Crear nueva lista
Compartir con tus amigos
Personalizar legibilidad

ENTRE HABITACIONES

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Seis habitaciones. Seis pruebas. Y una pareja convencida de que puede jugar con sus fantasías sin poner en peligro lo que existe entre ellos. Alba y Lucas empiezan buscando placer. Cada habitación les permite cruzar un límite nuevo: exhibicionismo, deseo por otros cuerpos, tríos, bisexualidad, celos y juegos de poder cada vez más intensos. Pero cuanto más lejos llegan, más difícil resulta separar la excitación de aquello que realmente sienten. Hasta que Lucas comete un error: empieza a cambiar las reglas sin contar con Alba. Ella no piensa perdonarlo con una discusión. La sexta habitación será suya. Alba prepara para Lucas una última prueba BDSM diseñada para enfrentarlo a todo aquello que él creyó poder controlar: verla desear a otro hombre, soportar sus propios celos y descubrir qué ocurre cuando es ella quien decide hasta dónde puede llegar el juego. Pero cuando la última puerta se cierre, ninguno de los dos podrá seguir escondiéndose detrás de una fantasía. Porque algunas habitaciones sirven para descubrir nuevos placeres. Y otras para descubrir si todavía quieres salir de ellas con la misma persona con la que entraste.

Genero:
Erotica
Autor/a:
RebeccaBrand
Estado:
hace 4 horas
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

LAS REGLAS. Capítulo 1

Alba tenía treinta y seis años y no necesitaba que nadie le explicara qué lugar ocupaba el sexo en su vida. Le gustaba. Mucho. No lo envolvía en teorías ni en falsas modestias. Había aprendido hacía tiempo que podía desear a un hombre, acostarse con él, repetir, experimentar y seguir siendo exactamente la misma mujer al día siguiente. Con Lucas esa libertad había alcanzado una intensidad que no había conocido antes, quizá porque él nunca le pidió que fingiera pudor y ella nunca tuvo que disimular cuánto disfrutaba cuando estaban juntos.

Se conocían desde hacía diez meses. Lucas había contratado al estudio de interiorismo de Alba para reformar un antiguo palacete de su propiedad en Madrid, un edificio de grandes proporciones que quería conservar prácticamente intacto por fuera y transformar por completo por dentro. Las estancias eran muy espaciosas, con techos altos y una distribución que permitía darles usos muy distintos. Lucas no pensaba utilizarlo únicamente como vivienda. Su intención era trasladar allí en el futuro buena parte de sus oficinas, por lo que algunas habitaciones habían sido reformadas pensando ya en ese destino y otras permanecían todavía casi vacías, a la espera de decidir su distribución definitiva. Él tenía cincuenta y dos años, dinero suficiente para no preguntar demasiado por los precios y una costumbre casi irritante de dar por hecho que todo podía resolverse si se encontraba a la persona adecuada. Alba tardó menos de una semana en dejarle claro que, mientras el proyecto estuviera en sus manos, no aceptaría que convirtiera cada reunión en una orden.

Durante dos meses discutieron por distribución, materiales, iluminación y plazos. Lucas pedía cambios de última hora. Alba se negaba cuando consideraba que estropeaban el proyecto. Él la acusaba de ser inflexible. Ella le respondía que la había contratado precisamente para evitar que convirtiera un palacete magnífico en una reforma cara y vulgar. Las discusiones nunca llegaron a ser desagradables, pero fueron acumulando una tensión que ninguno de los dos ignoraba. A veces permanecían unos segundos demasiado cerca frente a un plano. Otras veces Lucas se quedaba mirándola cuando ella se inclinaba sobre una mesa y Alba fingía no darse cuenta. Cuando terminaron las obras, Alba conocía cada zona del edificio: las estancias más amplias, los accesos de servicio y, sobre todo, aquellas habitaciones que todavía no tenían un uso definitivo.

La obra terminó sin que ninguno hubiera cruzado aquella frontera. Lucas esperó al último día, cuando ya no existía relación profesional que pudiera servir de excusa, y la invitó a cenar. Alba aceptó sabiendo exactamente qué estaba aceptando, aunque durante las dos primeras horas ambos mantuvieron la ficción de que celebraban el final de la reforma. Después dejaron de fingir. La primera vez que se acostaron fue en casa de Lucas. La segunda, tres días más tarde, en la de Alba. A partir de ahí no establecieron ninguna frecuencia ni se prometieron exclusividad.

