Capítulo 1: Cuando la historia la cuenta el que va ganando
Hacía apenas dos años que el silencio había vuelto a los campos de batalla.
Durante siglos enteros, el continente había sido un mapa manchado de sangre y de fronteras que se movían como la marea: reinos humanos que se aliaban y se traicionaban con la misma facilidad, valles neutrales que pagaban su independencia entregando tributos a ambos lados, y el vasto territorio que la humanidad llamaba simplemente el Imperio Demoníaco. Allí vivían pueblos de pieles, ojos y formas muy distintas a las suyas: algunos con cuernos cortos, otros con alas plomizas, otros con colas afiladas… pero para los humanos, ninguno de esos detalles importaba. No importaba quiénes eran ni cómo vivían: quien no era humano, era un demonio. Y todos eran lo mismo: la amenaza eterna, lo que siempre había estado al otro lado, y por debajo de ellos.
La guerra llevaba tantas generaciones encendidas que nadie recordaba ya cuál había sido la chispa que la encendió. Padres e hijos habían muerto bajo las mismas banderas, convencidos de que luchaban contra algo que no merecía compartir el mismo mundo. Aldeas enteras habían desaparecido sin dejar más rastro que ceniza y hierba alta. Y en el centro de todo ese fuego, erguido sobre un trono de obsidiana, reinaba la figura que la humanidad había aprendido a odiar y temer por igual: el Rey Demonio. La cabeza de todo aquello que, según les habían enseñado, estaba por debajo de ellos.
Hasta que cayó.
Dos años atrás, una coalición forjada en la desesperación —y en la convicción de limpiar el continente de lo que consideraban impuro— había roto las fronteras orientales, atravesando cada línea de defensa, derribando cada fortaleza, apagando cada esperanza de resistencia. Al frente marchaba el hombre que hoy gobernaba la mitad del continente: un guerrero que había peleado desde la primera fila, cuya espada había bebido la sangre del último soberano en el salón del trono mismo. Para él y para los suyos, no había sido un enemigo igual a ellos: había sido algo que debía ser eliminado.
La victoria fue feroz. Fue total.
La muerte del Rey Demonio se celebró durante semanas enteras. Las campanas no dejaron de sonar. En las plazas se colgaron estandartes nuevos; los niños corrieron sin miedo por caminos que antes nadie se atrevía a transitar; los mercaderes desplegaron sus mercancías sin ocultarlas bajo capas. Para los humanos, el sol había salido por fin sobre una era de paz: ya no había nada por debajo de ellos que pudiera amenazarlos.
Para los pueblos del antiguo imperio… fue el comienzo del invierno.
Sus fronteras retrocedieron como la marea baja. Aldeas que habían pertenecido a sus familias durante siglos fueron ocupadas, sus nombres borrados y reemplazados por otros que no tenían sentido para nadie. Bosques milenarios pasaron a ser «propiedad imperial». Minas, rutas comerciales, fortalezas de vigilancia —todo cayó en manos extranjeras. Con cada territorio ganado, el poder del vencedor crecía; los reinos pequeños que habían dudado se inclinaron, unos por convicción, otros por miedo, muchos por la simple certeza de que no había otra opción. Alianzas, tributos, juramentos de lealtad: lo que nació como una unión de guerra se convirtió en un imperio sólido, vasto, sin precedentes. Y en cada cartel, en cada ley, en cada discurso, quedaba claro: quienes vivían allí no eran iguales. Eran menos.
Y en la cima de todo aquello, solo había un hombre.
El Emperador.
El que había matado al Rey Demonio. El que había sobrevivido a lo que nadie se atrevía siquiera a imaginar. Su nombre era sinónimo de salvación: había devuelto el mundo a quienes, según creían, tenían derecho a estar encima de todos. Su imagen se tallaba en piedra y se pintaba en los muros de los templos. Y mientras su poder se extendía sin encontrar resistencia, la tierra que había sido de los pueblos demoníacos se encogía, día tras día, como algo que se apaga.
Pero la guerra no estaba muerta. Solo respiraba despacio.
El rumor que creció
Todo comenzó con susurros en las posadas fronterizas, donde la luz de las velas apenas alcanzaba a iluminar las caras.
—Dicen que hay movimiento al este —murmuró un viajero, inclinándose sobre su jarra, mientras el fuego de la chimenea le iluminaba solo la mitad del rostro—. Luces en la montaña. Gente reuniéndose donde no debería quedar nadie.
—Tonterías —respondió el tabernero, limpiando un vaso con un trapo manchado—. No queda nadie allí que pueda luchar. Los que sobrevivieron huyeron o se rindieron. Y lo que queda… no tiene fuerza para nada.
—Lo vi con mis propios ojos. Fuego en la noche. Y voces. Muchas voces.
