras, sin que me dé cuenta. Muchos besos, hombretón.

PD: Tu semen estaba buenísimo. ¿Qué comes para saber así de bien?”

Desde ese día, ya fuera en un parque, probando ropa en una tienda o viajando en autobús, el lobo a menudo se presentaría de imprevisto para agarrarla de las caderas o las tetas, y tener sexo salvaje como animales en celo. Finalmente formaron una curiosa clase de amistad sexual, llegando a grabar grandes videos que explotaron en visitas entre los más fetichistas del sexo rudo en plataformas famosas de porno.

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author

buena historia men xd, bastante original, debo recalcar, aunque no fuera taaanto de mi gusto personal, pues igual estuvo particularmente interesante -w-)b xdd

4 días
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