Llevaban ocho meses manteniendo una relación sexual intensa y deliberadamente indefinida. No vivían juntos. No se llamaban todos los días. Podían pasar una semana sin verse y luego encerrarse una noche entera sin mirar el reloj. Alba había descubierto que aquella ausencia de obligaciones aumentaba el deseo en lugar de debilitarlo. Lucas aparecía cuando quería verla y ella aceptaba si también le apetecía. Cuando no, decía que no. Esa sencillez era una de las razones por las que la relación había durado más que otras mucho más convencionales.

Sexualmente habían dejado atrás la prudencia muy pronto. Habían follado en la cama, en el sofá, contra una pared y sobre la mesa de la cocina de Alba una noche en la que ninguno tuvo paciencia para llegar al dormitorio. Lucas le practicaba sexo oral con una dedicación que a veces conseguía que ella se corriera antes de que él se desnudara. Alba disfrutaba chupándosela y nunca había tenido problemas en reconocerlo. Se masturbaban el uno delante del otro, habían usado juguetes y habían probado el sexo anal sin convertirlo en una ceremonia ni en una prueba de nada.

Nada de aquello le parecía especialmente extremo a Alba. Era sexo entre dos adultos que se conocían bien y se deseaban. Había cosas que le gustaban más y otras menos, prácticas que repetían y otras que habían quedado en una sola ocasión. Lucas tenía la paciencia suficiente para observar cómo respondía su cuerpo y Alba la confianza suficiente para decirle cuándo quería más, cuándo quería cambiar y cuándo algo no le interesaba. Esa combinación había construido entre ellos una libertad que, sin darse cuenta, terminó abriendo otra clase de conversación.

Las primeras fantasías aparecieron durante el sexo. No como confesiones solemnes, sino como frases dichas en momentos en los que Alba estaba demasiado excitada para medir cada palabra. Lucas había aprendido a preguntarle qué quería cuando ella estaba cerca del orgasmo, precisamente cuando su capacidad para disimular disminuía. Algunas veces Alba respondía con algo que podían hacer en ese instante. Otras decía cosas que pertenecían claramente a otro territorio, escenas que nunca había vivido y que quizá nunca habría contado sentada tranquilamente frente a una copa de vino.

En una ocasión, mientras Lucas la masturbaba y ella tenía las piernas abiertas sobre la cama, Alba le dijo que le excitaba imaginar que otras personas la miraban. No una cámara anónima ni una fotografía, sino hombres reales observándola mientras ella sabía que no podían tocarla. Otra noche, cuando él se detuvo justo antes de que se corriera, le confesó que alguna vez había fantaseado con no poder decidir cuándo llegaba al orgasmo. Lo dijo casi enfadada, exigiéndole que continuara, y después intentó restarle importancia.

También le había hablado de una fantasía completamente distinta: seducir a un desconocido sabiendo que Lucas estaba allí y consentía. No imaginaba un hombre elegido por él, sino a alguien real, encontrado por azar, al que ella tuviera que atraer, explicarle la situación y convencer de que ambos habían aceptado el juego. La idea de llevar después a ese hombre a una habitación mientras Lucas observaba le producía una mezcla de excitación y vértigo que nunca había intentado llevar a la práctica.

También había hablado de que Lucas le vendara los ojos y la obligara a esperar sin saber cuándo iba a tocarla, incluso de permanecer con las manos apartadas y no poder devolverle una caricia hasta recibir permiso. Y, en otro nivel, había fantaseado con ser atada. Con tener las muñecas inmovilizadas y no saber exactamente qué iba a ocurrir a continuación. Con recibir órdenes que en cualquier otro contexto habría rechazado. Con ser obligada a pedir aquello que deseaba en lugar de limitarse a esperar que Lucas lo adivinara. En otra ocasión había admitido que la idea de ser humillada sexualmente podía excitarla si quien lo hacía conocía exactamente sus límites y si ella seguía sabiendo, incluso en el momento más intenso, que podía detenerlo todo.

También había reconocido que sentía curiosidad por acostarse con otra mujer. Nunca lo había hecho, pero era una fantasía que aparecía de vez en cuando y que nunca había llegado a cumplir.

No todas las confesiones aparecían durante el orgasmo o a pocos segundos de alcanzarlo. Algunas llegaban después. Cuando el sexo terminaba, Alba solía quedarse desnuda junto a Lucas, todavía con el cuerpo relajado, y hablaba con una tranquilidad que contrastaba con la crudeza de lo que contaba. Era entonces cuando podía explicar mejor la diferencia entre lo que deseaba imaginar y lo que creía que sería capaz de hacer. Lucas escuchaba. Preguntaba poco. Y, sobre todo, recordaba.