Los rumores viajaron lento al principio, de boca en boca, como un secreto que nadie quería pronunciar en voz alta. Luego llegaron los informes a los puestos militares. Después los mensajes urgentes, escritos con tinta temblorosa. Y finalmente, la confirmación oficial, fría, clara y terrible:
El nuevo Rey Demonio ha tomado el trono.
La noticia recorrió el continente como un viento helado que atraviesa las rendijas.
En los mercados, el murmullo se detuvo en seco. Los carros dejaron de rodar.
—¿Otro? ¿Tan pronto? —preguntó una mujer, apretando la mano de su hija pequeña.
—No puede ser —murmuró un anciano, sacudiendo la cabeza—. Pensábamos que ya no quedaba ninguno con derecho. Con sangre… real.
—Dicen que reúne ejércitos —dijo un joven mercader, pálido—. Que las antiguas generales vuelven a aparecer. Gente que creíamos vencida.
—¿Y si viene por lo que perdieron? —la voz de una campesina tembló—. Mis tierras están cerca de la frontera. Si vuelven a pelear… si quieren recuperar lo que les quitamos…
—No digas eso —la cortó otro, con dureza, aunque sus ojos no eran firmes—. El Emperador nos protegerá. Como hizo la otra vez. No permitirán que esas cosas se levanten de nuevo.
Pero la confianza sonaba delgada, como hielo sobre agua fría. Los comerciantes cerraron sus puestos antes de hora. Los nobles enviaron cartas a la capital pidiendo refuerzos. Las madres llamaban a sus hijos antes de que el sol se ocultara. Nadie sabía quién era la nueva gobernante. Ni su nombre, ni su edad, ni su raza, ni el alcance de su poder. Solo una cosa era cierta: el trono que había estado vacío se había ocupado. Y algo que creían haber pisado para siempre volvía a respirar.
Tres semanas después, el tono cambió por completo.
La noticia llegó con el amanecer, llevada por mensajeros que cabalgaban sin descanso por cada camino principal, con las capas ondeando al viento.
—¡Escuchen! ¡Escuchen todos! —gritaba un heraldo desde la plaza mayor, mientras la gente se agolpaba a su alrededor— ¡El ritual ha tenido éxito! ¡Los héroes han llegado!
Por un instante, nadie se movió. Luego la multitud estalló en gritos.
—¿Los cinco? —preguntó un hombre, con los ojos brillantes.
—¡Los cinco! —confirmó el mensajero, levantando el pergamino para que todos lo vieran—. Invocados desde tierras lejanas, tal como las profecías prometieron. Destinados a poner fin a esta amenaza para siempre. A limpiar lo que quedó.
Las campanas comenzaron a sonar —primero una, luego todas—, un sonido profundo y dorado que llenó las calles de un extremo a otro. La gente salió de sus casas sin saber si creerlo, para pronto unirse al júbilo que crecía como una marea. Se colgaron telas de colores en los balcones. Se repartieron pan y vino en las plazas. Los soldados, antes serios y vigilantes, golpearon sus escudos en señal de celebración.
—¡Ahora sí acabaremos con ellos! —exclamó un joven, alzando el puño.
—¡Esta vez no dejarán a nadie en pie! —gritó otro.
—¡El continente será solo nuestro! —dijo una mujer, con la cara encendida por el resplandor de las hogueras que se encendieron al atardecer—. Ya no habrá nada ni nadie por debajo de nosotros.
No había duda ni temor ahora. La esperanza, larga y guardada, había vuelto a florecer con fuerza arrolladora. Los sacerdotes subieron a los púlpitos y hablaron de destino cumplido, de un mundo que por fin pertenecía a quienes merecían heredarlo. Los niños preguntaban quiénes eran esos héroes y qué poderes tenían. La guerra, que parecía acechar de nuevo en la sombra, se había convertido en algo que se podía vencer.
Al menos, eso creían ellos.
Miles de metros por encima de aquellas calles llenas de banderas, cánticos y esperanza, la atmósfera era muy distinta. Allí arriba no había júbilo, solo calma vigilante.
La Torre del Sol era la construcción más alta del continente: una aguja de mármol blanco que se alzaba sobre el palacio imperial como un dedo señalando el cielo, dominando la capital entera. Desde su salón superior se divisaban las murallas, los distritos residenciales, los cuarteles ordenados y, más allá, los campos verdes que se extendían hasta fundirse con el horizonte. Bajo la luz dorada del atardecer, la ciudad parecía bendecida, segura, invencible.
Kaelen Vorath, Emperador del continente, permanecía de pie frente al gran ventanal, observando todo aquello.