Alba había llegado a descubrirlo meses atrás. Mencionó de pasada una fantasía que creía no haberle contado nunca y Lucas repitió casi palabra por palabra una frase que ella había dicho después de correrse una noche en su casa. Al principio aquello la incomodó. Después le resultó excitante. Había algo perturbador en saber que él guardaba detalles que ella misma había olvidado, como si hubiera ido construyendo en silencio un archivo de la parte más desinhibida de su cabeza.

Nunca pensó que fuera a utilizarlo.

Aquella noche estaban cenando en casa de Lucas. No había nada especialmente distinto en el ambiente. Él, previamente, había recogido una cena que había encargado a un restaurante que visitaba con frecuencia y que conocían perfectamente sus gustos y Alba había llegado directamente del estudio, todavía con la ropa que había llevado durante el día. Hablaron de trabajo, de una exposición que ella quería ver y de un viaje que Lucas tendría que hacer la semana siguiente. La normalidad resultó tan completa que Alba no sospechó nada hasta que él dejó sobre la mesa una carpeta negra.

No era gruesa. Tampoco tenía membrete ni aspecto jurídico. Lucas la dejó junto a la copa de Alba y continuó sentado como si no acabara de introducir en la cena un objeto que claramente llevaba preparado. Ella tardó unos segundos en abrirla. Dentro había varias hojas impresas y una cifra escrita en la primera página que consiguió que volviera a mirar a Lucas antes de leer una sola línea más.

300.000 euros.

Alba pensó primero que se trataba de una broma. Después observó la expresión de Lucas y comprendió que no lo era. La cifra aparecía junto a una frase sencilla: premio por completar seis experiencias. Más abajo se mencionaba una casa, seis habitaciones y unas reglas. No había referencias sexuales explícitas en aquella primera página, pero Alba no necesitó leer mucho para entender de dónde procedía la idea.

Lucas había utilizado sus fantasías.

No todas. Tampoco le explicó cuáles. Le dijo únicamente que durante los últimos meses había ido tomando nota mental de aquello que Alba le contaba, tanto de lo que decía en plena excitación como de lo que explicaba después con más calma. Había seleccionado seis fantasías o combinaciones de ellas y las había convertido en experiencias reales dentro de una casa de su propiedad. Cada habitación contenía una prueba distinta. Alba no sabría cuál hasta el momento de entrar.

La primera reacción de ella fue de incredulidad. La segunda, mucho menos cómoda, fue una descarga de excitación. Sintió inmediatamente curiosidad por saber qué había elegido Lucas, qué había considerado una simple frase y qué había interpretado como un deseo verdadero. Precisamente por eso se obligó a concentrarse en la cifra. Trescientos mil euros eran demasiado dinero para que la propuesta pudiera parecer un simple juego entre amantes.

—¿Quieres comprarme?

Fue casi el único reproche que necesitó formular en voz alta. Lucas negó la interpretación sin ponerse a la defensiva. No estaba ofreciendo dinero a cambio de acostarse con él. El sexo ya existía entre ellos y ninguno había pagado. El dinero era el premio por completar el juego. Alba podría detener cualquier experiencia, abandonar una habitación o marcharse de la casa en cualquier momento. No tendría que devolver nada porque no recibiría nada hasta terminar las seis pruebas.

La diferencia era importante, aunque no eliminaba la incomodidad. Alba volvió a mirar la cifra. Conocía suficientemente bien a Lucas para saber que podía permitírsela. Había sabido desde el principio que era rico, pero durante la reforma había comprendido que la palabra se quedaba corta. Poseía inmuebles, participaciones en empresas y una capacidad de gasto que a veces deformaba su relación con el valor de las cosas. Trescientos mil euros eran una cantidad respetable para Alba. Para Lucas era una cantidad más, una cifra pequeña comparada con los beneficios habituales en sus negocios.

Eso la irritó todavía más. También la tentó.

Alba no necesitaba aquel dinero para pagar una deuda ni para salvar su estudio. Le iba bien. Vivía de su trabajo, podía permitirse viajar y no dependía económicamente de nadie. Precisamente por eso la propuesta era más peligrosa. No podía justificarse diciendo que las circunstancias la obligaban. Si aceptaba sería porque quería los trescientos mil euros o porque quería entrar en aquellas habitaciones. Y cuanto más intentaba separar ambas razones, menos segura estaba de cuál pesaba realmente más.