Llevaba una armadura de diseño sobrio pero magnífico: acero pulido incrustado de plata, grabada discretamente con el emblema de la casa Vorath —un águila con las alas extendidas—, cubierta parcialmente por una capa de seda oscura que caía hasta sus botas. No llevaba corona; su presencia era bastante para que cualquiera supiera quién era. Tenía el rostro marcado por cicatrices que no ocultaba, la mirada afilada de quien ha visto demasiadas guerras y ha sobrevivido a todas. Sus manos, reposando a los costados, eran fuertes, curtidas —las mismas manos que habían sostenido la espada que cambió la historia.
A sus espaldas, Theron Valdis, consejero principal y hombre de confianza de la familia Vorath desde generaciones, depositaba un fajo de documentos sobre la mesa de caoba. Era un hombre de cabello cano y andar pausado, vestido con una túnica de corte estricto; su rostro era serio, pero cansado. Había estado junto a Kaelen desde antes de la victoria, y conocía bien la distancia entre lo que la gente quería creer y lo que era verdad.
—Así que por fin lo logramos —dijo, con voz suave, mientras ordenaba los informes—. Los cinco héroes han sido traídos. El ritual fue perfecto.
Kaelen no se giró de inmediato.
—Sí.
—Los instructores comenzaron esta misma mañana. Se les ha asignado los mejores maestros de armas y magia que tenemos.
Kaelen se volvió lentamente.
—¿Y cómo están?
—Desorientados. Algunos asustados. Otros… curiosos. Pero sanos y fuertes. Aprenden con rapidez.
Kaelen tomó uno de los informes y lo hojeó con decisión.
—¿Cuánto tiempo hasta que estén listos?
—Varios meses. No se puede apresurar esto. Necesitan dominar nuestras artes, entender nuestras costumbres, conocer el terreno…
—Lo sé —Kaelen dejó el papel sobre la mesa—. Un héroe no es un soldado cualquiera. No se envía a la batalla sin preparación.
Hubo un silencio. Theron miró hacia la ventana, donde las luces de la ciudad se encendían una a una, como estrellas bajadas a la tierra.
—Pero mientras tanto… hay algo más.
Kaelen asintió; sabía perfectamente de qué hablaba.
—El nuevo Rey Demonio.
—Exacto. —Theron abrió otro informe, más delgado, sellado con el emblema de los servicios de inteligencia—. No tenemos casi nada. Ni nombre, ni edad, ni linaje. Nadie ha visto su rostro de cerca y ha vuelto para contarlo. Sabemos que reúne tropas, pero no cuántas. Sabemos que pueblos enteros vuelven a acudir a su llamada, pero no qué lealtades despierta. Sabemos que retiene el corazón del antiguo territorio… pero no qué recursos tiene a su alcance, ni qué planes forma en la sombra.
—Nada —murmuró Kaelen, frunciendo el ceño—. No me gusta luchar contra una sombra.
—A mí tampoco. Lo único claro es que no se ha quedado quieto. Quienes consideramos inferiores, aquellos que creíamos sometidos o dispersos, vuelven a congregarse. No todos, pero sí suficientes para ser una amenaza.
Kaelen caminó hacia el gran mapa que cubría una pared entera. La zona teñida de rojo —los dominios de la casa Vorath— se extendía por la mayor parte del continente. Al este, en cambio, una mancha oscura y menguante era todo lo que quedaba del otro imperio: la tierra de quienes no eran humanos, a quienes se veía como algo menor, algo que ya debía haber desaparecido.
—No podemos esperar meses sin saber qué planea —dijo con voz firme—. Enviaremos espías. Gente capaz, discreta, que sepa moverse sin ser vista.
—¿Al corazón de su territorio?
—Sí. Quiero saberlo todo: cuántos soldados tiene, quiénes le obedecen, qué fortalezas conservan, de dónde sacan provisiones. Y sobre todo… —se detuvo, clavando la mirada en aquella pequeña región sombreada— quiero saber qué clase de persona se ha sentado en ese trono. Si es uno de ellos, igual que el anterior… o algo distinto.
—Se hará. Seleccionaré a los mejores. —Theron hizo una pausa—. ¿Alguna otra instrucción, Majestad?
Kaelen miró el mapa una vez más.
—Que nadie se acerque demasiado al castillo real. No sin orden mía.
—¿Teme que sea una trampa?
—No sé qué es —respondió con franqueza—. Y mientras no lo sepa, no arriesgaré a los nuestros. Lo que sea que esté allí esperando… no parece algo que debamos enfrentar a ciegas.
—Entendido.
Theron hizo una reverencia y se retiró. La puerta se cerró suavemente. Kaelen quedó solo, mirando cómo la celebración continuaba abajo, ajena a toda precaución. La gente creía que los héroes eran la respuesta a todo. Él sabía que eran solo la mitad del tablero. Y del otro lado, en la oscuridad, algo se movía.
Se dice que las historias viajan de boca en boca.
Un soldado se la cuenta a otro.
Un comerciante se la cuenta a sus clientes.
Un padre se la cuenta a sus hijos.
Y, con el paso de los años, una batalla termina convirtiéndose en leyenda.
Pero existe un detalle que casi siempre se olvida: las historias las escriben quienes ganan. Ellos deciden quién fue el héroe. Ellos deciden quién fue el villano. Y en lo que queda del Imperio Demoníaco, aquella amarga verdad llegó clara y fría, apenas tres semanas después de que los cinco héroes fueran invocados.
Tres semanas. Ese fue el tiempo que la noticia tardó en cruzar tierras ocupadas, bosques vigilados y fronteras cerradas, para llegar al corazón de lo que un día fue un continente.
El antiguo esplendor se había apagado. Las heridas de la guerra seguían abiertas: fortalezas semiderruidas, caminos cubiertos de hierba y ceniza, pueblos donde cada familia guardaba al menos un recuerdo que dolía nombrar. Campos que durante siglos alimentaron a millones permanecían en reposo, sin sembrar, sin esperanza de cosecha. No habían sido vencidos del todo, pero su respiración era débil. No estaban en pie para conquistar. Estaban apenas aferrándose a la vida.
Y entonces llegó la noticia.
—¡Tengo un mensaje desde la frontera!
El soldado entró corriendo, exhausto, la armadura cubierta de polvo y las botas desgastadas por jornadas sin descanso. Se arrodilló sobre el suelo de piedra fría del Gran Salón del Castillo de Obsidiana, donde la luz se filtraba tenue por vidrieras empañadas por el frío.
Frente a él, el trono permanecía vacío.
Pero no estaba solo.
Cuatro figuras permanecían de pie, hombro con hombro, delante del enorme asiento de obsidiana. No eran reinas ni soberanas por derecho propio. Eran la espada, el escudo, el fuego y la sombra de quien ahora llevaba sobre sus hombros el destino de todo un pueblo.
La Comandante Eterna
La primera en alzar la voz fue Silvarena Valthoriën.
Era la imagen misma de la serenidad imponente. Cabello largo y plateado que caía como una cascada de nieve sobre su armadura negra con detalles carmesí; ojos de color ámbar, claros y fijos como dos luceros bajo la luz tenue; orejas puntiagudas que delataban su linaje de Alta Elfa. Llevaba más de ciento cincuenta años sirviendo al Imperio, y su presencia sola imponía silencio: cada gesto mesurado, cada palabra medida, cada mirada cargada de siglos de lealtad. Era conocida entre las tropas como «La Espada Eterna», porque mientras ella estuviera en pie, nadie concebía la rendición.
—¿Cinco… héroes? —repitió, y su voz no se elevó, pero heló el aire de la sala.
—Sí, Comandante —respondió el soldado, bajando aún más la cabeza.
Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del puño de su espada, una obra de arte en acero y runas que rara vez desenvainaba sin que alguien cayera.
—Después de asesinar a nuestro señor… —sus ojos se oscurecieron— ahora invocan a los salvadores de sus leyendas para asegurarse de que nadie tome su lugar.
La rabia no la hacía gritar. La hacía más fría, más peligrosa. Silvarena no conocía el pánico. Conocía la deuda. Y esta era personal.
La Furia del Norte
—¡Que vengan!
La voz que tronó fue la de Ragnha, la Segunda Comandante, y la vibración pareció sacudir las propias paredes.
Era una mujer bestia, de linaje lobo: pelaje blanco que se mezclaba con su cabello largo y espeso, orejas puntiagudas erguidas sobre la cabeza, cola esponjosa que se agitaba con violencia y garras afiladas asomando entre los guantes de combate. De porte imponente, fuerza sobrehumana y reflejos tan rápidos que apenas se veían en movimiento; era «La Garra Sombría», la que encabezaba la vanguardia en cada batalla y a quien los enemigos temían más que a cualquier tormenta. Ciento veinte años de guerras la habían enseñado una cosa: cuando algo amenaza lo tuyo, lo enfrentas de frente.
—¡Que envíen a sus héroes, a sus dioses, a quien quieran! —dio un paso adelante, los puños cerrados con tanta fuerza que las articulaciones se blanquearon—. ¡No dejaré que ninguno ponga un pie cerca de ella! No mientras respire.
Para Ragnha, el ejército era su familia. Y la pequeña figura que pronto ocuparía el trono era la hermana, la hija, la niña a quien había visto crecer y a quien juró proteger con la vida.
El Yunque Inquebrantable
—Ragnha, detente. No ganaremos nada con la furia sola.
La voz fue firme, rasposa pero tranquila, y la loba se giró con brusquedad.
Brunhilde, Tercera Comandante, apenas medía un metro cuarenta, pero su presencia llenaba la estancia. Cabello rojo fuego trenzado con fuerza, piel manchada de hollín y músculos marcados por años de trabajo y combate; vestía una armadura práctica reforzada en los puntos justos, y sobre su hombro descansaba un martillo de guerra que pesaba media tonelada, tallado con runas que brillaban débilmente. Era «El Yunque Carmesí», la que reparaba las armas y las esperanzas, la que sabía exactamente cuánto acero quedaba y cuánto corazón le quedaba al pueblo.