Continuó leyendo. Las reglas ocupaban poco más de dos páginas. Lucas había evitado deliberadamente redactar un contrato interminable. La primera establecía que serían seis habitaciones y que Alba desconocería el contenido de cada una hasta entrar. La segunda aclaraba que todo lo preparado procedía de fantasías, prácticas o límites que ella había expresado anteriormente. Nada que hubiera rechazado de forma expresa podía aparecer después convertido en una sorpresa.

La tercera regla era todavía más clara. Alba podía detener cualquier experiencia inmediatamente. Habría una palabra de seguridad que terminaría la escena sin preguntas ni discusiones. Si alguna prueba le impedía hablar, existiría una señal física alternativa con el mismo efecto. El juego podía ser duro, humillante o intimidatorio mientras ella quisiera seguir jugando. En el instante en que dejara de querer, se acababa.

La cuarta regla separaba las habitaciones del resto de la relación. Fuera de ellas, Lucas no adquiría ningún derecho sobre Alba. No podía darle órdenes, imponerle prácticas ni utilizar el dinero como argumento para conseguir sexo. El pacto empezaba cuando Alba entraba en una habitación y terminaba cuando salía. A ella le gustó esa precisión. No porque desconfiara de Lucas, sino porque convertía cada experiencia en algo voluntario y delimitado.

La quinta establecía el premio. Trescientos mil euros si completaba las seis habitaciones. No había cantidades parciales. Cinco habitaciones no valían doscientos cincuenta mil. Valían cero. La regla le pareció diseñada para irritarla y funcionó. Lucas conocía demasiado bien su competitividad. Sabía que, una vez iniciada una prueba, a Alba le costaba mucho aceptar que algo pudiera vencerla.

Había una última condición que no procedía de Lucas. Él le explicó que estaba dispuesto a permitir que Alba introdujera una regla propia antes de aceptar. Ella tardó poco en decidir cuál sería. Si Lucas incumplía cualquiera de las normas que él mismo había establecido mientras todavía quedara alguna prueba pendiente, perdería el derecho a dirigir la siguiente. Esa habitación pasaría a ser de Alba: ella decidiría el contenido y las reglas, y Lucas tendría que someterse a ellas dentro de los límites previamente pactados. El cambio de papeles no modificaría el premio de Alba, que dependería únicamente de completar las seis pruebas.

Lucas aceptó sin discutir. Eso volvió a inquietarla. Si esperaba que él intentara reservarse siempre la ventaja, acababa de descubrir que estaba dispuesto a arriesgarla. La propuesta no consistía únicamente en llevarla a situaciones extremas. Si Lucas cometía un error, podía terminar convertido él mismo en participante de una prueba diseñada y dirigida por Alba.

Alba cerró la carpeta y se levantó de la mesa. Caminó hasta la ventana con la intención de ordenar las ideas, pero lo único que consiguió fue imaginar puertas. Seis. No sabía qué había detrás de ninguna. Pensó en las veces que había hablado de ser observada. En la curiosidad que le producía la inmovilización. En la fantasía de seducir a un desconocido. En su curiosidad por acostarse con otra mujer. En las palabras que había utilizado para describir la humillación que podría excitarla. En otras cosas que apenas recordaba haber contado.

La parte racional de su cabeza insistía en que Lucas estaba llevando demasiado lejos conversaciones privadas mantenidas en momentos de excitación. Una frase dicha mientras estaba a punto de correrse no podía considerarse automáticamente un consentimiento para hacerla realidad. Lucas estaba de acuerdo. Precisamente por eso la carpeta existía. Las fantasías habían servido para diseñar las habitaciones, pero aceptar entrar en ellas seguía siendo una decisión nueva que Alba tendría que tomar en cada ocasión.

Esa explicación eliminó el argumento más fácil para rechazarlo.

Quedaba el dinero. Alba intentó aferrarse a él. Trescientos mil euros podían justificar que al menos se lo pensara. Podía invertir una parte en el estudio, comprar una vivienda mejor o simplemente dejarlo en el banco y disfrutar de la seguridad que proporcionaba. Era una suma suficientemente absurda para permitirle decir que aceptaba por interés económico, que cualquier persona razonable se plantearía lo mismo y que la curiosidad sexual era secundaria.

Sabía que era mentira.