—¿Cómo quieres que me detenga? —exigió Ragnha, los ojos encendidos—. ¡Quieren enviarnos a sus elegidos para destruirnos!
—Precisamente por eso debemos pensar —Brunhilde golpeó el suelo con el extremo de su martillo, un sonido seco y pesado—. Mira a tu alrededor. Acabamos de perder la guerra hace dos años. Hemos perdido tierras, gente, recursos. No tenemos reservas para sostener un conflicto largo. Si salimos a enfrentarlos a campo abierto así… —negó con la cabeza— no sería valentía. Sería suicidio.
Sus ojos dorados se fijaron en los de la loba, sin rastro de duda.
—Y además… esos héroes no son soldados comunes. Las leyendas dicen que los dioses los fortalecen más allá de lo que cualquier humano puede alcanzar. Si eso es verdad, no podemos subestimarlos.
La Sombra que Ve Todo
—Eso es cierto —intervino una voz suave, casi seductora, que sin embargo llamó la atención de todas al instante—. Pero hay algo a nuestro favor.
Velzaria Nocturne, Cuarta Comandante, permanecía apartada, observando todo con una media sonrisa que no llegaba a sus ojos. Piel pálida, cabello oscuro que caía en ondas sobre sus hombros, alas de demonio plegadas con elegancia y una mirada que parecía leer los pensamientos antes de que se formularan. Era la más joven de las cuatro, y muchos la subestimaban por su belleza o su forma de hablar; quienes la conocían sabían que su inteligencia era tan afilada como cualquier espada. Se encargaba de lo que las armas no podían conquistar: secretos, lealtades, debilidades ocultas.
—Si necesitan meses de entrenamiento —dijo, cruzando los brazos—, tenemos tiempo. No mucho, pero suficiente para prepararnos. El peligro no es su fuerza actual… es cuánto aprendan antes de llegar.
—Y mientras tanto —añadió Silvarena, recuperando la palabra—, ¿qué dicen de nosotras? De ella.
El soldado dudó, tragó saliva y respondió con voz baja:
—Afirman que el nuevo Rey Demonio ha tomado el trono con el propósito de reconstruir el ejército y marchar contra ellos. Que preparamos la invasión para recuperar lo perdido.
Silencio.
Las cuatro se miraron. Ragnha abrió los ojos, horrorizada. Brunhilde apretó los dientes hasta crujir. Velzaria cerró los ojos un instante, como si sopesara la magnitud de la mentira. Y Silvarena… bajó la mirada. Porque sabían la verdad.
No había ningún plan de invasión. Los movimientos de tropas eran para defender las fronteras que quedaban. Los recursos transportados eran para reparar techos, sembrar campos, devolverle a la gente un lugar donde dormir sin miedo. Las armas que se forjaban eran para reemplazar las rotas, no para atacar. Su reina no estaba reuniendo un ejército de conquista. Estaba intentando salvar lo que quedaba de su hogar.
—Nos utilizan como excusa —susurró Ragnha, con una rabia que ahora dolía—. Inventan que somos la amenaza para justificar su ataque.
—Y lo peor —dijo Velzaria suavemente— es que la mayoría de ellos lo creerán.
—¿Hice algo malo?
La voz era pequeña, tímida, infantil, y rompió el silencio como un cristal delicado.
Las cuatro se giraron al unísono.
Allí, sentada en el trono demasiado grande para ella, estaba Lili. Lilitharis Noctis Caelum, la Reina Demonio. No aparentaba diez años: tenía diez años. Cabello blanco como la nieve recién caída, dos cuernitos pequeños que asomaban entre su cabello, una cola delgada que se agitaba inquieta detrás de ella, y ojos grandes y rosados donde todavía brillaba la inocencia de quien apenas ha empezado a conocer el mundo. Vestía una túnica oscura con bordados dorados que le quedaba un poco grande; sus manos, entrelazadas con fuerza sobre el regazo, no dejaban de moverse, retorciendo la tela nerviosamente. Sus pies no llegaban a tocar el suelo.
Durante estos dos años había intentado aprender: a sentarse derecha, a hablar despacio, a mirar a los ojos sin bajar la cabeza, a parecer fuerte. Las cuatro le habían enseñado todo eso. Pero era una niña. Y se notaba. En el temblor de sus dedos. En la forma en que miraba antes de hablar, como pidiendo permiso. En esa mirada que decía quiero estar a la altura, pero no sé cómo.
Las cuatro la conocían desde que nació.
Silvarena le enseñó a caminar con paso firme.
Ragnha la cargaba sobre sus hombros para ver el horizonte.
Brunhilde tallaba muñecas de madera para ella cuando estaba triste.
Velzaria le contaba historias y le hacía reír cuando el miedo la despertaba de noche.
Y ahora, la niña que debía estar preocupada por juegos y cuentos, sostenía sobre sus hombros la supervivencia de todo un pueblo. Ninguna podía quitarle ese peso. Ninguna podía cargarlo por ella. Por más que quisieran.
—Yo solo les dije que arreglaran las casas… que volvieran a sembrar… —su voz tembló, y bajó la mirada, las manos apretándose con más fuerza—. ¿Estuvo mal? ¿Por qué dicen que voy a atacarlos?
Ragnha dio un paso hacia ella, pero fue Brunhilde quien llegó primero. Se arrodilló ante el trono, sus manos grandes y manchadas de hollín tomando las de la niña con inmensa ternura.
—No hiciste nada malo, pequeña. Nada de esto es culpa tuya.
—Mienten —añadió Velzaria, acercándose y acariciando suavemente su mejilla—. Dicen eso para tener razón. Tú solo quieres cuidar de tu gente. Eso no está mal.
Lili las miró, con los ojos llenos de incertidumbre.
—¿Entonces… no vendrán a lastimarnos?
Silvarena avanzó hasta el borde del trono y se arrodilló también: la gran Comandante inclinándose ante su Reina.
—Puede que vengan —dijo con honestidad suave—. Pero si lo hacen, no llegarán a ti.
La miró a los ojos, y en ella no había rastro de duda.
—Juramos proteger a tu padre. Ahora juramos protegerte a ti. Pase lo que pase.
Ragnha asintió con fuerza, los ojos brillantes de determinación.
—No pasarán. Ni uno solo.
Brunhilde apretó el puño sobre su pecho.
—Forjaremos defensas. Reuniremos provisiones. Nos preparamos como nunca.
Velzaria sonrió, esta vez sin sombra de ironía.
—Y descubriremos todo lo que planean. Sabremos qué mueven, qué ocultan, qué temen.
Las cuatro se alinearon frente a ella: la espada, el muro, el fuego y la sombra. Cuatro generales de linajes y caracteres tan distintos que en cualquier otro lugar habrían sido extrañas. Pero aquí, alrededor de una niña que no pidió ser reina, eran familia.
Lili las miró una a una, y lentamente su espalda se enderezó. Todavía tenía miedo —se le notaba en cómo apretaba las manos sobre su regazo—, pero asintió con firmeza.
—Está bien —dijo, con voz que intentaba sonar segura—. Entonces… nos preparamos.
Fuera, el sol se ocultaba tras las montañas. En el oeste, las campanas de la capital imperial celebraban la llegada de los héroes y la promesa de una victoria fácil. Aquí, en el corazón herido del antiguo imperio, nadie celebraba. Pero nadie se rendía.
Porque la historia que escribieran los vencedores no sería la única verdad. Mientras estas cuatro mujeres estuvieran en pie, habría otra versión: la de quienes defendían su hogar, no para conquistar, sino simplemente para sobrevivir.
Y al frente de todo, una niña de diez años que aún no comprendía por qué el mundo le tenía miedo a ella.
Las palabras de Silvarena habían sido firmes, medidas, dignas de quien ha guiado ejércitos durante siglos. Las cuatro habían prometido que se encargarían de todo: que protegerían a Lili con sus vidas, que encontrarían un camino, una estrategia, una salida.
Pero cuando el último soldado salió del salón y el silencio volvió a caer sobre la piedra fría, ninguna podía engañar a las demás.
No tenían solución.
Habían perdido la mitad de sus territorios. La mayor parte de sus fortalezas. A miles de soldados que no podían reemplazar. Los almacenes de armas se vaciaban: muchas piezas rotas no tenían equivalente para refundirse, y el metal escaseaba cada día más.
Y lo peor no era eso.
Lo peor era el pueblo.
En las tierras que aún les pertenecían, los campos habían sido pisoteados, quemados o abandonados. Familias enteras se habían refugiado en las ciudades sin nada. Las despensas menguaban semana tras semana. Madres repartían un trozo de pan entre tres o cuatro hijos. Los ancianos callaban su hambre para que los más pequeños comieran algo. Mientras el Imperio humano crecía, se enriquecía y celebraba… ellas apenas lograban mantener a flote lo que quedaba.
Brunhilde bajó la mirada. Sus manos, acostumbradas a moldear acero y a golpear el yunque con fuerza, se cerraron sobre sí mismas. Ella sabía mejor que nadie los números: cuánto hierro quedaba, cuántas espadas podían forjarse, cuántas armaduras remendar. Y sabía también que el hierro no alimenta a nadie. Que no podía sacar trigo de un horno ni leche de un martillo.