La verdad era mucho más incómoda. Si Lucas hubiera reducido la cifra, Alba probablemente habría seguido dudando. Si la hubiera eliminado por completo, quizá habría protestado durante más tiempo. Pero mientras miraba aquella carpeta supo que la pregunta importante no era cuánto iba a cobrar. Era qué había detrás de las seis puertas. Quería saber qué versión de sus propias fantasías había construido Lucas. Quería comprobar hasta dónde era capaz de llegar cuando la imaginación dejara de protegerla.

Durante los últimos meses había hablado con enorme libertad porque las palabras no tenían consecuencias. Podía decir que le excitaba ser observada por desconocidos y, diez minutos después, ducharse y volver a su vida. Podía admitir que fantaseaba con estar atada, recibir órdenes o perder el control de su orgasmo porque todo terminaba en una conversación. Ahora Lucas le ofrecía la posibilidad de comprobar si el cuerpo respondería igual cuando aquellas fantasías tuvieran paredes, luces, objetos y reglas.

Eso era lo que realmente la excitaba.

Alba regresó a la mesa. Abrió de nuevo la carpeta y leyó desde el principio, esta vez despacio. No buscaba una trampa. Buscaba una razón para decir que no. La encontró varias veces en forma de prudencia, dignidad o sentido común, pero ninguna consiguió pesar más que la curiosidad. También descubrió algo que la irritó: Lucas no intentaba convencerla. Permanecía sentado, esperando. Parecía dispuesto a aceptar un rechazo con la misma calma con la que había presentado la propuesta.

Esa actitud terminó de empujarla. Alba conocía el juego. Si Lucas hubiera insistido, habría podido enfrentarse a él. Si hubiera utilizado el deseo o el dinero para presionarla, habría cerrado la carpeta y se habría marchado. Pero le estaba dejando toda la responsabilidad. Podía decir que no. Podía levantarse y volver a casa. Nadie iba a perseguirla. Nadie iba a recordarle los trescientos mil euros.

Y no quería decir que no.

Tomó el bolígrafo que Lucas había dejado junto a las hojas. Antes de firmar volvió a leer la cifra. Trescientos mil euros. Sonrió para sí misma al comprobar lo útil que resultaba verla escrita. Le permitiría mantener durante un tiempo la mentira de que aquello era una apuesta económica y no la oportunidad de convertir en realidad cosas que había descrito con el coño todavía húmedo y el cuerpo temblando después de un orgasmo.

Firmó.

Lucas recogió las hojas sin sonreír. Alba esperaba quizá algún comentario, una provocación o una frase que marcara el momento. No hubo nada. Esa ausencia hizo que la firma pareciera todavía más definitiva. Lo que hasta entonces había sido una colección de fantasías privadas acababa de adquirir una fecha, unas reglas y un premio.

Alba terminó la copa de vino y miró por última vez la carpeta antes de que Lucas la cerrara. A partir de ese momento ya no podía fingir que sus confesiones habían sido solo palabras dichas en plena excitación. Había aceptado comprobar cuáles de ellas seguían excitándola cuando dejaban de pertenecer a la imaginación.

Al día siguiente entraría en la primera habitación.

¡Cuéntale a RebeccaBrand lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

0

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

SEX PATROL

Esmeralda: Una historia divertida ycon escritura fluida. Genial gracias

Leer ahora
Nuestro Amor

San: Es una novela muy envolvente, en cada capítulo te atrapa más y más esta muy interesante!! Espero terminarla sin ningún inconveniente!!

Leer ahora
Odio a mi jefa

Majo Me: Excelente, me enganchó tanto la historia que la terminé en un día. Y la volvería a leer. Cada personaje te deja atrapada, a veces me perdí de la perspectiva del personaje que me tenía que devolver. Jajaja del resto muy bien

Leer ahora
Chica nueva, Jefe nuevo

MaríEn: Me gusta la temática y no me gusta que la dejen a medias

Leer ahora
Mi hermosa pesadilla

Diana Rodríguez Hernández: Me gusta mucho la historia

Leer ahora
Una sorpresa para el millonario

Alexandra: Me gusta como desarrolla la trama y me emociona cada capítulo, excelente

Leer ahora
Espina de ROSAS

Rosam.lopez: Tiene buena historia, no se enreda demasiado. Bien hilada y que te engancha todo el rato. Me gusto mucho.

Leer ahora
La Conquista del Alfa

Mariela: Me gustaría saber cómo continúa !!

Leer ahora