—Puedo hacer que un pedazo de hierro resista cualquier golpe —murmuró, con la voz ronca—. Pero no puedo hacerlo dar de comer.
Ragnha golpeó el puño contra la columna de piedra más cercana. La piedra crujió.
—Mi fuerza puede derribar puertas y romper escudos —dijo, con rabia contenida—. Pero no llena el estómago de un niño que no ha cenado.
Velzaria entrelazó los dedos, la mirada fija en el suelo.
—Yo puedo descubrir sus planes, sus secretos, sus debilidades —susurró—. Pero no puedo hacer que la comida aparezca de la nada. No puedo deshacer lo que ya está hecho.
Silvarena permanecía de pie junto al trono, la mano sobre la empuñadura de su espada. Ciento cincuenta años de servicio, de victorias, de estrategias trazadas con fría precisión… y ahora no encontraba el siguiente movimiento. Porque esta vez no se trataba de ganar una batalla. Se trataba de mantener con vida a un pueblo herido. Y nadie le había enseñado cómo hacerlo.
Entonces el recuerdo de la voz pequeña llegó a su mente:
«No quiero más guerras. Quiero que nuestra gente pueda vivir en paz».
Tan sencillo. Tan imposible.
El Imperio necesitaba un enemigo. Y ellas encajaban a la perfección. Durante generaciones habían sido la sombra utilizada para unir reinos, para justificar impuestos, para consolidar poder. Ahora tenían todo lo que necesitaban: un trono ocupado, un pueblo que se defiende, y una historia que contar. Los héroes no eran enviados para investigar la verdad. Eran enviados para terminar la historia.
—Nos han convertido en la excusa perfecta —dijo Velzaria en voz baja—. Todo encaja demasiado bien.
—Y no tenemos cómo detenerlos —Brunhilde apoyó la frente contra el borde de su martillo—. Ni siquiera podemos ir y decirles la verdad. No nos escucharían.
Silvarena apretó el puño.
—Entonces nos preparamos. Es lo único que podemos hacer.
Iba a añadir algo más, cuando el cielo mismo pareció partirse.
¡BOOOOM!
El estruendo sacudió la torre desde los cimientos hasta la aguja más alta. El techo crujió y una lluvia de polvo, gravilla y fragmentos de piedra cayó sobre ellas.
—¡¿Qué fue eso?! —gritó un soldado, alzando la lanza.
Antes de que nadie respondiera, un segundo impacto golpeó con fuerza devastadora.
¡CRAAASH!
Una sección entera de la bóveda, ya debilitada por el asedio de años atrás, se desmoronó. La luz grisácea del mediodía se filtró por la brecha, y junto con ella descendió una columna de humo y escombros que aterrizó justo frente al trono.
—¡Protejan a Su Majestad! —ordenó Silvarena, y su voz cortó el pánico como una espada.
Las armas se desenvainaron al unísono. Ragnha mostró los colmillos, los ojos encendidos. Brunhilde alzó su martillo, lista para descargarlo. Velzaria desplegó sus alas y una energía oscura comenzó a girar a su alrededor. Silvarena se colocó entre el humo y el trono, la espada desenvainada, la postura inamovible.
Lili, de pie junto al asiento, temblaba.
—¿Qué… qué pasa?
—No se mueva, Majestad —ordenó Silvarena, sin apartar la vista de la nube de polvo—. Quédese detrás de mí.
El humo comenzó a disiparse lentamente. Todos contenían la respiración. ¿Un ataque? ¿Un artefacto? ¿Algo enviado desde el cielo?
Entonces se oyó una tos.
Suave. Inconfundiblemente humana.
—Cof… cof… Vaya… eso dolió bastante más de lo que calculé. Supongo que las profecías se olvidan de mencionar la parte del aterrizaje forzoso. Qué detalle, ¿verdad?
Una figura se puso en medio de los escombros. Se sacudió el polvo de la ropa con exagerada calma, se pasó una mano por el cabello revuelto y miró el agujero en el techo como si revisara si había dejado la ventana abierta.
Era un muchacho. No mayor de quince o dieciséis años. Cabello oscuro, ropas de corte extraño y ligero —sin armadura, sin escudo, sin arma visible—. Y lo más desconcertante: no tenía ni rastro de miedo. Solo una mueca de fastidio, como quien llega tarde a una reunión que no quería asistir.
—Definitivamente la próxima vez pido que me envíen por la puerta —murmuró, mirando la brecha—. Aunque bueno… llegué. Supongo que eso cuenta como misión cumplida, ¿no? Aterrizaje con estilo. Muy dramático. Tal vez demasiado.
Nadie respondió. Lo miraban como a una aparición imposible. El chico se rascó la nuca, sonriendo con una mezcla de inocencia y picardía que no encajaba en absoluto con el momento.
—Ah, sí… disculpen el techo. Lo arreglo si quieren. Prometo que no soy tan torpe normalmente. O tal vez sí. Quién sabe.
Ragnha dio un paso adelante, las garras extendidas, los dientes apretados.
—¿Quién eres? ¿Qué vienes a buscar?
El muchacho la miró de arriba abajo, recorrió sus orejas, su cola, sus ojos dorados, y soltó una risita seca.
—Vaya… qué recepción. Y yo que pensaba que me recibirían con flores. O al menos con un «hola, bienvenido». Qué poca hospitalidad.
—¡Contesta! —bramó ella.
Él suspiró, como si la pregunta fuera la más obvia del mundo.
—¿Yo? Solo uno de los héroes. Sí, esos que invocaron para salvar el mundo y todo eso. El grupo de los cinco. Yo soy… digamos, la edición con descuento. O el que salió primero. No estoy seguro de cuál es peor.
El silencio que siguió fue tan absoluto que se pudo oír el polvo asentándose sobre el suelo de piedra.
En un instante, todo estalló.
—¡ATAQUEN! —bramó Ragnha, y se lanzó hacia adelante como una tormenta desatada.
En un segundo todo se movió. Silvarena avanzó con una velocidad que apenas dejaba ver su silueta. Brunhilde alzó el martillo y lo descargó con fuerza capaz de partir un muro. Velzaria lanzó un hechizo que brilló con luz violácea. Los soldados cargaron todos a la vez.
Pero el muchacho ya no estaba allí.
No hubo destello. No hubo explosión. Simplemente… desapareció. Los golpes chocaron contra el aire vacío. Ragnha frenó en seco, casi perdiendo el equilibrio.
—¿Dónde…?
—Perdón, ¿buscaban a alguien? —dijo una voz muy cerca.
Silvarena giró sobre sí misma. Nada.
—No lo siento —murmuró Velzaria, horrorizada—. No hay magia. No hay huella. Nada.
—Eso dicen todos hasta que me encuentran comiéndome algo de su despensa —comentó la misma voz, con tono desenfadado.
Ragnha respiró hondo, forzando sus sentidos al máximo: olfato, oído, instinto… nada. Era como si se desvaneciera del mundo cada vez que parpadeaban.
Entonces una vocecita temblorosa rompió la tensión.
—Eh…
Todas giraron al mismo tiempo.
Estaba allí. Arrodillado frente al trono, a menos de un metro de Lili. Había aparecido en el lugar más protegido, rodeado de soldados y generales, y nadie había visto cómo se había movido. Estaba mirando a la niña con curiosidad genuina, sin rastro de amenaza.
—¡Aléjate de ella! —gritó Silvarena, alzando la espada.
Él no se giró. No apartó la vista de la niña.
—Vaya, qué nerviosas son. Tranquilas, no voy a morderla. No me han dado permiso. Y además no soy muy fan de morder gente, deja la dentista cara.
Se inclinó un poco más, y la sonrisa burlona se fue apagando poco a poco, sustituida por confusión.
—¿Tú eres el nuevo Rey Demonio? —preguntó, y por primera vez su tono fue serio.
Lili tragó saliva y asintió apenas, sin hablar.
El chico parpadeó. Miró el trono enorme, luego volvió a mirarla a ella. La recorrió: los cuernitos pequeños, la cola que se agitaba inquieta, las manos apretadas contra la tela.
—¿En serio? —soltó una risa corta, sin gracia—. Vaya mentira más grande me han contado. Pensé que encontraría a alguien… no sé, con cuernos gigantes, echando fuego por la boca, amenazando con destruir el mundo. Algo que diera un poco de miedo, al menos.
Nadie respondió. Las cuatro generales contenían el aliento, divididas entre el deseo de atacar y el terror de que cualquier movimiento pudiera ponerla en peligro. Ragnha temblaba de rabia. Brunhilde sostenía el martillo con los nudillos blancos. Velzaria analizaba cada respiración del muchacho. Silvarena mantenía la espada lista, sin saber si atacar o proteger.
El héroe suspiró, miró a la niña una vez más, y la ironía desapareció por completo.
—Vaya… —dijo, muy suavemente—. No creo que ellos sepan esto. En absoluto.
Fuera, el sol seguía su curso. En la capital humana, las campanas seguían celebrando la llegada de los salvadores destinados a derrotar al temible nuevo monstruo. Y aquí, en el corazón del castillo de obsidiana, uno de esos salvadores acababa de descubrir que la gran amenaza era solo una niña de diez años que no pedía más que vivir en paz.
El silencio se prolongó, pesado, lleno de preguntas que nadie se atrevía a formular. Porque la guerra que habían preparado —contra un enemigo terrible y poderoso— ya no encajaba. La historia que habían escrito no se parecía en nada a la realidad que tenían delante.
Y nadie sabía aún cómo cambiaría todo ahora que la verdad había caído del cielo.
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